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EL HOMBRE-TRISTE





Nunca conocí a un hombre más triste. Triste en sus hombros. Triste en su boca. En sus párpados. En sus andares. Hasta comparado con el ahogo de una mariposa, él me parecía triste… Así, dicen, que se le amanecían las mañanas tristes y, tristes, se le echaban encima las noches.

Conocí su casa triste. Con ventanas de un añil triste y un aire triste que se le encerraba entre las paredes verdes-triste.

Dicen que compraba con tristeza y, con tristeza, malvendía aquello que se le iba quedando triste: gabanes tristes, zapatos tristes, jubones tristes…


Al llegar un invierno triste, dicen que puso un plato triste en un triste mantel y, sobre plato y mantel, engulló –por descuido o hartazgo- más tristeza de la que debía y, cuentan, que antes del alba, quedaron tan tristes sus ojos, que tuvo que venir una parca triste a acompañarlo -por caridad- para siempre en su tristeza…

EL MECÁNICO DE LA TRISTEZA




Hace cosa de un año (mes más, mes menos) lloraba yo mucho, así que decidí ir al mecánico a que me echase un vistazo al lagrimal. El taller no quedaba lejos de casa y lo recordaba con nostalgia (viéndome de niño, literalmente pegado a su escaparate, contemplando aquellos ojos huérfanos de rostros; unos brillantes, otros serenos y, los más, demandantes esféricos de otros ojos que los mirasen).

El mecánico era/es un hombre gordo –como casi dos hombres-, rústico en su figura pero delicado en su hablar -como un jilguero obeso-. Recuerdo que durante todo el rato que estuve con él, se secaba continuamente las manos con un pañuelito -de tela ligera y forma cuadrada- que debería contener lágrimas de la media Córdoba más apenada.

Me examinó con pericia el ojo diestro y me dijo que tenía una abundante pérdida de tristeza.
- ¿Sólo en un ojo? –le pregunté intrigado pues, si bien era yo persona de sentir, no lo era mucho de conocer sobre la anatomía de los sentidos.
- Probablemente en ambos, pero sepa que un solo ojo -puesto a drenar- llenaría un pantano de lágrimas. ¿Me lo va a dejar? Aún me queda un hueco en la agenda –dijo consultando una libretilla de hule con olor a llanto.
- Pues sí… Pero el otro me lo llevo puesto, más que nada por si hay algo que mirar -me resigné.

En aquellos días en que duró la reparación (primero de uno, luego del otro), apenas lloré (se ve que la tristeza se anda con cautela cuando sólo ve una salida en el fondo del túnel) y, desde entonces, cuando me vienen esos arrebatos de llanto incontenible, no dudo en acercarme a ver a este chamán de iris y pupilas.

Hoy he estado en el taller con Linda Daniela –ojos de selva-, un papagayo plañidero se ha extraviado en el verdor de su mirada, y no soporto ver más esos regueros de lágrimas en sus mejillas de caramelo.

- Bonitos ojos –ha enjuiciado el mecánico.
- ¡A mí me lo va a decir! –he exclamado dentro de un suspiro…


LA EPIDEMIA




Dicen que está muriendo mucha gente de tristeza. Me lo cuentan los gorriones que marchan a La Habana. Me lo dicen los vientres nervudos y habladores de las hojas marrones de los parques. Dicen que hay una epidemia que arrambla con el brillo de los ojos y se hace agujas en las grietas de la sangren. Y yo, que he visto a tantas enfermeras llorar ante los ojos vacíos de los pájaros, me he puesto a cubierto bajo el trozo de piel que se empapa sobre mi mirada de contrabando.

LA SONRISA DE LOS TRISTES




¡Cómo me gustas! ¡Y cómo me gustan tus historias que son más lindas que las mías! También más tristes… Pero eso no me importa… Sé que la vida une a los tristes. Como si fuésemos nubes de un gris invisible en mitad de una borrasca egoísta.

Pero, ¡cuánto se equivocan los otros humanos con los tristes! Y es que no somos los tristes esos seres azarosos que cabalgan cabeza gacha y manos desfondadas. ¡No! Los tristes reímos tanto o más que los alegres. Pero lo hacemos con nuestras sonrisas tristes. Ni demasiado abiertas ni demasiado cerradas. Justas en un equilibrio que sólo permite la tristeza. Y además, los tristes nos enamoramos tanto o más que los alegres. Pero lo hacemos con nuestros corazones tristes. Ni demasiado vanidosos ni demasiado comedidos. Justos para vibrar suaves en ese pentagrama del amor donde el beso y la caricia se alzan sobre las palabras presumidas. Porque, si de algo entendemos los tristes, es de conocer el misterio del silencio…

Yo no te conocí a ti en una tarde triste. Estabas vestidita de sol y hacías remolinos en el parque, con tus ojos negros, como el viento sobre el ala de un grillo. Me acerqué y supe que estabas triste. Así que te tomé de la mano y te propuse deshacernos -antes te había explicado que los tristes, llegado el momento, al ser como nubes nos deshacemos como ellas. Y como hiciste caso a mis razones de triste, ¡cuánto nos deshicimos aquella tarde…!

Tanto nos desvanecimos que nuestros hilitos de agua y sudor acabaron en la piedra del río y en el vaso ermitaño de un abuelo; en la melena estrecha de una montaña y en las raíces glotonas de un árbol centenario; en el mar que se pliega en un oleaje de latón y en la lágrima de un niño que no entiende el hambre de su hermano.

Nos deshicimos y nos hicimos. Hasta no sé cuántas veces… Y yo tracé sobre tu vientre las coordenadas de las estrellas que me dolían haber perdido y tú, sobre mi espalda, los versos más tristes que recordabas; y yo, sobre tus pechos, mi sed de niño triste y tú, bajo mi centro, tu voracidad de hembra triste… Y así hicimos de la tarde una tristeza y, de la tristeza un juego insaciable y prodigioso… Fuimos como dos gotitas en un charco que acaban hurgadas por la luna… Como dos trozos de memorias y pergaminos…


Como dos tristes que se desvisten sin mirarse, para devorarse luego, con infinita paciencia, en el ara celeste y asustadiza que observan, con inquietud, las almas tornadizas de los alegres…  

TU TRISTEZA



No me gusta verte triste, porque yo me pongo triste, y me detengo en el camino y mis manos se me cansan, y mis ojos se me cubren, y la garganta se hace arena y se me encallan las palabras.

No me gusta verte triste, porque yo me pongo triste, y las piedras no me hablan, y los sueños se me espantan, y las rejas se hacen altas y, las lágrimas que dejas, astillan los aros del agua.

No me gusta verte triste, porque yo me pongo triste, y las noches se me alargan, y las gubias ya no tallan, y a mis paredes les crecen amarillos en las panzas.

No me gusta verte triste, porque yo me pongo triste, y si los dos somos tristeza, hay herrumbres en el Cielo y cenizas en la Tierra

Dime niña de dónde viene,
la risa que acostumbrabas
-aunque sea de allende de los mares-
que atrás dejo mi verso
y me enmascaro de pirata. 

MARIPOSAS NEGRAS




No me muestro apenado 
para demandar la mirada
de quien malvive mis versos
con el sol hinchado en su faz.

No me confieso frágil
para requerir las clemencias
que conceden en las justas
al adalid de la derrota.

No deshilacho mi abrigo 
para atrapar en él las lágrimas
que quedaron olvidadas
en la seda de la luna.

Escribir puedo
renglones infinitos
que cuelguen en las almas
pasquines de colores.

Mas si elegí volar
entre las mariposas ciegas,
dejadme que yo labre
las piedras de mis alas.


SUSPIROS




SUSPIROS

¿Por qué las noches son negras?
¿Por qué se visten de luto los bordes de las estrellas? 
¿Por qué son de verde oscuro las veredas de las sierras?
¿Por qué son brunas las fuentes donde el agua se lamenta?
Si acaso ya es de carbón y bronce
la sombra de mi tristeza,
¿por qué no pueden ser blancos los clavos de mis poemas?


TROZOS DE VACÍO



Ahora que sus días muerden el último trecho de la jarcia, me doy cuenta de lo mucho que tengo de Otoño… De lo mucho que contengo del retal inverso que, como un escaso pañuelito sin etiqueta, se pierde en los bolsillos trenzados de la lluvia y la modestia. De tanto como poseo del olor que sangra hacia fuera en la tierra y hacia dentro en los tumores lenguaraces de los que amaron. De cómo me arrastra el cielo huérfano y el arroyo sin dibujos a la Sierra navegable. De cómo habito en la cajetilla de humo y habanos, y en el cristal traslúcido de la vecina que calienta la mirada en el puchero tibio de carne, cebolla y mariposas…

A menos que más, tocará que me marche y que te marches…

A menos que más, tú y yo…Tú Otoño discreto de huecos grises en el remolino de las caracolas rotas. Yo naranjo de lágrima en la acera que sepulta los grillos estivales. Tú Otoño de madera entre los pechos de dos pianos adolescentes. Yo modistillo de aguja en el enhebro siempre viejo del siempre dorado recuerdo. 

A menos que más, tocará que me marche y que te marches…

Por eso Otoño no me gusta que ya te nieven. Ni que te pinten del rojo marioneta que cubre los denarios. Aún chorreas de días y yo calo de noches, escribiendo en dorado sin leer apenas los reversos pueriles de los renglones que compongo de memoria. Dicen que soy demasiado triste y que, por ello, si fuera poeta, no pudiera ser poeta de los que caminan trechos, y que yo, por ser sólo soy, y más que ir, solo quedo... Y por eso, estos días, yo también muerdo el último trecho de la jarcia. Como tú, Otoño, -ceniciento del cuento interminable y la gubia del almíbar. Muerdo y muerdo, antes de que quedemos, enterrados para siempre, en la orilla primera de la nieve que derrite la tibieza del recuerdo de sus besos.


Feliz día. Feliz destino.

LÁGRIMAS EN LA LLUVIA




A veces se vienen las lágrimas como goterones de una lluvia desabrida, y descansas y te duermes aún con el salitre humano sobre tu rostro –como clavado por el agua. A veces hasta imagino olitas pequeñas distinguidas entre la negrura de los ojos y, en esa posición –casi fetal- de cabeza flanqueada por los brazos, dejo el arroyuelo imperceptible cayendo desde el espacio hasta una hoja paria que da lugar a un embalse de tristeza. Nunca supe llorar bien. Creo que es un ejercicio que no aprendí de niño con la debida suficiencia. Pues si entonces era un acto público y vocinglero, ahora lloro con un llanto escaso y profundo, como de lágrimas mudas y vergonzosas. Pero siempre sé que habrá un instante en que las lágrimas cesen y vuelva a ver la lluvia sin ningún otro velo de agua  -hechos náufragos ya mis ojos entre las bambalinas de la tormenta...

Es cuando tomo la tinta y empiezo a describir el dolor con los renglones que sobraron. Pues de todo llanto siempre queda un montoncito de poesía…

UNA PÁGINA EN GRIS



Malvivo con mi facilidad para desintegrarme. Para descomponer cada trozo de mi cuerpo, de mi espacio y de mi mente en partículas diminutas y volátiles. No aprendí a hacerlo. Es, simplemente, un defecto de fábrica. Me desarticulo en torno a un silencio recio y disconforme. Varado en una playa donde no ha lugar para ningún horizonte. No necesito presencias. Sólo queda asegurada mi existencia amarrada a un espejismo alineado con la luna. Conozco cuando el proceso se pone en marcha. Como una máquina bastarda. En ese instante preciso en que todo va a quedar quieto mis gestos y mis palabras pesan como el metal de que se hacen los recuerdos. No atino a componer estrofas y me resguardo solo con el abrigo de la pena. Cada luna parece más deslucida que la que recuerdo y cada día más hosco que el que le adelantó en el tiempo. Y la máquina bastarda bufa. Alquitranando mis manos con los versos que no escribo. Todo preciso. Todo estudiado desde el hediondo lugar donde se componen las miserias. Y un día, sin que el amanecer se haya preñado distinto, una grieta se cierra y, donde había vacío, aparece cielo. Pero ya no me elevo ni resurjo de  cenizas algunas. Las dejo amontonadas en la playa imaginaria que inventaron los duendes de la sonrisa. Pavesas de mi existencia, de mi imperceptible existencia con las que, un día, se podrá construir mi pergamino lapidario.

LA TRISTEZA POR LA TRISTEZA



Alguien dijo que había que tener cuidado con la tristeza, porque ésta se podía convertir en un vicio. También algún gurú de urbe soterrada me advirtió sobre los contagios de la misma. Y un chamán -roedor de alucinógenos- me conminó a evitar las lágrimas de las hembras pues, según decía, son más dañinas que el cantar maligno de las sirenas. En mi escaso tránsito por las almas grises he conocido a plañideras de lujo. Aquéllas cuyo salitre ocular bien podía costar más que todo Potosí –antes de que lo arrasáramos los iberos, claro. Tiene esta especie de mujer una estrategia definida y estudiada. Como una apertura de ajedrez. No se defienden –y eso que suelen jugar con negras. Atacan con su llanto mínimo e  incisivo. Te hacen ver a través del tamiz de su mirada acuosa y te ves desvalido y pálido. Demasiado débil para el contraataque. A lo más tiendes un pañuelo de papel reciclado y te quedas con cara de imbécil sin remedio, pensando qué leches has hecho para merecer ese ajeno desahogo. Suele pasar especialmente por las redes –éstas que llaman sociales porque la sociedad, como tal, hace tiempo que ya quedó extinguida y ahora existen estos reinos de taifas para que no nos demos mucha cuenta de lo que quedó extinto. Decía en esta reflexión -que me anda quedando ancha como la sotana de un novicio en ayuno- que, en estas redes –curiosa palabra siempre que la pienso- conoces a la interfecta y te coloca encima un problema de tamañas dimensiones que te sientes como Sísifo a media montaña –o subes o te despeñas, sin más opciones. Has de decir, llegado el momento, no señora o señorita, no me traslade usted al paraíso de sus lágrimas ni al averno de su desgracia, que yo ya gasté las mías y, por conocer infiernos, tengo los pies brunos de su roce contra el fuego. Déme usted una sonrisa amplia como el universo conocido, trasládeme a cualquier cuento de hadas, sírvame una tapita de luna joven o una caracola con un mar infantil prisionero que yo, en equidad obligada y complacida, pondré a sus pies –sin apenas reparar en el brillo de sus ojos- todo aquello que atesora el cofre de mi pobreza.