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TÚ, LLUVIA





Llueve como si no hubiese llovido nunca. Como si al cielo se le hubiese olvidado y se recrease, ahora, en la dicha de sentir cómo puede verter agua. Es caprichoso el cielo. Y azul. Y testarudo. Y olvidadizo. Es un poco como tú, volátil y mágico. Si tú llovieras lo haría siempre de tarde en tarde y de grande en grande, porque no eres tú mujer de menudencias; cuando amas, amas mucho y cuando des-amas viertes -sin mesura- amantes de agua en los mares de tu memoria… Nunca piensas que, por inmensos que te parezcan, todos los océanos andan prisioneros en los acantilados del tiempo.


Llueve como si no hubiese llovido nunca…
…Y te recuerdo como si jamás hubieses dejado de empaparme…

MIL Y UNA LLUVIAS



No deja la lluvia de coquetear con mis palabras, ni frena sus aspiraciones de convertirse en primera actriz de esta comedia de primavera.

Apareció hoy nuevamente. Frágil pero intensa -como algunas amantes de lenguas complicadas. Danzando sobre las espirales de sus charcas de adoquines. Empapando las alas de los gorriones que pían aburridos sobre las ramas colmaditas de verdes retoños.


Es Abril… Y las aguas son mil… Garabateo trocando el dicho. Y escribo: mil y una. Mil para siempre, y una para que tú rías bajo mi paraguas de inofensivo escribiente.

EL ADIÓS DE MARZO



Esta noche me alumbra la desgana. El cielo sigue desteñido y enterneciendo las piedras con su agua bonachona. Dicen los que dicen que ya se marchan las lluvias de marzo, que la primavera mocita espera tras la puerta y que, a lo mejor mañana, o a lo más a su paso, empezarán a entreverse los misterios que la preñan.

Vendrán la mañanas mimosas y las tardes amarillas, los jazmines blancos de tu pelo negro y el verde gritón de las ranas principescas, el violáceo en los caminos y el rojo en la sangre de los poetas.

Así que me voy a despedir de ti, noche macilenta, lluviosa y fría -como el último contrabando-, encubridora de mis versos más ruinosos, portal de mi soledad y mi pereza… Me voy a despedir de ti hasta no sé cuándo, hasta no sé dónde, hasta no sé con quién…

Será el horizonte de tu Otoño y el trazo de mi vida los que, aquí o allá, o acaso algo más lejos, vuelvan a cruzarse en la rúbrica sin nombre de un mustio poema.

Feliz noche. Feliz destino.
(Feliz atardecer América)  

Llueve con escasez. Casi pidiendo permiso. Sobre el esmalte de la hierba se desmaya un agua adolescente de gotas pequeñas y espaciadas -como rociados puntos suspensivos. Es una lluvia descorazonada. Como tú y yo. Sin grandes malabares. Con escasas apariencias…


Feliz sábado. Feliz destino.

CON TU RECUERDO...




Esta tarde me he acordado de ti. Siempre lo hago cuando cae una lluvia diminuta que lame los paraguas cochambrosos. Será, porque casi en su ausencia, me recuerda la voz con la que amabas. La tarde es escasa, pero el silencio es amplio como una llanura desierta de redondeles de tinta. Sigo buscando el aliento por el que llegaba a tu boca. Sigo viendo abuelos en los parques y escuchando la serenata que los pájaros urbanos vuelcan en los balcones de los árboles. Se me han escondido las palabras y no hay chiquillas que rasgueen con sus pasos la vieja guitarra que siempre aparece en mi paisaje. Marzo se ha caído ya del viejo abrigo de algún dios borracho. El mismo Marzo que presume siempre de azules y gitanillas. El mismo Marzo que bordará tu blusa blanca y se enredará con sol de cíngaro entre tus pechos pequeños.

Mientras todo ocurre, yo me he ausentado un tiempo. Me distraje pensando en algo en que pensar. Ultimando un verso. Viajando entre mi trabajo y mis aposentos. Demasiado callado. Como esta lluvia. Como tu recuerdo que otra vez aflora sin que haya ningún marzo por el que espere el regreso de tu primavera.  

GOTA DE LLUVIA




La gota de lluvia quedó, tras el aguacero otoñal, prendida en la solapa de un platanero de sombra. Allí se estancó sin remedio su redondez primigenia. Su transparencia heredada. Su triste y vidriosa insignificancia. Nadie se quedó a esperarla. Vio marchar, desde su cautiverio, el enjambre acuoso de sus compañeras camino de los arroyos urbanos y los mares poderosos. Con su adiós ignorado, quedaban atrás sus sueños de ser gota de río abrupto o parte de reguero manso. Pero nadie la enseñó a trepar. Nadie la advirtió de los tropiezos del camino. Supo sí, desprenderse cuanto tocaron arrebato desde la altura finita de las nubes  pero ahora era, por el azar caprichoso, prisionera del agua que sostenía sus armazón invisible, atrapada en la piel destronada de la hoja caduca de ese viejo platanero.

Tal vez el viento en su bonhomía, antes de que el sol de otoño la consuma, le de el soplo que precisa. Tal vez su esfuerzo por hacer reguero entre los nervios viejos de la hojuela acabe por desprenderla pero, ¿cómo encontrar ahora  la turba de plata que arrasó el parque? ¿cómo conocer el camino que la haga partícula de la inmensidad con que soñaba? Te quedará pues, gota de lluvia, el destino de los insectos abandonados, de los pétalos consumidos, de las semillas fatigadas y las alas resecas… Te quedará la soledad desalmada de verte hecha aire cuando antes fuiste agua. Pero sólo entonces -antes del llanto- descubrirás la fortuna de que, siendo sólo aire, volverás nuevamente al cielo de donde nacen todas las lluvias de los parques.... 

LA LLUVIA Y TÚ




La lluvia y tú tenéis un algo de acostumbrado y benévolo. Un sosegado desfile de minúsculas esencias, de olores nobles y de soledades de madera. La lluvia y tú aparecéis como sólo lo hacen los seres que me inquietan –callados e inapelables. Ambos tenéis un sonido inconfundible, un despertar con sabor a yerba y una pincelada que conmueve. Cuando anochece, tenéis la virtud de camuflaros entre las sombras de mi infancia, y dejáis sólo los ecos para que mañana los repitan de memoria los humildes gorriones. Sois el silencio dentro de una manzana, la caricia en el envés de una hoja, el llanto en el interior de un desván. Sois enigmáticos y dóciles pero, en esa humildad, os alzáis inalcanzables como sólo lo hacen los seres que roban los anhelos.

Hoy llueve y me conmueve la visión de la tierra agrietada por los arroyos diminutos, como me conmueve tu estampa de mariposa de otoño. Niña de lluvia, ¡hasta en las gotas de agua te recuerdo!