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MARTES



Vuelve el martes. Y un panzón amarillo se ha tumbado en el cielo. Se le abrieron unos días al verano, una herida de brisa impostada y nubes cenicientas que hicieron arroyos de otoño en la pendiente de las noches. Un espejismo en la cañada… Mas ya ha vuelto el loco del sombrero amarillo y el medallón incandescente.

Es martes. Un martes más, un martes menos, un martes sin condición ni ventura al que -ya al mediodía- no le quedan cenizas de plata que me hagan mirar al cielo.

No me gusta contar días. Pero es un hábito que ocupa mi trastorno solitario, y así lo acometo, y así lo escribo. Desconozco la insana intención de mi acto. Pero hecho es y hecho queda…

Y aquí trasiego, de mis sombras a mis piedras, de mis piedras a mis laberintos, de mis laberintos a mis lunas… Sin hilos libertadores, sin más agua que la que estanco en mi sed y en mi infortunio. Mitad hombre mitad espectro. Hacedor de cuentos incontables, tejedor de ataujías invisibles, morador de este espacio silencioso donde los versos son turbios y tienen párpados las orugas…

Pero me he jurado no volver a confiar mi suerte a ninguna caricia de cera…


GRISES EN AGOSTO




Vienen estos días de Agosto apagando con premura las tardes, como si sus fareros de cal anduviesen fatigosos, como si sus tesoreros de luz se hubiesen vuelto más avaros, como si los visillos incalculables -que desvelan la canícula- se entornasen ante el miedo de una luna cegadora.

Se hacen así los días más ásperos, escasos de tinturas y reflejos, ausentes de razones y sonrisas, como pardos lobos que trastean en los osarios de las Sierras…

Son tardes que lastiman la probidad de los solitarios, de los marineros sin sirenas, de las mocitas sin novio, de las abuelas sin rosario, de los poetas sin renglones y de los trovadores sin garganta.

Dicen, además, que llegarán tormentas secas, ruidos ominosos de sátiros que juegan a los dados, pléyades talladas en los cauces de los arroyos infecundos, molinillos de aspas transparentes y vientos diminutos en la memoria de las piedras.

Pero yo quiero que vuelvan antes los pintores inconscientes, los azules de mi ventana, mis gorriones aburridos, el estandarte blanco de tu risa, tu vientre laureado, tu cabello hasta tu hombro y, por qué no, aquella saliva hecha beso, en las amargas cortezas de mis manos y mi espalda.

Porque no te quiero gris Agosto, porque así yo no te quiero…
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Imagen: “Flor desmayada” (Dibujo de Francisco Pérez Soto –México-)

AQUELLAS TARDES




Yo ya la había encontrado. Como ella me había encontrado a mí.     ¡ Tan juntos entonces ! ¡ Tan sinceros ¡ ¡ Tan amantes ¡ Fueron tardes como ésta -a las que le sobra el vaho de una certidumbre que las cansa- las que desataron lo atado. Las que hicieron del tanto un tan poco y del infinito una quimera. Fueron tardes como ésta las que bajaron todos los estandartes de lo más alto de los tálamos. Las que secaron ríos y desnivelaron mares –haciendo zozobrar tantos barquitos de papel… Por eso, cuando oteo en el horizonte el plomo anaranjado de estas tardes de verano, siempre me agarro a tu brazo inexistente, como no queriendo saber que, hace ya muchas tardes, el destino lo llevó hacía otro brazo tan amante como el mío. 

LAS BRECHAS DEL VERANO




Hoy la mañana se ha puesto manga a la sisa y se ha presentado más fresca que una lechuga. Es de aquellas  mañanas que se escapan al verano, cancerbero implacable de su custodia para que, en su recio menester, éste castigue a los nacimos en el sur con mordidas de calor que bien parecieran forjadas en el mismísimo infierno. Son mañanas de césped regado y abuelos con mascota que, al contrario que los lagartos, salen pegados a la sombra como estampas de otro tiempo. Son mañanas de café en una terraza recién regada compartiendo palabras y silencios con quien bien se pudo compartir la noche. Mañanas que se descuelgan de los árboles altos con la amabilidad de un maná desfachatado y primitivo... Son, en suma, las brechas del estío, quien pronto arramblará con ellas para recordarnos que aún nos queda penitencia.

OTRA TARDE



La tarde camina lenta. Como un caracol enojado. De los árboles, las hormigas penden quimeras y las hojas se emborrachan de una savia espesa y caliente. Hay un cielo azul y tripudo que se resbala insensible hacia los trapecios de los locos. Y una luna en su ya inminente que, casi entera, se muestra displicente en los espejos tapizados con la piel de las mocitas.

No hay mucha tarde para los caminos. Ni para los amantes desbaratados y, en los parques se encorvan los bancos y crepita el césped que sirve de arenero a los chuchos sin correa. Hay un puesto de refrescos de colores y de golosinas de a céntimos, y un tiovivo de caballitos mutilados y carrozas despintadas. 

Hay una soledad anónima en las calles. En las mismas calzadas donde no hay viejos ni niños que firmen en la arena.   

Es la tarde de un verano adolescente. Temprano y tibio como tus pechos. Un verano que aún no tomó sus pertrechos de guerrero y que, mientras tanto, transita incómodo por el final sin flores de una extinta primavera.