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LAS HOJAS MUERTAS



Hay domingos en que, cuando los tabiques que me techan se lamentan sin razones, marcho a mi parque amigo y conurbano y, en el banco al que llagué con aquellas iniciales, me quedo -sentado e  impropio- en un hospedaje tibio junto al último aleteo de las hojas que imitan a la muerte.

Es una serenidad imperfecta la que me evoca el verlas tan agónicamente pardas, tan agrietadas, tan rígidas -como pequeños féretros desordenados en un camposanto de huellas indolentes.

A la hora de la tarde el paisaje se vuelve aún más solemne y, detenidos los columpios con el peso de la nada es, su mínimo mecer, el único movimiento en ese mar de albero, flemas y colillas que dejaron los feligreses sordos de la domínica admonitoria.

Viendo como abajo -a ras de sendero y sueños- se expande el hado de la parca, extraña la ausencia de sollozos espontáneos si alzamos el horizonte, y vemos a las madereras colonias de las que fueron hojas y parte, indiferentemente engalanadas con sus verdes uniformes -rodeadas de gorriones aburridos cavando sus trincheras-.    

A la mitad circular de mis pensamientos, le hace secante un impúber -de pelo ralo- que, tomando un pámpano inconsciente de su muerte, lo convierte en cometa por un instante, hasta que se le hace cenizas al borde de la frágil aventura.

Cómo me lastima entonces ese definitivo desenlace de la nada, de la tierra en la tierra, pues a alguna hojuela -doy por seguro- la vi ser amago de flor en algún mayo y, posiblemente, ejercicio de verso en alguno de mis cuadernos.

Sólo cuando se avienen las sombras enormes que anuncia noche por el este y distingo, sobre sus nervios arrugados, el perfil ya silente de la luna, es cuando recojo -del banco y de su llaga- el todo y la nada que, otrora, desprendí de mi fardel y mis bolsillos.


Y, sin más responso que el silencio de quien vuelve, deshago el trecho que me llevó hasta el paisaje, pensando, que si alguna vez soy hoja, no pondré empeño por nacer en lo más alto de la espiga, pues no hay nobleza que no acabe frente a los ojos -sin brillo- de los insectos enterradores.  

DEL DOMINGO, LA AUSENCIA…




¡Cuánto he trovado a las tardes del domingo!

A la tranquilidad atormentada que las devora. A la paciencia infinita de la araña que las teje. A la espesura calmosa de la sombra que las extiende. A la ancianidad precoz del aliento que las jadea.

¡Tardes del domingo!
¡Pequeños otoños en el latido de la vida!

Hojas desmayadas en las esferas de los relojes. Caravanas de hormigas en las cortezas de los árboles sensatos. Poemas retirados de las bocas de los amantes locos. Lluvias invisibles sobre los ojos del paisaje ciego.

¡Tardes del domingo!
¡Sois ausencia!

Ausencia de mi verbo y de sus ojos. De mi espada y de su boca. De mi yelmo y su saliva. De mi caricia y de su vientre.


Su cuerpo nunca estuvo en una tarde de domingo, y yo sigo teniendo su beso oculto en un rincón de mis sábanas olvidadas…  

AQUELLOS DOMINGOS



¡Cómo recuerdo aquellos domingos! Domingos de jabón verde y agua tibia. De barreño de zinc y patio de flores presumidas. De cielos rasos y amaneces con olor a tierra.

¡Cómo recuerdo aquellos domingos! Despertares envueltos en tonadillas, en comadreos de vecinas, en roncerías y guirnaldas de besos. Luego, el pantalón breve, la camisa con olor a romero, los calcetines blancos, la risa sin arcanos, la raya en medio, un cabello apelmazado de agua y dos mofletes ocurrentes.

¡Cómo los recuerdo! La misa de doce. El monaguillo estacionario de la iglesia de San Lorenzo. La sotana enjuta. El padrenuestro. La mirada de una chiquilla –coleta dócil y alma de ángel. El vayan ustedes en paz.

Y luego, la taberna de los plateros y la gaseosa divertida. Un hermano pequeño colgado de la mano y del alma. Unas aceitunas gordotas con olor a tierra y a manos de labriego. El salmorejo con su arroyuelo de aceite cubriendo el barro de la cazuela. Los boquerones con escarcha de vinagre. Un helado sin filigranas que terminaba en regueros de frío por el brazo.

¡Cómo recuerdo aquellos domingos! La siesta calma. Las moscas parlanchinas. Los cromos desgatados de brincar de mano en mano. Un abuelo alto y sobrio con un bigote hecho de líneas. Una abuela silenciosa de tez sencilla y manos de peluche. Y mi madre de luto. ¡Cómo lloraba yo sin lágrimas ese luto! ¡Yo quería ver a mi madre de colores! Como las gitanillas. Como las alboradas de la sierra morena. Como los farolillos de la feria. Pero papá se fue pronto. Muy pronto. Y madre se quedó de negro…

Y anochecían los domingos…

¡Y cómo recuerdo el anochecer de esos domingos! La casa de la calle El Queso. Las estrellas que llovían sobre el patio. Un farol anciano y macilento. El cielo abierto. Las flores durmiendo en los regatillos. El escalón mordido del dormitorio. El jesusito de mi vida. Y la sábana blanda y el embozo de colores.

Y luego el sueño… Envuelto en la avenencia que da ser niño. Con el arrumaco de un colchón de lana. Con la brisa de una Córdoba que se dormía conmigo. Con el alma perdida entre los algodones de la vida reciente. Y la voz del último sereno… ¡Las diez y noche con luna…!    
   

¡Cómo echo de menos esos domingos…!

LAS LETRAS NO SON PARA EL DOMINGO



Los domingos no es un buen día para escribir –decía aquel poeta que devoraba sombras bajo los árboles. ¿Qué le ocurre a los domingos? –le interrogaba su Sancho modoso mientras acababa de rumiar la oscura sospecha de una hoja paripinnada. En los domingos las letras descansan - elucidaba. Como descansan los sueños. Y las mareas. Y los eclipses. En los domingos descansa dios –y se quedaba tan ancho ante la seducida mirada de su lazarillo.


Pero yo, contrariamente al poeta devorador de sombras, nunca he tenido miedo a escribir en tan egregio día –cuya rojez estigma el calendario. Y es que, si no escribiese un domingo, ¿cómo entonces iba a acordarme al siguiente del color que he inventado para el iris de tus ojos?