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EL MECÁNICO DE LA TRISTEZA




Hace cosa de un año (mes más, mes menos) lloraba yo mucho, así que decidí ir al mecánico a que me echase un vistazo al lagrimal. El taller no quedaba lejos de casa y lo recordaba con nostalgia (viéndome de niño, literalmente pegado a su escaparate, contemplando aquellos ojos huérfanos de rostros; unos brillantes, otros serenos y, los más, demandantes esféricos de otros ojos que los mirasen).

El mecánico era/es un hombre gordo –como casi dos hombres-, rústico en su figura pero delicado en su hablar -como un jilguero obeso-. Recuerdo que durante todo el rato que estuve con él, se secaba continuamente las manos con un pañuelito -de tela ligera y forma cuadrada- que debería contener lágrimas de la media Córdoba más apenada.

Me examinó con pericia el ojo diestro y me dijo que tenía una abundante pérdida de tristeza.
- ¿Sólo en un ojo? –le pregunté intrigado pues, si bien era yo persona de sentir, no lo era mucho de conocer sobre la anatomía de los sentidos.
- Probablemente en ambos, pero sepa que un solo ojo -puesto a drenar- llenaría un pantano de lágrimas. ¿Me lo va a dejar? Aún me queda un hueco en la agenda –dijo consultando una libretilla de hule con olor a llanto.
- Pues sí… Pero el otro me lo llevo puesto, más que nada por si hay algo que mirar -me resigné.

En aquellos días en que duró la reparación (primero de uno, luego del otro), apenas lloré (se ve que la tristeza se anda con cautela cuando sólo ve una salida en el fondo del túnel) y, desde entonces, cuando me vienen esos arrebatos de llanto incontenible, no dudo en acercarme a ver a este chamán de iris y pupilas.

Hoy he estado en el taller con Linda Daniela –ojos de selva-, un papagayo plañidero se ha extraviado en el verdor de su mirada, y no soporto ver más esos regueros de lágrimas en sus mejillas de caramelo.

- Bonitos ojos –ha enjuiciado el mecánico.
- ¡A mí me lo va a decir! –he exclamado dentro de un suspiro…


AGORAFOBIA



I
Un año sin salir de aquí. Anoche sentía los latidos de las paredes en el pecho. Es mucho tiempo hasta para la locura. Demasiado tiempo. Por eso esta mañana me he duchado y me he mudado de ropa (no recuerdo la última vez que lo hice). Me he propuesto llegar hasta el parque. Atravesar la maldita puerta de madera que fronteriza el pasillo y correr escaleras abajo. Dos cambios de acera -acaso tres en zigzag- y estaré allí. Junto a los árboles en los que escribí versos y maldiciones. No puedo pensarlo mucho más. Ya tengo el pantalón puesto. Ya tengo los zapatos puestos. Sólo tengo que correr. No puede haber monstruos en la escalera. No al menos más que aquí…


II
Lo he conseguido. Ya estoy sentado en un banco del parque. Todo gira. Me tiemblan las piernas y las manos. Sudo. Sudo demasiado para ser otoño. Pero estoy aquí. Los árboles verdes laceran un cielo de un azul que ya no recordaba –he olvidado tantos colores…-. No miro a nadie y nadie me mira. Hay un ruido de ¿chiquillos? al otro lado de dos olmos imposibles. ¿Había olmos aquí? He girado la cabeza y una reja enorme rodea esta isla de hojas y agua. Ahora pienso en que tendré que volver a atravesarla. Y si lo pienso, vuelvo a sudar. Profusamente. Gotas enormes que caen y levantan el barro dormido. Tengo los zapatos puestos. Tengo los pantalones puestos y un abrigo ligero. Puedo correr. Pero no puedo evitar la imagen de verme sin piernas. No quiero mirar. El camino a mi casa se estira en mi mente sin razón. Qué lejos queda ahora. Y aquí no tengo las pastillas. ¿Cómo no traje las pastillas? El sol no durará mucho y yo temo a la noche. Veo monstruos al otro lado de la verja. Caminan y hablan. Y son muchos. Y las lanzas del enrejado se hacen altas, cada vez más altas. Como una jaula. Me doy cuenta y lloro… ¡Dios! ¡Sólo he cambiado de cárcel…!

LA EPIDEMIA




Dicen que está muriendo mucha gente de tristeza. Me lo cuentan los gorriones que marchan a La Habana. Me lo dicen los vientres nervudos y habladores de las hojas marrones de los parques. Dicen que hay una epidemia que arrambla con el brillo de los ojos y se hace agujas en las grietas de la sangren. Y yo, que he visto a tantas enfermeras llorar ante los ojos vacíos de los pájaros, me he puesto a cubierto bajo el trozo de piel que se empapa sobre mi mirada de contrabando.

PERO HAY OTRO SEPTIEMBRE MÁS…



Hay otro septiembre. Siempre hay otro septiembre. Siempre traen todos los años y todas las estaciones otro septiembre.

Es el que anida en el vientre de las piedras y germina el feto de lo insignificante. El que gira en un grano de arena buscando el centro del horizonte. El que se detiene en el camino junto a la mariposa que miente su ceguera. El que late en las babas secas de las caracolas abandonadas.

El que nace entre las ruinas de los amores inconvenientes. El que convoca a las astillas de aquellas lágrimas que se sostienen en la carne…

Es el septiembre silente e insospechado. Marinero de papel en olas de mentiras. Menudo. Inquieto. Sabio. Turbio. Carcelero.

Es el septiembre al que escribo desde mi alma pequeña -encogida en el miedo de la dicha de los otros-. Es el septiembre al que –por destino- acaricio y padezco. Imparcial en mi contorno. Quimérico, noctívago y feroz.

Es el septiembre que sólo entenderán aquéllos que hayan visto, en sus ojos, los ojos de las orugas que devoran la gloria y la sesera.


MARTES



Vuelve el martes. Y un panzón amarillo se ha tumbado en el cielo. Se le abrieron unos días al verano, una herida de brisa impostada y nubes cenicientas que hicieron arroyos de otoño en la pendiente de las noches. Un espejismo en la cañada… Mas ya ha vuelto el loco del sombrero amarillo y el medallón incandescente.

Es martes. Un martes más, un martes menos, un martes sin condición ni ventura al que -ya al mediodía- no le quedan cenizas de plata que me hagan mirar al cielo.

No me gusta contar días. Pero es un hábito que ocupa mi trastorno solitario, y así lo acometo, y así lo escribo. Desconozco la insana intención de mi acto. Pero hecho es y hecho queda…

Y aquí trasiego, de mis sombras a mis piedras, de mis piedras a mis laberintos, de mis laberintos a mis lunas… Sin hilos libertadores, sin más agua que la que estanco en mi sed y en mi infortunio. Mitad hombre mitad espectro. Hacedor de cuentos incontables, tejedor de ataujías invisibles, morador de este espacio silencioso donde los versos son turbios y tienen párpados las orugas…

Pero me he jurado no volver a confiar mi suerte a ninguna caricia de cera…


VACÍO




Te espero cerca de la nada.
Te espero lejos de la nada.

Tan vigilante siempre,
como un soldado miope,
como un alacrán con miedo,
como un mártir en su espera
-mariposa caníbal de fuego-.

Tan rendido ya a las sombras,
que de su averno se me clavan
esquirlas brunas de flores
-desechos de alambre y fresno-.

De la sangre de mi arroyo
saltan -sedientas de viento-
gotas huecas de hojalata
que acallo a martillo y versos.


Y en este lugar de la noche
-refugio de grillos ciegos-
no hay mitad donde me hallo,
o todo cerca, o todo lejos…

MI MARINERA...





Sigues empeñada en amarrar en mi puerto. A pesar de mi advertencias y de lo que diga tu horóscopo… Hasta esa señora bisoja que, por las noches se disfraza de oráculo, te avisó: “Veo un puerto, pero muy, muy lejano, en el centro de un mar infernalmente proceloso…”  

Tú dijiste que era el mío y, desde entonces no hay quien te lo saque de tu linda cabecita…

Ya me avisaron de tu sangre de corsaria…
Y yo ya supe de la ruta de tu piel interminable…

Mas yo, que te sigo advirtiendo…

Y tú que sigues empeñada…

¿Conoces acaso cuánta oscuridad cabe bajo el lodo de mis neblinas? ¿Qué sabes de la enfermedad del silencio que contagia el ácaro de las olas? ¿Te ha devorado alguna vez la tristeza hasta llegar al invierno de tu vientre?

¡No, no te tapes los oídos! ¡Ahora es cuando quiero ver tus agallas de corsaria!

Y sigo… Y no ceso de advertirte…

…Aquí no se detienen los hombres ni las aves. Y paso primaveras sin besar un solo pétalo. Y no tienen los otoños la virtud de sus dorados…

¿Sigues pensando que tienes hueco en esta locura?

Y callas, y lloras, y sorbes los mocos y asientes con la cabeza y el aliento.

Y yo, que me he vuelto más pirata desde que  descubrí el tatuaje en la esquina de tu nalga,  acerco -con intención incierta- mi barca interrogante a tu orilla de arena adolescente...

¿Levamos ancla, mi capitán? -me has dicho, ya con una sonrisa...


¡Mar adentro! -he gritado, mientras veo tu cara reflejada en la hoja de mi garfio... 

LA CÁRCEL DEL TIEMPO



Sigo encerrado en este carcelón de paredes limonadas. Me cuentan que afuera, más allá de sus desconchados contornos, hay maravillas. Gente que viaja. Que escalan montañas. Que atraviesan selvas. Que se sumergen en oceánicas profundidades. Que vuelan por encima de las nubes. No sé si alguna vez hice algo de eso -mi amnesia es caprichosa y sólo me deja ver algunos trozos de memoria, y otros los aborrasco yo, como hojas secas de un parque a las que no les queda destino que ser tierra.

Ahora este carcelón des-decorado con libros, epítomes y maderas de ínfima nobleza es mi esfera y mi único refugio. No tengo mucho. No tengo poco. No necesito pescar ni cazar para alimentarme. Un hombre turbio de andares zambos me entrega a diario -bajo pago- el alimento. No es desagradable al paladar y contiene suficiente azúcar para el necesario riego que seduce a mi razón.

Me desplazo por las losetas indiferentes de estos caminos ajustados, ora con alpargatas ora descalzo que, aún dentro de estas paredes, se sienten los turnos de los tiempos. No coloco flores en primavera ni glóbulos de colores en Navidad. No sufro. No hablo. No callo. Elegí mi destino de una baraja de cartas trucadas -aunque yo conociese todas las señales…

No tengo un horario de visitas -¡de qué serviría!- pero, a la anochecida, atravieso la puerta con un cerrojo que chilla con estruendo y asusta a mi gato. Entonces se me viene encima toda la madrugada... Le temo lo indispensable. La conozco. Sé de sus atajos para evitar la locura. Es cuando escribo y murmullo a Dios y al demonio. Y espero impaciente el revoloteo de las hadas que cargan con metrallas de rimas a mis prosas domesticadas.

A esas horas, cuando todo se silencia ordenadamente, me erijo en un modistillo aplicado y me pongo a zurcir designios. De unos y de otros. Míos e impostados. De ayer y de mañana o de otro cualquiera de los tiempos infinitos…

Sé que algún día abandonaré este carcelón con baño y dos dormitorios. Será algún invierno. Probablemente. Cuando el frío estreche el tuétano de mis huesos.


Ya no estarás, lo sé. Pero, tal vez me sea suficiente, con volver a encontrar la noche estrellada que olvidé bajo los pétalos de una margarita que creció sin memoria ni ambiciones.

LA CEGUERA DEL POETA



A cada lado de las sienes,
marchan las orugas negras,
y siento el roer de las ratas
alimentadas de mi mollera.

Yo que tanto al amor compongo
y tanto a las primaveras,
os maldigo alimañas crueles
que hacéis nido en mi sesera.

Qué lejos parecen las noches
que disfracé de princesas,
hasta al soplar me duele el alma
que el infierno hasta el alma llega.

Penando enturbio la pluma
en una tinta, de oscura, ciega,
y me hago trizas las manos
al arar versos de tierra.

Sólo tú serás remedio,
sólo tú serás quimera,
desbroza el ancla que te hunde
y acude a ser mi compañera.


Ilustración: Ferdinand van Kessel, “el baile de las ratas” 

SÉ DE UN LUGAR



El lugar del que vuelvo tiene caminos verdes como nervios abiertos, y manadas de insectos que manchan con sus patas las palabras. Tiene árboles de bocanadas de humo que se izan desde los tallos hasta el horizonte, y un sabor a sal metálica en un aire que se comba por el peso de las lágrimas.

El lugar del que vuelvo tiene noches que hacen ecuaciones con las horas, y mañanas que patean los rimeros de las tímidas esperanzas. Tiene una soledad en cada esquina y sólo una nube huraña que engorda tragando jirones de cielo mutilado.

El lugar del que vuelvo tiene el alma labrada en la corteza de la espuma, y telarañas de cristal y seda en la cueva que  espesa la saliva. Tiene los ojos que deseo encerrados en una cárcel con un carcelero ciego, y una poza de fuego blanco donde se revuelven todos los ayeres.

Mis ayeres… ¡Dejad quietas las mariposas…!


El lugar del que vuelvo no está a la diestra ni a la siniestra. Se hace viejo en la misma baldosa en que escribo. Voy a él y de él vengo. Y sólo sé cuánto de mí se va quedando, cuando peso la merma de mi corazón y mis sandalias. 

PALABRAS







Escribo con la tarde. No en la tarde o en la atardecida. No, yo escribo con la tarde. Yo escribo con las horas dormidas de estas tardes de verano. Me aprovecho de ellas para robarle su pátina invisible de tinta y, con ésta hacer las formas de mis escritos. Puedo estar horas escribiendo y desescribiendo, como un anacoreta en una cueva con ríos de vocablos. A veces me pierdo. Me rasco la cabeza, y me doy cuenta de que no conozco bien dónde quedaba la realidad de la vida. Y entonces me siento intranquilo. Porque temo que un día yo también forme parte de las palabras. Y que mi alma sea palabra. Y mi recuerdo sea palabra. Y mi corazón sea palabra. Y entonces todo se desmorone. Porque, por muy compañeras mías que sean, las palabras necesitan ser insufladas de una vida exterior que las ponga en guardia. Que las alinee. Que las fuerce a caber donde aparentemente no caben.

En este retiro involuntario de mis quehaceres laborales he construido muchos edificios de palabras. Altos y achaparrados. Egregios y humildes. Parejos y escarpados. Todos ellos escaparon de mi corazón para colgarse de la luna de estas páginas. Espero regresar pronto al trabajo que genera mis haberes. Espero regresar pronto al lugar de donde vine antes de que la enfermedad menguase mi rutina. Porque en esa rutina hay muchas palabras que estoy perdiendo y, yo, si hay algo que ya no quiero más en esta vida, es seguir perdiendo cosas…

Feliz tarde. feliz destino.

(Feliz mañana América)  

CORAZÓN DE TIERRA



Tengo un tiesto en mi balcón sólo con tierra. Con una tierra negra y agrietada hecha con macizos de terruño y que, de cuando en cuando, sirve de erial a las hormigas. Tiene el tiesto sobre su tierra unas piedrecitas blancas y mínimas -como una nieve celestina- y, aún le sobreviven algunos  tallos estrechos, secos y pardos, que se derrumban resignados al peor de los destinos.

Fue en su tiempo mi tiesto recipiente de un poto verde y blanco, abundante como una selva, fresco y de hojas ligeras que chorreaban por la barandilla en arroyuelos interminables. Lo regaba escasamente -porque no son los potos plantas de aguas abundantes- pero lo hacía con puntualidad de relojero, y limpiaba sus hojas con aplicación, una a una, como si fuesen zapatitos hechos para duendes.

No sé por qué un día dejé de regar mi poto. No sé por qué dejé de abrillantar sus hojas. No sé por qué dejé de cambiarlo de sombras y de soles. El caso es que mi poto empezó a tomar un color macilento y, luego, aquéllas hojas verdes de mar, empezaron a repartirse por el terrazo del balcón. Alguna tarde, las cogía del suelo y las miraba, tenían poses desmayadas y heridas negras –como de tristeza- en sus nervaduras de cauce seco.     


Hoy de aquel poto sólo queda la tierra de la que os hablo. Una tierra infértil que exhala soledad  y olor antiguo. A la que no colorea el sol y, a la que cuando llueve, le caen lagrimones negros que bordean la maceta. Creo que nunca me desharé de esa tierra porque, a veces, con las manos llagadas de sus restos, yo también me pregunto si no seré acaso espejo de aquel poto desatendido, esperando, sin prisas ni fortunas, el riego de unos besos que inventen brotes en algún lugar de mi alma nazarena. 

POR UN SI ACASO


POR SI ACASO…

Llegará el día en que me hagan desaparecer las palabras. En que, entonces, sean ellas las que se ocupen de mí. Porque en este afán por coleccionarlas, por dar un sentido coherente a lo que pienso y a lo que coloco en mi locura, sólo he sacado en claro una cosa: soy lo que escribo.

Hace unos meses, desaparecí. Se fueron de mi lado, los vocablos, las imágenes, la música, los recuerdos, los anhelos, todas aquellas herramientas que me permitían construir mi pequeño mundo, un mundo en el que me he escondido y, del que he hecho mi razón y mi fortuna. Fue entonces cuando apenas nadie me echó de menos… Sólo alguna luciérnaga adorable –a la que desde entonces adoro con vehemencia- vino a iluminar tantas noches y tanta oscuridad tramada. Y es que, jamás se echa de menos al poeta, se echa de menos la poesía… Los poetas –permítanme al menos hoy aplicable tal adjetivo- vamos y venimos, brillamos y nos hacemos brunos, amanecemos y anochecemos, pero la poesía sigue, porque siempre habrá otro dispuesto a tomar nuestro relevo penitente, a tomar la pluma que cayó con desmayo de nuestras manos hacedoras.

Después de aquellos meses, como por arte de una magia que no entiendo, regresé. Tímido al principio. Enlazando trémulo los renglones. Inseguro y  menguado. Venía de una guerra. De la peor de las guerras a las que se puede enfrentar el ser humano: la guerra consigo mismo. ¡Y traía tantas cicatrices de metralla y de recuerdos! Pero aún medroso en los primeros intentos, sentí como las palabras volvían a mí, como quien siente la brisa redentora…

Y escribí. Y escribí. Y aún hoy sigo escribiendo con furia. Apresurado. Inquieto. Sabedor cierto de que me volveré a marchar enterrado entre la tinta que hoy derrocho. No será un hasta nunca. Será un hasta pronto. Porque sé que estoy en la terna de los que son, una y otra vez, llamados al campo de batalla.

No he tratado con lo dicho de advertiros, simplemente he tratado de advertirme. Y por un si acaso, despedirme por adelantado con un adiós que espero tarde mucho en llegar. Mientras tanto os disfrutaré… Y disfrutaré de este mundo pequeño donde soy el amo de todos sus castillos…

Atte. Rafa.



EL MUNDO DE LA GENTE PEQUEÑITA



¿Cuál es mi mundo, Nano? ¿Cuál es el mundo de los que pensamos no tenerlo? ¿Cuál es el mundo de los que creemos que en éste somos demasiado vulnerables? ¿Te imaginas, Nano? ¿Te imaginas un mundo pequeñito lleno de gente grandota todos ellos preguntándose dónde está su mundo? ¿Cabríamos? Y es que yo sí veo tu mundo, Nano. Lo veo desde mi altura de hombre desmundado. Y veo tu capacho. Y tu mantita roja. Y tu perrito aún más pequeñito que tú. Y tu pelota de lunares… Y te veo corretear por la casa jugando con tu amigo invisible (que ya sé que no son cosas tuyas y que todo gato que se precie lo tiene…). Y te observo mientras observas a la gente desde la terraza buscando quién sabe que curioso misterio entre sus cuerpotes tan diferentes. Y te entiendo cuando me demandas tu pienso. O cuando me ronroneas buscando una caricia amable de mis manos de escribiente. Yo veo todo eso… Y lo veo porque tú eres mi compañero pequeño. Mi trocito de amigo. Pero yo no veo en mí todo lo que veo en ti. ¿Por qué Nano? Tal vez necesite ser el amigo pequeño de alguien. Pero claro a los mayores nos queda ridículo decir “…oye mira es que, aunque me veas grande, soy pequeñito y quiero que seas mi amigote, porque si tú eres mi amigote, a lo mejor, tú me puedes dar un mundo…” No, Nano. Me temo que es demasiado complicado… Esta noche, Nano, aunque apenas hoy se vea la luna, pensaremos juntos, mirando su cuchillita de plata, dónde podrá estar ese mundo para aquéllos que tenemos miedo de vivir en éste… 

ES EL DÍA...



Ahora... mis días rompen tarde, como cangrejos desmemoriados... Aún así –en la retaguardia- contemplo la cortina de sol sobre un mundo que me parece menudo, como hecho a escala para un peregrino pequeñito... Hay voces de perros entre las piernas de los que caminan. Perros insignificantes que orinan su costumbre en las farolas que se yerguen hacia un cielo que duele de azul. Hay saludos de desconocidos que creen conocerse y una sonrisa pintada en un maniquí estrecho y desmadejado. Es el día. El día que bebo tarde como una pócima olvidada. El día trémulo que pareciera teñido por un retratista perturbado…A lo mejor mañana vuelve… Con sus cangrejos, su sol, sus perros, sus farolas y sus desconocidos… A lo mejor mañana mi alma también se pierde entre los cuerpos de los que vienen sin haber ido… A lo mejor mañana…


Feliz día. Feliz destino.

EL VÓMITO DEL DESTINO




Hoy, al despertar, me ha venido como en un vómito la sangre endurecida de Lorca y el dolor infatigable de Miguel –aquél que amara en Orihuela. La esterilidad de los campos yermos de Machado y el verso cansino –por estéril- de Neruda. Se me ha hecho la noche en un torbellino de estrellas asesinas y me he sentido frente al  pelotón que pisó –como hormigas- a los poetas que acabaron derrotados. No es distinta mi derrota. La conozco. La mastico como un tabaco que se escupe y que retorna. Es hedionda. Hacedora de un destino que me ha hecho estrechas todas las veredas y amarga el agua de todos los ríos y de todos los besos. La derrota que grita que me calle. La derrota a la que grito que, postrado en mi silencio, no dejaré de nombrarla con mi tinta y con mi llanto porque, sólo así, conseguiré ahuyentarla  –con la brevedad del tiempo- hasta los parajes donde fornican con el demontre los lobos malditos que devoran la sombra de mi estampa. 

UNA PÁGINA EN GRIS



Malvivo con mi facilidad para desintegrarme. Para descomponer cada trozo de mi cuerpo, de mi espacio y de mi mente en partículas diminutas y volátiles. No aprendí a hacerlo. Es, simplemente, un defecto de fábrica. Me desarticulo en torno a un silencio recio y disconforme. Varado en una playa donde no ha lugar para ningún horizonte. No necesito presencias. Sólo queda asegurada mi existencia amarrada a un espejismo alineado con la luna. Conozco cuando el proceso se pone en marcha. Como una máquina bastarda. En ese instante preciso en que todo va a quedar quieto mis gestos y mis palabras pesan como el metal de que se hacen los recuerdos. No atino a componer estrofas y me resguardo solo con el abrigo de la pena. Cada luna parece más deslucida que la que recuerdo y cada día más hosco que el que le adelantó en el tiempo. Y la máquina bastarda bufa. Alquitranando mis manos con los versos que no escribo. Todo preciso. Todo estudiado desde el hediondo lugar donde se componen las miserias. Y un día, sin que el amanecer se haya preñado distinto, una grieta se cierra y, donde había vacío, aparece cielo. Pero ya no me elevo ni resurjo de  cenizas algunas. Las dejo amontonadas en la playa imaginaria que inventaron los duendes de la sonrisa. Pavesas de mi existencia, de mi imperceptible existencia con las que, un día, se podrá construir mi pergamino lapidario.

EL PASEO DE MI CORAZÓN



Hoy he sacado el corazón a pasear. Le he puesto un trajecito de color discreto y unos zapatos con las medias suelas nuevas. También lo he peinado con cierta compostura y, por si acaso, le he aplacado sus rizos genéticos con algo de espuma de desmemoria. Cuando sale a pasear, mi corazón late antes de cruzar el umbral que lo fronteriza, como un perrillo inquieto antes del alivio rutinario.

A eso de las once, se codeaba todo él con los otros corazones paseantes por la misma gravilla. A pesar del tiempo que no se nos veía juntos, no hemos sido asaeteados por excesivas miradas indiscretas, cosa que ambos hemos agradecido, por eso de no estar el ánimo para muchas –ni pocas- explicaciones.

Junto a la naciente flor de la esquina de la muralla milenaria que deja a mi barrio en extramuros, le he sentido hurgar en el polen hasta en tres ocasiones –que, a mi contra, no debe, el reproductor elemento, ser ocasión de trastorno para él. Señalado el lugar sin el orín indiscreto –que atrás quedó ya el símil con el perrillo impaciente- hemos paseado luego  hasta más allá de la iglesia que dedican a San Lorenzo y   -como parecía tener hoy más necesidad de olisquear que de costumbre- ha tomado algo de incienso que sobresalía por la rendija que estrujan las puertas del templo, el mismo incienso que se llevaban, en sus alas batientes, dos mariposas de un amarillo chillón desagradable que bailaban con la inútil gracilidad con que lo hacen semejantes lepidópteros.

Iba mi corazón hoy advertido de que no es buen tiempo para romances ni romanzas, pero él –siempre cantor ciego- se ha estremecido en un par de ocasiones con la mirada sultana de algunas chiquillas de las que anuncian primaveras. Señalada entonces mi mano en el pecho, ha cesado su latir inquieto, hasta volver a quedar éste en la sístole prudente y en la diástole atinada.

A eso de la una –cuando el mediodía apretaba su mejilla contra el suelo- andaba ya el trajecito que le impuse algo sudado y, las medias suelas –que no debieron de ser bien calzadas- advertían de un despegue casi inmediato. Tal eran las cosas, que creí que era hora del final del paseo -que luego llega el resfrío de este tiempo y las toses y los incómodos estornudos.

Llegados a casa con la barra de pan tibio bajo el brazo y, tomado nuevamente su lugar oportuno, lo he visto algo menos deslucido que estos días pasados, pero aún se advierten las ojeras y cierta palidez en su laberinto de cavidades. Mañana, a lo mejor, si la brisa deja la veleta detenida, volvemos a dar otro paseo –por eso de que se acostumbre a la soledad de la primavera.  Y, a lo mejor, mañana, llegamos más allá de extramuros, donde dicen que también se encuentran otros corazones a los que tampoco asusta el polen de las flores principiantes.

EL ANDÉN DE LA PRIMAVERA


A veces parte sin mí el tren donde persistentemente viajo y, en su partida, lo contemplo alejarse -humedecidos los ojos y quieta la maleta. Será inútil todo esfuerzo por alcanzarlo. El reloj de la estación se adelantó sin previo aviso y, ahora sólo queda la mirada lacerante al horizonte que perturba.

Quedo entonces –asumida ya la pérdida a la que llegué más por destino que por tardanza- arrellanado en este banco que me hicieron a propósito de madera, y me convierto en ebanista transeúnte, en servidor de la gubia que medra aún más sus listones arrugados. Aquí, entre sus carcomas devoradoras, me estrujo con la brisa inacabada y, a modo de sábana macilenta, me embozo con recuerdos de otros tiempos, con la ignorancia de si aún quedará alguien bosquejando versos en las paredes. 

Huele este andén siniestro a gasóleo e hierro viejo machacado, a soledad en blanco y negro, a posos de café y bolsitas de té mohosas.  Es este lugar –en el que quedo- la contrautopía de los paisajes, el laberinto de las llanuras vejatorias, el andrajo de un cielo estallado en las aristas de sus constelaciones.

Sobre la arena seca que alimenta mis suelas malgastadas     –otrora aserrín de risas- escupo la saliva que derrocha mi garganta, formando las únicas estrellas  que permite el tapiz malencarado. A mi siniestra, algo que pudo ser una botella,  recuerda el presente de la resaca y acoge en su boca dos moscas machaconas y ciegas. El petróleo de las uvas me llena el estómago y la cabeza, y ocupa el lugar de la sangre y la sesera. No sé llorar y no lloro. Tan sólo mantengo la amargura en la marmita imaginaria de mi tráquea.  

No hay más viajeros atrasados en esta estación de fantasmas y desmemorias. Solo quedo y solo destrozo las palabras que ayer compuse. A cantar me paro si la tarde queda rota y, las alas batientes de algún insecto, me recuerdan la mudez de lo entonado. No recuerdo la música que me enseñaste. Ni las palabras que tras de ayer me emocionaron. El banco de madera sigue figurando firme. Imperturbable. Como el acomodo infernal de cada ominoso pensamiento. Por eso me fue hecho a propósito. Para evitar un rendimiento protector. Para alargar la tortura del tiempo que, imperturbable, pasa y pasa volviendo a hacer llagas que saben, una vez más, a primavera.