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SIN RENDICIÓN






Seguiré abriendo versos junto al arroyo
en que navegan los gorriones colegiales.
Seguiré abriendo versos junto a la corteza
bondadosa de los naranjos otoñales.
Seguiré abriendo versos junto al alimento
soleado de la tarde impresionable.
Seguiré abriendo versos mientras tengas manos
y pecho
y espalda
y corazón que se usó en quereres
y memoria que no engañe
y cabeza que sostenga esta locura interminable.
Seguiré besando versos
-besándolos por pares-
mientras los paisajes escriban, 
mientras las palabras me hablen …

YA ME HABÉIS LEÍDO



Hay días en que, cuando tomo mis herramientas de escribiente, al ir a dar el primer pespunte al cuaderno que espera, me detengo en un éter imaginario y pienso que ya me habéis leído todo. Que nada me queda que reportaros, pues nunca fue imaginar e imaginar uno de mis infinitivos más ejercitados. Hoy me siento así. Leído. Por entero. Como un libro consumido por las llamas o un poema aventado por Eolo.

Empiezo a mirar el fondo del tintero. Aun reconociendo, sin faltar a la modestia, que si tengo alguna virtud radica en hacer de lo pequeño una historia -probablemente porque no tenga cosas grandes que proponeros-, también las cosas más insignificantes se van agotando -aunque mi hija de pequeña decía que las mariposas eran infinitas, más aún que las arenas de los mares… ¡Qué chiquilla ésta…!

Sabéis que durante un tiempo escribo y luego, durante otro acaso más extenso, callo. Me silencio y me oculto. Como una oruga muda y ciega. Son los biorritmos de mi alma. Mi bipolaridad de tintas y libretas. La maldad de este destino que me amarra y que me impide tantos quehaceres...

En esos eriales de tiempo amontono ideas. Las custodio. Las deslizo bajo la almohada o entre un terruño de arena en mi terraza. Guardo palabras en la sombra de tu retrato o entre el socave de mis muebles. Pero eso no sirve. Cuando las quiero retomar están pochas y macilentas. No tienen colores y no huelen a alma. Porque sólo cuando uno escribe en el presente, conviviendo con la mortalidad del instante, uno sabe que entregará el correo. Se apreciará más o menos el contenido de la epístola, pero ésta llegará. A tiempo y a destino. Llevando el franqueo oportuno con la saliva húmeda de la boca reciente.

Hoy tengo un día de esos. De esos en que, ya digo, tengo la sensación de que ya me habéis leído todo, pero siempre logro, os puedo asegurar que más por fortuna que por pericia, entregaros una nueva confidencia.

Feliz anochecer. Feliz destino.
(Feliz tarde América)
_________________________

© Rafael Luque. 2015.Todos los derechos reservados.

    Twitter: twitter.com/VersosdeBronce

PALABRAS AL AIRE



Yo no busco las palabras en el mar orondo de los engreídos.

Ni en el cielo jactancioso de los que esperan la gloria.

Yo busco palabras ciertas. ¡Humildes! ¡Mansas! 

Yo busco la palabra sencilla que cruje dentro del mendrugo escaso.

Yo busco la palabra cautiva que dormita en el aliento de la piedra.

Yo busco la palabra suplicante que estalla en la boca del mendigo.

Yo busco la palabra que llora en la puerta de la mina reventada.

Yo busco la palabra que se hunde en la poza de la casa sin cubiertos.

Yo busco la palabra que encallece de luna la sombra del solitario.

Yo busco la palabra que marchita el corazón de las manzanas.

Yo no quiero palabras de oro…

¡Dadme palabras que broten

en el fuego del alba!

¿QUIÉN MATARÁ AL POETA?



¿Cómo deciros que yo no soy el poeta? ¿Cómo deciros que el poeta tiene mi barba, y mis manos y el desvelo de mis ojos, pero que yo no soy el poeta? ¿Cómo deciros que el poeta se fuma el tallo de mis cigarros, construye la sombra que me persigue y lee los libros con los que aprendo, pero que yo no soy el poeta? ¿Cómo haceros saber que el poeta riega mis terruños, troncha mis panes y alimenta a mi gato, pero que yo no soy el poeta?

Yo sólo soy ése que el poeta encontró bajo las polillas de una farola. Con la noche echada por encima y diez rones mezclados en el hígado. Con un billete de menos en el cinto y una caricia de más en la mejilla. Con unas sandalias gastadas y mucha arena de reloj entre los dedos.
Con una historia en el bolsillo y menos de cien palabras para contarla.

Yo ya conocía al poeta. Lo sufrí en mis años de novias adolescentes. Era el que regalaba versos a beso la docena.    
El que abría flores con los labios y botellines de cerveza con los dientes. El que siempre tuvo ínfulas de verbo y un destino enredado entre paréntesis. El que no volvió a rimar hasta que me encontró de nuevo…

Y me encontró tal y como os he contado. Atiborrado de noches bajo una farola. Ebrio de soledades contando inútiles firmamentos. Y desde entonces decidimos caminar juntos. Empobrecer el mismo sendero. Los mismos atajos. Detenernos en las mismas luces y escondernos en las mismas penumbras. Cuando la tenemos, tenemos la misma mujer y, cuando toca, lloramos el mismo desengaño. Juntos luchamos frente al águila que devoró infinitamente a Prometeo, pero nunca nos trocamos…

No lo hagáis. No debéis confundirme con el poeta. No somos ni seremos el mismo. Nos necesitamos y nos odiamos. Pero, como mucho, seré yo el que lo ajusticie una noche en que mis mariposas negras se cansen de tanto verso hueco y engolado…



¿HABLAMOS DEL AMOR?




No es fácil hablar de amor. Mucho menos escribir sobre el amor. Escribir sin pisar la siempre ingrata servidumbre de los tópicos. De lo ya dicho. De lo ya resuelto. Todo el mundo amó alguna vez. Todo el mundo fue amado alguna vez. Aun en silencio. Aun en la ignorancia de que lo eran. Y lo que ha sentido todo el mundo lo puede formular todo el mundo. Sin artificios. Sin malabares. Con la rotundidad que dan las palabras escritas en cueros.

He sido siempre un escribiente más al servicio del desamor. El amor me provocó las palabras justas. Supongo que porque, cuando amé, estuve demasiado ocupado para acordarme de la lírica. Demasiado loco para el léxico. Demasiado anhelante para detener el tiempo en un poema. Cuando la musa se apartaba, aun un poco, empezaban a acercarse las palabras. Como rapiñas apostadas. Siempre estuvieron ahí. Pero a ellas les gusta el salitre de las lágrimas… 


Quienes me conocen -quienes me leen- saben que escribo más desde el recuerdo. Que manejo mejor el vocablo desde la perspectiva de la distancia. La historia siempre se entendió mejor así. Y el amor no hace si no seguir el patrón de las grandes historias. Con sus personajes. Con su trama. Con sus traiciones. Con sus héroes. Con sus villanos. El amor se hace historias en cada instante en que se vive. No necesita de excelsos argumentos. Ni de profusas y cruentas batallas. Ni de emperadores. Ni de criaturas mitológicas. El amor es la reducción de todo lo enorme a la dicha más pequeña: tú y yo.

EL VERBO HACER



Esta noche me he traído a mi pequeña marquesina mi cuaderno-de-cosas-que-no-haría. Es un cuaderno casi inédito y de páginas escasas porque, por principio, no tiene muchas anotaciones. Creo que “hacer” debe de ser el verbo sobre el que gravite cualquier existencia. De conjugarlo en mayor o menor medida dependerá la altura vital de nuestra presencia en este mundo. Quien no hace no se equivoca en casi nada, salvo en una cosa, en “no hacer”. El infinitivo que propongo conjuga con todas las proezas del ser humano. También, es cierto, que con todas sus miserias. Pero la indolencia por costumbre debería de estar penada por las leyes divinas.

No me considero un indolente, pero si es cierto que lo soy en mayor medida que aquel jovenzuelo que, un día cruzó la veintena con agujeros en los bolsillos y estrellas en la cabeza. Es lo que tiene la edad. Uno va haciendo cada vez menos. Por la sencilla razón de que ya hicimos mucho -quien lo hizo claro...Y aquello que se hace ya con cierta edad, se magnifica hasta extremos que pueden resultar ridículos. No, amigos, amigas, no se es más joven por bailar con setenta años ¡Qué vitalidad! -grita el coro. Pero, por Dios, si yo no bailaba a los veinte, si no me recoge antes la parca -en uno de sus vuelos charter especial para fumadores- ¡Cómo voy a bailar a los setenta!

Hay otra cosa, aparte de bailar, que tengo anotada en mi cuaderno-de-cosas-que-no-haría: Yo jamás me leería. Sí, como lo han oído (más bien leído). Jamás sería un lector de mí mismo. No soportaría a un tipo que escribe una metáfora por cada frase y un calificativo por cada dos sustantivos. No soportaría a un tipo que trova al amor de manera tan lírica, tan desarraigada y tan utópica. ¡Ame usted más y escriba menos sobre el amor! -deberían de gritarme desde el anfiteatro…Y luego está, cuando filosofo, ¡uf!, qué difícil de soportar mis peroratas acerca de esto y de aquello, sin criterio, sin sintetizar conceptos… ¡tremendo!...

Bien me podrían ustedes reprochar con la asistencia de la razón: pues no escriba usted como a usted mismo no le gusta… Y ante tal censura, no podría por menos que decir: es que no lo sé hacer de otra forma…      

Por eso pienso que hay dos cosas que un escritor que se precie jamás debería de hacer: leerse y hablar en exceso.

Lo primero porque reducirá su trabajo a la miseria con su áspera, pero inevitable, crítica autodestructiva, lo segundo, porque el resto del mundo se dará cuenta de lo poco que vale cuando no le da tiempo a pensar lo que dice (si esto fuese el prospecto de algún medicamento aquí habría que advertir: no utilizar lo antedicho con los grandes. Porque amigo, amiga, ésos saben torear en cualquier plaza).

Creo que ya he hablado (escrito) suficiente por hoy. Recuerden siempre que aquello que digo es producto de un instante y de un estado. No piensen que necesariamente mañana diría lo mismo. Es lo que tiene tener una existencia tan contradictoria como la mía, siempre puede uno decir: ¡ah! pero eso lo pensaba ayer, ¿no sabe usted que yo soy un contradictorio?  Y me quedo tan ancho.


P.D. Sólo una cosa que se me quedaba en el tintero sobre hacer o no hacer: si me ven alguna vez hacerme un “selfie” les ruego llamen a Urgencias con presteza. Mi locura habrá llegado a límites del internamiento inmediato. Gracias.  

ESOS INSOPORTABLES…



Me emplazaba a mí mismo en la noche de ayer a contarles  qué tipo de escritores no soporto. Un emplazamiento hecho a sí mismo se torna en un reto del que difícilmente uno se puede escabullir. Tiene el peso de la palabra que uno se dio y tomó. Con lo cual y, aun a costa de crearme enemigos pequeñitos –ningún enemigo grandote va a venir a leerme a mí, porque ustedes que me leen a menudo son lo más grande que tengo por acá-, tomo mi propio desafío como un boomerang que vuelve esta noche a mis páginas en blanco.

Como es noche de sábado y, no quiero yo andar perturbando en exceso festividades ajenas, voy a tratar de ser breve como un helado de un euro.

¿Quiénes tienen pues el deshonor –pudiese ser que el honor según el criterio que se tenga de quien esto suscribe- de ser para mí insoportables? ¡Tachán! LOS ESCRITORES QUE ESCRIBEN PARA ENTENDERSE ELLOS. Los he conocido a patadas. Tienen tanto lío en su interior que se deslían a base de injerir botes de tinta –una peculiar dipsomanía- para luego destilarlos letra a letra sobre el inocente papel en blanco. Suelen ser éstos una suerte de mezcla entre filósofos y, lo que yo llamo, ayudantes de vidas ajenas y, siempre que los nombró me viene a la cabeza un psiquiatra que me trató y que acabó inhabilitado por una severa depresión  –lo digo con cariño y respeto, que ciertamente se lo tenía yo a tan peculiar facultativo y, como no, a tan cruel enfermedad.

Pero estos escritores que les nombro tienen que escribir para entender lo que andan pensado. Son ególatras por devoción y naturaleza. Comienzan su aventura literaria normalmente con poemas que uno no sabe si está leyendo del derecho o del revés. Luego pasan a relatos espirales que, o uno los deja a tiempo, o puede acabar como ellos y, finalmente, terminan la mayoría en el obituario de una redacción de periódico –con perdón- o colgando su pluma para dedicarse a mirarse más en el espejo.   

Pero claro. ¡Quedan los que triunfa! Los que no se sabe porqué extraña selección natural empiezan a vender libros como churros. De no conocerse a sí mismos se convierten  en seres aparentemente sabedores de todas las inercias y mecanismos que zarandean a este mundo. Conocedores de áuras ajenas y de todos los secretos que llevan a la divina felicidad. Además se los pueden vender por fascículos, por docenas, por colecciones, en papel, en archivo de texto, en CD, nada es imposible para ellos...

Saben a los que me refiero. Se reconocen sus títulos en los escaparates de cualquier librería de su barrio. Porque todos sus tratados se pueden resumir en uno: “Si usted no encontró la felicidad es porque es tonto y yo, que no lo soy, le voy a enseñar a encontrarla”. ¡Qué atrevimiento!, podrán pensar muchos de ustedes.¿Cómo puede hablar así de …. fulanito, menganito y zutanito? ¡Pues sí! Hablo así porque es lo que pienso. Y para apuñalarme ya estarán otros, que no lo voy a hacer yo mismo.

Hablo con mediano conocimiento de causa. Los he leído casi a todos. Y sigo siendo el mismo infeliz con menos euros en el bolsillo y menos lugar en mis estanterías. A todos estos visionarios se les olvida reseñar algo al final de sus libros: “lo que yo ahora le digo lleva el ser humano diciéndolo, explicándolo y practicándolo desde hace milenios; pero yo se lo he explicado en forma de tebeo…”

Son así. No los soporto. Puede que me quede con una o dos excepciones. Verdaderos guerreros de luchas intestinas. Buscadores ilusionados de la piedra filosofal. Pero el resto… Como le oí decir una vez a un grande: si Dios se te sienta en la cabeza, tienes un problema…

Así que, mis (no odiados, que ese verbo no lo suelo conjugar) infumables escribanos, no vendan ustedes felicidades ajenas. Quédense con la suya. Disfrútenla. Pero, por favor, no la encuadernen.



P.D. Me quedan en el capazo de mi ignorancia otros amanuenses de letra propia y perfil característico. A ver cuando tengo ganas y hablamos un rato de ellos.

EL OFICIO DE ESCRIBIR



EL OFICIO DE ESCRIBIR

Desde que me convertí –al menos transitoriamente- en un anacoreta de costumbres urbanas, dóciles y elementales, cada noche tiene o no la condición de festiva, dependiendo únicamente del éxito que otorgo a la singular aventura de transcribir palabras, del interior que palpita, al papel que silencia –¡ahí quedó eso…!

Y es que siempre pensé que no todo el que escribe es escritor, por mucho que así lo defina la Real Academia, pero que sí lo era toda persona que escribe con la sana intención de relatar algo, con una formas determinadas, para despertar en otro cualquier emoción. No es fácil decidir a quién incluimos o no en el monto de los escritores por definición. Porque con la acepción que les he expuesto, una señora que deja a su marido una nota sobre la mesita de noche en que, le advierte de su inapelable decisión de no volver a verlo, sería una escritora. Ha escrito. Ha tenido la intención de contar algo. Lo ha hecho de determinada forma. Y ha despertado en otro una emoción –y ¡vaya con la emoción! ¿Ven? Es muy complicado esto de calibrar quién es escritor…

Hay quien a la definición anterior añadiría dos nuevas condiciones, la habitualidad y la exclusividad. Conocida mi habitualidad, no saben ustedes en la cantidad de ocasiones en que me han preguntado: pero, ¿aparte de escribir te dedicas a otra cosa? Esa es para el Universo de la Palabra la Gran Pregunta. Una pregunta que nadie le haría a Ken Follett o a don José Saramago –mucho menos a este último por razones tristemente obvias. Pero a mí sí. Y cuando manifiesto mi pobre condición de funcionario estatal, ¡ay amigos!, ahí pierdo ya toda mi condición de escritor. Aunque quien me haya interpelado, momentos antes, haya estado colmando de loas mis papeles. No hay nada que hacer. Para él/ella dejé de ser escritor para pasar a ser un funcionario que tiene el hobby de escribir. ¿A que sí?

Luego están aquellos que inquieren contemplando otros matices… Pero… ¿has escrito algún libro? ¡Ay! Segunda condición que no cumplo. Ya no me dejan lo de escritor ni como hobby… ¿Has ganado algún premio? ¡Zas! ¡Aquí los sorprendo! –me digo para mí.  ¡Sí señor! tal y tal y tal… (no sigo con más tales porque no los hay, no vale la redacción con la que gané en 6º de EGB). Y como los tales no son los que habitualmente se publicitan ¡Ay! Tercera condición a la papelera del desengaño. Y el interrogatorio que finaliza con una conclusión inapelable y muy andaluza: éste ni es escritor ni es ná… 

Sí señores/as, lo antedicho podía ser mi ensayo –pueril donde los haya- sobre qué es esto de ser escritor. Quienes a esta tarea se dedican habrán sonreído amargamente. Yo seguiré con mi noviazgo con las palabras. Por ahora no hay fecha para la boda, ni tenemos padrinos que nos sustenten ni oficiante que nos bendiga. Sé que la anécdota con la que voy a periclitar -¡toma! ¿ven? palabreja de escritor- esta minuta, está muy trillada, pero siempre la refiero cuando hablo de esto de escribir. Cuentan que, presentados en una recepción el torero sevillano “El Gallo” y don José Ortega y Gasset, el primero preguntó al segundo que a qué se dedicaba, suponiendo don José la carencia intelectual del torero –que no era ni mucho menos tal- le dijo que se dedicaba a pensar. El torero asintió y se giró para comentarle a su subalterno,…desde luego hay gente “pa” “to”…

Feliz madrugada. Feliz destino.
(Feliz atardecida América)   


P.D. Déjenme que les cuente otro día la clase de escritores que no soporto. Hay mucha tela que cortar.

LA LEYENDA DEL ESCRITOR QUE NO PODÍA ESCRIBIR


La página escrita nunca recuerda todo lo que se ha intentado, sino lo poco que se ha conseguido (A. Machado)

Dicen y cuentan que, en la ciudad de Córdoba, en la entreplanta del inmueble  marcado con el número trece de la calle de la Cruz del Conde, vivía Paulino Gracián, un escritor sesentón al que atribuyen el no haber escrito una sola palabra en su vida. Dicen y cuentan que Paulino se pasaba las noches en vela con los ojos extremadamente abiertos  –como pulpos pequeños- y fijos en una cuartilla nívea que, previamente había embarcado en una máquina de escribir alta, panzona y negra como una comadre de luto. Dicen y cuentan que cada noche se sentaba Paulino frente a la única ventana que abría con escasez su estancia y que, desde la calle, se adivinaban sus dedos gordos y cortos -como gusanos de seda- paseándose por cada una de las teclas redondas del artilugio de emprender palabras. Refieren que, por toda luz, alumbraba la faz de Paulino la de una vela  menuda cuyo destello danzarín se paseaba por una habitación pequeña y perfectamente descuadrada que contaba con un catre desmadejado –ni hecho ni deshecho-, un armario de puertas ausentes combado hacia la izquierda y una percha de la que nunca colgaba prenda alguna. Dicen y cuentan que, noche tras noche, Paulino seguía el mismo ritual y que, tras apagar la luz decaída que despedía una bombilla roñosa, encendía la vela abollada, cargaba la máquina, y empezaba a contemplar de forma inagotable el folio curvado e incólume. Detallan que, a su lado, sobre la mesa camilla en que se apoyaban sus pertrechos de escritor, humeaba una taza desgarbada medio vacía de manzanilla y una cruz de madera breve protectora de quién sabe qué mal de ojo.

Quienes –por costumbre o itinerario de obligación- paseaban por la estrechez de la calle de la Cruz del Conde refieren que se veía a Paulino por el ventanuco amarillento frisar sus sienes con ambas manos, abatiendo con desesperanza su pelo rizado y aún abundante, con la inútil tentativa de despertar su infecunda mollera mientras exhalaba –con boca de pez pequeño- el humo de un cigarrillo devorado.

Dicen y cuentan también que no estaba Paulino solo en esta historia y que, a eso de que la madrugaba avanzada -con los arcanos de algún reloj lejano- aparecía y se contemplaba, bajo una farola próxima, la silueta de una mujer morena como el carbón más bruno. Era la mujer un trazo extraño anárquicamente dibujado sobre el mínimo horizonte y que, aseguran, hacía cambiar de acera a los escasos transeúntes que esto relataron y que, mascullan haber visto siempre la mirada de la dama dirigida a la ventana de Paulino Gracián y que, una vez se sabía contemplada por el escritor que no escribía, emprendía satisfecha camino incierto con unos andares herméticos e incorpóreos.

Lo que no conocen los que esto dicen y cuentan –por eso de que no se puede estar en la sesera de un personaje por mucho que de él se crea saber- es que siempre conjeturó Paulino –en su calentura de creador- que aquel boceto femíneo, al que él le mantenía desafiante la mirada, debía ser la musa hiriente, la proterva compañera que se resistía a llegar a su imaginación de escribano por capricho inescrutable de quién sabe que dios menor de los ingenios.

Cuentan con desazón de quien cuenta lo secreto que, una noche de invierno ominoso, alcanzó Paulino a ver que, aquella mujer de opresiva reseña, se acercaba inopinadamente a su portal, abandonando la luz de la farola que durante tanto tiempo le proporcionó sombra y que, poco después, sintió sus pasos por la entreplanta de su estancia. Cuentan que apagose entonces la luz de la vela y que se asió con miedo y esperanza Paulino a la cruz exigua de astillas y que, a tientas, con el temblor en sus manos, repasó –como en un último recuento- las teclas de la máquina panzona sabedor tardío de la enloquecedora confusión que le había proporcionado el destino. Relatan que se oyó luego una risa que apuñaló la noche y que, más tarde, el silencio más limpio envolvió las cuartillas de todos los escritores del mundo.

   Cuando a la mañana siguiente el cuerpo de Paulino apareció volcado sobre la mesa con los ojos sorprendidos  -como de muerto inocente- una palabra, una única palabra tejida con caracteres grotescos se asomaba, al fin, como una rúbrica hacedora,  a la página invulnerable: FIN