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EL FINAL DE LOS CUENTOS





Yo nunca había escrito -con fortuna- un cuento. Pensaba que todos los cuentos tenían un inicio, un nudo y un desenlace. Así me lo habían enseñado en el colegio. Y así lo había leído yo. Caperucita roja, El gato con botas, Pulgarcito… Todos tenían sus tres partes correspondientes. Y siendo tal, mis cuentos se quedaban siempre cojos… ¡Cuánto me costaba encontrar un final! Ya que tenía la historia desenvuelta, empezaba y empezaba a pensar cómo podría terminar aquello. Sabía que lo importante ya estaba contado. Que lo fueron palomillas en mis sienes ya reposaban -con cierta decencia- sobre un rimero de papelitos con dos renglones y cuatro puntadas para coserlos a una carpeta… Pero, la última página, ¡siempre en blanco! Esperando ese final que suena como el tachán del músico que, atrás del todo de la orquesta, adivina el momento exacto para la gruesa unión de sus dos platos dorados. 

Pasé así muchos años... Pasaron así por mis manos docenas de historias inconclusas. Dejé batallando, o besándose, o a medio morir o a medio nacer a una pléyade de personajes -como muñecos de cera en un museo de horarios infinitos.


Mas un día comencé a amar. De verdad. No como en mis cuentos. Y un día que amé mucho, mucho, empecé a entender que, en la vida, hay incontables historias que, lejos de necesitar ningún tachán estrepitoso, terminan -únicamente- con una nota de violín sostenida en una nube… 

¿CÓMO SOY DE VIEJO?



No me suelo mirar al espejo. Llevo siempre mi cabello escaso de medida y, al no necesitar acomodo, no le veo mucha utilidad a visionarlo. Tampoco me afeito. Mi barba es montaraz y, en ella, se enredan hilachos -de la desmemoria de Aracne- a los que no acerco tijeras que los sorprendan. Mis ojos no van a cambiar porque se contemplen y, el resto de mi cuerpo -que no conoce taras ni esplendores-, queda fuera del reflejo. Así que, la inutilidad global de mi acicalado, hace que pocas veces me acerque a esa opacidad generosa, ésa tras la que intuyo a ese otro yo que me acompaña.

Pero hoy -por buscar un ensayo de sonrisa desacostumbrada- me quedé un rato frente a éste que soy. Y fue en ese instante cuando, en mi vesania aburrida, intenté recordar como sería aquella primera vez en que me encontré con un varón de cincuenta años. ¡Qué viejo lo vería! 

De seguro que me extrañarían las palomillas de sus ojos, tu tez calmosa, su vello blanquecino, sus ojos desfondados, el revoltoso capricho de sus cejas…

Quedaría inquieto en la profundidad de esa mirada tallada por el buril de los años y en su desbordada certeza de haber visto casi todo. Detenido al ver el pentagrama de su frente y las manchitas disformes que trazan -en las sienes- los compases patizambos.

Quedaría sin duda ligeramente acogotado…


Y hoy sólo eso cuento -¡para qué más!-, la puerilidad de que me he visto como vería entonces a mi abuelo. ¿Acaso soy ya tan viejo? No puedo acabar de saberlo. A mí ahora me falta el niño -que yo era entonces- para juzgar -sin desaciertos- cómo es como me veo…  

INQUIETUDES





Voy y vengo. Subo y bajo. Me alejo y me acerco. Me escondo y aparezco. Río con algo que alguna vez me hizo, de verdad, reír. Sueño que calculo la probabilidad de que mi sueño se vuelva cierto. Compongo prosas que copulan sobre los renglones. Mantengo ser pirata de océanos de secano y adiestrador de críticos envidiosos. Soy extraño. Hasta para mí. Hasta para los otros extraños. Pero eso me hacer ser, porque me niego a que nadie traduzca mis silencios como una deserción de la vida.

Ahora llevo varias mañanas sin pasear. Así que ya no escondo historias en los huecos de los árboles. Las que escribo, las guardo en mis cajones, junto a las sábanas limpias con olor a naranjos. Pero las más, quedan atrapadas en mi cabeza, compuestas y sin destino cierto. Ateridas por el hielo que ablanda mis sienes. Ordenadas en el caos del que ahora soy un irreprochable prisionero.

Puedo llegar a ser tan ejemplarizante cautivo, que yo mismo construí la celda donde habito, donde duermo y donde pienso, donde me apago y me despierto. Apenas una irregular ventana desde donde oteo un trozo de ajenas existencias. Apenas una silla que suplica un tapizado. Apenas un baño donde lavo mis pecados…

Todo lo que es ahora, acaba siendo luego, y mañana se parece demasiado a ayer. Todo noviembre tiene una primavera arrepentida y han decapitado al otoño sobre el severo calendario. Todos los caminos quedan lejos de Roma y, en París, ya no saben lo que es un evangelio. Dicen que la Luna va sellando sus cráteres, y que Saturno regala anillos crepitantes a las estrellas casaderas.


No sé nada de todo esto, yo sigo en mi celda componiendo canciones de amor para los tenores mudos. 

EL OFICIO DE ESCRIBIR



EL OFICIO DE ESCRIBIR

Desde que me convertí –al menos transitoriamente- en un anacoreta de costumbres urbanas, dóciles y elementales, cada noche tiene o no la condición de festiva, dependiendo únicamente del éxito que otorgo a la singular aventura de transcribir palabras, del interior que palpita, al papel que silencia –¡ahí quedó eso…!

Y es que siempre pensé que no todo el que escribe es escritor, por mucho que así lo defina la Real Academia, pero que sí lo era toda persona que escribe con la sana intención de relatar algo, con una formas determinadas, para despertar en otro cualquier emoción. No es fácil decidir a quién incluimos o no en el monto de los escritores por definición. Porque con la acepción que les he expuesto, una señora que deja a su marido una nota sobre la mesita de noche en que, le advierte de su inapelable decisión de no volver a verlo, sería una escritora. Ha escrito. Ha tenido la intención de contar algo. Lo ha hecho de determinada forma. Y ha despertado en otro una emoción –y ¡vaya con la emoción! ¿Ven? Es muy complicado esto de calibrar quién es escritor…

Hay quien a la definición anterior añadiría dos nuevas condiciones, la habitualidad y la exclusividad. Conocida mi habitualidad, no saben ustedes en la cantidad de ocasiones en que me han preguntado: pero, ¿aparte de escribir te dedicas a otra cosa? Esa es para el Universo de la Palabra la Gran Pregunta. Una pregunta que nadie le haría a Ken Follett o a don José Saramago –mucho menos a este último por razones tristemente obvias. Pero a mí sí. Y cuando manifiesto mi pobre condición de funcionario estatal, ¡ay amigos!, ahí pierdo ya toda mi condición de escritor. Aunque quien me haya interpelado, momentos antes, haya estado colmando de loas mis papeles. No hay nada que hacer. Para él/ella dejé de ser escritor para pasar a ser un funcionario que tiene el hobby de escribir. ¿A que sí?

Luego están aquellos que inquieren contemplando otros matices… Pero… ¿has escrito algún libro? ¡Ay! Segunda condición que no cumplo. Ya no me dejan lo de escritor ni como hobby… ¿Has ganado algún premio? ¡Zas! ¡Aquí los sorprendo! –me digo para mí.  ¡Sí señor! tal y tal y tal… (no sigo con más tales porque no los hay, no vale la redacción con la que gané en 6º de EGB). Y como los tales no son los que habitualmente se publicitan ¡Ay! Tercera condición a la papelera del desengaño. Y el interrogatorio que finaliza con una conclusión inapelable y muy andaluza: éste ni es escritor ni es ná… 

Sí señores/as, lo antedicho podía ser mi ensayo –pueril donde los haya- sobre qué es esto de ser escritor. Quienes a esta tarea se dedican habrán sonreído amargamente. Yo seguiré con mi noviazgo con las palabras. Por ahora no hay fecha para la boda, ni tenemos padrinos que nos sustenten ni oficiante que nos bendiga. Sé que la anécdota con la que voy a periclitar -¡toma! ¿ven? palabreja de escritor- esta minuta, está muy trillada, pero siempre la refiero cuando hablo de esto de escribir. Cuentan que, presentados en una recepción el torero sevillano “El Gallo” y don José Ortega y Gasset, el primero preguntó al segundo que a qué se dedicaba, suponiendo don José la carencia intelectual del torero –que no era ni mucho menos tal- le dijo que se dedicaba a pensar. El torero asintió y se giró para comentarle a su subalterno,…desde luego hay gente “pa” “to”…

Feliz madrugada. Feliz destino.
(Feliz atardecida América)   


P.D. Déjenme que les cuente otro día la clase de escritores que no soporto. Hay mucha tela que cortar.

PENSAR, ESE VERBO TAN DESCONOCIDO…




Voy a buscarme un lugar para pensar. Necesito soltar lastre. Soltar vida de la que no vale –como el colesterol malo. No recuerdo la última vez que pensé. La última ocasión en que, seriamente, me puse a pensar. He andado cavilando más o menos mientras estaba en otras labores, pero lo que se dice pensar, concentrando todo mi cuerpo en el verbo, no.

Sé que el verano no es bueno para pensar. Más bien se utiliza para "despensar". Se oye en estos días de forma frecuente:  "… me voy a desconectar un tiempo…" "…me voy una quincena a la playa a no saber nada de nadie…" "…voy a leer en estos días toda la lectura que tengo atrasada… " "…me marcho a disfrutar unos días con la familia…". Y claro, a uno le dan ganas de preguntar: qué  es desconectar, qué es no saber nada de nadie, cómo se va a leer usted en unos días lo que no ha leído en su puñetera vida y qué hace el resto del año usted con su familia… Y lo que es más importante ¿y a la vuelta? ¿volverá usted a ser el de antes de su quincena vacacional? Porque entonces, como decimos en mi tierra, para ese viaje no hacían falta alforjas…Pero uno, en su prudencia genética, calla, inclina el cuello y otorga.

Pensar es algo más. Es detenerse. Señalar la página a mitad de la novela. No hace falta que uno ponga posturas raras -que más que pensar en lo que debes, piensas sólo en cómo puñetas mantener el equilibrio. No. Lo único raro que usted debe de hacer es parar.
Porque pensar es repasar nuestra historia. La pequeña. La importante. La que escribimos cada día. Ésa de la que somos poseedores de sus páginas. Revisarla y preguntarnos con seriedad, ¿cómo va mi crónica?, ¿cerré ya aquel capítulo que llevo años queriendo cerrar?, ¿qué hice con aquel personaje que sigue apareciendo sin que nadie le dé vela que encender?. Porque no es fácil escribir una historia e ir dejando capítulos abiertos y personajes aparcados. ¿Se imaginan lo que sería una novela trazada de esa forma?

Mis queridos-queridas lectores-lectoras (no imagino que son ustedes muchos, me basta una salita algo coqueta con media docena de sillas) hay que ir concluyendo capítulos. Sabedores de que nuestra historia (al menos la mía) lleva ya muchos títulos escritos.

Hay que pensar en cómo dar con el final más adecuado para ese personaje que se resiste a abandonar la novela. Hay que acabar con ciertos lugares, paisajes, amaneceres, atardeceres; porque sólo acabando con ellos descubriremos que nos quedan nuevas páginas por escribir. No pretendamos hacer malabares con nuestra vida y colocar unos personajes sobre otros que no se han ido, nos nacerán monstruos de dos cabezas, de dos corazones y de ningún sentido. No pretendamos tener una historia manejando, a la vez, la vida de quince docenas de personajes. Libérese usted de capítulos. Y piense en cómo van a comenzar los nuevos. No tenga miedo a fantasear. La fantasía es imprescindible para estar gentilmente vivo. No tema hacer un giro literario en su novela. Lo grande de estar vivo es que podemos cambiar de personaje. Pero ¡ojo! eso conlleva, en la mayoría de las veces, también cambiar el elenco de quienes nos acompañan. Hay quien esto no lo entiende y, se acaba quedando con la soledad por toda compañera de obra, porque no avisó a nadie de su cambio. Es preceptivo. Si es necesario hasta ponga usted un rótulo: "Estoy de Reformas". Y, cuando finalice, comience usted la siguiente página de su vida con una amplia sonrisa, un lapicero y una gran goma de borrar.

Sí. He de encontrar un lugar para pensar. Ya lo dije. Este velero lleva mucho lastre, y he de soltar sobrecarga antes de embarrancar en el acantilado equivocado. 




© Fotografía del encabezamiento: Charo Guarino

TROCEANDO SOLEDADES



Ando cargado de trozos. Como otros andan cargados de  leños castigados o de urgentes primaveras.


Hay un trozo de paisaje en el dobladillo de mi lienzo ceniciento. Hay un trozo de memoria en la maleta que acarreo y un trozo de niñez en mis calcetines de colores. Hay un trozo de príncipe en el sapo que alimento y un trozo de truhán en el carmín de mi solapa. Hay un trozo de dios en la oración que mastico y un trozo de infierno en el pecado que me vence. Hay un trozo de tarta en cada cumpleaños que abandono y un trozo de fiesta malgastada junto a mi zapato de madera. Hay un trozo de palabra en cada silencio que mastico y un trozo de soledades en el humo senil de mi cigarro. Hay siempre un trozo de beso en la quebranta de mis labios y un trozo de caricia en mis brazos que aman y defienden. Y hay un trozo de canción que tarareo a mi gato y un trozo de secreto escrito en un cuaderno… Y hay un rimero de trozos en el fondo de tus ojos que, de cuando en cuando, como hoy, rescato con mi voz disfrazada de poema… 

REFLEXIÓN IMPROPIA PARA UN SÁBADO ACOSTUMBRADO.



Parar. Pensar. Respirar y seguir. Podría ser el orden cabal de cualquier existencia. Tener además un amanecer en los bolsillos y una luna por blasón. Una tarde de verano para cuando el frío arrecia en los nidos de los solitarios y otra de primavera para llenarte -siempre a ti- el vientre de flores malqueridas.

Respirar y seguir sin más equipaje que una piel algo machucha y un corazón maltratado –que si aún anda nuevo es que se ha vivido con escasez …

Parar. A ser posible sobre una montaña infinita. Contemplando un horizonte infinito. Y bajo un cielo con campanillas infinitas. No es éste mal alto en el camino. El justo para servirse de un manantial de quimeras y palpar el frescor de una brisa que olvidamos entre adoquines y cemento.

Y pensar. Como pienso cuando escribo. Como pienso cuando hablo. Como pienso cuando me equivoco –aquí me río y más bien despienso … Pensar en lo lejos que queda todo cuando de todo nos hemos alejado –nunca hay una primavera sin el previo rigor del invierno …


Todo justo y desordenado. Como en este pensamiento. Impropio porque un día así lo señalé. Propio porque lo asumo y lo siento. Como asumo y siento que esta mañana de sábado también se anda consumiendo. Son horas las de un reloj que puso en marcha un curioso relojero …

LA MITAD DEL CAMINO




Vas un día y lo piensas –eso tiene de malo, a veces, pensar. Y uno va y se siente –también se puede sentar- a mitad del camino. Y mira hacía atrás y hasta se puede hacer balance de lo transitado –no es recomendable porque el pensamiento humano tiene por costumbre arrastrar lo bueno hacia los confines de la memoria y colocar lo malo en el escaparate de la misma. Y siguiendo el visionado, miras hacia delante y se presenta un boscoso retazo de vida que, a diferencia de lo vivido y, por más que nos pese, no es cuantificable –es tan sólo una probabilidad estadística si es que la salud es medianamente plausible. Ése es el lugar. Ésa es la mitad del camino. El lugar de la incertidumbre perfecta. Demasiado viejo para ser joven. Demasiado joven para ser viejo. Uno puede, a pesar de lo confuso sacar, sin embargo, conclusiones irrefutables. Jamás se volverá a tener un amor de quince años –y ello, por la curiosa razón de que jamás se va a poder repetir tan señalado aniversario. Jamás se volverá a sentir por primera vez el roce de unos labios a los que acompaña el cosquilleo adolescente que nace en la planta de los pies y llega hasta la coronilla sin haber perdido un ápice de su fuerza. Jamás se volverá a sentir, como un viaje hacia la infantil magia, el hechizo de un circo, o aquella primera película que nos hizo llorar –con muecas inaceptables para evitarlo. Y seguiría con lo jamases aún a costa de que este pensamiento quedase marcado por una excesiva pátina de nostalgia pesimista –cosa ésta que no suele estar bien considerada y, menos ahora, en que se llenan los muros imaginarios de las redes cibernéticas con esas frases lapidarias en las que comenzar siempre es posible. Y un carajo. Es posible, como mucho, seguir caminando tras un alto en el camino. Pero la salida, mas que nos pese, quedó lejos y aquí no vale eso de de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente ...




Así pues y, de cuanto se ha antedicho se colige: es la presunta mitad del camino. El lugar, itero, donde no existen prismáticos para otear que queda ahí delante. Pensemos – por qué no- que todo lo bueno que no completamos allá atrás. Pensemos que todavía escribiremos -en papel robado- un verso para entregarlo a un corazón recién parido. Pensemos que, a lo peor, hace tiempo que la mitad del camino quedó demasiado atrás para andarse ahora con zarandajas o que, a lo mejor, todo lo escrito que usted ha leído no es sino fruto de la imaginación cansina de una lánguida tarde de verano. Pensemos, pero no mucho …

EL VÓMITO DEL DESTINO




Hoy, al despertar, me ha venido como en un vómito la sangre endurecida de Lorca y el dolor infatigable de Miguel –aquél que amara en Orihuela. La esterilidad de los campos yermos de Machado y el verso cansino –por estéril- de Neruda. Se me ha hecho la noche en un torbellino de estrellas asesinas y me he sentido frente al  pelotón que pisó –como hormigas- a los poetas que acabaron derrotados. No es distinta mi derrota. La conozco. La mastico como un tabaco que se escupe y que retorna. Es hedionda. Hacedora de un destino que me ha hecho estrechas todas las veredas y amarga el agua de todos los ríos y de todos los besos. La derrota que grita que me calle. La derrota a la que grito que, postrado en mi silencio, no dejaré de nombrarla con mi tinta y con mi llanto porque, sólo así, conseguiré ahuyentarla  –con la brevedad del tiempo- hasta los parajes donde fornican con el demontre los lobos malditos que devoran la sombra de mi estampa. 

INVENCIBLE



Me haré invencible. Desenterraré la pluma con la que otrora construía poemas en mis playas de azúcar. Viajaré a la noche y, en el camino –a modo de figuras- sembraré de palabras las enaguas de lo lóbrego. Revestiré parques con árboles inventados y convocaré legiones de mariposas metálicas. Batallaré en justas por besos de doncellas y, en sus pañuelos de encaje, dejaré la mácula de mi pendón y de mi sangre. Arrastraré barcos hasta los mares procelosos y allí, enarboladas las velas, me batiré en la cubierta con los tritones gigantes de mis ensueños. Sonreiré cuando deba y, cuando deba, dejaré que las lágrimas tomen los regueros designados. Seré humilde -pues es ésa gran valentía- y, en mi sencillez derrotaré la mirada de los serviles.

Porque si no vuelvo a mis playas de azúcar no seré capaz de acabar nunca tu poema. Porque si no me acerco a la noche, seguirá yermo el camino que lleva hasta tu vigilia. Porque si no invento parques quedarán demasiados otoños por deshacer. Porque si no me bato en justas no tendré jamás las cuitas de tus aliento. Porque si no sonrío no veré plena tu risa y, si no soy humilde, me olvidaré de quien no era antes de ser en ti.

Seré invencible niña con la rezagada razón, con la justificada esperanza, con el ardoroso intento, de que me venzas cada noche entre la saliva y sangre de tus labios desgarrados.

EL PRÓFUGO




Hay veces en que me siento como un prófugo de mi mismo. Como el desertor de una batalla donde jamás existieron contendientes. Escapo de mi piel y vuelo. Vuelo antes de ser plenamente consciente de mi ignorancia para conjugar cualquier verbo en su futuro. Hay muchas veces en que, en una maniobra imposible, trato de adelantarme a la vida. No hacerlo. Es la mejor manera de que la vida te adelante sin piedad. Sientes desfilar sobre tus huesos todo lo que ya iba a ocurrir sin tener la más pequeña opción de sancionarlo. Y quedas descompuesto. Un muñeco roto en manos de un muñeco ignorante. Travestido de ti mismo. Del que fuiste. Del que serás.

¿Pensar? Sí, pero con condiciones. Sin forzar la estructura de mi mente más allá de unos límites convenidos –yo nunca marqué las fronteras, no tengo manejo del artilugio con el que se separan los mundos. Te cuestionas cuándo y con quién hiciste el pacto de luchar contra las interrogantes. Y te marchas y vuelves. Y te preguntas por qué entonces marchaste. Para encontrar algo en el camino, dice el sabio. Pues no debo de haberlo escrutado bien, te respondes con cierto rubor. Y pruebas entonces, en el siguiente viaje, a dejar miguitas de pan en los terruños. Nada. Se las debieron de comer los pájaros. Y al menos yo, me canso de hacer las maletas. Será por eso que tengo toda la ropa esturreada sobre las colchas, como la memoria… Y llega entonces el instante. Ese instante tan vanidoso como pedante. Tan pretencioso y tan pobre. Tan lerdo en su origen. El instante de poner todo por escrito. Lo cual te lleva al doble trabajo de pensar y leer lo pensado. ¡Pobre! –dicen los pájaros que se comieron las miguitas.   

Y escuchas a lo lejos, a los pies de las trincheras embrujadas, como ríe el pasado con esa jactancia de futuro disfrazado. Porque quieras o no, volverás a la batalla de la que nunca quisiste ser el único contendiente.

ÁRBOLES SIN SUEÑOS



¡Ay árboles que arrebatáis el espacio de mi parque! Árboles grandes como selvas y pequeños como pezones. Árboles altos y bajos, impenetrables y obvios, insuficientes y lujuriantes. Sois el crisol de sombras que cobija las letras en las que me vacío, el tamiz invertido que eleva mis fantasías. Sois la portada de un cuento de madera que me queda por escribir y las alas verdes de una mariposa que me queda por amar. Sois el aliento de hierba de la voz que me llama y me discute.

Os alimento cada tarde como se alimenta a las palomas -hierática mi estampa sobre la forja del banco que os sostiene. Os muestro lo que escribo y lo que callo, lo que pienso y lo que olvido. Sois la estampa inmóvil de mis batallas. Las exclamaciones de mis derrotas. Siempre vosotros. Necesarios e invisibles. Faltos de hileras que os rectifiquen. Nacidos allí y acá. Sorprendiendo a la tierra infecunda y urbana de este lugar que cada tarde me socorre. Sois como yo. Hartos de palabras. Armados de silencios. Impenetrables al aire que adoráis y que os lamenta con la luna. Sois así. Tejedores recios de esos sueños que sólo entienden aquéllos que nacieron con el alma de madera.   

CONJUGANDO EL VERBO AMAR




Decía el gran Nicanor Parra, poeta, matemático, físico y chileno -póngalo usted en el orden que más le agrade que yo lo constituí sin pensarlo- que el mañana es ese día que no llega nunca, ya que en el momento que lo hace se convierte en presente y, por mor de la instantaneidad más inexplicable, lo hace también en pasado. Yo, sin embargo, sólo añoro el mañana. Será porque es lo único que nunca tuve. Tengo el presente y se me va como hoja que lleva el diablo y tuve, sí ¡ay tuve! el pasado y me quedó clavado, porito a porito, en mi piel en un perfecto trabajo de ingeniería perversa. Nunca he amado en presente porque, al darlos, ya volaron mis besos a otros labios. Nunca he amado en pasado porque, a fuerza de desmemoriado, me he vuelto un redomado sinvergüenza que cree que amar no es verbo que sea posible conjugar en pretérito –ni perfecto ni imperfecto. Así pues me queda amar en futuro. Cosa ésta a la que se le antoja la más pueril y lógica de las cuestiones: ¿A quién?

Será por eso que amo tus andares niña cuando los pierdes delante de los míos. Y que atrapo tu mirada cuando la cruzas en ese instante en que soy yo también el que mira. Será por eso que sólo te acaricio en sueños cuando, la duermevela te hace tan mía, que me olvido de que existo. Será por este galimatías metafísico que ayer te vi y te amé y hoy apenas recuerdo el color ¿grisáceo? de tus ojos. Más por ello nunca te me pierdas, niña, porque algún día aspiro a amarte en pasado, presente y futuro. En todas las conjugaciones verbales que acepte tan exquisito verbo. Tan imprescindible proceder. Porque amarte. Amarte como lo hago eso sí que es un gran problema metafísico.

P.D. Un beso de mañana porque, el de ahora, ya lo revoloteó el viento.