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ÁRBOLES SIN SUEÑOS



¡Ay árboles que arrebatáis el espacio de mi parque! Árboles grandes como selvas y pequeños como pezones. Árboles altos y bajos, impenetrables y obvios, insuficientes y lujuriantes. Sois el crisol de sombras que cobija las letras en las que me vacío, el tamiz invertido que eleva mis fantasías. Sois la portada de un cuento de madera que me queda por escribir y las alas verdes de una mariposa que me queda por amar. Sois el aliento de hierba de la voz que me llama y me discute.

Os alimento cada tarde como se alimenta a las palomas -hierática mi estampa sobre la forja del banco que os sostiene. Os muestro lo que escribo y lo que callo, lo que pienso y lo que olvido. Sois la estampa inmóvil de mis batallas. Las exclamaciones de mis derrotas. Siempre vosotros. Necesarios e invisibles. Faltos de hileras que os rectifiquen. Nacidos allí y acá. Sorprendiendo a la tierra infecunda y urbana de este lugar que cada tarde me socorre. Sois como yo. Hartos de palabras. Armados de silencios. Impenetrables al aire que adoráis y que os lamenta con la luna. Sois así. Tejedores recios de esos sueños que sólo entienden aquéllos que nacieron con el alma de madera.   

CONJUGANDO EL VERBO AMAR




Decía el gran Nicanor Parra, poeta, matemático, físico y chileno -póngalo usted en el orden que más le agrade que yo lo constituí sin pensarlo- que el mañana es ese día que no llega nunca, ya que en el momento que lo hace se convierte en presente y, por mor de la instantaneidad más inexplicable, lo hace también en pasado. Yo, sin embargo, sólo añoro el mañana. Será porque es lo único que nunca tuve. Tengo el presente y se me va como hoja que lleva el diablo y tuve, sí ¡ay tuve! el pasado y me quedó clavado, porito a porito, en mi piel en un perfecto trabajo de ingeniería perversa. Nunca he amado en presente porque, al darlos, ya volaron mis besos a otros labios. Nunca he amado en pasado porque, a fuerza de desmemoriado, me he vuelto un redomado sinvergüenza que cree que amar no es verbo que sea posible conjugar en pretérito –ni perfecto ni imperfecto. Así pues me queda amar en futuro. Cosa ésta a la que se le antoja la más pueril y lógica de las cuestiones: ¿A quién?

Será por eso que amo tus andares niña cuando los pierdes delante de los míos. Y que atrapo tu mirada cuando la cruzas en ese instante en que soy yo también el que mira. Será por eso que sólo te acaricio en sueños cuando, la duermevela te hace tan mía, que me olvido de que existo. Será por este galimatías metafísico que ayer te vi y te amé y hoy apenas recuerdo el color ¿grisáceo? de tus ojos. Más por ello nunca te me pierdas, niña, porque algún día aspiro a amarte en pasado, presente y futuro. En todas las conjugaciones verbales que acepte tan exquisito verbo. Tan imprescindible proceder. Porque amarte. Amarte como lo hago eso sí que es un gran problema metafísico.

P.D. Un beso de mañana porque, el de ahora, ya lo revoloteó el viento.

SÓLO A VECES



Ocurre a veces que la vida cierra la persiana y uno no sabe hacia dónde marchar, porque aún es temprano para amontonarse sobre si mismo. Ocurre a veces que anochece a destiempo, cuando aún al sol le quedaba arrojo y la luna andaba párvula para mayores responsabilidades. Ocurre a veces que el silencio encaja los dientes y, al hacerlo, no quedan notas con las que componer un pequeño trozo de melodía. Ocurre entonces que todo es tan oscuro que hasta la oscuridad se queja. Y se va el vendedor de globos. Y se marcha el heladero con los barquillos de galleta. Y cierran el parque que nunca jamás cerraron, porque marcharon todos los niños del mundo… Y es cuando la vida se nos parece… ¡Y es cuando no queremos parecernos a la vida! Que esta parte del cuento la conozco y no quiero que otra vez nadie me la cuente…  

NO QUIERO ECHARTE DE MENOS



Pero es que no te echo de menos... Porque tú te has quedado aquí. Como haces siempre. Hasta la próxima vez que vengas para marcharte… Pintada tu risa por estas paredes a las que has malcriado durante quince lunas redondas y blancas. Esparcido tu divino desorden por los pasillos menores que conducen a tu ara. Golpeado el raso gris con tu enfado pasajero de abriles inconscientes. Hecha y deshecha tu maleta en un número de magia que sólo tú conoces.

Se ha quedado todo lo tuyo que te hace ser mía. Tu olor a recortables y maquillaje – ¡ay tu edad a medio camino! Tu tazón del desayuno y el azúcar de tus postres. Tus besos, alevosos y ágiles, mitad amor mitad sonrojo. Tu despertad de ave pequeña y tu sueño de pájaro dorado. Tus buenos días apresurados y tu bostezo contagioso… Toda la casa aún eres tú –y más siendo escasa como es esta morada. Como si me hubiese aprestado a cerrar las ventanas antes de que marcharas por entero.

Por eso te tengo aquí. En este reflejo que no desaparece. Junto a mis cuitas y a mis justas. Siempre tú. La más voraz de mis compañeras. Siempre presente en este manantial del que brota cada día cada cielo y que sigue manando azules desde mi herida soslayada e intensa.

BUENOS DÍAS, "DÍA"...



Buenos días, Día. Veo que te has desperezado con el titubeante cantar de los pájaros errantes, ese canto que flagela el aire caliente de las ciudades monocordes. Hoy te veo sereno y alto. Con un cielo que amenaza con reventar el azul a fuerza de redoblarlo. No hay añil más primitivo que el que muestra tu pechera interminable. Aunque no las veo Día, intuyo que en las costas habrá olas indecisas y, en las montañas que se coronan con la albura de lo níveo, crujirá el frío que aún atesora el aliento de Gaia. Aquí, en mi calle, en mi espacio limitado por querencia y por destino, entras a jirones, despertando los mínimos ruidos de los ciudadanos uniformados con sonrisa de domingo, entre los ladrillos viejos de los edificios que no dibujará nunca nadie. Aquí no eres el Día grandioso que batallas con las selvas y los desiertos, aquí quedas pequeño, como yo, como mi canto humilde a tu nacer inaplazable. Seguimos siendo compañeros. Compañeros de este mismo destino escaso construido por las manos de algún relojero tullido que olvidó las horas en otro lugar del Universo.

LOS CAMINOS OLVIDADOS




¡Ay de vosotros caminos ásperos que desgastasteis mis cueros y mi alma!  Caminos viejos de árboles recios y tropas de escarabajos. De arboledas alambicadas y embaucadores manantiales. -¡Qué escasa agua para tanta sed!- Os he recorrido siendo compañero de la luz del septentrión y de las  horas oscura que el sur entrega a las brujas. Vientos ominosos han destrozado mi embozo y mis sayas. Jergones desabridos han deshecho mi espalda y alocado mi sueño. Semillas que, por azar, llegaron a mis bolsillos sembraron de hambre la mirada de los grajos. Veredas de Dante y  Virgilio. Arroyos de Neruda. Guijarros de Lorca. Todos compañeros espectrales de mis pisadas y mis pensamientos: las bocas de los árboles, las gárgolas de las amanecidas, los sortilegios de los insectos…

Sois todos vosotros los caminos que ya no recorro porque, a fuerza de desaciertos, me perdí entré en la tierra nivelada de la cordura. Es la misma tierra donde habitan los duendes de los necios. Donde danzan los bufones de los crédulos. Las meretrices de los clérigos. Los horizontes de los ciegos. Es la meseta de los poetas ociosos y los trovadores destemplados.

Yo quiero volver a vosotros. Mis caminos de antaño. Quiero volver a envenenarme con las aguas de vuestros regueros. Amar otra vez bajo vuestras sombras. Besar bajo vuestra nieve. Volver a ser barro y lluvia. Estiércol y lodo. Polvo y piedras. Porque sois vosotros, caminos de mis injurias, los que me llevasteis al reino de la exquisita locura, acompañado de un libro, un recuerdo y un paisaje por pintar.

LA TRISTEZA POR LA TRISTEZA



Alguien dijo que había que tener cuidado con la tristeza, porque ésta se podía convertir en un vicio. También algún gurú de urbe soterrada me advirtió sobre los contagios de la misma. Y un chamán -roedor de alucinógenos- me conminó a evitar las lágrimas de las hembras pues, según decía, son más dañinas que el cantar maligno de las sirenas. En mi escaso tránsito por las almas grises he conocido a plañideras de lujo. Aquéllas cuyo salitre ocular bien podía costar más que todo Potosí –antes de que lo arrasáramos los iberos, claro. Tiene esta especie de mujer una estrategia definida y estudiada. Como una apertura de ajedrez. No se defienden –y eso que suelen jugar con negras. Atacan con su llanto mínimo e  incisivo. Te hacen ver a través del tamiz de su mirada acuosa y te ves desvalido y pálido. Demasiado débil para el contraataque. A lo más tiendes un pañuelo de papel reciclado y te quedas con cara de imbécil sin remedio, pensando qué leches has hecho para merecer ese ajeno desahogo. Suele pasar especialmente por las redes –éstas que llaman sociales porque la sociedad, como tal, hace tiempo que ya quedó extinguida y ahora existen estos reinos de taifas para que no nos demos mucha cuenta de lo que quedó extinto. Decía en esta reflexión -que me anda quedando ancha como la sotana de un novicio en ayuno- que, en estas redes –curiosa palabra siempre que la pienso- conoces a la interfecta y te coloca encima un problema de tamañas dimensiones que te sientes como Sísifo a media montaña –o subes o te despeñas, sin más opciones. Has de decir, llegado el momento, no señora o señorita, no me traslade usted al paraíso de sus lágrimas ni al averno de su desgracia, que yo ya gasté las mías y, por conocer infiernos, tengo los pies brunos de su roce contra el fuego. Déme usted una sonrisa amplia como el universo conocido, trasládeme a cualquier cuento de hadas, sírvame una tapita de luna joven o una caracola con un mar infantil prisionero que yo, en equidad obligada y complacida, pondré a sus pies –sin apenas reparar en el brillo de sus ojos- todo aquello que atesora el cofre de mi pobreza.

COMO SI NO HUBIESE PASADO NADA....



Sin reproches. ¿Vale? Como si hubiésemos inventado los árboles. Como si nunca nuestras bocas se hubiesen remendado en la mudez de un beso. Como si la piel de tus manos nunca hubiera dormido sobre la mía. Como si los unicornios de aquellos sueños nunca hubiesen existido. Sé que me lo dijiste: No lo hagas más… Lo dijiste con tu voz distraída, la misma que dibujaba haces de luces cuando reparabas un te quiero. Sí, sigo con mi sordera para escuchar aquello que no quiero. Ya me conoces. Sigo con mi locura para inventar historias que sólo dejan grabado un nombre en mis cuadernillos de batalla. ¿Cuál era el tuyo? Sí, claro, lo recuerdo y te recuerdo… Ya te lo he dicho… Como si hubiésemos inventado los árboles… Porque a ellos si sigo viéndolos cada tarde y sé que los árboles tienen memoria.

Hoy sí quiero fechar esta epístola, en Córdoba a siete de julio del dos mil doce. (¡Cosas mías!)