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CHAO, TARDE
Marchó la tarde. Se apagó el faro impenitente –ya más pobre
en amarillos-. Se borró el desfile de viandantes, de gorriones, de hojas secas,
de remolinos de minutos apresurados.
Puso su mano la noche sobre la iglesia alta, sobre la montaña
alta, sobre las tapias altas de los corralones donde el amor aún era joven.
Puso su mano la noche en el hueco de las alcantarillas y en el centro mismo de
la estrellas.
Ya canta la niña -ojos de selva- en su castillo de naipes
fluorescentes…
PERO HAY OTRO SEPTIEMBRE MÁS…
Hay otro septiembre. Siempre hay otro septiembre. Siempre
traen todos los años y todas las estaciones otro septiembre.
Es el que anida en el vientre de las piedras y germina el
feto de lo insignificante. El que gira en un grano de arena buscando el centro
del horizonte. El que se detiene en el camino junto a la mariposa que miente su
ceguera. El que late en las babas secas de las caracolas abandonadas.
El que nace entre las ruinas de los amores inconvenientes.
El que convoca a las astillas de aquellas lágrimas que se sostienen en la
carne…
Es el septiembre silente e insospechado. Marinero de papel
en olas de mentiras. Menudo. Inquieto. Sabio. Turbio. Carcelero.
Es el septiembre al que escribo desde mi alma pequeña
-encogida en el miedo de la dicha de los otros-. Es el septiembre al que –por destino-
acaricio y padezco. Imparcial en mi contorno. Quimérico, noctívago y feroz.
Es el septiembre que sólo entenderán aquéllos que hayan
visto, en sus ojos, los ojos de las orugas que devoran la gloria y la sesera.
OTRO SEPTIEMBRE
Es septiembre el párpado rendido de la mirada del verano. El
último soldado de las siestas estivales –coraza de grises tornada en
amarillos-. El penúltimo parto de las hormigas, el último emperador del
medallón de oro -el que dictará el éxodo definitivo de los grillos melancólicos.
Es septiembre el olor a lápiz, a goma de nata, a baby de
leche, a libro nuevo, a traqueteo de armarios… Es la vuelta a los ojos de la
niña de la coleta castaño, al niño del mentón adolescente -ese amor
párvulo que, por un tiempo, quedó a la vera de tres arroyos amarillos.
Es septiembre un mar indeciso que duda entre las orillas. Un
amago al norte en las mañanas. Un eremita en el valle del sur por las tardes.
Un farero encaprichado de las noches. Un telón que se levanta –siempre- sin que
la comedia del otoño haya comenzado.
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Imagen: “Paisaje en Septiembre” JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ-SANTIAGO (Óleo sobre tela)
Imagen: “Paisaje en Septiembre” JUAN JOSÉ FERNÁNDEZ-SANTIAGO (Óleo sobre tela)
TROZOS DE VACÍO
Ahora que sus días muerden el
último trecho de la jarcia, me doy cuenta de lo mucho que tengo de Otoño… De lo
mucho que contengo del retal inverso que, como un escaso pañuelito sin
etiqueta, se pierde en los bolsillos trenzados de la lluvia y la modestia. De
tanto como poseo del olor que sangra hacia fuera en la tierra y hacia dentro en
los tumores lenguaraces de los que amaron. De cómo me arrastra el cielo
huérfano y el arroyo sin dibujos a la
Sierra navegable. De cómo habito en la cajetilla de humo y
habanos, y en el cristal traslúcido de la vecina que calienta la mirada en el
puchero tibio de carne, cebolla y mariposas…
A menos que más, tocará que me
marche y que te marches…
A menos que más, tú y yo…Tú Otoño
discreto de huecos grises en el remolino de las caracolas rotas. Yo naranjo de
lágrima en la acera que sepulta los grillos estivales. Tú Otoño de madera entre
los pechos de dos pianos adolescentes. Yo modistillo de aguja en el enhebro siempre
viejo del siempre dorado recuerdo.
A menos que más, tocará que me
marche y que te marches…
Por eso Otoño no me gusta que
ya te nieven. Ni que te pinten del rojo marioneta que cubre los denarios. Aún
chorreas de días y yo calo de noches, escribiendo en dorado sin leer apenas los
reversos pueriles de los renglones que compongo de memoria. Dicen que soy
demasiado triste y que, por ello, si fuera poeta, no pudiera ser poeta de los
que caminan trechos, y que yo, por ser sólo soy, y más que ir, solo quedo... Y
por eso, estos días, yo también muerdo el último trecho de la jarcia. Como tú,
Otoño, -ceniciento del cuento interminable y la gubia del almíbar. Muerdo y
muerdo, antes de que quedemos, enterrados para siempre, en la orilla primera de
la nieve que derrite la tibieza del recuerdo de sus besos.
Feliz día. Feliz destino.
EL FINAL DE UN NOVIEMBRE
Se va marchando el olor a
noviembre. Apenas en unas horas se quedará sin ceniza su candelilla de
estrellas. Quedará aún otoño. Sí. Pero ya no quedará noviembre. Hoy será ayer y,
a nada, será esta tarde. Huele a lluvia por encima de las nubes y a chapines por
encima de la acera. Huele a incienso sobre mi escritorio ciego y a tinta sobre el
canal de mis papeles. Hay humo rebosando sobre un rimero de cigarros y una tos
impertinente que también me despedirá un día. Pero apenas hay noviembre. Sólo
el que cuenta para que hoy aún llueva otoño y, para que mis letras, hayan remendado
otro hatillo de tiempo.
Feliz día. Feliz destino.
UN TROZO DE OTOÑO
Está templado este otoño.
Como tu vientre. Como tus intenciones. Como la sonrisa que cuelgas en el marco
de la ventana. Como el silencio que guardas en el último altillo. Como la curva
de tus pechos. Como el lunar inánime de tu ombligo. Como la oquedad impaciente de
tu cáliz dorado.
Está templado este otoño. Amagando
con su disfraz de primavera celestina. Escondido en las cortezas de los árboles
y en la miel de las colmenas. En las alcantarillas de las urbes y en la
techumbre de los pueblos. En los mares que empantanan el cielo y en las piedras
que profanan los caminos.
Está tibio este otoño. Como
la saliva que me robas en cada beso. Como la piel que me desgastas cada noche. Como
la espalda en que me entierras tu locura. Como las sábanas en que envuelvo tu
recuerdo. Como mi voz cuando te dice te quiero y te quiero y te quiero…
VIVIENDO EN TI
Este Otoño me he prohibido vivir sin ti… Abrir
otras pieles que no palpiten bajo el azul apacible de tu blusa. Campar en otros
campos que no sean el del blanco acanalado de tus sábanas…
Este Otoño me he prohibido soñar sin ti... Me he prohibido reír
si no lo hago dentro del cosmos de tu risa… Estremecerme si no lo hago bajo el rocío
salino de tus lágrimas…
Este Otoño me he prohibido dejar para más tarde el subir al
ático de tus sueños… O dormir hasta que no entienda qué oculta la última sombra
a la que cubres...
Este Otoño me prohíbo todo lo que no comience en tus caderas
y todo lo que no ocurra sobre el texto de tu falda…
Este Otoño me voy a prohibir tanto que voy a necesitar latir
muy cerca de tu vida. En tu casita blanca. En tu ladera verde. En tu montaña
alta…
DE NUEVO OTOÑO
Has llegado por la puerta trasera. Como casi siempre.
Sorprendiéndome aún con el calor ambarino del sol que me importuna. Has llegado
humilde y casi apenado. Como lo haces siempre –jamás quiso tu entrada pétalos clavados
en las puertas. Has llegado escogiendo la hoja que extirparás para que haga inútil
la sombra de mis palabras. Has llegado desde más allá de un horizonte que cada
día hará más anchas las estrías en que respiro. Has llegado desde más allá de
una penumbra que cada día hará mi ventana más pequeña y más alto el cielo al
que le sueño. Has llegado como los pasos de un abuelo... Silentes y arrastrados...
Así llegas, Otoño. Como siempre. Despertando en mí lo mucho que de olmo del
Duero tengo. Sintiéndote hacedor de todas las aguas y de todas las tormentas. Has
nacido de nuevo. Y a tu parto silencioso acerco mi alma y mi palabra. Antes de
que me ahuyentes de tu lado. Porque a la soledad que portas y alimentas le sigo
teniendo miedo…
DÉJÀ VU
Exagera la tarde su arrojo caluroso. Poderosa y paciente. Los pájaros, que ya andaban listos para el viaje, canturrean su indecisión despistados entre las hojas aún intactas. Hay verano en la calle. Hay helados y chiquillos de pantalón corto. Risas de colegio recortado. Hay abanicos y abuelas que lamentan el sofoco. Es el soplo último de la Córdoba auténtica -ribereña fantasía con dos primaveras que desatienden a solsticios y equinoccios. Esta Córdoba se aferra a la calor y a los veladores plateados. A las tertulias cachazudas en las puertas de una casa cuajada de geranios. En un árbol de corteza caliente algún caracol se ha quedado despistado y no se vestirá jamás de palomilla. El otoño espera entre bastidores. Como un actor de tercera. Sabe que otro año le toca posponer su entrada de estación sin patria. Me dicen que el río viene alto, como la luna, y mientras, como si todo se estuviese repitiendo, yo sigo trovando a un otoño que descamisa mis alegatos.
AÚN NO ES OTOÑO...
Emerge con luz este otoño. Un otoño que, de nuevo, como entonces, hereda los haces milenarios del verano aún combatiente. Es un otoño interrogante, como todos los otoños que se fueron. Como los otoños que quedan por llegar. Aún no hay una hoja caída –si acaso la de un libro olvidado. Aún no hay viento de ése que abre las heridas de las flores, ni silencios de campanarios viejos, ni pueblos deshechos de olores a canela. Aún es, simplemente, un otoño urbano. Mi abuelo -gorrilla escasa y mondadientes en los labios- hubiese dicho que ya los otoños no son como los de antes…
Esta tarde, cuando la luz limpia de un sol invicto me ayudaba a releer tu carta, antes, mucho antes, de que la última hoja bailara sobre si misma y mi pensamiento recreara tu figura de niña del norte, yo también he sentenciado que ya amarte tampoco es como antes…
DESPERTÓ EL OTOÑO
¡Despertó el Otoño! ¡Este Otoño que se había dormido! Ya se viene del cielo una lluvia prudente. Ya arrastra el agua las hojas secas que se asían al último sorbo de savia. Ya traerá este otoño castañas y boniatos. Ya miran hacia el cielo los párvulos y los ancianos. Ya les dibujan las nubes a los unos un otoño más, a los otros un otoño menos. Ya se viene San Rafael a custodiar esta bendita tierra. Ya se desdoblan las enagüillas para tapar los pudores de las mesas familiares. Ya se pliega la calle. Ya echa su persiana para abrir el tiempo de los lares. Este Otoño no llega a mi corazón por sorpresa. Lo estaba esperando. Lo acechaba tras la pared gris de una tristeza diminuta y propia. No me va a traicionar como otros tantos otoños. A este Otoño lo espero con su misma lluvia y con sus mismos anocheceres prematuros. Le daré a beber de su misma agua estancada –casi de barro. Este Otoño no me hará daño como otros tantos otoños, porque este Otoño ha despertado tarde y la desventurada membrana que me envuelve ha crecido lo suficiente para rodearlo y amortiguarlo. Llegas tarde y me has dado tiempo a esperarte. El tiempo suficiente para dormir tus llagas, para ensombrecer tus miedos, para callar –de una vez y para todas- tu balada triste de acordeón borracho.
TARDE DE OTOÑO
La tarde está quieta, como si fuera de porcelana. Apenas espaciados alientos de un viento débil y caliente inquietan la serenidad del lienzo. No hay ruidos que adivinar. No hay silencios que comprender más allá de los ominosos mutismos del tedio. ¡Dios debe de haber bostezado en sus reinos! Desde mi espacio contemplo el pasear diminuto de una pareja de ancianos. Cogidos de la mano parecen ensayar un ritual ancestral y mágico. Dan pasos pequeñitos, como de muñecos a los que la cuerda se les fuese terminando. No comprendo –desde mi distancia- el mascullar de sus palabras. Las dicen bajitas, nacidas de voces cansadas. ¡Tal vez se sigan jurando amor eterno hasta una tumba cada vez más cierta! Un perro torpe y desaliñado, todo vagabundo, cruza la carretera y orina una farola barrida por la herrumbre para, más tarde, seguir su camino incierto, ése que lleva hasta el dueño desconocido tantas veces soñado. El sol se ha encaramado hasta la última terraza poco antes de dejar su paso a la luz caída de la luna nueva. Es una tarde menguada y cautiva.
Es una tarde quieta, como si fuese de porcelana….
¿ Otoño ?
Este es un otoño de rastrojos aún humeantes, donde el cielo se desploma claro y el campo crece sin respeto. No caen las hojas ni se implica la lluvia con la tierra. No es como los otoños de mi infancia. Aquéllos de rebecas y suéteres desdoblados que aún olían a naftalina. De sabanas de hojas enfundando los jardines y de una lluvia discreta que mojaba las cabezas medio rapadas de los críos. No se oye la voz quebrada de los abuelos barruntando la cosecha y el sol se luce alto, impío, vencedor de alguna batalla desconocida. Hay lunas dóciles y estrellas indiscretas. Hay, como siempre amantes, pero los besos no parecen los mismos besos.
Este no es un otoño de antes.
Este otoño se ha dormido.
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