Hoy me he levantado temprano. Como los pájaros urbanos. He estrenado este mañana de octubre cercano al balcón. Visionando a tres ancianos que, al otro lado de la calle, caminaban presurosos calzando zapatillas deportivas y unos ridículos pantalones cortos, robando a la acera el remedio para su colesterol mediocre y su tensión alta –el hombre se esfuerza en vivir más que sus arterias... Los ancianos hablaban a voces, sin la vergüenza de lo prematuro –siempre los ancianos hablan a voces para hacerse notar que siguen vivos. Hablaban de nietos amados e hijos despechados. Desde el fondo de la calle erguida -a la altura del veintitantos- el primer reflejo de sol aparece bizarro y pleno. Ya es de día. Ya se alzan las persianas en su bostezo rutinario. Ya se acuestan las brujas y el mal de ojo. Ya se recogen los amores furtivos. Ya se pierde la oscuridad en su gruta de siempre. Ya comienza el corazón a latir conocedor de que el tiovivo se ha puesto de nuevo en marcha…
TARDE DE OTOÑO
La tarde está quieta, como si fuera de porcelana. Apenas espaciados alientos de un viento débil y caliente inquietan la serenidad del lienzo. No hay ruidos que adivinar. No hay silencios que comprender más allá de los ominosos mutismos del tedio. ¡Dios debe de haber bostezado en sus reinos! Desde mi espacio contemplo el pasear diminuto de una pareja de ancianos. Cogidos de la mano parecen ensayar un ritual ancestral y mágico. Dan pasos pequeñitos, como de muñecos a los que la cuerda se les fuese terminando. No comprendo –desde mi distancia- el mascullar de sus palabras. Las dicen bajitas, nacidas de voces cansadas. ¡Tal vez se sigan jurando amor eterno hasta una tumba cada vez más cierta! Un perro torpe y desaliñado, todo vagabundo, cruza la carretera y orina una farola barrida por la herrumbre para, más tarde, seguir su camino incierto, ése que lleva hasta el dueño desconocido tantas veces soñado. El sol se ha encaramado hasta la última terraza poco antes de dejar su paso a la luz caída de la luna nueva. Es una tarde menguada y cautiva.
Es una tarde quieta, como si fuese de porcelana….
LA CITA
Te recuerdo con el cuello del abrigo levantado. Había ventisca y el frío calaba hasta los huesos con su ritual de invierno. Entramos en aquel bar que olía a churros y a canela. La tarde se había venido desapacible y, sólo el color inmenso de tus ojos, daba un roce de alegría al atardecer quejumbroso y desconsolado. Me recree en tu sonrisa como en tantas otras ocasiones. Eras bella. Inmensamente bella. Insistí en ayudarte a quitarte el abrigo y lo colocaste con cuidado de madre sobre el respaldo de la silla. Así tu mano con la impericia de un adolescente. Sólo eran dos citas y ya te consideraba mía… Mis palabras se estrellaban torpes adelantándose a mis pensamientos y, aquél camarero de ojos irritantes reía desde lejos con mi mascullo pueril y aturdido. ¿Cuántas veces te había dicho ya que te quería? Y tú reías… Desdoblabas tus dietes de nácar en una mueca graciosa y ágil. Me observabas atenta, como se observa a una especie de bichejo raro. Mi mano sudaba y sentía en la tuya el tableteo tranquilo de tu corazón. Apenas había ruido. Te besé en un dedo -¿el índice?-, no me atrevía a más. Y sentí tu perfume sereno y extenso. ¿Cuántas horas pasaron? ¿Cuántas veces tracé con mis ojos cada hueco de tu rostro? ¡Dios, cómo te quería!
Salimos por la puerta y el anochecer se había hecho mayor. La luna se tapaba con una nube y apenas se vislumbraban las estrellas. No me despedí. No hubiese soportado la amargura de decirle adiós. Te vi alejarte con el cuello del abrigo levantado hasta que fuiste una sombra lejana en el tapiz de la noche
Lo he soñado tantas veces que no recuerdo si aquella cita terminó así…
VISIONES ENTRE UNA LUNA DE OTOÑO
Luna de otoño, no alcanzo a comprender tus lamentos. No entiendo tus reflejos sobre este corazón que te aguarda. De cerca viene la vejez y de lejos la hermosura. Contradicciones me atormentan entre sueños y son los sueños de otros los que ahora impío destrozo. ¡Cuánto de locura hay en mi silencio! Cada palabra es un martillo que golpea mis sienes con la furia de los titanes. Cada ausencia es un canto de sirena al que no respondo, no por sabio, sino por viejo… Se acurrucan los recuerdos en un baúl que transporto. Viejo e insondable. Testamento de lamentos.
Luna de otoño. Te canto sin hacerlo. Te desprecio sin el miedo que me producen las providencias que no acierto, las sierpes que adivino, los dragones que se dibujan en las noches que mantengo. Solo. Sólo yo y el silencio. La compañía ominosa de su estampa me recibe sin remedio. A las puertas de una catedral vieja hay un viejo cura y un novicio nuevo. Hay una monja cursi y una núbil doncella. Bajo la luna de otoño todos mis sueños son misterio, visiones que se ocultan y ocultos sacramentos. Bajo la luna de otoño escribo como un poeta loco lejos de mis fueros. Y a falta de más palabras plasmo estas visiones que me atormentan y me dan calor, el calor de un estúpido silencio.
LOS RELOJES Y EL ALMA
Hay en mi casa mil relojes y un alma. Los relojes tabletean con su tic-tac diminuto pero solemne – como un nazareno pequeño. El alma se mueve inquieta y umbría, a la sombra de un ciprés que continuamente la acompaña. Alma y relojes son compañeros del mismo destino tan cierto como infortunado. Contadores indolentes de su agotamiento innegable. A veces me extraño de no tener mil almas y un solo reloj –a fin de cuentas al alma no hay que alimentarla. Tengo los relojes más anárquicos del universo del tiempo y el alma más escueta del cosmos de los espíritus. Cada reloj marca –despechado e indiferente- la hora que más le conviene, sabedor de su supremacía sobre mi alma diminuta y estéril. Es por ello mi casa un gorgoteo de campanillas que dan las horas a destiempo. Es por ello mi alma un barullo de confusas emociones donde, sólo a veces, se impone con la rotundidad de un capitán de barco, el señalamiento cierto de mi destino.
¿ Otoño ?
Este es un otoño de rastrojos aún humeantes, donde el cielo se desploma claro y el campo crece sin respeto. No caen las hojas ni se implica la lluvia con la tierra. No es como los otoños de mi infancia. Aquéllos de rebecas y suéteres desdoblados que aún olían a naftalina. De sabanas de hojas enfundando los jardines y de una lluvia discreta que mojaba las cabezas medio rapadas de los críos. No se oye la voz quebrada de los abuelos barruntando la cosecha y el sol se luce alto, impío, vencedor de alguna batalla desconocida. Hay lunas dóciles y estrellas indiscretas. Hay, como siempre amantes, pero los besos no parecen los mismos besos.
Este no es un otoño de antes.
Este otoño se ha dormido.
ES DE NOCHE
La noche se ha venido mansa y oscura. Arriba, en ese horizonte a cuya balconada sólo se asoman los poetas y los niños, los centinelas antiguos -pequeños y brillantes-, otean a los mortales con sus ojos turbados, como de piratas erráticos…
Han quedado encendidas apenas un par de luces en las ventanas que ahora se hacen menos compañeras. La calle se ha apagado y, en la mitad de esta senda urbana y primitiva, una farola permanece –como un faro alejandrino- fiel a su estampa y su utopía.
Las voces de los niños se guardaron hasta mañana en el cajón que esconde los sueños y apenas un par de coches se lamentan de su reuma contaminador y ciego.
Es la hora de las brujas –y de algún hada loca- y es también la hora en que mi taza se envuelve en un vapor conocido que huele a manzanilla y a menta. Es la hora de la magia. De las chisteras de donde brotan las palabras que aquí plasmo y lamento y que, mañana –a la luz del sol que todo lo desmiente- parecerán pueriles y escasas.
Es la hora de volver a pasar los dedos gastados por los cuentos que permanecen eternos, de la voz quieta de madre antigua que se muere en una nana vieja.
Es el momento de amar… de cumplir con el requisito divino de encontrarse, de enredarse sin el miedo a quedar prendido para siempre.
Es la noche. La compañera primera y universal del ser humano. La madre iniciática de todos los sueños y de todas las ensoñaciones.
No, no entiendo cada noche como una noche distinta. Son todas la misma noche –errática locura- la noche que te busca compañera, la que ha de traerte -para mi suerte- a mis brazos y a mis vísceras, a mis órganos y a mi sexo, a mi mente y a mi espacio y, en este lugar donde escupieron los dioses lava y semen, te amaré otra vez en el recuerdo, en el recuerdo de aquélla a quien no conozco pero espero.
Buenas noches. Buena noche.
MI HABITACIÓN
Desde mi habitación apenas se ve un pedazo de cielo. No es azul, ni tan siquiera hermoso. Es sólo un triste pedacito de cielo. A veces me pregunto por qué no puedo ver desde mi habitación un trozo de cielo más grande. Y que sea azul, y hermoso como el que describen algunos cuentos de hojas gruesas y colores desconsolados. También me pregunto por qué no puedo ver aquella luna que recuerdo cambiante y caprichosa o aquel sol henchido y macho precursor brillante de un día quieto.
Mi habitación no es pequeña ni grande y ello, por la sencilla razón, de que no tengo otra habitación para compararla y, ya sabemos, que aquello que no es posible de comparar carece de adjetivos que lo calibren. En mi habitación caben todas mis cosas y algunas cosas que dejaron ellas. Mis cosas podrían parecer mínimas y ridículas, estúpidas e innecesarias, las de ellas, divinizadas en su remembranza, las dejaron prestadas en mis rincones -tal vez con la ominosa intención de que siempre las recordase.
Tengo en mi habitación un libro que habla del amor y del desengaño. Un tratado egregio escrito por un vate de gruesas lentes y corazón desgastado. Es un libro que nunca leí y al que sólo me asomo para contemplar el sinsentido laberíntico de la unión de sus palabras. Tengo también otro libro en cuya cubierta, rodeada de un halo antiguo y pálido, aparece dibujada una mujer desnuda de piel cetrina y atributos prudentes. No tengo más libros. Leo de memoria y de memoria olvido.
Tengo en mi habitación una planta verde que riego con vehemencia. Es una compañera silenciosa que ligeramente se asoma sobre la tierra que cubre sus entrañas mientras expulsa un oxígeno exiguo, un pequeño tributo al milagro de la vida. Es mi planta nervuda y mínima y tiene dos hojas gemelas que se cubren y se dan sombra y una tercera solitaria y apartada, débil en su soledad, retirada de la sociedad escasa que le acompaña.
También hay en mi habitación una cama estrecha, como para un cuerpo. Esconde este catre alguna quimera bajo su almohada e inciertas perlas de sudor ajeno esparcidas por unas sábanas níveas que tomaron piel en otro tiempo. En esta cama vigilante y delatora, celestina, flambea mi cuerpo cuerpos ajenos cuando los hados son propicios y, los amantes que debutan, lo hacen bajo su onírico telón de colcha vieja y lacios flecos.
En mi habitación hay un marco sin fotografía que le dé sentido y una lámina de Marilyn que me besa. Hay también un paisaje lejano de un lugar donde nunca estuve y una máquina de escribir vieja -como de coleccionista-, cuyas teclas dejaron de sonar hace ya mucho tiempo.
Es mi habitación mi refugio, mi cueva platónica, el latir inmóvil de mis deseos. Ese lugar desde donde se ve un pedacito de cielo y del que apenas me alejo porque tengo miedo. Tengo miedo de que también en el exterior, más allá de este espacio, sólo exista ese triste trozo de cielo que, ni es azul, ni es hermoso, ni está descrito en ningún cuento.
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