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TÚ INSISTENTE





No sé si fue una noche de abril como ésta. No sé si fue, como ésta, una noche con tildes de frío aún en las hojas de los naranjos (cuántas veces la memoria es infiel a lo ocurrido).

Tal vez no era abril, ni era noche. Tal vez aún los azulejos del sol empedraban las riberas. Tal vez aún escampaban reflejos entre la lluvia amarilla de la tarde…

¿Por qué entonces esta noche me vuelve a traer el mismo recuerdo?

(Las sombras de tu rostro de nuevo apareciendo por las puertas, el aire de tu cintura embelesando las mórbidas esquinas de la casa y, al otro lado de mi espalda, tangencial a mi silencio, el hablante círculo de tu risa).

No puede ser falsa esta presencia que ahora me abrasa el pecho…

(Tú anunciando la cena, la frugal cena para dos que hoy no existe sobre la mesa. Tú y tu pijama indefenso y tibio, tú y el cuenco de la sopa, tú y la televisión apagada y aquellas palabras perfectas que relataban la aventura del día).

Todo vuelve a pasar ahora, como si goteasen ayeres sobre esta noche desabrida de abril. Como si el pasado no fuese contigo. Como si tú no formaras parte de los renglones del calendario.


…Y yo escribo y -a fuerza de muecas- sonrío, y la luz de la pantalla en que dispongo las letras hace daño en mi retina insistente, detenida en el ayer, en ese ayer del que tú vas y vienes sin contar con los caminos ni con el tiempo, como un tranvía intermitente que extravió de parte a parte la memoria.

TÚ, LLUVIA





Llueve como si no hubiese llovido nunca. Como si al cielo se le hubiese olvidado y se recrease, ahora, en la dicha de sentir cómo puede verter agua. Es caprichoso el cielo. Y azul. Y testarudo. Y olvidadizo. Es un poco como tú, volátil y mágico. Si tú llovieras lo haría siempre de tarde en tarde y de grande en grande, porque no eres tú mujer de menudencias; cuando amas, amas mucho y cuando des-amas viertes -sin mesura- amantes de agua en los mares de tu memoria… Nunca piensas que, por inmensos que te parezcan, todos los océanos andan prisioneros en los acantilados del tiempo.


Llueve como si no hubiese llovido nunca…
…Y te recuerdo como si jamás hubieses dejado de empaparme…

ESCLAVA DE LA LUNA



Me pregunto si seguirás siendo esclava de la luna. Si seguirás esperando junto a aquella barra de espejos duplicados –piernas cruzadas y espalda de invierno-. Si beberás aún aquel champán afrancesado que derretía –inmisericorde- el velo de tu garganta. Si seguirás desnudándote –ojos en azul- en aquella habitación sin alma ni perchas de corales.

Me pregunto si aún mantendrás aquel rubio entre tus labios y, de ser así, si aún dibujarás cielos huecos con el humo. Me pregunto por tu anillo de la suerte –compositor de luces en aquellas paredes jacintinas-, y por tu voz, ¡cómo me pregunto por tu voz! -aquella escarcha nasal que tanto me estremecía…

Me pregunto por aquellos amaneceres cuando, invitada a mi morada, a mi alimento y a mi tálamo, confundíamos el amor y la pereza; por aquel pan blanco donde untabas tu sonrisa, y aquel pan negro donde untaba mis demonios… Y por el final de aquellos domingos de resaca marinera, agotados -por la inercia de tu tiempo y tu misterio- en la acera de la tarde impenitente.

Me pregunto por tu nombre, porque –aunque lo achacabas a mi memoria- me lo trocabas tantas veces…

Me pregunto -rehén de mi recuerdo- si existirás como existías, porque yo –pobre cambalache de versos y noches- busco, entre mis razones, tu burdel de primavera.


INFINITAMENTE



Eres mi jueves. Eres la mañana de mi jueves. La tarde y la noche de mi jueves. Luego, en la madrugada, trocarás en mi viernes, y en su tarde y en su noche y en su nueva madrugada cambiante, y así -infinitamente- te convertirás en mis semanas y en mis meses, en el brocal amable de todos mis tiempos, y así –infinitamente-, serás el ábaco de piel y locura que acariciaré sin miedo hasta que mi sombra se funda –para siempre, para nunca- con todas las sombras del universo.


SEÑORITA, USTED PERDONE…




A usted señorita. A usted que pasa cada tarde mientras concreto mis pertrechos y me pierdo –inconsistente- en mi labor de alquimista malcontento.

A usted a la que veo, a vista de pájaro, a aquel lado de la calle –donde los gorriones devoran insectos y las farolas devoran sombras-.

A usted que muestra coleta rubia, falda razonable y bolso en bandolera. A usted que no es guapa ni fea, ni alta ni baja, ni ancha ni estrecha, ni todo lo contrario...

A usted que existe para ser sueño de cualquier vate ofendido y, en cuya boca y reflexión presagio, por ese orden, sonrisas y desalientos.


Sepa que cualquier día de éstos, en que me pille con el corazón desatinado y la luna ande desplegada de nácar, voy a bajar a preguntarle su gracia y su desgracia y, si usted no lo remedia, voy a acabar con nuestro desconocimiento mutuo atrapando sus labios con mis ojos y su cintura con mi torpeza para que, a la postre – y visto, tras los años, que la alquimia de los versos, no por infatigable es cierta- usted proteste por mi vesania y, tras su nuevo inicio en el sendero, yo me quede esperando –inútilmente- junto a la pena divertida de los gorriones colegiales… 

ELLA, SIEMPRE ELLA



Esta mañana me has venido tú y tu perfil de geisha. Y, contigo, tu pelo dorado, intensamente dorado -como las piedras que se hunden en los ríos de sol-. Y, contigo, tus manos pequeñas –que siempre tuve miedo de arrugar con las mías-, y tu nariz escasa, y tu piel de niña, la que –con cualquier reflejo- imitaba la pálida albura de las muñecas.

Tú y tu corazón de geisha... Menudo como un firmamento de bolsillo. Como una constelación de intenciones diminutas…

Te me has venido esta mañana –como un “dulceamargo” despertar, como un recuerdo sonámbulo- y contigo se me venido, de repente, el sabor a fresa de tu lengua, tus vaqueros escasos, tu sonrisa con alas, tu cintura de hada…

Saliste –quién sabe para qué- de aquella casita blanca, con ínfulas de altisonante neón, y entraste en mi morada y en mi alma, como sólo dejo que entren las mariposas que conocen el secreto de mis sueños…

“Fue aquel tiempo en que el cielo olía a cielo y tú olías a azúcar. Fue el tiempo de todos los amaneceres que mis brazos han rodeado. De todos los espejos y de todos los caminos. Fue un tiempo para amar, pero fue un amor para todos los tiempos”.


Así te lo escribí entonces. Y así te lo escribo esta mañana de domingo donde tú, mi geisha inalcanzable, sigues sin salir de mis palabras, sigues empeñada en no volar de mi memoria…

ADDIO, AMORE MIO




No me sueñes.
Ya no estoy en tu universo.
Marché.
Como se marchan las palabras de la boca.
Como se marchan los grillos del verano.

Marché.
Y ya no estoy en tu risa.
Y ya no estoy en el hueco de tu blusa.
Y ya no estoy en la lumbre de tu pelo.

Borré el camino que descendía a tu cintura,
a tu blasón de húmedos soliloquios,
a tus pies pequeños
y a tu reflejo en el armario.

Borré los sueños
y aquellos puentes de Florencia,
la amargura de Alighieri
-que yo tanto conocía-
y los nombres de todas sus amantes.


Marché porque era más fácil mi partida.
Yo nunca olvido el camino a mi regreso…

EN LA ORILLA



Se queda el agua en tu cabello
-ambiciosa y egoísta.

Se queda el sol en tu espalda
-amaestrado y vencido.

Se queda la arena en tu pecho
-seducida y furiosa.

Se queda la sal en tus manos
-mercadeando tu textura…


Y tú,
ola de vidrio sobre el acontecer improbable,
te quedas y sonríes
-amable sostén de piel infinita-,
como un totémico deseo
en el humilde principio de mi océano.

UN CUENTO PARA TI



¿Cómo contar nuestro cuento? Ya te he dicho muchas veces que soy un pésimo escritor de cuentos –se me revelan tanto los personajes…- Y aun conociendo mi imperfección, vas tú y, con tus oiditos sordos, me solicitas uno que nos abarque.

- Quiero que tenga un final feliz –me has propuesto exigiéndome...

- Y que haya dos amantes que destruyan nubes oscuras y oleajes ambiciosos –eso lo has dicho con la mirada en el cielo del salón…

- Y una princesa, ¡sí!, una princesa de ojos celestes y agua de azahar en los labios –y has sonreído, y han sonreído las paredes…

Y si hay una princesa, pon un príncipe apuesto, valiente y con una armadura de acero y oro –y yo que me miro y que me veo fuera del cuento…

Espera –has seguido diciendo- te anoto todo lo que quiero y, dicho esto, he visto correr tu cuerpo por el pasillo, medio vestida y medio desnuda –como sueles andar por la casa, indecisa entre hacer el amor o la compra…
Y yo aquí, esperando tu vuelta –aún sin saber si te has acabado de vestir o de desnudar- he comenzado a hundir el lápiz en la trama de la cuartilla…


“Érase una vez que se era, que ella –tan ignorante siempre de las orugas que viven en mis cárceles- me pidió un cuento, mientras se hacía -de nuevo- mariposa de aire por los pasillos interminables de la tarde…”

SIN REPROCHES Y VICEVERSA





Sin reproches. ¿Vale? Como si hubiésemos inventado los árboles. Como si nunca nuestras lenguas hubiesen traficado con los besos. Como si tu piel nunca se hubiese anclado a la mía. Como si los unicornios de agua nunca hubiesen existido…

Sé que me lo dijiste: “no lo hagas más…” Lo dijiste con tu voz distraída, como cuando decías “me vas a hacer que deje de quererte” o “algún día dejarás que me marche”. Siempre la misma voz, tranquila pero admonitoria –como un oráculo de caramelo-. La misma voz con la que abrías los “te quieros” o los “jamás encontraré a nadie como tú…” Tal vez por eso la ignoré tantas veces... Tal vez por eso y porque la acompañabas de esa sonrisa que compartes con los ángeles…   

Y yo con mis componendas de historias complicadas… Nunca las entendiste… Yo, el silencioso e implacable guardián de todas las puertas de tu cuerpo…

Un día tu voz dijo “adiós” y vi que ya no sonreías. Y cuando quise alcanzarte, me encontré con la humedad de tus pisadas. Habías llorado y yo –tras  aquella primavera- ni tan siquiera recordaba que llorabas…

Así fuimos. Como árboles fronterizos. Y hoy, ya te cuento, me parece que los hubiésemos inventado –tienen tanta memoria…-. ¿Sabes? Yo sigo viéndolos cada tarde, pero ya sólo escribo para una sombra triste y desnuda, una sombra -sin contrabandos- bajo el puerto alto de las hojas silenciosas…


Sin reproches. ¿Vale?

NUESTRAS PEQUEÑAS HISTORIAS






Me estaba acostumbrando a escribir historias dentro de ti. Historias como tú, pequeñas y de amable desenlace. No utilizaba pues escenarios ampulosos -por donde vagasen dioses ni titanes-. También había desterrado las luchas intestinas donde, cualquier artefacto punzante, pudiese herir la minuciosidad de tu piel transparente. Así que mis historias transcurrían por lechos tiernos y amaneceres circulares. Si acaso inventaba un rey, era pequeñito y de modales agradables, y siempre, siempre, repleto de una leal bonhomía. No quedaba lugar para brujas ni para servidores del mal o la codicia y, sólo en tus regresos, podían aparecer lágrimas que empañasen –con encanto- los renglones…

Me estaba acostumbrado a esas historias. No eran historias para todos. Las escribía para ti. En esos enormes compases que se abren entre las manecillas de mi tedio. Siempre las tejía a mano, con esa letra redondita que sólo utilizo cuando la fe me regresa a los quince años, con esas tildes minúsculas –lejos de la inquina de lo agudo-, con esos puntos suspensivos que dicen tanto al final de una frase que, por pudor, no se concluye…

Me estaba acostumbrando… Otra vez… Después de tanto tiempo de pregonar historias más bulliciosas –aunque bien es cierto que, quien tiene la virtud de soportarme, sabe que no soy yo escribiente de muchas vocinglerías -.

Hasta tenía mi cuaderno-de-historias-pequeñas. Un cuaderno laxo, con anillas en su cumbre y hojas de un medroso color gris. ¡Qué poco importaría a quien no conociese nuestro lenguaje! ¡Qué pueril! ¡Qué escaso! Porque mira que me cabían palabras cuando, a un te quiero, lo rodeaba con tu nombre…

Y ahora que pretendes irte ¡cómo lo voy a echar de menos! A ti y a mi cuaderno –ese monto de confesiones inconfesables…-. Lo dejé mutilado de una historia de la que no quise contar el final…


Si concluyes tu decisión, tal vez lo introduzca con sigilo en tu mochila. Y si un día lo descubres –más gris y más ajado-, quiero que seas tú la escribiente que decidas, en que “te quiero”, vas a poner los puntos suspensivos… 

TU REGRESO




Me preparo para tu regreso. La piel morena de luna y un rocío         -de agua-azahar- en mi pelo. Una rosa de viento en mi mano siniestra y mil fortunas para entregarte en la mano con la que escribo.

Me preparo despacio –que ya tengo toda la prisa-. El pantalón sin arrugas –todas en mis sienes-. La camisa si la orfandad de algún botón olvidadizo. La barba –cautiva del invierno- tan asedada como se puede asedar una selva.

Me preparo sin ensayos. Al albur de lo que tilde tu sonrisa. El abrazo en el alma –protegido para el momento-. El beso en el infierno –para que prenda sin demora-. Las caricias ya en tu vientre –que siempre me pudo la vehemencia-. Y dos palabras que te sabes –pero que no voy a dejar que se te olviden…


Me preparo sin saber y sabiéndolo todo. Sin esperar y esperándolo todo. Sin exigir y exigiéndolo todo. Sin impaciencia, pero puesto en pie –de puntillas- en la cumbre titilante de la estrella que he mirado, noche a noche, desde que marchaste con promesa de regreso…

¿QUIÉN FUISTE?





Aún, de vez en cuando, me detengo en ti y en ese recuerdo que trasiega por la buhardilla de mi memoria...

¿De dónde dijiste que venías?

Recuerdo la noche -el cielo de gala-, el restaurante que olía a marisco de tierra, la mesa en la esquina, el mantel azulado, tu risa de hada, el tinto en las copas, la peca en tu labio, y aquél acordeón que se empeñó en arrugarse entre las notas de Ojos verdes…

¡Qué pronto marchamos de tanto atrezzo!

Pero ¿de dónde dijiste que venías?

Recuerdo las sábanas -lunares y negro-, la nube de tu vientre, la ola de tu espalda; la espiral de tu pelo, la elipse en tus muslos, el círculo en tus pechos; el brocal de tu osadía…  

Pero ¿de dónde dijiste que venías?

Recuerdo la mañana. La habitación deshecha. La mermelada en tu nariz. La niebla del café. Mi dolor de cabeza. La ducha interminable -otra vez tu cintura-. El albornoz blasonado. La excéntrica melodía del teléfono. Tu voz cantarina -“ya voy, no me demoro…”-.

Recuerdo tu beso en mi pecho y mi adiós en tu costado, pero sigo sin recordar de qué lugar venías.

Y cuando hoy lo pienso y lo murmuro -interrogada mi memoria entre tu risa- más convencido me hallo de que, aún existen ángeles que marchan –sin dejar rastro-, confundidos para siempre entre los evangelios de los sueños…

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Ilustración: “Mujer desayunando” Lienzo de Guillermo Gonzalo Padilla (Argentina)

© Todos los derechos reservados

MI MARINERA...





Sigues empeñada en amarrar en mi puerto. A pesar de mi advertencias y de lo que diga tu horóscopo… Hasta esa señora bisoja que, por las noches se disfraza de oráculo, te avisó: “Veo un puerto, pero muy, muy lejano, en el centro de un mar infernalmente proceloso…”  

Tú dijiste que era el mío y, desde entonces no hay quien te lo saque de tu linda cabecita…

Ya me avisaron de tu sangre de corsaria…
Y yo ya supe de la ruta de tu piel interminable…

Mas yo, que te sigo advirtiendo…

Y tú que sigues empeñada…

¿Conoces acaso cuánta oscuridad cabe bajo el lodo de mis neblinas? ¿Qué sabes de la enfermedad del silencio que contagia el ácaro de las olas? ¿Te ha devorado alguna vez la tristeza hasta llegar al invierno de tu vientre?

¡No, no te tapes los oídos! ¡Ahora es cuando quiero ver tus agallas de corsaria!

Y sigo… Y no ceso de advertirte…

…Aquí no se detienen los hombres ni las aves. Y paso primaveras sin besar un solo pétalo. Y no tienen los otoños la virtud de sus dorados…

¿Sigues pensando que tienes hueco en esta locura?

Y callas, y lloras, y sorbes los mocos y asientes con la cabeza y el aliento.

Y yo, que me he vuelto más pirata desde que  descubrí el tatuaje en la esquina de tu nalga,  acerco -con intención incierta- mi barca interrogante a tu orilla de arena adolescente...

¿Levamos ancla, mi capitán? -me has dicho, ya con una sonrisa...


¡Mar adentro! -he gritado, mientras veo tu cara reflejada en la hoja de mi garfio... 


Me he encontrado con ella. ¡Más de treinta años después! ¿A que no parece poco? ¡Casi setecientos meses! ¡Dios! ¡Con lo que duró aquel mes de abril! Aquél al que le cupieron una docena y mitad de primaveras…

Me ha rozado un “hola” demasiado sereno y demasiado lejano -como el que se le entrega a los desconocidos y a los cobradores de seguros. Pero era Ella. Sus ojos. Su pelo. Sus maneras. Su forma de inclinar la sonrisa -como un acento sobre la barbilla. Su forma de ponerse nerviosa cuando me veía y se mordía -con fuerza- el labio rosado y aún adolescente.

Por decoro y distancia, no he podido calibrarle un beso…

Tampoco le he preguntado mucho por nada y apenas puedo decir cómo es ahora -¡tanto me ha cegado su recuerdo! Sí me he dado cuenta de que es más alta de lo que recordaba o yo más bajo de lo que pretendo. Y, eso sí, los dos estamos algo más viejos.

Habrá advertido las canas con las que ahora se mezcla mi cabello, pero el de ella… ¡Cómo de amarillo sigue siendo su pelo…!

Sigue llevando el bolso en bandolera y ha añadido dos pendientes a su lóbulo izquierdo. ¿Qué cómo me he fijado en eso? Junto a él conté yo muchas historias…

No nos hemos hablado de crianzas ni de miedos. Ni de nuevos amores ni de llantos forasteros. La verdad es que casi no nos hemos hablado. Nos ha bastado vernos. Recordarnos. Descubrirnos entre el vertiginoso correr de las dos manecillas del tiempo.

¡Cuántos aprendimos juntos! ¡Cuánto supe entonces de Ella y cuánto sabía Ella entonces de mí! Y ahora, apenas dos sombras que se rozan. Un beso en la mejilla. Y un raído “hasta luego…” -no me atreví a decir: tenemos que volver a vernos…


Al irse, al contar cuatro pasos, se ha girado y ha tildado nuevamente la barbilla. Y es que sigue siendo tanto Ella…

EPÍSTOLA DE AGUA




Mi estimada señora. Amarla es como deslizarse en un río tibio y bondadoso. Dejar a su vera el discreto atuendo que me arropa y entrar en su agua por el lugar menos resbaladizo. En ese instante, siempre mágico y algodonado, no espere que salpique de ilusiones las estrellas con un pueril chapoteo de caricias recurrentes.

Antes de inundarme, acostumbro a apreciar -con paciencia de amante de secano- el agua no más allá de mis marcas de pirata. Instruirme en el oleaje incorpóreo. En el correteo cantarín y constante de los espejos fraccionados. Disfrutar de la mesura de la corriente desde esa posición de privilegio y equilibrio. Desde ahí puedo apreciar mucho mejor la longitud del cauce, la anchura y forma de la ribera, el devenir de los peces que -engruesados de recuerdos- usted porta, al impredecible ritmo que marcan las brújulas de sus misterios.

No, ya no me gusta iniciarme a vuelapluma. Si no se conoce aún la profundidad del lecho, se puede acabar seriamente lastimado. No crea que no hay ocasiones en que -empapado ya de sus ojos brunos- no lo deseo con vehemencia. No crea que no cruza por mi pensamiento la idea de zambullirme sin miedo dejando todos mis pecados amontonados en la orilla. Pero ya he navegado mucho... En arroyuelos pequeños y en ríos profusamente caudalosos. Y es por eso que ahora, domesticada mi vesania, no me arrojo con la audacia del inconsciente.
Trasteo por la vida aún con las uñadas de otros cauces sobre mi cuerpo y no quiero que, aunque su agua parezca dulce, se vuelvan a formar estanques entre mis llagas.

Ahora que el tiempo impenitente se aloja en mi corazón y en la matriz de mis intestinos, conozco que, amarla en el inicio al albur de mis brazadas, no me hará anidar durante más primaveras bajo el dosel de su luna.

Así pues señora, perdone este exceso de celo que porto entre mis pliegues carcelarios mas, una vez cubierto por entero de su piel, sepa que tengo atildada mi promesa de recorrerla por entero. De conocer sus islotes mínimos, su biosfera planetaria, el vuelo interrogante de su brisa; a recibir el ahogo de sus pechos, a deslizarme por sus caderas, a morir entre su nacimiento y su delta y, si me acepta el desafío, a seguir hasta donde el océano nos lleve -comulgadas ya nuestras aguas con su venturosa salinidad.

Le puedo asegurar que, entonces, abriré corazón y velas, y conocerá conmigo, si es ése su deseo, todos los secretos que puse a salvo en aquellos recodos en que icé, con gallardía y esperanza, mis verdaderos estandartes.


Siempre suyo. Un pirata malherido.

COMO TÚ HACES LAS COSAS ...




Me gustas cuando despiertan tus ojos.
Y cuando,
a eso de que el sol
te va vistiendo,
vas tú, y te desperezas.
¡De qué manera tan extraña lo haces!
¡Diría que quieres retorcer el Planeta!

Me gusta cuando estornudas,
porque pones nariz de animalillo,
y se te unen los hombros,
y se te pliega la frente,
y se te cierran -asidas al aire-
tus parvas manos de muñeca.

Me gusta cuando comes chocolate
y se te ríen los ojos y la barriga,
y frunces el ceño,
y te enojas -sin querer- conmigo
por mi cómplice sonrisa marrullera.

Me gusta cuando retozas por el parque,
y se te hacen esferas en las piernas,
y combas tu cintura en equilibrio,
y miro, en mi descanso,
el sudor que brinca de tu esencia.

Me gusta cuando bostezas
porque se te ha echado encima el día,
y te resbalas por mi hombro,
y, poco antes de anidar la noche,
apagas tus párpados de fresa.

Me gusta cuando haces
todas las cosas que todo el mundo hace
pero, es que tú las haces
-o a mí me lo parece-
increíblemente bellas…