Datos personales

Mostrando entradas con la etiqueta Nano. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nano. Mostrar todas las entradas





¿Escuchas Nano? Es el silencio. El estrecho desfiladero de los ruidos exánimes. La guarida recurrente de las bocas mudas.
Siempre he pensado que tengo mejor oído que tú para el silencio. Para descomponer sus notas desérticas en otras notas llenas de matices. Hasta te confieso (¡qué no te he confesado yo a ti, Nano!) que, en ocasiones, he llegado a darle color a esta peculiar afonía; de tal manera, que he descubierto un silencio negro -de féretro y camposantos- a la par que he descubierto silencios azules de mañanas indecisas, o silencios pardos de paisajes soñados y, cómo no, silencio verdes de primaveras intranquilas…

Y es que compañero, todos somos silencio alguna vez en la vida. Silencios largos como arroyos o redondos como charcas; escasos como suspiros o abundantes como llantos.
¿Escuchas Nano? Aún más silencio todavía... Avanza la noche y comienza el adagio de los violines castrados, de las guitarras sin cuerdas, de los flautines de corcho… Y luego, el resplandor de las sombras en las paredes que duermen…
Todo ello hasta que amanezca, Nano, y comience de nuevo el traqueteo de las partituras indomables…
Tú y yo somos un indolente silencio encadenado. Aunque maullemos, aunque conversemos, aunque rara vez gritemos. No sé si yo lo aprendí de ti o tú lo aprendiste de mí pero, ya puestos, si nos tocó ser silencio, aprovechemos la ocasión de no errar en romperlo si no es por una venturosa causa.
(Sigue mirando la nada Nano…
Yo ando entretenido en soñarla…)

NANO OTRA VEZ





A modo de aclaración

Por si usted y yo nos hemos encontrado tarde, le aclaro que Nano es mi lazarillo felino. Un desorden de pelos blancos algodonados. Una testa con dos ojos de diferentes colores y un remolino indomable en el flequillo. Un panzón tranquilo e intelectual con ciertos problemas de estreñimiento cuando la luna es plenaria.

Nano es adorable siempre y me soporta como jamás nadie osó hacerlo. Me espera si me voy y me acompaña si me quedo. Me lame, me muerde y se frota conmigo en señal de demandas amorosas y alimenticias. Es tolerante con las hormigas y servicial con las visitas. No maúlla más allá de lo prudente y duerme sobre un trozo de cojín que le quedó pequeño hace años.

Nano es Nano. La fiel sombra que, en esta casa, persigue a la mía …

Un murmullo con Nano

Sí Nano, como te digo, al final me he matriculado otra vez en la vida, he abierto la puerta desde la que comienzas -en sentido contrario- tus imaginarias persecuciones y -como presumía- tras ella había ríos y montañas y una noche que no cabe en los ojos de mil cíclopes.

Ya te dije que algún día lo haría pero también te insistí en que no me preguntases cuándo (pues sólo yo intuía el amanecer de mi pecho).

Así que hoy domingo, mi Nano compañero, he visitado un parque y dos jardines, he tocado la madera de tres árboles y me he descalzado junto a la fuente donde antes bebí tanto; he olido fragancias de muchas Ellas y, mientras lo hacía, he pensado que la vida espera a los que algún día –con pasión- la besaron y la abrazaron …

Ya iremos hablando Nano… Aquí… En este Cambalache de letras… De todo un poco, de casi nada demasiado …

© Cambalache

LA MIRADA DE NANO




Son muchas las ocasiones en que Nano, mi compañero-felino-vigilante, se sostiene hierático en el mínimo espacio que ocupa junto a mi mesa de escribiente. Y yo, viéndolo tan fijo en nada y tan fijo en todo, juego a sostenerme en los caprichosos colores de sus iris. Entonces él, que jamás evita mi mirada, se queda inmerso –profundamente inmerso- en un punto incierto de mis ojos. Sé entonces que ve algo en ellos... Algo más allá de lo que yo jamás vería…


Y así se alarga el planeta del tiempo hasta que, la sequedad de mi impaciencia, me hace claudicar en ese pulso de mirarnos fijamente. Es entonces, cuando en un absurdo disimulo de mi derrota, le digo siempre lo mismo: ¡qué raros somos Nano! Y él -al oír la exclamativa sentencia- se alarga, mal-pone sus orejas, separa la boca, lame la parte menos oportuna de su cuerpo y, volviendo a mi mirada, parece preguntarme: ¿qué razón te hace ver en mí la imagen de tu propia rareza…?

¡FELIZ CUMPLEAÑOS, NANO!



¡Feliz cumpleaños Nano!

¡Ay mi pequeño rocinante felino! ¡Que te me has hecho todo un adolescente!

¡Dos años Nano! ¡Dos años ya!

Acostumbrándonos el uno al otro. Tú un cazador implacable de moscas, yo un furtivo cazador de mariposas negras. ¡Vaya estampa! Nos faltan los molinos blancos, amigo, y alguna que otra dulcinea, para llevar en el pendón de nuestras batallas.

Tú buscas soles por la noche, yo busco sombras por el día. Tú me ronroneas y yo te confieso mis rutinas. Tú te acicalas con saliva y yo con una colonia barata del Súper. Tú miras de reojo y yo me escondo en las esquinas. Tú blanco y yo moreno -descendiente seguro de los sarracenos que durante siglos escogieron esta tierra.

No somos tan diferentes Nano. Ni tú, ni yo, ni el resto de los seres vivos de este bendito planeta. Todos somos todo en distinta proporción -ya dijo don José Ortega y Gasset, la psicología también es cuestión de perspectiva…

Pero no cambio de tema, Nano. Hoy eres tú el protagonista. Te compré un regalito que he dejado en tu rincón de pensar y un paté de atún que debe de saber a las mil maravillas. Te hubiese traído también una hilera de hormigas, que ya sé lo que te gusta ejercer de comandante, mas no se dejaron disciplinar las muy puñeteras -y eso que les insistí en que era para regalo…

Moscas no me ha hecho falta conseguirte, que tienes estos días a cientos. Aún no son gordotas como las que a ti te gustan sólo para tu divertimento -que no eres tu gato carnívoro- pero ya algunas apuntan en proporciones…

Naciste un quince de abril y hoy -pues de la memoria felina mucho no conozco- yo te lo recuerdo. Viniste pequeño y ya eres todo un briboncete. Brindo porque no nos faltemos en muchos años y, cuando un mal soplo nos lleve, que sea hasta la orilla de un mar caribeño y verde, donde paseen por igual nuestros amigos imaginarios, donde construyamos de nimbos una casita y de, corazones pequeños, dos esteras para charlar en las noches de verano…


¡Felicidades compañero! ¡Muchas felicidades!

AL OTRO LADO DE LA NOCHE



Hoy se escucha la nana de la noche. No sé si la apreciaron alguna vez. Supongo que sí. ¡Claro que sí !¡Hay veces en que pienso que soy el único lunático del planeta! Eso tiene la soledad… Uno mira a su diestra y a su siniestra y, al no ver otra sombra, piensa que la única es la que le acompaña fiel a su espalda. ¡Pero habrá tantas existencias que ahora escuchen este murmullo cándido!

Hoy, desde aquí, el cielo parece un ejército de alacranes blancos. Lo miro y sonrío. Como sólo sonríe un niño grande. Como si jamás hubiese visto tantas estrellas juntas. Lo trato de retratar en mi hoja de ruta, pero ya dije que soy muy mal dibujante. Así que cierro los ojos. Los aprieto. Y espero que quede ahí adentro ya para siempre. ¿Se han fijado que, cuando queremos que algo no se nos olvide, cerramos los ojos con mucha más fuerza de lo habitual? ¡Como para que la captura no se escape por la rendija! Tenemos unas manías…  

Y es que ciertamente somos curiosos los seres humanos. Yo me río tanto de mí mismo… Me levanto por la mañana y, antes de pasar a la ducha, lo primero que hago es mirarme en el espejo. ¿Pero qué pretendo comprobar? ¿Ver si me han crecido las orejas por la noche? ¿Cerciorarme que de no me ha aparecido un tercer ojo justo en mitad de la frente? Porque a mi barba selvática, a mis ojos de pulpo despistando, a mi nariz algo chatunga y a mis labios- siempre ligeramente agrietados- ya me los conozco de sobra. Pues nada. Cada mañana el mismo ritual. Eso mi gato no lo hace. Nano no se mira en el espejo. Se miró una vez cuando llegó a casa. Se observó detenidamente. Echó un vistazo tras el espejo. Y nada. No se ha vuelto a mirar. ¿Para qué? –dirá él. Si él ya sabe que es un gato níveo de cuatro patas. Pues nosotros, a los humanos me refiero, lo que nunca hacemos es mirar tras el espejo… ¿Y si hay alguien que nos lleva engañando toda la vida? ¿Alguien que ha crecido con nosotros y cuya única tarea en este mundo es que jamás conozcamos nuestro verdadero rostro? ¿A qué no lo habían pensado? (No, no corra ahora a mirar tras el espejo, si acaso antes de acostarse, que puede dar más repelús…)

Tenemos los humanos manías sorprendentes, ya, ya les iré contando otras en otras noches. Ahora voy a volver a la serenidad de lo oscuro. A seguir escuchando la brisa de lo ausente. A bañarme de la plata de las estrellas cerca de esta marquesita rubia. Yo. El que cada mañana aparece en el espejo. Pues, chanzas aparte, sigo siendo el mismo malandrín que ora está triste como un náufrago, ora ríe como un títere de circo. Eso es pasear por la vida. Esta ingrata compañera que me empuja a no sé dónde. Que me pone zancadillas y luego me tiende la mano. Que me besa y me maldice. La vida. Nada más y nada menos…   


LA EMANCIPACIÓN DE NANO



Nano se ha independizado. Apenas cumplidos los catorce meses, se ha hecho un pisito con cimientos de cartón -que llegó para otros menesteres- al que ha dotado de una singular puerta evitar coscorrones y una ventana trasera para examinar (¡cómo no!) a posibles visitantes... Allá se ha llevado su ratita de rayas, su pelota de básquet, su inseparable perrito de ojos saltones y dos rollos de papel higiénico sin papel (?). No ha intentado llevarse su agua y su pienso porque me temo que anda escaso de espacio y porque, en su sabiduría felina, ha pensado que mejor que el pienso y el agua sigan garantizados por su compañero grandote –que no vaya a ser que éste, viendo tanta independencia, se olvide de abastecerle en esta época de escasez de roedores.

La independencia de Nano es rotunda y tozuda. Apenas la más mínima desconsideración hacia él, toma el trasto con el que anduviera y, ¡visto y no visto!, a su casita unifamiliar. Así que ahora más que tener un compañero de piso, tengo un vecino. Un vecino del que, por cierto, me voy a quejar a las autoridades oportunas (pues tengo que averiguar cuáles son las encargadas de los litigios hombre-gato) porque, a eso de que comienza la madrugada, este singular elemento no hace sino salir de su pisito y recorrer el mío con velocidad de alazán árabe peleándose con quién sabe qué molinos invisibles, amén de trastocar también las pequeñas pertenencias que desparramo cuidadosamente por mi espacio.

Así pues y, por lo antedicho, escribo esta minuta para que quede constancia de mi protesta más absoluta ante tal independencia pues, aparte de lo expuesto, por contrato tengo prohibido el subarriendo total o parcial de mi inmueble y, este felino arrogante es capaz de buscarme un lío con la casera.


P.D. Cuando se ha cansado de perseguir molinos o gigantes felinos y, ya la luna ya se ha hecho mayor, Nano, muy silencioso él, busca mi lecho y, con clandestinidad y alevosía, pega su cuerpecito templado al del grandullón que esto suscribe y, es entonces, cuando me doy cuenta de la cantidad de mi cariño que se ha llevado este puñetero gandul. 

EL MUNDO DE LA GENTE PEQUEÑITA



¿Cuál es mi mundo, Nano? ¿Cuál es el mundo de los que pensamos no tenerlo? ¿Cuál es el mundo de los que creemos que en éste somos demasiado vulnerables? ¿Te imaginas, Nano? ¿Te imaginas un mundo pequeñito lleno de gente grandota todos ellos preguntándose dónde está su mundo? ¿Cabríamos? Y es que yo sí veo tu mundo, Nano. Lo veo desde mi altura de hombre desmundado. Y veo tu capacho. Y tu mantita roja. Y tu perrito aún más pequeñito que tú. Y tu pelota de lunares… Y te veo corretear por la casa jugando con tu amigo invisible (que ya sé que no son cosas tuyas y que todo gato que se precie lo tiene…). Y te observo mientras observas a la gente desde la terraza buscando quién sabe que curioso misterio entre sus cuerpotes tan diferentes. Y te entiendo cuando me demandas tu pienso. O cuando me ronroneas buscando una caricia amable de mis manos de escribiente. Yo veo todo eso… Y lo veo porque tú eres mi compañero pequeño. Mi trocito de amigo. Pero yo no veo en mí todo lo que veo en ti. ¿Por qué Nano? Tal vez necesite ser el amigo pequeño de alguien. Pero claro a los mayores nos queda ridículo decir “…oye mira es que, aunque me veas grande, soy pequeñito y quiero que seas mi amigote, porque si tú eres mi amigote, a lo mejor, tú me puedes dar un mundo…” No, Nano. Me temo que es demasiado complicado… Esta noche, Nano, aunque apenas hoy se vea la luna, pensaremos juntos, mirando su cuchillita de plata, dónde podrá estar ese mundo para aquéllos que tenemos miedo de vivir en éste…