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ENTRETENIDO EN SER POETA






…Era como las bombillas antiguas de triste voltaje, puro chisporroteo y debilidad, y recuerdo que sólo en contadas ocasiones -concentrando con fervor el total de su energía- alumbraba escasamente la mitad de su sombra.

Era viudo y escribiente, mediopensionista y ex-noctívago -agotado el hígado y expectante la impaciencia de estar vivo-. Así lo conocí yo, intermitente y melancólico, apenas un filamento delgaducho del que escapaban fotones tímidos, casi arrepentidos de ser tan excepcionalmente veloces.

Me contaban que fue excelso poeta, que encadenaba endecasílabos con la pericia de un Góngora o de un Lope, que estuvo en las Américas y que vio marchar a los ingleses de las Indias Orientales. Que acaso tendría hijos y nietos y un baúl repleto de epístolas de amantes fatigadas.

Pero hoy todo aquello quedaba opacado en su estancia diminuta donde docenas de libros con sobrecubiertas umbrosas mordían las paredes. Y allí estuve yendo yo cada tarde, no sé durante cuánto tiempo, y todo con la esperanza de que tal vez juntando filamentos alcanzáramos media luna de luz tibia. Y allí, con su voz de ayer me recitaba versos lapidarios, interminables estrofas de métrica impoluta que me salpicaban de agujas los párpados vigilantes.


Luego te conocí y he pensado mil veces que te lo hubiese presentado, que hubiese hecho que lo conocieras, porque tal vez tú, todo luz, hubieses conseguido que volviera a masticar una sonrisa… Pero ya sabes, te necesito tanto, que ya no me atrevo a apartar tu haz de mi camino, porque todo eso fue ayer y yo no sé ya para cuándo arribará la infinita oscuridad a este hombro sobre el que hoy lees lo que escribo…

FACTURA EN VERSOS





Linda Daniela –ojos de selva- siempre me decía lo mismo: mira, aunque ni lo toques, te voy a cobrar por mi cuerpo, o sea, por mi piel, por mis pechos, por mi grasa, por mis muslos, por mis uñas, por mis labios, hasta por mis tendones si quieres; pero por éste –y se señalaba el lugar donde su corazón trasteaba-, por éste no te cobro, canalla, que ya me lo has pagado con tus versos…

MANUEL



Para esos locos no tan bajitos…

Hasta hoy llevaba tiempo sin aparecer por mis sombras. Él es así, como las ganas de llorar, viene cuando le da gana. Se llama Manuel, pero eso no importa mucho… Con los años se borró los apellidos y un tatuaje, de una ondina de agua, que le braceaba en el envés de su muñeca. 

Es algo mayor que yo, cojea ligeramente de la pierna derecha y tiene sólo cuatro dedos en la mano izquierda      -que erró con maldad la naturaleza en su simetría. Aún así, es alto como medio ciprés, le nevaron con galanura las sienes y tiene porte de espadachín decimonónico. Ciertamente es apuesto para su edad y para cualquier otra que le coloquen...

Una vez pasó dos noches en el cuartelillo por grabar versos en la piel de un naranjo que criaba lamas en un patio señorial de Córdoba. Pero tampoco eso importó mucho... El ricachón tenía más naranjos y sólo le quedó uno remendado con un verso...

Manuel sería un egregio poeta, pero no quiere serlo porque, en su convicción de ser libre, no quiere ni la esclavitud que sabe, arrastran las palabras. Las lleva al hombro, en un fardel de tela cobriza, arrugadas y mudas.

Me ha aceptado un café  y cien euros -siempre guardo para él cien euros en mi mesita de noche. A cambio me ha dejado un verso contrahecho y una carta testada.

Dice que se muere. “Mañana” -me ha sentenciado convencido. Que va a dejar de respirar porque le son ingratos los velos de la noche en la garganta. Es capaz. Una vez estuvo una semana sin beber agua porque se empeñó en que le olía a charcos de lluvia el orín. Estuvo bebiendo ron y se le quedó voz de pirata.

Así son mis amigos -tengo otro que piensa que vive en el estómago de una mariposa-, orates sin remedio, desconsolados y extraños… Compañeros de batallas dadas por perdidas… 

Manuel se ha ido tal y como llegó -añadió a su reverso dos abrazos cómplices y cien euros a sus fondillos; media conversación de miradas y tres recuerdos de los que hacen agujeros en las sienes…

Recién vista su traza alejarse por la avenida -con su galante cojera y una sombra en la ausencia de su índice- he abierto la epístola sin demora. Contiene una fotografía de una mujer. “Sigo sin perdonarte que fueses tan canalla” -ha escrito sobre ella con su letra de profanador de pieles de naranjos.

Pero ésa ya es otra historia… La de aquellos ojos donde ambos perdimos el sosiego…


No sé si esta noche Manuel dejará de respirar. Yo no soy lector de obituarios. Tal vez mañana, o tras mañana, o el próximo otoño escuche, en un retazo de sucesos, que la tierra se tragó a otro loco que sobraba caminando sobre ella… Lloraré entonces, porque ya tengo a muchos bajo el pasto...  

¿QUIÉN MATARÁ AL POETA?



¿Cómo deciros que yo no soy el poeta? ¿Cómo deciros que el poeta tiene mi barba, y mis manos y el desvelo de mis ojos, pero que yo no soy el poeta? ¿Cómo deciros que el poeta se fuma el tallo de mis cigarros, construye la sombra que me persigue y lee los libros con los que aprendo, pero que yo no soy el poeta? ¿Cómo haceros saber que el poeta riega mis terruños, troncha mis panes y alimenta a mi gato, pero que yo no soy el poeta?

Yo sólo soy ése que el poeta encontró bajo las polillas de una farola. Con la noche echada por encima y diez rones mezclados en el hígado. Con un billete de menos en el cinto y una caricia de más en la mejilla. Con unas sandalias gastadas y mucha arena de reloj entre los dedos.
Con una historia en el bolsillo y menos de cien palabras para contarla.

Yo ya conocía al poeta. Lo sufrí en mis años de novias adolescentes. Era el que regalaba versos a beso la docena.    
El que abría flores con los labios y botellines de cerveza con los dientes. El que siempre tuvo ínfulas de verbo y un destino enredado entre paréntesis. El que no volvió a rimar hasta que me encontró de nuevo…

Y me encontró tal y como os he contado. Atiborrado de noches bajo una farola. Ebrio de soledades contando inútiles firmamentos. Y desde entonces decidimos caminar juntos. Empobrecer el mismo sendero. Los mismos atajos. Detenernos en las mismas luces y escondernos en las mismas penumbras. Cuando la tenemos, tenemos la misma mujer y, cuando toca, lloramos el mismo desengaño. Juntos luchamos frente al águila que devoró infinitamente a Prometeo, pero nunca nos trocamos…

No lo hagáis. No debéis confundirme con el poeta. No somos ni seremos el mismo. Nos necesitamos y nos odiamos. Pero, como mucho, seré yo el que lo ajusticie una noche en que mis mariposas negras se cansen de tanto verso hueco y engolado…



IN MEMORIAM FEDERICO




Sobre tu caballo verde. Sobre las cadenas de todos los gitanos que apresaste con tus versos. Sobre la enagua de la mozuela que resulto no ser mocita. Sobre la última gota de sangre que multiplicaste en el Hudson –ése que se emborrachaba con aceite.  Sobre la coronilla párvula del niño que miraba la luna lunera. Sobre las reyertas con navajas de cachas de plata con las que pretendiste a los hombres. Sobre el agrio limonero que no tenía sombra ni gracia. Sobre la tumba de los Camborios. Y sobre la maldición de la bala certera que, entre el ramillete de cristales y sangre, acabó con tu vida de gitano, de granaíno y de poeta. Yo coloco, Federico, el pesebre de tu nacimiento, y le rezo a media lengua con plegarias verdes y, con verdes sueños te recuerdo como eres, porque recordarte como fuiste sólo lo hacen aquéllos quienes ni te quisieron ni te quieren...

(un cinco de junio como éste nacía el genial poeta andaluz)

EL POETA QUE SÓLO ESCRIBÍA A LOS ÁRBOLES




Vestía rancio. Como visten los poetas que no batallaron en ninguna guerra y, bajo su brazo, se lastimaban las hojas sueltas e inquietas emborronadas de una tinta bruna como el fondo de su alma. Tenía estampa de soñador de barcos y engastador de olas  –por mucho que fue siempre de secano su paso incierto de camaleón borracho. Caminaba acompañado de jadeos sibilantes y, al respirar, uno se daba cuenta de que el aire se le había gastado de tanto soplar a las nubes. Tenía ese mirar nocturno que sólo tienen aquéllos que buscan adverbios tras las estrellas. Era el poeta que sólo escribía a los árboles. Se hartó de romperse el alma contra las almas forasteras. Se hartó un día de escribirle versos fieles a aquellos ojos mentirosos. Se hartó de trepar por el recuerdo de su cuerpo y, en su delirio de amante, decidió escribir solamente a los árboles campechanos que le lindaban el camino:

¡Ay árboles compañeros! 
De vuestra savia y vuestra sombra 
colmo mis venas y mi descanso. 

Pues ya no soy hombre. 
Que empiezo a sentir cortezas
en mi corazón acorralado…