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MI MARINERA...





Sigues empeñada en amarrar en mi puerto. A pesar de mi advertencias y de lo que diga tu horóscopo… Hasta esa señora bisoja que, por las noches se disfraza de oráculo, te avisó: “Veo un puerto, pero muy, muy lejano, en el centro de un mar infernalmente proceloso…”  

Tú dijiste que era el mío y, desde entonces no hay quien te lo saque de tu linda cabecita…

Ya me avisaron de tu sangre de corsaria…
Y yo ya supe de la ruta de tu piel interminable…

Mas yo, que te sigo advirtiendo…

Y tú que sigues empeñada…

¿Conoces acaso cuánta oscuridad cabe bajo el lodo de mis neblinas? ¿Qué sabes de la enfermedad del silencio que contagia el ácaro de las olas? ¿Te ha devorado alguna vez la tristeza hasta llegar al invierno de tu vientre?

¡No, no te tapes los oídos! ¡Ahora es cuando quiero ver tus agallas de corsaria!

Y sigo… Y no ceso de advertirte…

…Aquí no se detienen los hombres ni las aves. Y paso primaveras sin besar un solo pétalo. Y no tienen los otoños la virtud de sus dorados…

¿Sigues pensando que tienes hueco en esta locura?

Y callas, y lloras, y sorbes los mocos y asientes con la cabeza y el aliento.

Y yo, que me he vuelto más pirata desde que  descubrí el tatuaje en la esquina de tu nalga,  acerco -con intención incierta- mi barca interrogante a tu orilla de arena adolescente...

¿Levamos ancla, mi capitán? -me has dicho, ya con una sonrisa...


¡Mar adentro! -he gritado, mientras veo tu cara reflejada en la hoja de mi garfio... 

MANUEL



Para esos locos no tan bajitos…

Hasta hoy llevaba tiempo sin aparecer por mis sombras. Él es así, como las ganas de llorar, viene cuando le da gana. Se llama Manuel, pero eso no importa mucho… Con los años se borró los apellidos y un tatuaje, de una ondina de agua, que le braceaba en el envés de su muñeca. 

Es algo mayor que yo, cojea ligeramente de la pierna derecha y tiene sólo cuatro dedos en la mano izquierda      -que erró con maldad la naturaleza en su simetría. Aún así, es alto como medio ciprés, le nevaron con galanura las sienes y tiene porte de espadachín decimonónico. Ciertamente es apuesto para su edad y para cualquier otra que le coloquen...

Una vez pasó dos noches en el cuartelillo por grabar versos en la piel de un naranjo que criaba lamas en un patio señorial de Córdoba. Pero tampoco eso importó mucho... El ricachón tenía más naranjos y sólo le quedó uno remendado con un verso...

Manuel sería un egregio poeta, pero no quiere serlo porque, en su convicción de ser libre, no quiere ni la esclavitud que sabe, arrastran las palabras. Las lleva al hombro, en un fardel de tela cobriza, arrugadas y mudas.

Me ha aceptado un café  y cien euros -siempre guardo para él cien euros en mi mesita de noche. A cambio me ha dejado un verso contrahecho y una carta testada.

Dice que se muere. “Mañana” -me ha sentenciado convencido. Que va a dejar de respirar porque le son ingratos los velos de la noche en la garganta. Es capaz. Una vez estuvo una semana sin beber agua porque se empeñó en que le olía a charcos de lluvia el orín. Estuvo bebiendo ron y se le quedó voz de pirata.

Así son mis amigos -tengo otro que piensa que vive en el estómago de una mariposa-, orates sin remedio, desconsolados y extraños… Compañeros de batallas dadas por perdidas… 

Manuel se ha ido tal y como llegó -añadió a su reverso dos abrazos cómplices y cien euros a sus fondillos; media conversación de miradas y tres recuerdos de los que hacen agujeros en las sienes…

Recién vista su traza alejarse por la avenida -con su galante cojera y una sombra en la ausencia de su índice- he abierto la epístola sin demora. Contiene una fotografía de una mujer. “Sigo sin perdonarte que fueses tan canalla” -ha escrito sobre ella con su letra de profanador de pieles de naranjos.

Pero ésa ya es otra historia… La de aquellos ojos donde ambos perdimos el sosiego…


No sé si esta noche Manuel dejará de respirar. Yo no soy lector de obituarios. Tal vez mañana, o tras mañana, o el próximo otoño escuche, en un retazo de sucesos, que la tierra se tragó a otro loco que sobraba caminando sobre ella… Lloraré entonces, porque ya tengo a muchos bajo el pasto...  

UNA NUBE CON FORMA DE CABRA



Porque, a veces la locura, también hay que llevarla con sentido del humor.



Tenía esta tarde olor a nubes y a café de puchero. Es una pena que yo no pueda tomar café. Me altera el sistema nervioso según los especialistas y ello, me puede llevar a tomar decisiones equivocadas (¡hasta a enamorarme!). Así que como no puedo tomar café, por mucho que me apetezca, me he dado un atracón de nubes. Y como vigía de un faro que nunca existió he estado en mi balcón –humilde, enlosetado y bajito- contemplando nubes enormes como sábanas de fantasmas enormes. He contado nubes de todas las formas posibles. Pistolas, vacas, corazones, pucheros, azadas…

A eso de que andaba yo con este catálogo de figuras y estaba contemplando una nube igualita a una cabra, apareció en el balcón de al lado mi vecino Hipólito (tiene ese nombre qué se le va a hacer) y, siendo como es, un hombre versado y de universal conocimiento, al comentarle yo mis descubrimientos, me señaló con su voz de maestro jubilado que ha fumado Celtas toda la vida, que eso que yo veía no era tal y que, tal asociación, tenía un nombre: Pareidolia. ¡Toma ya! Más raro todavía que el suyo (con todos mis respetos a los Hipólitos que haberlos hailos).
Ríete tú del nombre que le han ido a poner a algo que yo ya hacía de pequeño y que resulta tan fácil. Porque, pongamos por ejemplo, si yo estaba viendo una nube en forma de cabra (de las normales, o sea, sin denominación de origen) es porque la nube tenía forma de cabra. ¿O no? No es tan difícil de entender. Nadie puede ver, en una nube con forma de cabra, a una abuela haciendo ganchillo. Digo yo. O sea que yo estoy “pareidolizando” simplemente por ver lo que todo el mundo ve. ¡Vaya absurdo! ¿No?

Con todo lo dicho se me vino a la mente (yo tengo una mente en que las cosas van y vienen sin preguntarme antes) una vez, de tantas, en que fui al psiquiatra. Era tal un señor envarado con barba abundante (al parecer es requisito imprescindible para ser un buen terapeuta) que llevaba un traje de cuadritos infinitos (como un sudoku grandote). Pues el buen señor, una vez expuestos mis antecedentes (que son muchos y no vienen al caso) tuvo la ocurrencia de comenzar a mostrarme papeles con manchas. Sí, como lo oís, o sea, como lo leéis. Pero lo peor no fue eso. Fue este hombre de barba mayestática y me preguntó que qué veía allí. Como era incierta la pregunta y no señaló muy bien, yo miré hacia la mesa, pensando que, ni loco (porque se suponía que ése era yo), querría que le dijese que se le había manchado un papel. Así que empecé a enumerarle objetos que recorrían el escritorio: un abrecartas, una carpeta azul, un Montblanc granate, un móvil, un portafotos… Al decir lo de el portafotos me detuvo. Así que, en mi pobre ignorancia (que no locura) pensé que había acertado. No, no Sr. Luque –me espetó. Le quiero decir que qué es lo que usted ve en el papel. Imaginaros. Abrí los ojos como dos almejas de las grandes. Y en un susurro apenas audible y, no sin antes tomarme un tiempo, señalé: ¿una mancha? El terapeuta se removió en su sillón de cuero y me miró como quien mira a un venusiano. ¿Sólo ve usted una mancha? –me volvió a inquirir. Sólo se me vino una cosa a la cabeza: si este señor tan trajeado y “barbeado” se extraña de que yo sólo vez una mancha en ese papelote debo de estar loco de remate. No contento el amigo de las psiques ajenas y, con cara de circunstancias, dejó de lado el papel mostrado para enseñarme uno nuevo. ¿Adivináis? Sí con una mancha grandota en el centro. ¿Y en este? –me espetó ya con cierta entonación dubitativa. Yo fui fiel a lo que veía: otra mancha. Recuerdo que, al llegar a la media docena de manchas, el barbudo reculó en su asiento y anotó un par de líneas en su libreta “guardatodo”. Salí de aquel psiquiatra con una dosis algo elevada de Prozac y una medianita de Orfidal, pero con todos mis miedos ascentrales encima.


Nunca más volví al experto en manchas, pero esta tarde, cuando he recordado todo esto y, a la par que memorizaba la palabra pareidolia, he caído en la cuenta de que sí hubo una mancha que me resultó distinta. ¿Adivináis? Efectivamente. Una mancha con forma de cabra.

UNA LLAMADA DEL DESTINO




Si nos atenemos a la convicción más aceptada. Justo cuando comienzo a escribir esto, quedarán cuarenta y siete minutos –según el reloj que pende de mi pared más cercana y de cuya exactitud me permito dudar ligeramente- para que finaliza el día. El que ha sido señalado como el trece de junio del dos mil trece.

Este inicio tan indolente y prosaico no tendría razón alguna de no ser porque éste ha sido un día tan normal y tan anormal, tan feliz y tan triste, tan anodino y divertido como puede haber sido cualquier otro de mis días anteriores –tomando el azar como medio de elección para ello, pues siempre hay perlas en el interior de algunas ostras. Pero,  ¿que ocurrirá con aquéllos que están por llegar? ¿Seguirán el mismo patrón de sus predecesores? ¿La misma plantilla que parece ideada para toda una vida? ¿Qué me aguardará el destino simplemente cuando las manecillas del reloj hayan avanzado apenas cuarenta y siete minutos?  Imaginemos una llamada de teléfono. Una simple llamada de éste que hemos hecho nuestro inseparable lazarillo. ¿Somos capaces de llegar a comprender la cantidad de posibilidades que se podrían esconder tras la misma? ¿Un nacimiento? ¿Una muerte? ¿Una sanación? ¿Una enfermedad? ¿Un afortunado premio? ¿Un desafortunado castigo? ¿Un hola? ¿Un adiós? Multipliquemos ahora el acto de la llamada y sus presuntos resultados por la cantidad de actos que podrían ocurrir en esos cuarenta y siete minutos que hemos tomado como casual referencia. ¿Una visita? –demasiado tarde dirían algunos; demasiado pronto espetarían otros. ¿Una desafortunada caída? ¿Un brote psicótico en nuestro vecino de arriba? ¿Un arrebato amoroso en nuestra vecina de abajo? ¿Una erupción cutánea? ¿Una aparición mariana? La inopinada languidez de mi cerebro me impide ahora poner más ejemplos que, de seguro, se me ocurrirán cuando esto sea leído –mirad, ya he comenzado a hablar del futuro…


Sinceramente. No conozco bien el motivo de estas letras. Ni si van dirigidas a alguien o únicamente me las dirijo a mí mismo. Yo andaba contemplando la televisión cuando, de repente, he saltado a mi rincón de escribir-aquellas-cosas-que-no-debo-de-dejar-para-otro-momento. Y aquí. Bajo la luz sutil de mi lamparita de época –pura imitación- he comenzado esta cándida diatriba. ¿Será sólo un salto cuantitativo de mi conocida vesania o, por el contrario, es una forma de terminar el día de aquella manera en que no pensaba hacerlo? Haremos una cosa –permítaseme el plural mayestático para tan personal perorata- esperemos a que concluyan indefectiblemente los cuarenta y siete minutos de lo que hablamos al inicio. Será un nuevo día –no es lo mismo que un nuevo amanecer. Un nuevo día que vendrá con sus minutos a cuestas. Uno tras otro -como una hilera de hormigas. Pero un nuevo día que traerá todas las posibilidades imaginables de aquello que nos puede suceder… Buenas noches y feliz destino.  


LOS CAMINOS OLVIDADOS




¡Ay de vosotros caminos ásperos que desgastasteis mis cueros y mi alma!  Caminos viejos de árboles recios y tropas de escarabajos. De arboledas alambicadas y embaucadores manantiales. -¡Qué escasa agua para tanta sed!- Os he recorrido siendo compañero de la luz del septentrión y de las  horas oscura que el sur entrega a las brujas. Vientos ominosos han destrozado mi embozo y mis sayas. Jergones desabridos han deshecho mi espalda y alocado mi sueño. Semillas que, por azar, llegaron a mis bolsillos sembraron de hambre la mirada de los grajos. Veredas de Dante y  Virgilio. Arroyos de Neruda. Guijarros de Lorca. Todos compañeros espectrales de mis pisadas y mis pensamientos: las bocas de los árboles, las gárgolas de las amanecidas, los sortilegios de los insectos…

Sois todos vosotros los caminos que ya no recorro porque, a fuerza de desaciertos, me perdí entré en la tierra nivelada de la cordura. Es la misma tierra donde habitan los duendes de los necios. Donde danzan los bufones de los crédulos. Las meretrices de los clérigos. Los horizontes de los ciegos. Es la meseta de los poetas ociosos y los trovadores destemplados.

Yo quiero volver a vosotros. Mis caminos de antaño. Quiero volver a envenenarme con las aguas de vuestros regueros. Amar otra vez bajo vuestras sombras. Besar bajo vuestra nieve. Volver a ser barro y lluvia. Estiércol y lodo. Polvo y piedras. Porque sois vosotros, caminos de mis injurias, los que me llevasteis al reino de la exquisita locura, acompañado de un libro, un recuerdo y un paisaje por pintar.

LA LEYENDA DEL ESCRITOR QUE NO PODÍA ESCRIBIR


La página escrita nunca recuerda todo lo que se ha intentado, sino lo poco que se ha conseguido (A. Machado)

Dicen y cuentan que, en la ciudad de Córdoba, en la entreplanta del inmueble  marcado con el número trece de la calle de la Cruz del Conde, vivía Paulino Gracián, un escritor sesentón al que atribuyen el no haber escrito una sola palabra en su vida. Dicen y cuentan que Paulino se pasaba las noches en vela con los ojos extremadamente abiertos  –como pulpos pequeños- y fijos en una cuartilla nívea que, previamente había embarcado en una máquina de escribir alta, panzona y negra como una comadre de luto. Dicen y cuentan que cada noche se sentaba Paulino frente a la única ventana que abría con escasez su estancia y que, desde la calle, se adivinaban sus dedos gordos y cortos -como gusanos de seda- paseándose por cada una de las teclas redondas del artilugio de emprender palabras. Refieren que, por toda luz, alumbraba la faz de Paulino la de una vela  menuda cuyo destello danzarín se paseaba por una habitación pequeña y perfectamente descuadrada que contaba con un catre desmadejado –ni hecho ni deshecho-, un armario de puertas ausentes combado hacia la izquierda y una percha de la que nunca colgaba prenda alguna. Dicen y cuentan que, noche tras noche, Paulino seguía el mismo ritual y que, tras apagar la luz decaída que despedía una bombilla roñosa, encendía la vela abollada, cargaba la máquina, y empezaba a contemplar de forma inagotable el folio curvado e incólume. Detallan que, a su lado, sobre la mesa camilla en que se apoyaban sus pertrechos de escritor, humeaba una taza desgarbada medio vacía de manzanilla y una cruz de madera breve protectora de quién sabe qué mal de ojo.

Quienes –por costumbre o itinerario de obligación- paseaban por la estrechez de la calle de la Cruz del Conde refieren que se veía a Paulino por el ventanuco amarillento frisar sus sienes con ambas manos, abatiendo con desesperanza su pelo rizado y aún abundante, con la inútil tentativa de despertar su infecunda mollera mientras exhalaba –con boca de pez pequeño- el humo de un cigarrillo devorado.

Dicen y cuentan también que no estaba Paulino solo en esta historia y que, a eso de que la madrugaba avanzada -con los arcanos de algún reloj lejano- aparecía y se contemplaba, bajo una farola próxima, la silueta de una mujer morena como el carbón más bruno. Era la mujer un trazo extraño anárquicamente dibujado sobre el mínimo horizonte y que, aseguran, hacía cambiar de acera a los escasos transeúntes que esto relataron y que, mascullan haber visto siempre la mirada de la dama dirigida a la ventana de Paulino Gracián y que, una vez se sabía contemplada por el escritor que no escribía, emprendía satisfecha camino incierto con unos andares herméticos e incorpóreos.

Lo que no conocen los que esto dicen y cuentan –por eso de que no se puede estar en la sesera de un personaje por mucho que de él se crea saber- es que siempre conjeturó Paulino –en su calentura de creador- que aquel boceto femíneo, al que él le mantenía desafiante la mirada, debía ser la musa hiriente, la proterva compañera que se resistía a llegar a su imaginación de escribano por capricho inescrutable de quién sabe que dios menor de los ingenios.

Cuentan con desazón de quien cuenta lo secreto que, una noche de invierno ominoso, alcanzó Paulino a ver que, aquella mujer de opresiva reseña, se acercaba inopinadamente a su portal, abandonando la luz de la farola que durante tanto tiempo le proporcionó sombra y que, poco después, sintió sus pasos por la entreplanta de su estancia. Cuentan que apagose entonces la luz de la vela y que se asió con miedo y esperanza Paulino a la cruz exigua de astillas y que, a tientas, con el temblor en sus manos, repasó –como en un último recuento- las teclas de la máquina panzona sabedor tardío de la enloquecedora confusión que le había proporcionado el destino. Relatan que se oyó luego una risa que apuñaló la noche y que, más tarde, el silencio más limpio envolvió las cuartillas de todos los escritores del mundo.

   Cuando a la mañana siguiente el cuerpo de Paulino apareció volcado sobre la mesa con los ojos sorprendidos  -como de muerto inocente- una palabra, una única palabra tejida con caracteres grotescos se asomaba, al fin, como una rúbrica hacedora,  a la página invulnerable: FIN