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SÉ DE UN LUGAR



El lugar del que vuelvo tiene caminos verdes como nervios abiertos, y manadas de insectos que manchan con sus patas las palabras. Tiene árboles de bocanadas de humo que se izan desde los tallos hasta el horizonte, y un sabor a sal metálica en un aire que se comba por el peso de las lágrimas.

El lugar del que vuelvo tiene noches que hacen ecuaciones con las horas, y mañanas que patean los rimeros de las tímidas esperanzas. Tiene una soledad en cada esquina y sólo una nube huraña que engorda tragando jirones de cielo mutilado.

El lugar del que vuelvo tiene el alma labrada en la corteza de la espuma, y telarañas de cristal y seda en la cueva que  espesa la saliva. Tiene los ojos que deseo encerrados en una cárcel con un carcelero ciego, y una poza de fuego blanco donde se revuelven todos los ayeres.

Mis ayeres… ¡Dejad quietas las mariposas…!


El lugar del que vuelvo no está a la diestra ni a la siniestra. Se hace viejo en la misma baldosa en que escribo. Voy a él y de él vengo. Y sólo sé cuánto de mí se va quedando, cuando peso la merma de mi corazón y mis sandalias. 

¿DÓNDE VAS CORAZÓN?




Salí a por palabras y, en esto que voy con mi  estaca-coge-vocablos apartando acá y allá, y me encuentro con un corazón asomando por entre la corona de unos matorrales.  !Menudo desperdicio! -pensé. Y es que no se debe de tirar un corazón así como así. Que sí, que ya sé que algunos andan ya hartos de batallar con el suyo, pero ¿a dónde va a ir ahora este individuo o individua con su caja torácica vacía como la cabeza de un chorlito? Ahora, recién tomada su decisión, pensará que se libró de un profundo peso y pesar y, me lo imagino, me la imagino, respirando altivo-altiva, presumiendo de semejante hazaña.

- ¿Y su corazón?
- Pues nada, que lo he tirado.
- Pero hombre-mujer. ¿Dónde va a ir usted ahora sin semejante órgano?
- Pues míreme usted tan pancho-pancha.
- Pues vaya usted con dios mis descorazonado-descorazonada amigo-amiga.
- Pues con dios que quede usted.

Así me imagino la conversación entre el infortunado-infortunada y el primer amiguete con el que se cruza. El-ella tan orgulloso-orgullosa de carecer ya de lugar donde albergar sus penas. Tan vacío. Tan indolente. Tan desaforado.

Y es que no son buenos tiempos para los corazones ajados. A la gente le gusta llevar ahora su corazón aseadito, sin cicatriz alguna que lo estigme, sin recuerdo que lo lacere, sin pena que lo cultive. Un corazón más para llevar colgado que para llevar adentro. Un corazón que no sienta cuando sus “guosaps” (yo el inglés para los ingleses) le lleguen sin la respuesta del amado o amada. Un corazón rudo que acepte los ailaiques del feisbuc (sigo con mi particular lucha con la lengua del imperio) sin inmutarse.

Pues mire usted. Señor o señora de este corazón que me he traído a casa con cariño para conservar en frío. Yo llevo acá, un poco a la siniestra de mi pecho un corazón maltratado, cicatrizado, estigmado, lacerado, gastado, agraviado, golpeado, magullado, llagado y muchos –ados más…, pero ¿sabe?, eso sólo me indica que amé, sufrí, reí, canté, soñé, lloré, perdoné y muchos –é más… Porque quien llega al final del trecho con el corazón sin gastar se ha dejado una inmensa fortuna de sensaciones en el camino y, la vida, esta vida, no está para ir saltando charquitos de sonrisas.


Feliz corazón. Feliz destino. 

CORAZÓN DE TIERRA



Tengo un tiesto en mi balcón sólo con tierra. Con una tierra negra y agrietada hecha con macizos de terruño y que, de cuando en cuando, sirve de erial a las hormigas. Tiene el tiesto sobre su tierra unas piedrecitas blancas y mínimas -como una nieve celestina- y, aún le sobreviven algunos  tallos estrechos, secos y pardos, que se derrumban resignados al peor de los destinos.

Fue en su tiempo mi tiesto recipiente de un poto verde y blanco, abundante como una selva, fresco y de hojas ligeras que chorreaban por la barandilla en arroyuelos interminables. Lo regaba escasamente -porque no son los potos plantas de aguas abundantes- pero lo hacía con puntualidad de relojero, y limpiaba sus hojas con aplicación, una a una, como si fuesen zapatitos hechos para duendes.

No sé por qué un día dejé de regar mi poto. No sé por qué dejé de abrillantar sus hojas. No sé por qué dejé de cambiarlo de sombras y de soles. El caso es que mi poto empezó a tomar un color macilento y, luego, aquéllas hojas verdes de mar, empezaron a repartirse por el terrazo del balcón. Alguna tarde, las cogía del suelo y las miraba, tenían poses desmayadas y heridas negras –como de tristeza- en sus nervaduras de cauce seco.     


Hoy de aquel poto sólo queda la tierra de la que os hablo. Una tierra infértil que exhala soledad  y olor antiguo. A la que no colorea el sol y, a la que cuando llueve, le caen lagrimones negros que bordean la maceta. Creo que nunca me desharé de esa tierra porque, a veces, con las manos llagadas de sus restos, yo también me pregunto si no seré acaso espejo de aquel poto desatendido, esperando, sin prisas ni fortunas, el riego de unos besos que inventen brotes en algún lugar de mi alma nazarena. 

CONSUELO...




No sé llevar tu música. Ni el jugueteo de tus zapatos en la lluvia. Desconozco el rango de tu soledad y el tono gradual de tu silencio. Siempre fui bailarín torpe y oráculo escaso, mas sequé las lágrimas más difíciles y escuché                    – entrelazadas las manos y serenos los destinos- los lamentos más insondables. Conozco lo más oscuro de la noche porque es el balcón de mi recreo, y soy sabio en puntear cada estrella y las penas que en ellas se han de colgar para el destierro. He sido peregrino de caminos por compartir las espinas de los zarzales, y guardián del canto de los pájaros para entregarlo luego en cajitas plateadas. He sido más compañero que acompañante y más cantarín que músico. Más fuerte que forzudo y más enamorado que amante. Te puedo sorprender en cualquier esquina con la nariz roja de un payaso y trepar a tu imaginación alzado por mil globos de colores. Sonríe, niña-compañera, recuérdale a esta noche la claridad de tu mirada. No merece tu llanto la gran golosina que es la vida. Dame pues tu mano y bailemos -con mi torpeza ineludible- el último bolero del invierno, que de ése sí me conozco los pasos y las notas suspendidas en el aire.