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CASI UN CUENTECILLO DE NAVIDAD




Ya se le viene al día otra bocanada de noche -pensó en voz alta, con su verbo de engolado rapsoda-, pero no tuvo interés en mirar hacia la calle donde, desde hacía un par de semanas, el ayuntamiento había colgado (de lado a lado de la acera) un cordel que sustentaba cantarinas luces de colores, fuentecillas con trazas esféricas que le arrojaban azules y amarillos sobre el erial de su terraza desvaída. 

Siendo esto así, la oscuridad no era la acostumbrada para un invierno neonato que, sin gabán en cielo, lloriqueaba de frío recién parido. Así que, impasible al gorgoteo de los colores y conocedor de la violada oscuridad de la noche, se encogió de hombros y continuó bisbiseando su lectura.

Leía en ramilletes de renglones, en saltos de atrás hacia delante, en círculos y hasta en zigzag, y así, la última novela, la última historia que -de otros- le ocupaba iba desnudándosele de intrigas frente a sus ojos pequeños y miopes. Como siempre -entonces y ahora- cada cierto número de páginas soltaba las gafas sobre el escritorio y, una vez masajeado el puente de la nariz -siempre de un rosado incómodo-, dejaba caer un rato la frente sobre la palma de la mano -abierta y lenitiva, como el sustento incansable de toda su existencia...

Del tal guisa se encontraba cuando sonó el timbre hasta en tres espaciadas ocasiones antes de que se percatarse de que, aquella melodía mecánicamente extravagante que dejaron los anteriores inquilinos, avisaba de que alguien le requería ¿inoportunamente? a su puerta. Se levantó con la pausa de quien sufre la quemazón del dolor en la cintura y el gris como único color en el pensamiento y, acabado el pasillo y girado el picaporte, tres chicuelos escurridos, pertrechados con zambomba y pandereta (el tercero sólo miraba y tendía la mano) le entonaron -¿le desentonaron?- medio villancico con peces, burritos y alguna otra especie navideña.

Les sonrío desangeladamente, como sólo sonríe quien está vacunado de la tristeza, y buscó en el vaciabolsillos plateado de la entradita unas monedas con que comprar una sonrisa, o a lo peor, un desengaño de avaro desacostumbrado… 

Una vez colocada la recompensa en la mano del recaudador del trío, se detuvo instantáneamente el compás de los instrumentos y tras tres inclinaciones de cabezas medio rapadas, vio marchar a los “intérpretes” escaleras arriba, con la seguridad de que buscaban en el inmueble nuevos trueques musicales.

Antes de cerrar la puerta miró el patio de luces y lo vio más anchuroso y más evidente que de costumbre. Desde las plantas altas se descolgaban enredaderas verdes, troncales matojos que parecían oxigenar toda la galería. En las puertas que se asomaban al vacío, aretes rojos y campánulas purpurinas…

Y al fin miró al cielo, como queriendo comprobar que después de tanto tiempo aún seguía ahí, y vio la techumbre de la noche, y algo similar a media estrella, y se alegró de que aquella propuesta vecinal de cubrir los patios de luces no hubiese prosperado. Y respiró, y los pulmones se le llenaron de un tiempo limpio, de un instante al fin comprensible y pensó, con sinceridad de muerto, que no era él nadie para cuestionar la dulce felicidad de los semejantes… 


Feliz Navidad. Feliz destino.  

EL HOMBRE-TRISTE





Nunca conocí a un hombre más triste. Triste en sus hombros. Triste en su boca. En sus párpados. En sus andares. Hasta comparado con el ahogo de una mariposa, él me parecía triste… Así, dicen, que se le amanecían las mañanas tristes y, tristes, se le echaban encima las noches.

Conocí su casa triste. Con ventanas de un añil triste y un aire triste que se le encerraba entre las paredes verdes-triste.

Dicen que compraba con tristeza y, con tristeza, malvendía aquello que se le iba quedando triste: gabanes tristes, zapatos tristes, jubones tristes…


Al llegar un invierno triste, dicen que puso un plato triste en un triste mantel y, sobre plato y mantel, engulló –por descuido o hartazgo- más tristeza de la que debía y, cuentan, que antes del alba, quedaron tan tristes sus ojos, que tuvo que venir una parca triste a acompañarlo -por caridad- para siempre en su tristeza…

OTRA TARDE




Se asomó a la tarde sin flores. A la tarde sin sueños. A la tarde sin alma.

Se sinceró con el viento y compartió camino con las sombras de las abejas campesinas.

Y agotado de portar silencios, se sentó a esperar la noche, como quien espera, a que la vida, sostenga los raíles al infinito de la risa...



GRISES EN AGOSTO




Vienen estos días de Agosto apagando con premura las tardes, como si sus fareros de cal anduviesen fatigosos, como si sus tesoreros de luz se hubiesen vuelto más avaros, como si los visillos incalculables -que desvelan la canícula- se entornasen ante el miedo de una luna cegadora.

Se hacen así los días más ásperos, escasos de tinturas y reflejos, ausentes de razones y sonrisas, como pardos lobos que trastean en los osarios de las Sierras…

Son tardes que lastiman la probidad de los solitarios, de los marineros sin sirenas, de las mocitas sin novio, de las abuelas sin rosario, de los poetas sin renglones y de los trovadores sin garganta.

Dicen, además, que llegarán tormentas secas, ruidos ominosos de sátiros que juegan a los dados, pléyades talladas en los cauces de los arroyos infecundos, molinillos de aspas transparentes y vientos diminutos en la memoria de las piedras.

Pero yo quiero que vuelvan antes los pintores inconscientes, los azules de mi ventana, mis gorriones aburridos, el estandarte blanco de tu risa, tu vientre laureado, tu cabello hasta tu hombro y, por qué no, aquella saliva hecha beso, en las amargas cortezas de mis manos y mi espalda.

Porque no te quiero gris Agosto, porque así yo no te quiero…
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Imagen: “Flor desmayada” (Dibujo de Francisco Pérez Soto –México-)

HAY NOCHE




Hay noche. Hay noche en la noche. Hay noche en el corazón de la noche. Hay noche en los espacios de la noche. En el ladrido negro de los perros sin cuello. En el pozo donde cayeron todos los amarillos de las estrellas. Hay noche…

Desde lejos, una caterva de amantes ignorados trae -bajo sus pliegues de piel antigua- cartapacios de epístolas devoradas por palabras. Y suspiran y hay noche…

Y menos lejos -casi en el vecindario- junto a un vaso pegajoso de misterios, un borracho queda oscuro de vacío. Se iluminaba de memoria y se quedó -de repente- a ciegas, como las orugas mansas de mis cuentos. Hay noche…

No sé ya cuántas noches como ésta tendré presas en el ábaco de mi insomnio. Ya no las hago decenas. Las inserto y me separo. Y en la luz que naufraga sobre mis manos, una mariposa negra, que voló hasta mi hombro desde el farol que mastica el tronco del naranjo, da sombra y me repite una y otra vez…


Hay noche… Hay noche…

VACÍO




Te espero cerca de la nada.
Te espero lejos de la nada.

Tan vigilante siempre,
como un soldado miope,
como un alacrán con miedo,
como un mártir en su espera
-mariposa caníbal de fuego-.

Tan rendido ya a las sombras,
que de su averno se me clavan
esquirlas brunas de flores
-desechos de alambre y fresno-.

De la sangre de mi arroyo
saltan -sedientas de viento-
gotas huecas de hojalata
que acallo a martillo y versos.


Y en este lugar de la noche
-refugio de grillos ciegos-
no hay mitad donde me hallo,
o todo cerca, o todo lejos…

Otra noche...



Está la noche oscura y recogida –como el velo en el cabello de una viuda de guerra-. Borrascas de silencios vibran más allá de los astros que se absorben, donde un enano que construye sueños, remueve en el vacío los ecos de una espera que  acabó siendo cenizas.

Es mi noche y son míos los andenes descalzos de todas las estaciones. Y son míos los relojes infartados, y las máquinas sin garruchas, y las dentaduras sin boca, y los lobos que aúllan –en versos- a la mitad podrida de la luna.

No escucho, no murmuro, no sueño, no compongo nanas para los niños que duermen en el útero de las aceras y, en mi escudilla de barro, por toda mascada, la sombra quieta que hace nido en las campanas de mis ojos.

¡Qué fiel es soledad de la noche! ¡Qué cierta! ¡Qué astuta! Cómo alza –hasta el negro- tu recuerdo, para que no le alcance el pincel de mis palabras… 

LA CÁRCEL DEL TIEMPO



Sigo encerrado en este carcelón de paredes limonadas. Me cuentan que afuera, más allá de sus desconchados contornos, hay maravillas. Gente que viaja. Que escalan montañas. Que atraviesan selvas. Que se sumergen en oceánicas profundidades. Que vuelan por encima de las nubes. No sé si alguna vez hice algo de eso -mi amnesia es caprichosa y sólo me deja ver algunos trozos de memoria, y otros los aborrasco yo, como hojas secas de un parque a las que no les queda destino que ser tierra.

Ahora este carcelón des-decorado con libros, epítomes y maderas de ínfima nobleza es mi esfera y mi único refugio. No tengo mucho. No tengo poco. No necesito pescar ni cazar para alimentarme. Un hombre turbio de andares zambos me entrega a diario -bajo pago- el alimento. No es desagradable al paladar y contiene suficiente azúcar para el necesario riego que seduce a mi razón.

Me desplazo por las losetas indiferentes de estos caminos ajustados, ora con alpargatas ora descalzo que, aún dentro de estas paredes, se sienten los turnos de los tiempos. No coloco flores en primavera ni glóbulos de colores en Navidad. No sufro. No hablo. No callo. Elegí mi destino de una baraja de cartas trucadas -aunque yo conociese todas las señales…

No tengo un horario de visitas -¡de qué serviría!- pero, a la anochecida, atravieso la puerta con un cerrojo que chilla con estruendo y asusta a mi gato. Entonces se me viene encima toda la madrugada... Le temo lo indispensable. La conozco. Sé de sus atajos para evitar la locura. Es cuando escribo y murmullo a Dios y al demonio. Y espero impaciente el revoloteo de las hadas que cargan con metrallas de rimas a mis prosas domesticadas.

A esas horas, cuando todo se silencia ordenadamente, me erijo en un modistillo aplicado y me pongo a zurcir designios. De unos y de otros. Míos e impostados. De ayer y de mañana o de otro cualquiera de los tiempos infinitos…

Sé que algún día abandonaré este carcelón con baño y dos dormitorios. Será algún invierno. Probablemente. Cuando el frío estreche el tuétano de mis huesos.


Ya no estarás, lo sé. Pero, tal vez me sea suficiente, con volver a encontrar la noche estrellada que olvidé bajo los pétalos de una margarita que creció sin memoria ni ambiciones.

CAMINANTES



Aquellos que caminamos solos estamos en esa parte del Planeta donde son ariscos los destinos. Unirnos no nos vale -cada cual lleva su brújula en el bolsillo. Cada cual carga con la huella del último paso que no dio, con la epístola que no devoró ningún buzón bajo ninguna farola, con la anotación -en papel pretérito - de aquella cita de la que se excusó, o con la señal triste de aquel beso que se hizo el recatado en la arista de los labios.

Aquellos que caminamos solos somos funámbulos sobre los hilos de plata que dicen sujetar a las estrellas menos luminosas. Misterios para el azar que germina en los troncos de los árboles llorosos. Espejos con un único reflejo. Sábanas a medio deshacer y meriendas con un solo juego de cubiertos.

Aquellos que caminamos solos no somos más extraños que lo que transitan custodiados el sendero. Soñamos, reímos, lloramos, nos alimentamos, sabemos hacer el amor y hasta cantar en la ducha. No somos seres mitológicos y, aunque tantas veces las cerremos, también tenemos color en las pupilas.


Aquellos que caminamos solos vamos tan cerca de usted que, en ocasiones, ni ve nuestra sombra y, vamos tan lejos de vos que, inexplicablemente, de tarde en tarde, le llega nuestro eco. 

Y VUELVE...



Regresó la noche. Estúpido de mí que siempre pienso que algún día se extraviará en el camino. Encendí mi candelabro y apagué la memoria -sé que los recuerdos prenden solos.

Regresó con su vestido de siempre, su lengua voraz, y sus abalorios mentirosos -¡cómo engaña el oro a las puertas de las covachas!

Regresó con la campanita de plata que llama al brillo quejoso de los astros más antiguos. Astuta y sucia de lamentos. Ciega.

Hará frío para quien no tenga morada y, aún más frío para quien extraviase, en un descuido, el alma bajo la piel de alguna espalda. Habrá soledades en las torres de los reflejos y tronarán fuertes los arroyos por la mudez de las aves enamoradas. Se limpiaran de risas las aceras y las hormigas empezarán el banquete sobre las alas del escarabajo muerto.

Regresó la noche… Mi noche y tú noche… ¿Quién no la esperaba?

MARIPOSAS NEGRAS




No me muestro apenado 
para demandar la mirada
de quien malvive mis versos
con el sol hinchado en su faz.

No me confieso frágil
para requerir las clemencias
que conceden en las justas
al adalid de la derrota.

No deshilacho mi abrigo 
para atrapar en él las lágrimas
que quedaron olvidadas
en la seda de la luna.

Escribir puedo
renglones infinitos
que cuelguen en las almas
pasquines de colores.

Mas si elegí volar
entre las mariposas ciegas,
dejadme que yo labre
las piedras de mis alas.


LA OTRA PRIMAVERA




Ya sé que ha venido y, en el colmo de mi vesania, hasta conozco como ha sido. Dicen que a la media noche la nacieron duendes y ninfas, sirenas y tritones, ángeles y arcángeles. La dejaron a medio vestir, con sus enaguas de seda y plata, bajo la cubierta inquieta de un día lluvioso y turbio -¡demasiado turbio…! La dejaron entre las hormigas obedientes y los batracios locos que ablandan su panza en los balcones huecos. La dejaron sobre la espuma de los arroyos que las montañas desgastan y en los valles donde llora el último árbol virgen.

Ya en mi calle, se han vestido de largo los gorriones y, en algunas esquinas, han tallado pasquines los enemigos de la luna. Hay quien fuerza una esperanza y quien abre el paraguas harto de los versos que manchan las aceras. Hay quien mira al cielo, como si jamás azul lo viese, y quien sólo se preocupa del barro de sus zapatos.


No seré yo el que corte los tallos de las amapolas ni el que arañe los espejos que ahora pulirán las albas. No seré yo quien equivoque a las abejas ni quien silencie los trinos de las aves seducidas. Respetaré los almendros que amamantan los campos y la tibieza de los lagos que empapan a la luna. Mas a vuestra comprensión imploro para vivir en mi penumbra y para entender que el otoño es el tapiz de mi morada. Porque no perdono a una primavera que no haga crecer flores en la boca de los desheredados...

EL HOMBRE QUE LLEGÓ A URGENCIAS A LAS 18:46



El hombre llegó a Urgencias a las 18:46 de la tarde del domingo. Iba pálido, andaba con desmayo y una mueca descompuesta arreciaba su mandíbula. Era Agosto. La entrada a Urgencias estaba desierta. La gente deja eso de ponerse enfermos para otros meses con menos calor y menos vacaciones. Noviembre, por ejemplo. Noviembre es un buen mes para caer enfermo. Es frío y lluvioso y, en Urgencias, sirven una temperatura muy templadita.

El hombre vio a dos celadores en recepción y preguntó si lo podía atender un doctor. Éstos se cruzaron la mirada. Se encogieron de hombros y, uno de ellos, el más hablador, le indicó con la cabeza que pasase hacia dentro. El hombre se adentró en un pasillo frío con luces color hospital. En el primer descansillo, descansó, en el segundo vio una puerta abierta sobre la que pendía una luz verde. Se asomó con discreción -él siempre fue un hombre discreto. Era un consultorio pequeño con un doctor grande y una enfermera mediana. Su toc-toc en la puerta llamó la atención de ambos.

-Adelante -dijo el médico mientras calibraba el volumen de su fonendoscopio.
-Adelante -dijo la enfermera mientras calibraba el volumen de una carrera en su media izquierda.
-Diga usted -dijo el médico con una sonrisa urgente en su rostro.
-Tengo un ataque de soledad -espetó el hombre a la vez que le resbalaba una lágrima tamaño abandono-grande por la mejilla.      

El médico se levantó y salió de detrás de la mesa del consultorio. Tenía piernas. Tendió al hombre en una camilla. La enfermera quedó en pausa -como una película cuando vas al baño. El galeno comenzó a auscultar el corazón del hombre. Bajó el volumen del fonendoscopio y negó tres veces con la cabeza. Se dirigió a la enfermera con esa cara de circunstancias que sólo saben poner los médicos y algunos curas de pueblo.

-No hay duda -espetó-, un ataque de soledad bastante serio. Tome el ordenador Camila. No se demore.

El hombre se sorprendió. No por el diagnóstico del doctor, si no por la poca cara de llamarse Camila que tenía la enfermera. Ésta ya estaba frente a la pantalla plana de la computadora esperando las indicaciones de su jefe.

-Dígame su número de seguridad social, su usuario y contraseña -solicitó el facultativo al hombre-. Conforme lo iba recitando la enfermera picoteaba en el teclado como una paloma de parque. Cuando acabó se quedó mirando al galeno. Éste no dudó lo más mínimo.

-Inyecte quinientos diez amigos en Facebook, trescientos cincuenta seguidores en Twitter y suba un centenar de “me gusta” a Instagram -todo lo indicó con premura, como si la crisis se estuviese agravando.

La enfermera picoteó con más bríos en el teclado. Al pronto se detuvo.

-Doctor los “me gusta” del Instagram ya no los recetas la Seguridad Social -señaló con la voz aturdida-, ¿subo un par de fotos de unas vacaciones caribeñas?

-Perfecto -fiscalizó el médico arrancando una sonrisa en la  sanitaria y bajando la palidez de la tez del enfermo- No tardará mucho en hacer efecto.

Al poco el rostro del convaleciente fue tomando un color más rosáceo y su voz se tornó mucho más segura.

-¿Mejor, verdad? -interrogó el galeno.

-Mucho mejor doctor, mucho mejor -contestó el hombre hasta con cierta arrogancia.

-Pues ya se pude levantar de la camilla. Y el lunes sin falta vaya a ver a su médico de cabecera. Hay que mantener los niveles de amigos y seguidores en parámetros normales.


A las 19:09 de la tarde del domingo, el hombre que había entrado a las 18:46, salió del Hospital con una seguridad notable en sus andares, la tez calma y un ligero silbar articulado en sus labios. Sin duda era otro. Ya no tenía ningún temor a llegar a su pisito de soltero. 

CORAZÓN DE TIERRA



Tengo un tiesto en mi balcón sólo con tierra. Con una tierra negra y agrietada hecha con macizos de terruño y que, de cuando en cuando, sirve de erial a las hormigas. Tiene el tiesto sobre su tierra unas piedrecitas blancas y mínimas -como una nieve celestina- y, aún le sobreviven algunos  tallos estrechos, secos y pardos, que se derrumban resignados al peor de los destinos.

Fue en su tiempo mi tiesto recipiente de un poto verde y blanco, abundante como una selva, fresco y de hojas ligeras que chorreaban por la barandilla en arroyuelos interminables. Lo regaba escasamente -porque no son los potos plantas de aguas abundantes- pero lo hacía con puntualidad de relojero, y limpiaba sus hojas con aplicación, una a una, como si fuesen zapatitos hechos para duendes.

No sé por qué un día dejé de regar mi poto. No sé por qué dejé de abrillantar sus hojas. No sé por qué dejé de cambiarlo de sombras y de soles. El caso es que mi poto empezó a tomar un color macilento y, luego, aquéllas hojas verdes de mar, empezaron a repartirse por el terrazo del balcón. Alguna tarde, las cogía del suelo y las miraba, tenían poses desmayadas y heridas negras –como de tristeza- en sus nervaduras de cauce seco.     


Hoy de aquel poto sólo queda la tierra de la que os hablo. Una tierra infértil que exhala soledad  y olor antiguo. A la que no colorea el sol y, a la que cuando llueve, le caen lagrimones negros que bordean la maceta. Creo que nunca me desharé de esa tierra porque, a veces, con las manos llagadas de sus restos, yo también me pregunto si no seré acaso espejo de aquel poto desatendido, esperando, sin prisas ni fortunas, el riego de unos besos que inventen brotes en algún lugar de mi alma nazarena. 

POR UN SI ACASO


POR SI ACASO…

Llegará el día en que me hagan desaparecer las palabras. En que, entonces, sean ellas las que se ocupen de mí. Porque en este afán por coleccionarlas, por dar un sentido coherente a lo que pienso y a lo que coloco en mi locura, sólo he sacado en claro una cosa: soy lo que escribo.

Hace unos meses, desaparecí. Se fueron de mi lado, los vocablos, las imágenes, la música, los recuerdos, los anhelos, todas aquellas herramientas que me permitían construir mi pequeño mundo, un mundo en el que me he escondido y, del que he hecho mi razón y mi fortuna. Fue entonces cuando apenas nadie me echó de menos… Sólo alguna luciérnaga adorable –a la que desde entonces adoro con vehemencia- vino a iluminar tantas noches y tanta oscuridad tramada. Y es que, jamás se echa de menos al poeta, se echa de menos la poesía… Los poetas –permítanme al menos hoy aplicable tal adjetivo- vamos y venimos, brillamos y nos hacemos brunos, amanecemos y anochecemos, pero la poesía sigue, porque siempre habrá otro dispuesto a tomar nuestro relevo penitente, a tomar la pluma que cayó con desmayo de nuestras manos hacedoras.

Después de aquellos meses, como por arte de una magia que no entiendo, regresé. Tímido al principio. Enlazando trémulo los renglones. Inseguro y  menguado. Venía de una guerra. De la peor de las guerras a las que se puede enfrentar el ser humano: la guerra consigo mismo. ¡Y traía tantas cicatrices de metralla y de recuerdos! Pero aún medroso en los primeros intentos, sentí como las palabras volvían a mí, como quien siente la brisa redentora…

Y escribí. Y escribí. Y aún hoy sigo escribiendo con furia. Apresurado. Inquieto. Sabedor cierto de que me volveré a marchar enterrado entre la tinta que hoy derrocho. No será un hasta nunca. Será un hasta pronto. Porque sé que estoy en la terna de los que son, una y otra vez, llamados al campo de batalla.

No he tratado con lo dicho de advertiros, simplemente he tratado de advertirme. Y por un si acaso, despedirme por adelantado con un adiós que espero tarde mucho en llegar. Mientras tanto os disfrutaré… Y disfrutaré de este mundo pequeño donde soy el amo de todos sus castillos…

Atte. Rafa.



UN DOMINGO EXACTO





Hoy me he levantado sin sueños. Me los debe de haber robado algún hacedor de hurtos de los que se empeñan en dejar sin ellos a los que tanto uso les damos. El día está impetuosamente claro. Dibujado sobre un lienzo tan azul como tus ojos cuando son azules. Hay un sol para cada célula de cada ser del universo. Un sol arrogante y limpio que templa la lana que cubre a los abuelos. Es un domingo certero. Exacto. Hecho a propósito para que yo eche más de menos a mis quimeras cruelmente lastimadas. Si el día sigue valiente es mejor que cierre las persianas. Y que encienda la luz que tiembla. Y que navegue entre historias escritas por otros solitarios. Es mejor que no aparezca en las aceras cinceladas por los haces. Que escoja sin desconsuelo este destino que hoy me encarcela entre las sombras. Y que espere, sin sueños, hasta que mañana el día reviente de flores heladas y me devuelva lo que es mío. Mientras, deseo que este domingo, henchido de si mismo, rebose entre los soñadores de fortuna, entre los marineros de las montañas y los cazadores de sonrisas, porque a mí ya no me duele esperar en puerto a que llegue otro trozo de nívea primavera…         


AUSENCIA




No hay olores en esta tarde. No huele a lluvia. No huele a árboles. No huele a ti ni a tu rival. No huele aún a frío. Y mi mesa es un paisaje maltrecho de memorias. Una marisma de libros por abrir y por rozar. No me gustan las tardes sin olor porque todas acaban oliendo a miseria. Al perverso recuerdo de que la soledad es camarada de trinchera. Prefiero que las tardes huelan, aunque sea a lágrimas o a sábanas penitentes. Que traigan motines de olores entre el aire que se mueve. Lamentarme de perfumes. Tener que escapar del incienso o la canela. Dicen que esta ausencia traerá rosarios de lluvias. Yo los espero. Sin el chubasquero que me prestaste en la última desbandada de los emigrantes voladores. Ausente y viejo. Un poco más viejo sin olores. Un poco más ausente sin memoria.

VAN A DAR LAS NUEVE....




Van a dar las nueve de este sábado durmiente. En la calle –al menos en ésta- el diablo apenas se podría llevar un par de almas. Dicen que llega lluvia pero todo es oscuridad entre la cicatrices de la noche. Cierto es que no veo estrellas, luego el matriarcado de las nubes ha debido de hacerse ya déspota en los avernos más altos. Si llueve abriré un libro y así, cubierto de palabras, esperaré la fusta de la tormenta. Si no llueve, acaso iré a verte –sólo acaso- y así, si queda alguna estrella entre las brumas, la descubriré escondido entre tu cuerpo donde siempre huele a primavera…