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EL FINAL DE LOS CUENTOS
Yo nunca había escrito -con fortuna- un cuento. Pensaba que
todos los cuentos tenían un inicio, un nudo y un desenlace. Así me lo habían
enseñado en el colegio. Y así lo había leído yo. Caperucita roja, El gato con
botas, Pulgarcito… Todos tenían sus tres partes correspondientes. Y siendo tal,
mis cuentos se quedaban siempre cojos… ¡Cuánto me costaba encontrar un final!
Ya que tenía la historia desenvuelta, empezaba y empezaba a pensar cómo podría
terminar aquello. Sabía que lo importante ya estaba contado. Que lo fueron
palomillas en mis sienes ya reposaban -con cierta decencia- sobre un rimero de
papelitos con dos renglones y cuatro puntadas para coserlos a una carpeta… Pero,
la última página, ¡siempre en blanco! Esperando ese final que suena como el
tachán del músico que, atrás del todo de la orquesta, adivina el momento exacto
para la gruesa unión de sus dos platos dorados.
Pasé así muchos años... Pasaron así por mis manos docenas de
historias inconclusas. Dejé batallando, o besándose, o a medio morir o a medio
nacer a una pléyade de personajes -como muñecos de cera en un museo de horarios
infinitos.
Mas un día comencé a amar. De verdad. No como en mis
cuentos. Y un día que amé mucho, mucho, empecé a entender que, en la vida, hay
incontables historias que, lejos de necesitar ningún tachán estrepitoso,
terminan -únicamente- con una nota de violín sostenida en una nube…
¿CÓMO SOY DE VIEJO?
No me suelo mirar al espejo. Llevo siempre mi cabello escaso
de medida y, al no necesitar acomodo, no le veo mucha utilidad a visionarlo.
Tampoco me afeito. Mi barba es montaraz y, en ella, se enredan hilachos -de la
desmemoria de Aracne- a los que no acerco tijeras que los sorprendan. Mis ojos
no van a cambiar porque se contemplen y, el resto de mi cuerpo -que no conoce
taras ni esplendores-, queda fuera del reflejo. Así que, la inutilidad global
de mi acicalado, hace que pocas veces me acerque a esa opacidad generosa, ésa
tras la que intuyo a ese otro yo que me acompaña.
Pero hoy -por buscar un ensayo de sonrisa desacostumbrada-
me quedé un rato frente a éste que soy. Y fue en ese instante cuando, en mi
vesania aburrida, intenté recordar como sería aquella primera vez en que me
encontré con un varón de cincuenta años. ¡Qué viejo lo vería!
De seguro que me extrañarían las palomillas de sus ojos, tu
tez calmosa, su vello blanquecino, sus ojos desfondados, el revoltoso capricho
de sus cejas…
Quedaría inquieto en la profundidad de esa mirada tallada
por el buril de los años y en su desbordada certeza de haber visto casi todo.
Detenido al ver el pentagrama de su frente y las manchitas disformes que trazan
-en las sienes- los compases patizambos.
Quedaría sin duda ligeramente acogotado…
Y hoy sólo eso cuento -¡para qué más!-, la puerilidad de que
me he visto como vería entonces a mi abuelo. ¿Acaso soy ya tan viejo? No puedo
acabar de saberlo. A mí ahora me falta el niño -que yo era entonces- para
juzgar -sin desaciertos- cómo es como me veo…
INQUIETUDES
Voy y vengo. Subo y bajo. Me
alejo y me acerco. Me escondo y aparezco. Río con algo que alguna vez me hizo,
de verdad, reír. Sueño que calculo la probabilidad de que mi sueño se vuelva
cierto. Compongo prosas que copulan sobre los renglones. Mantengo ser pirata de
océanos de secano y adiestrador de críticos envidiosos. Soy extraño. Hasta para
mí. Hasta para los otros extraños. Pero eso me hacer ser, porque me niego a que
nadie traduzca mis silencios como una deserción de la vida.
Ahora llevo varias mañanas
sin pasear. Así que ya no escondo historias en los huecos de los árboles. Las
que escribo, las guardo en mis cajones, junto a las sábanas limpias con olor a
naranjos. Pero las más, quedan atrapadas en mi cabeza, compuestas y sin destino
cierto. Ateridas por el hielo que ablanda mis sienes. Ordenadas en el caos del
que ahora soy un irreprochable prisionero.
Puedo llegar a ser tan
ejemplarizante cautivo, que yo mismo construí la celda donde habito, donde
duermo y donde pienso, donde me apago y me despierto. Apenas una irregular
ventana desde donde oteo un trozo de ajenas existencias. Apenas una silla que
suplica un tapizado. Apenas un baño donde lavo mis pecados…
Todo lo que es ahora, acaba
siendo luego, y mañana se parece demasiado a ayer. Todo noviembre tiene una
primavera arrepentida y han decapitado al otoño sobre el severo calendario.
Todos los caminos quedan lejos de Roma y, en París, ya no saben lo que es un
evangelio. Dicen que la Luna
va sellando sus cráteres, y que Saturno regala anillos crepitantes a las
estrellas casaderas.
No sé nada de todo esto, yo
sigo en mi celda componiendo canciones de amor para los tenores mudos.
EL OFICIO DE ESCRIBIR
EL OFICIO DE ESCRIBIR
Desde que me convertí –al
menos transitoriamente- en un anacoreta de costumbres urbanas, dóciles y elementales,
cada noche tiene o no la condición de festiva, dependiendo únicamente del éxito
que otorgo a la singular aventura de transcribir palabras, del interior que palpita,
al papel que silencia –¡ahí quedó eso…!
Y es que siempre pensé que no
todo el que escribe es escritor, por mucho que así lo defina la Real Academia , pero que sí lo era
toda persona que escribe con la sana intención de relatar algo, con una formas determinadas,
para despertar en otro cualquier emoción. No es fácil decidir a quién incluimos
o no en el monto de los escritores por definición. Porque con la acepción que
les he expuesto, una señora que deja a su marido una nota sobre la mesita de
noche en que, le advierte de su inapelable decisión de no volver a verlo, sería
una escritora. Ha escrito. Ha tenido la intención de contar algo. Lo ha hecho
de determinada forma. Y ha despertado en otro una emoción –y ¡vaya con la
emoción! ¿Ven? Es muy complicado esto de calibrar quién es escritor…
Hay quien a la definición
anterior añadiría dos nuevas condiciones, la habitualidad y la exclusividad. Conocida
mi habitualidad, no saben ustedes en la cantidad de ocasiones en que me han
preguntado: pero, ¿aparte de escribir te dedicas a otra cosa? Esa es para el
Universo de la Palabra
la Gran Pregunta. Una pregunta que nadie le haría a Ken Follett o a don José
Saramago –mucho menos a este último por razones tristemente obvias. Pero a mí
sí. Y cuando manifiesto mi pobre condición de funcionario estatal, ¡ay amigos!,
ahí pierdo ya toda mi condición de escritor. Aunque quien me haya interpelado,
momentos antes, haya estado colmando de loas mis papeles. No hay nada que
hacer. Para él/ella dejé de ser escritor para pasar a ser un funcionario que
tiene el hobby de escribir. ¿A que sí?
Luego están aquellos que inquieren
contemplando otros matices… Pero… ¿has escrito algún libro? ¡Ay! Segunda
condición que no cumplo. Ya no me dejan lo de escritor ni como hobby… ¿Has
ganado algún premio? ¡Zas! ¡Aquí los sorprendo! –me digo para mí. ¡Sí señor! tal y tal y tal… (no sigo con más
tales porque no los hay, no vale la redacción con la que gané en 6º de EGB). Y
como los tales no son los que habitualmente se publicitan ¡Ay! Tercera
condición a la papelera del desengaño. Y el interrogatorio que finaliza con una
conclusión inapelable y muy andaluza: éste
ni es escritor ni es ná…
Sí señores/as, lo antedicho
podía ser mi ensayo –pueril donde los haya- sobre qué es esto de ser escritor.
Quienes a esta tarea se dedican habrán sonreído amargamente. Yo seguiré con mi
noviazgo con las palabras. Por ahora no hay fecha para la boda, ni tenemos
padrinos que nos sustenten ni oficiante que nos bendiga. Sé que la anécdota con
la que voy a periclitar -¡toma! ¿ven? palabreja de escritor- esta minuta, está
muy trillada, pero siempre la refiero cuando hablo de esto de escribir. Cuentan
que, presentados en una recepción el torero sevillano “El Gallo” y don José
Ortega y Gasset, el primero preguntó al segundo que a qué se dedicaba,
suponiendo don José la carencia intelectual del torero –que no era ni mucho
menos tal- le dijo que se dedicaba a pensar. El torero asintió y se giró para
comentarle a su subalterno,…desde luego
hay gente “pa” “to”…
Feliz madrugada. Feliz
destino.
(Feliz atardecida
América)
P.D. Déjenme que les cuente
otro día la clase de escritores que no soporto. Hay mucha tela que cortar.
PENSAR, ESE VERBO TAN DESCONOCIDO…
Voy a buscarme un lugar para
pensar. Necesito soltar lastre. Soltar vida de la que no vale –como el
colesterol malo. No recuerdo la última vez que pensé. La última ocasión en que,
seriamente, me puse a pensar. He andado cavilando más o menos mientras estaba
en otras labores, pero lo que se dice pensar, concentrando todo mi cuerpo en el
verbo, no.
Sé que el verano no es bueno
para pensar. Más bien se utiliza para "despensar". Se oye en estos
días de forma frecuente: "… me voy a desconectar un tiempo…"
"…me voy una quincena a la playa a no saber nada de nadie…"
"…voy a leer en estos días toda la lectura que tengo atrasada… " "…me
marcho a disfrutar unos días con la familia…". Y claro, a uno le dan
ganas de preguntar: qué es desconectar,
qué es no saber nada de nadie, cómo se va a leer usted en unos días lo que no
ha leído en su puñetera vida y qué hace el resto del año usted con su familia…
Y lo que es más importante ¿y a la vuelta? ¿volverá usted a ser el de antes de
su quincena vacacional? Porque entonces, como decimos en mi tierra, para ese
viaje no hacían falta alforjas…Pero uno, en su prudencia genética, calla, inclina
el cuello y otorga.
Pensar es algo más. Es
detenerse. Señalar la página a mitad de la novela. No hace falta que uno ponga
posturas raras -que más que pensar en lo que debes, piensas sólo en cómo
puñetas mantener el equilibrio. No. Lo único raro que usted debe de hacer es
parar.
Porque pensar es repasar
nuestra historia. La pequeña. La importante. La que escribimos cada día. Ésa de
la que somos poseedores de sus páginas. Revisarla y preguntarnos con seriedad,
¿cómo va mi crónica?, ¿cerré ya aquel capítulo que llevo años queriendo
cerrar?, ¿qué hice con aquel personaje que sigue apareciendo sin que nadie le
dé vela que encender?. Porque no es fácil escribir una historia e ir dejando
capítulos abiertos y personajes aparcados. ¿Se imaginan lo que sería una novela
trazada de esa forma?
Mis queridos-queridas
lectores-lectoras (no imagino que son ustedes muchos, me basta una salita algo
coqueta con media docena de sillas) hay que ir concluyendo capítulos. Sabedores
de que nuestra historia (al menos la mía) lleva ya muchos títulos escritos.
Hay que pensar en cómo dar
con el final más adecuado para ese personaje que se resiste a abandonar la
novela. Hay que acabar con ciertos lugares, paisajes, amaneceres, atardeceres;
porque sólo acabando con ellos descubriremos que nos quedan nuevas páginas por
escribir. No pretendamos hacer malabares con nuestra vida y colocar unos personajes
sobre otros que no se han ido, nos nacerán monstruos de dos cabezas, de dos
corazones y de ningún sentido. No pretendamos tener una historia manejando, a
la vez, la vida de quince docenas de personajes. Libérese usted de capítulos. Y
piense en cómo van a comenzar los nuevos. No tenga miedo a fantasear. La
fantasía es imprescindible para estar gentilmente vivo. No tema hacer un giro literario
en su novela. Lo grande de estar vivo es que podemos cambiar de personaje. Pero
¡ojo! eso conlleva, en la mayoría de las veces, también cambiar el elenco de
quienes nos acompañan. Hay quien esto no lo entiende y, se acaba quedando con
la soledad por toda compañera de obra, porque no avisó a nadie de su cambio. Es
preceptivo. Si es necesario hasta ponga usted un rótulo: "Estoy de
Reformas". Y, cuando finalice, comience usted la siguiente página de su vida con una amplia sonrisa, un lapicero y una gran goma de borrar.
Sí. He de
encontrar un lugar para pensar. Ya lo dije. Este velero lleva mucho lastre, y he de
soltar sobrecarga antes de embarrancar en el acantilado equivocado.
© Fotografía del
encabezamiento: Charo Guarino
TROCEANDO SOLEDADES
Ando cargado de trozos. Como otros andan cargados de leños castigados o de urgentes primaveras.
Hay un trozo de paisaje en el dobladillo de mi lienzo ceniciento.
Hay un trozo de memoria en la maleta que acarreo y un trozo de niñez en mis calcetines
de colores. Hay un trozo de príncipe en el sapo que alimento y un trozo de
truhán en el carmín de mi solapa. Hay un trozo de dios en la oración que mastico
y un trozo de infierno en el pecado que me vence. Hay un trozo de tarta en
cada cumpleaños que abandono y un trozo de fiesta malgastada junto a mi zapato
de madera. Hay un trozo de palabra en cada silencio que mastico y un trozo de soledades
en el humo senil de mi cigarro. Hay siempre un trozo de beso en la quebranta de
mis labios y un trozo de caricia en mis brazos que aman y defienden. Y hay un
trozo de canción que tarareo a mi gato y un trozo de secreto escrito en un
cuaderno… Y hay un rimero de trozos en el fondo de tus ojos que, de cuando en
cuando, como hoy, rescato con mi voz disfrazada de poema…
REFLEXIÓN IMPROPIA PARA UN SÁBADO ACOSTUMBRADO.
Parar. Pensar. Respirar y seguir. Podría ser el orden cabal de
cualquier existencia. Tener además un amanecer en los bolsillos y una luna por blasón.
Una tarde de verano para cuando el frío arrecia en los nidos de los solitarios
y otra de primavera para llenarte -siempre a ti- el vientre de flores
malqueridas.
Respirar y seguir sin más equipaje que una piel algo machucha
y un corazón maltratado –que si aún anda nuevo es que se ha vivido con escasez …
Parar. A ser posible sobre una montaña infinita. Contemplando
un horizonte infinito. Y bajo un cielo con campanillas infinitas. No es éste
mal alto en el camino. El justo para servirse de un manantial de quimeras y palpar
el frescor de una brisa que olvidamos entre adoquines y cemento.
Y pensar. Como pienso cuando escribo. Como pienso cuando
hablo. Como pienso cuando me equivoco –aquí me río y más bien despienso …
Pensar en lo lejos que queda todo cuando de todo nos hemos alejado –nunca hay
una primavera sin el previo rigor del invierno …
Todo justo y desordenado. Como en este pensamiento. Impropio
porque un día así lo señalé. Propio porque lo asumo y lo siento. Como asumo y
siento que esta mañana de sábado también se anda consumiendo. Son horas las de un
reloj que puso en marcha un curioso relojero …
LA MITAD DEL CAMINO
Vas un día y lo piensas –eso tiene de malo, a veces, pensar.
Y uno va y se siente –también se puede sentar- a mitad del camino. Y mira hacía
atrás y hasta se puede hacer balance de lo transitado –no es recomendable
porque el pensamiento humano tiene por costumbre arrastrar lo bueno hacia los
confines de la memoria y colocar lo malo en el escaparate de la misma. Y
siguiendo el visionado, miras hacia delante y se presenta un boscoso retazo de
vida que, a diferencia de lo vivido y, por más que nos pese, no es
cuantificable –es tan sólo una probabilidad estadística si es que la salud es
medianamente plausible. Ése es el lugar. Ésa es la mitad del camino. El lugar
de la incertidumbre perfecta. Demasiado viejo para ser joven. Demasiado joven
para ser viejo. Uno puede, a pesar de lo confuso sacar, sin embargo,
conclusiones irrefutables. Jamás se volverá a tener un amor de quince años –y ello,
por la curiosa razón de que jamás se va a poder repetir tan señalado
aniversario. Jamás se volverá a sentir por primera vez el roce de unos labios a
los que acompaña el cosquilleo adolescente que nace en la planta de los pies y
llega hasta la coronilla sin haber perdido un ápice de su fuerza. Jamás se
volverá a sentir, como un viaje hacia la infantil magia, el hechizo de un circo,
o aquella primera película que nos hizo llorar –con muecas inaceptables para
evitarlo. Y seguiría con lo jamases aún a costa de que este pensamiento quedase
marcado por una excesiva pátina de nostalgia pesimista –cosa ésta que no suele
estar bien considerada y, menos ahora, en que se llenan los muros imaginarios
de las redes cibernéticas con esas frases lapidarias en las que comenzar
siempre es posible. Y un carajo. Es posible, como mucho, seguir caminando tras
un alto en el camino. Pero la salida, mas que nos pese, quedó lejos y aquí no
vale eso de de puente a puente y tiro
porque me lleva la corriente ...
Así pues y, de cuanto se ha antedicho se colige: es la presunta
mitad del camino. El lugar, itero, donde no existen prismáticos para otear que
queda ahí delante. Pensemos – por qué
no- que todo lo bueno que no completamos allá atrás. Pensemos que todavía
escribiremos -en papel robado- un verso para entregarlo a un corazón recién parido.
Pensemos que, a lo peor, hace tiempo que la mitad del camino quedó demasiado
atrás para andarse ahora con zarandajas o que, a lo mejor, todo lo escrito que
usted ha leído no es sino fruto de la imaginación cansina de una lánguida tarde
de verano. Pensemos, pero no mucho …
EL VÓMITO DEL DESTINO
Hoy, al despertar, me ha venido como en un vómito la sangre endurecida
de Lorca y el dolor infatigable de Miguel –aquél que amara en Orihuela. La
esterilidad de los campos yermos de Machado y el verso cansino –por estéril- de
Neruda. Se me ha hecho la noche en un torbellino de estrellas asesinas y me he
sentido frente al pelotón que pisó –como
hormigas- a los poetas que acabaron derrotados. No es distinta mi derrota. La
conozco. La mastico como un tabaco que se escupe y que retorna. Es hedionda.
Hacedora de un destino que me ha hecho estrechas todas las veredas y amarga el
agua de todos los ríos y de todos los besos. La derrota que grita que me calle.
La derrota a la que grito que, postrado en mi silencio, no dejaré de nombrarla
con mi tinta y con mi llanto porque, sólo así, conseguiré ahuyentarla –con la brevedad del tiempo- hasta los parajes
donde fornican con el demontre los lobos malditos que devoran la sombra de mi
estampa.
INVENCIBLE
Me haré invencible. Desenterraré la pluma con la que otrora
construía poemas en mis playas de azúcar. Viajaré a la noche y, en el camino –a
modo de figuras- sembraré de palabras las enaguas de lo lóbrego. Revestiré
parques con árboles inventados y convocaré legiones de mariposas metálicas.
Batallaré en justas por besos de doncellas y, en sus pañuelos de encaje, dejaré
la mácula de mi pendón y de mi sangre. Arrastraré barcos hasta los mares
procelosos y allí, enarboladas las velas, me batiré en la cubierta con los
tritones gigantes de mis ensueños. Sonreiré cuando deba y, cuando deba, dejaré
que las lágrimas tomen los regueros designados. Seré humilde -pues es ésa gran
valentía- y, en mi sencillez derrotaré la mirada de los serviles.
Porque si no vuelvo a mis playas de azúcar no seré capaz de
acabar nunca tu poema. Porque si no me acerco a la noche, seguirá yermo el
camino que lleva hasta tu vigilia. Porque si no invento parques quedarán
demasiados otoños por deshacer. Porque si no me bato en justas no tendré jamás
las cuitas de tus aliento. Porque si no sonrío no veré plena tu risa y, si no
soy humilde, me olvidaré de quien no era antes de ser en ti.
Seré invencible niña con la rezagada razón, con la justificada
esperanza, con el ardoroso intento, de que me venzas cada noche entre la saliva
y sangre de tus labios desgarrados.
EL PRÓFUGO
Hay veces en que me siento como un prófugo de mi mismo. Como
el desertor de una batalla donde jamás existieron contendientes. Escapo de mi
piel y vuelo. Vuelo antes de ser plenamente consciente de mi ignorancia para conjugar
cualquier verbo en su futuro. Hay muchas veces en que, en una maniobra imposible,
trato de adelantarme a la vida. No hacerlo. Es la mejor manera de que la vida
te adelante sin piedad. Sientes desfilar sobre tus huesos todo lo que ya iba a
ocurrir sin tener la más pequeña opción de sancionarlo. Y quedas descompuesto.
Un muñeco roto en manos de un muñeco ignorante. Travestido de ti mismo. Del que
fuiste. Del que serás.
¿Pensar? Sí, pero con condiciones. Sin forzar la estructura
de mi mente más allá de unos límites convenidos –yo nunca marqué las fronteras,
no tengo manejo del artilugio con el que se separan los mundos. Te cuestionas
cuándo y con quién hiciste el pacto de luchar contra las interrogantes. Y te
marchas y vuelves. Y te preguntas por qué entonces marchaste. Para encontrar
algo en el camino, dice el sabio. Pues no debo de haberlo escrutado bien, te
respondes con cierto rubor. Y pruebas entonces, en el siguiente viaje, a dejar
miguitas de pan en los terruños. Nada. Se las debieron de comer los pájaros. Y
al menos yo, me canso de hacer las maletas. Será por eso que tengo toda la ropa
esturreada sobre las colchas, como la memoria… Y llega entonces el instante.
Ese instante tan vanidoso como pedante. Tan pretencioso y tan pobre. Tan lerdo
en su origen. El instante de poner todo por escrito. Lo cual te lleva al doble
trabajo de pensar y leer lo pensado. ¡Pobre! –dicen los pájaros que se comieron
las miguitas.
Y escuchas a lo lejos, a los pies de las trincheras
embrujadas, como ríe el pasado con esa jactancia de futuro disfrazado. Porque
quieras o no, volverás a la batalla de la que nunca quisiste ser el único
contendiente.
ÁRBOLES SIN SUEÑOS
¡Ay árboles que arrebatáis el espacio de mi parque! Árboles grandes como selvas y pequeños como pezones. Árboles altos y bajos, impenetrables y obvios, insuficientes y lujuriantes. Sois el crisol de sombras que cobija las letras en las que me vacío, el tamiz invertido que eleva mis fantasías. Sois la portada de un cuento de madera que me queda por escribir y las alas verdes de una mariposa que me queda por amar. Sois el aliento de hierba de la voz que me llama y me discute.
Os alimento cada tarde como se alimenta a las palomas -hierática mi estampa sobre la forja del banco que os sostiene. Os muestro lo que escribo y lo que callo, lo que pienso y lo que olvido. Sois la estampa inmóvil de mis batallas. Las exclamaciones de mis derrotas. Siempre vosotros. Necesarios e invisibles. Faltos de hileras que os rectifiquen. Nacidos allí y acá. Sorprendiendo a la tierra infecunda y urbana de este lugar que cada tarde me socorre. Sois como yo. Hartos de palabras. Armados de silencios. Impenetrables al aire que adoráis y que os lamenta con la luna. Sois así. Tejedores recios de esos sueños que sólo entienden aquéllos que nacieron con el alma de madera.
CONJUGANDO EL VERBO AMAR
Decía el gran Nicanor Parra, poeta, matemático, físico y chileno -póngalo usted en el orden que más le agrade que yo lo constituí sin pensarlo- que el mañana es ese día que no llega nunca, ya que en el momento que lo hace se convierte en presente y, por mor de la instantaneidad más inexplicable, lo hace también en pasado. Yo, sin embargo, sólo añoro el mañana. Será porque es lo único que nunca tuve. Tengo el presente y se me va como hoja que lleva el diablo y tuve, sí ¡ay tuve! el pasado y me quedó clavado, porito a porito, en mi piel en un perfecto trabajo de ingeniería perversa. Nunca he amado en presente porque, al darlos, ya volaron mis besos a otros labios. Nunca he amado en pasado porque, a fuerza de desmemoriado, me he vuelto un redomado sinvergüenza que cree que amar no es verbo que sea posible conjugar en pretérito –ni perfecto ni imperfecto. Así pues me queda amar en futuro. Cosa ésta a la que se le antoja la más pueril y lógica de las cuestiones: ¿A quién?
Será por eso que amo tus andares niña cuando los pierdes delante de los míos. Y que atrapo tu mirada cuando la cruzas en ese instante en que soy yo también el que mira. Será por eso que sólo te acaricio en sueños cuando, la duermevela te hace tan mía, que me olvido de que existo. Será por este galimatías metafísico que ayer te vi y te amé y hoy apenas recuerdo el color ¿grisáceo? de tus ojos. Más por ello nunca te me pierdas, niña, porque algún día aspiro a amarte en pasado, presente y futuro. En todas las conjugaciones verbales que acepte tan exquisito verbo. Tan imprescindible proceder. Porque amarte. Amarte como lo hago eso sí que es un gran problema metafísico.
P.D. Un beso de mañana porque, el de ahora, ya lo revoloteó el viento.
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