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CÓRDOBA EN ABRIL




De tu luz, mariposas de alas imposibles.
De tus tardes, cicatrices de oro en los naranjos.
De tu río, vientres de ninfas adolescentes.
De tus callejas, el eco del beso pregonado.
De tu noche, la nana alárabe de Al-Zahra. 

A Córdoba, en abril, le crecen -inconscientes- los amantes…  

NORIAS



Minutos de hiedra…

Mis tardes que giran…

Silencios de siesta…

Muñequillas de sombras
-velitas que no prenden
en el alma de las rosas.

Mis tardes de madera
-molinetes de recuerdos
en el centro de la pena.

Risas opacas
-aguaceros de niños
en la orilla de plata.

Mis tardes de bronce
-solecitos que calzan
sandalias de pobre.

Enaguas de campanas
-cancioncilla de aire.

“Dientes sin almas.
Huesos sin carne.
La niña sin ojos
que viene a buscarte”.

Orfandades de hambre
-bocanadas de viento
preñado de alambres.

¡Ay tarde de piedra!

¡Ay lágrima hueca!

En tu boca de sal
mi barca navega.

MAYO





Se sigue desgajando Mayo entre gitanillas y sampedros, entre buganvillas y clavelinas, entre naranjos y limoneros         -como una flor que huele a todo como si todo llevase dentro. Tiene este Mayo que me ocupa noches escasas de luna con un trajecito de lunares. Amaneceres amplios, como hechos para dibujar sobre ellos. Atardeceres de soles aplastados sobre el albero de una plaza. Ribera amante. Río manso. Agua clara. Ojos negros.

Mayo es siempre imperioso en ésta, mi tierra. Un Mayo que se revienta de colores sobre la cal de un patio viejo. Que acude al lunar de tu cara con la intención de un beso duende. Que se pasea por el brocal del pozo donde arrojé tu último te quiero. Mayo de palmas y rasgueos. De talles que se curvan sobre las tablas que hacen los gitanos añejos. De Corredera y San Lorenzo. De San Basilio y Las Tendillas. Calles que, como arroyos, susurran el misterio de un agua hecha de plata y azahares. Porque es Mayo plata acuñada en la fragua de tus ojos. Gitano y recio. Cintura entre mis manos y, a lo lejos, las palomas de Alberti buscando el rincón prohibido de tu templo.

LA LEYENDA DEL ESCRITOR QUE NO PODÍA ESCRIBIR


La página escrita nunca recuerda todo lo que se ha intentado, sino lo poco que se ha conseguido (A. Machado)

Dicen y cuentan que, en la ciudad de Córdoba, en la entreplanta del inmueble  marcado con el número trece de la calle de la Cruz del Conde, vivía Paulino Gracián, un escritor sesentón al que atribuyen el no haber escrito una sola palabra en su vida. Dicen y cuentan que Paulino se pasaba las noches en vela con los ojos extremadamente abiertos  –como pulpos pequeños- y fijos en una cuartilla nívea que, previamente había embarcado en una máquina de escribir alta, panzona y negra como una comadre de luto. Dicen y cuentan que cada noche se sentaba Paulino frente a la única ventana que abría con escasez su estancia y que, desde la calle, se adivinaban sus dedos gordos y cortos -como gusanos de seda- paseándose por cada una de las teclas redondas del artilugio de emprender palabras. Refieren que, por toda luz, alumbraba la faz de Paulino la de una vela  menuda cuyo destello danzarín se paseaba por una habitación pequeña y perfectamente descuadrada que contaba con un catre desmadejado –ni hecho ni deshecho-, un armario de puertas ausentes combado hacia la izquierda y una percha de la que nunca colgaba prenda alguna. Dicen y cuentan que, noche tras noche, Paulino seguía el mismo ritual y que, tras apagar la luz decaída que despedía una bombilla roñosa, encendía la vela abollada, cargaba la máquina, y empezaba a contemplar de forma inagotable el folio curvado e incólume. Detallan que, a su lado, sobre la mesa camilla en que se apoyaban sus pertrechos de escritor, humeaba una taza desgarbada medio vacía de manzanilla y una cruz de madera breve protectora de quién sabe qué mal de ojo.

Quienes –por costumbre o itinerario de obligación- paseaban por la estrechez de la calle de la Cruz del Conde refieren que se veía a Paulino por el ventanuco amarillento frisar sus sienes con ambas manos, abatiendo con desesperanza su pelo rizado y aún abundante, con la inútil tentativa de despertar su infecunda mollera mientras exhalaba –con boca de pez pequeño- el humo de un cigarrillo devorado.

Dicen y cuentan también que no estaba Paulino solo en esta historia y que, a eso de que la madrugaba avanzada -con los arcanos de algún reloj lejano- aparecía y se contemplaba, bajo una farola próxima, la silueta de una mujer morena como el carbón más bruno. Era la mujer un trazo extraño anárquicamente dibujado sobre el mínimo horizonte y que, aseguran, hacía cambiar de acera a los escasos transeúntes que esto relataron y que, mascullan haber visto siempre la mirada de la dama dirigida a la ventana de Paulino Gracián y que, una vez se sabía contemplada por el escritor que no escribía, emprendía satisfecha camino incierto con unos andares herméticos e incorpóreos.

Lo que no conocen los que esto dicen y cuentan –por eso de que no se puede estar en la sesera de un personaje por mucho que de él se crea saber- es que siempre conjeturó Paulino –en su calentura de creador- que aquel boceto femíneo, al que él le mantenía desafiante la mirada, debía ser la musa hiriente, la proterva compañera que se resistía a llegar a su imaginación de escribano por capricho inescrutable de quién sabe que dios menor de los ingenios.

Cuentan con desazón de quien cuenta lo secreto que, una noche de invierno ominoso, alcanzó Paulino a ver que, aquella mujer de opresiva reseña, se acercaba inopinadamente a su portal, abandonando la luz de la farola que durante tanto tiempo le proporcionó sombra y que, poco después, sintió sus pasos por la entreplanta de su estancia. Cuentan que apagose entonces la luz de la vela y que se asió con miedo y esperanza Paulino a la cruz exigua de astillas y que, a tientas, con el temblor en sus manos, repasó –como en un último recuento- las teclas de la máquina panzona sabedor tardío de la enloquecedora confusión que le había proporcionado el destino. Relatan que se oyó luego una risa que apuñaló la noche y que, más tarde, el silencio más limpio envolvió las cuartillas de todos los escritores del mundo.

   Cuando a la mañana siguiente el cuerpo de Paulino apareció volcado sobre la mesa con los ojos sorprendidos  -como de muerto inocente- una palabra, una única palabra tejida con caracteres grotescos se asomaba, al fin, como una rúbrica hacedora,  a la página invulnerable: FIN

PEPILLO EL TONTO



Pepillo era el tonto del barrio. Era tonto en el sentido más piadoso de la palabra. Referían que su madre, una noche de luna inédita, cuando aún le pateaba en el vientre, le quiso mandar a los avernos con la ayuda de una sórdida partera. La impericia de ésta y, la antojadiza providencia, deshicieron el empeño, no sin antes dañar lo suficiente la mollera de la criatura para que, a los pocos meses, un Pepillo frágil y de ojos grises naciera con la razón tarada para siempre. Dicen que fue por ello que Dios señaló a su madre y la arrastró un julio lluvioso de cabañuelas equivocadas. Así quedo Pepillo tonto y huérfano que, las desgracias -ya se dice- nunca vienen solas.  

A eso de los doce otoños, el tío carnal que le sustentaba  –mal que bien-, mandó a Pepillo a hablar con un amigo de posibles para que le buscara algo al muchacho que, desde que murió madre, anduvo el zagal de charco en charco y de rama en rama, más parecido a una bestezuela salvaje que a un chiquillo de su edad. Visto el exhortado que a Pepillo no le sobraban las luces, le pusieron una gorra con la visera a la espalda, le hicieron compañero de un carro viejo y, a diario, en la esquina de la calle Alfonso XIII le llenaban el  carricoche de periódicos y revistas que Pepillo andaba voceando ora en el mercado de San Agustín, ora por las callejas de las Costanillas y,  las más veces, en los mismos portales de las casas de vecinos, donde éstos cambiaban dos reales por algún periódico machucho que relataba la mísera posguerra. Eran aquéllos años difíciles y de hambre fácil, años en los que contendían los vecinos de Córdoba por unas raciones exiguas que se  adjudicaban en unas cartillas de racionamiento –que con tan ajustado nombre eran reglamentados los suministros. Dado que en el comercio de mi abuelo era uno de los lugares en que se entregaban las malhadadas proporciones fue allí donde conocí yo a Pepillo… Y es que él y su carro primitivo asomaban cada día, a eso de la una, por el final de la calle El Queso, con sus pantalones demasiados cortos para ser largos y demasiado largos para ser cortos. Pepillo voceaba con su voz confusa   –como de juguete gastado- su presencia entre los vecinos de las calles cercanas y allí estaba yo, asomado al mostrador de mármol del negocio de mi abuelo en donde Pepillo, sabedor de que había sobras tras el reparto de las despensas, llegaba a por unas tortas de aceite duras como un peñasco que, mi abuelo le guardaba y le entregaba a diario –como en un misterioso cambalache- liadas en un papel castaño y áspero. No te las comas todas que vas a coger un empacho… –le exhortaba mi abuelo y, Pepillo, todo sonrisa de dientes negros, siempre le replicaba con la misma cantinela, Ego si no he pobao bocao desde ayer... Luego Pepillo me miraba de reojo, como envidiando mi lustre de niño bien –que siempre me sobró alguna arroba- y yo, medio asustado, medio fascinado, por ese ser de retal de cuento, bajaba la cabeza hasta dejar mi frente a la altura del mostrador. Luego le veía salir del comercio y engancharse otra vez al carro de los periódicos y perderse, voceando y voceando, royendo ya alguna de las tortas con ansia de caníbal.

Dicen –que mi memoria ya se emborrona- que anduvo años Pepillo con su misma letanía, ora escapando de los perros desolados –con el mismo hambre que las personas- ora esquivando las pedradas de los infantillos que, con el tiempo que mal da la confianza, le tomaron -por eso de su desgracia- por un fantoche de feria… Nunca faltaron a Pepillo las tortas de aceite de mi abuelo, ni su carromato, ni la pila de hojas empalidecidas de los periódico, ni su voz gangosa, pero un día, cuando doblaba la esquina de la calle María Auxiliadora, se le vino encima un armatoste de chapa y ruedas y lo golpeó con violencia… Y fue así que, lo que madre no consiguió cuando Pepillo era aún un comienzo, lo hizo una furgoneta que repartía gaseosas por las tabernas más cercanas…

Refieren que quedó la cabeza de Pepillo sangrando entre los adoquines de la calle y su voz nasal y torpe exhalo un último ay madre y después quedó callada para siempre. Refieren que quedó el carro desmoronado y la travesía sembrada de periódicos. Refieren que quedó inmóvil un corrillo de hombres y mujeres alrededor del cuerpo del dañado y que, como en un cuadro, quedó la muerte quieta, durante unos instantes, en todo el Barrio de San Lorenzo. Así se fue Pepillo. Sin despedirse de mi abuelo. Y así se quedó el barrio entero sin su vocerío cotidiano y sus cortas entendederas, y así quedó huérfana de tonto la Calle del Queso y la del Horno del Agua y, mi abuelo, durante tiempo, guardó un rimero de tortas duras tras el mostrador de mármol y, dicen que, si uno bien se fija, aún quedan dos regueros de tinta y mil palabras de imprenta, inmóviles para siempre, en la esquina derecha de la calleja nervuda que le vio descender a los infiernos.
  

UNA MUERTE CUALQUIERA...




Hoy ha muerto “la Quisca”. No le gustaba que la llamasen así, porque ella era Francisca, que así le habían puesto sus padres y un cura achaparrado y calvo de la Parroquia de San Andrés. Pero bueno, ahora está muerta. No creo que ya le importe mucho. A la Quisca la han vestido con un traje negro y largo –que parece un paraguas tamaño persona- y unos zapatos de tacón juicioso para hacer el camino al más allá. Y le han puesto los pendientes de oro de su madre por si hubiera que pagar peaje en algún sitio… En el salón de su casa la van a tener de cuerpo presente –que lo que es el cuerpo sí que se ha quedado- hasta las cuatro en que aparecerá el coche fúnebre y llegará hasta donde pueda que, por las Callejas Viejas apenas cabe un vespino.  Así, de esta guisa, le dará el último adiós a sus cuatro hijos, catorce nietos y dos biznietos apenas destetados, amén de a los vecinos y vecinas del barrio -que no era la Quisca persona malquerida. La Quisca tenía las manos negras como las botas de un sargento porque anduvo vendiendo carbón desde los dieciséis, que por sus manos pasó todo el calor de los braseros de esta parte añeja de Córdoba. También tenía la Quisca un ojo vago y una pierna ligeramente cambada, que bastante tuvo que aguantar siendo chufla de los que, entonces –como yo- éramos chiquillos de tripa al aire y lengua ponzoñosa.

La Quisca ha muerto en el mes de los difuntos –que lo mismo lo tenía preparado- y por eso se va a encontrar con un cementerio de San Rafael lleno de jarrones floreados y con unas tumbas más aseadas que de costumbre –que los deudos fregotean mármoles y conciencias en estos días de noviembre.

Yo, a eso de las cuatro, cuando cierren la tapa del catafalco, me acercará hasta su puerta y, rememorando las chanzas infantiles, le rezaré, a modo de arrepentimiento, mientras la trasladan al coche luctuoso, un par de padrenuestros muy sentidos y un ave maría ligero para que dios la tenga en su gloria y, si puede ser, le conceda un algo de la belleza y fortuna que no tuvo en esta tierra.