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DÉJÀ VU



Exagera la tarde su arrojo caluroso. Poderosa y paciente. Los pájaros, que ya andaban listos para el viaje, canturrean su indecisión despistados entre las hojas aún intactas. Hay verano en la calle. Hay helados y chiquillos de pantalón corto. Risas de colegio recortado. Hay abanicos y abuelas que lamentan el sofoco. Es el soplo último de la Córdoba auténtica -ribereña fantasía con dos primaveras que desatienden a solsticios y  equinoccios. Esta Córdoba se aferra a la calor y a los veladores plateados. A las tertulias cachazudas en las puertas de una casa cuajada de geranios. En un árbol de corteza caliente algún caracol se ha quedado despistado y no se vestirá jamás de palomilla. El otoño espera entre bastidores. Como un actor de tercera. Sabe que otro año le toca posponer su entrada de estación sin patria.  Me dicen que el río viene alto, como la luna, y mientras, como si todo se estuviese repitiendo, yo sigo trovando a un otoño que descamisa mis alegatos.




NIÑA DEL NORTE



Te recuerdo ayer. Mientras dibujaba océanos en tu espalda avariciosa. Sembrando tu vientre de trigales y alimentando tus resquicios con mi audacia. ¡Cómo yo velaba tu sueño irresistible! ¡Cómo tú inflamabas de sonrisas mis cuadernos!

Era blanca, siempre, la luz del día. Como una mariposa blanca. Eran granas los atardeceres y se agigantaba la luna en un mar de luminarias. No había instantes si tú no estabas. Y cuando estabas, se olvidaban los reflejos en los cajones -escondidos los paisajes de tu mirada-.

Sembramos de humerales caminos infinitos, y de pétalos y lluvia el rincón de las batallas. Construimos ábacos gigantes para arquear sumas incontables: tus besos y mis besos -crisol de miel dorada… 

Marchaste de puntillas. Como se marcha el vaho de los cristales. Y en mis pensamientos -impropios por designio- sigue asomando impropiamente tu distancia. 

He de tomar impulso -me digo-. Pero a lo más que alcanzo es a la luna oscura, que dejaste temblando, en mi memoria…


AÚN NO ES OTOÑO...



Emerge con luz este otoño. Un otoño que, de nuevo, como entonces, hereda los haces milenarios del verano aún combatiente. Es un otoño interrogante, como todos los otoños que se fueron. Como los otoños que quedan por llegar. Aún no hay una hoja caída –si acaso la de un libro olvidado. Aún no hay viento de ése que abre las heridas de las flores, ni silencios de campanarios viejos, ni pueblos deshechos de olores a canela. Aún es, simplemente, un otoño urbano. Mi abuelo -gorrilla escasa y mondadientes en los labios- hubiese dicho que ya los otoños no son como los de antes

Esta tarde, cuando la luz limpia de un sol invicto me ayudaba a releer tu carta, antes, mucho antes, de que la última hoja bailara sobre si misma y mi pensamiento recreara tu figura de niña del norte, yo también he sentenciado que ya amarte tampoco es como antes…

TARDE DE LIBROS



Hay tardes en que me pongo a manejarme entre mis libros. En que me dedico a esa otra labranza en que se desbroza polvo y se siembran –acá y allá- palabras que germinarán de nuevo sobre los anaqueles a los que se le encomienda su reposo. Suelen ser tardes plomizas –como la que se dibuja hoy-, quebrado el cielo y mi espectro, cerrados los sueños por descanso de los delirados y abierto el regueruelo siempre desmayado de la melancolía.

Son mis libros un ejército de ideas, un imperio de pensamientos, un coloso desmembrado en páginas y lomos, en cubiertas y cueros, en celulosas y prólogos. Me gusta su olor a tierra de tinta, a lodo de párrafos, a agua mansa y estancada que quedó encerrada en tantos finales interrogantes. Mientras los cambio caprichosamente de lugar, los voy girando y concretando y aspirando su vaho de durmientes y celebrando sus colores y apreciando su tamaño. De tal forma que me tomo la particular tarea de descolocarlos de criterios y uniformidades, de manosearlos, de hurgarlos y revolverlos, de palparlos y estrecharlos, disfrutando del crujir de sus cortezas siempre convocadoras.

Esta tarde -ya construido el arco iris de tintas y llenas mis manos de palabras- los distingo sereno mientras invierto sus sombras lineales y, es entonces, terminado mi quehacer, cuando no puedo por menos que sonreír ante el espectáculo magnificente de su existencia primigenia.

ÁRBOLES SIN SUEÑOS



¡Ay árboles que arrebatáis el espacio de mi parque! Árboles grandes como selvas y pequeños como pezones. Árboles altos y bajos, impenetrables y obvios, insuficientes y lujuriantes. Sois el crisol de sombras que cobija las letras en las que me vacío, el tamiz invertido que eleva mis fantasías. Sois la portada de un cuento de madera que me queda por escribir y las alas verdes de una mariposa que me queda por amar. Sois el aliento de hierba de la voz que me llama y me discute.

Os alimento cada tarde como se alimenta a las palomas -hierática mi estampa sobre la forja del banco que os sostiene. Os muestro lo que escribo y lo que callo, lo que pienso y lo que olvido. Sois la estampa inmóvil de mis batallas. Las exclamaciones de mis derrotas. Siempre vosotros. Necesarios e invisibles. Faltos de hileras que os rectifiquen. Nacidos allí y acá. Sorprendiendo a la tierra infecunda y urbana de este lugar que cada tarde me socorre. Sois como yo. Hartos de palabras. Armados de silencios. Impenetrables al aire que adoráis y que os lamenta con la luna. Sois así. Tejedores recios de esos sueños que sólo entienden aquéllos que nacieron con el alma de madera.   

CONJUGANDO EL VERBO AMAR




Decía el gran Nicanor Parra, poeta, matemático, físico y chileno -póngalo usted en el orden que más le agrade que yo lo constituí sin pensarlo- que el mañana es ese día que no llega nunca, ya que en el momento que lo hace se convierte en presente y, por mor de la instantaneidad más inexplicable, lo hace también en pasado. Yo, sin embargo, sólo añoro el mañana. Será porque es lo único que nunca tuve. Tengo el presente y se me va como hoja que lleva el diablo y tuve, sí ¡ay tuve! el pasado y me quedó clavado, porito a porito, en mi piel en un perfecto trabajo de ingeniería perversa. Nunca he amado en presente porque, al darlos, ya volaron mis besos a otros labios. Nunca he amado en pasado porque, a fuerza de desmemoriado, me he vuelto un redomado sinvergüenza que cree que amar no es verbo que sea posible conjugar en pretérito –ni perfecto ni imperfecto. Así pues me queda amar en futuro. Cosa ésta a la que se le antoja la más pueril y lógica de las cuestiones: ¿A quién?

Será por eso que amo tus andares niña cuando los pierdes delante de los míos. Y que atrapo tu mirada cuando la cruzas en ese instante en que soy yo también el que mira. Será por eso que sólo te acaricio en sueños cuando, la duermevela te hace tan mía, que me olvido de que existo. Será por este galimatías metafísico que ayer te vi y te amé y hoy apenas recuerdo el color ¿grisáceo? de tus ojos. Más por ello nunca te me pierdas, niña, porque algún día aspiro a amarte en pasado, presente y futuro. En todas las conjugaciones verbales que acepte tan exquisito verbo. Tan imprescindible proceder. Porque amarte. Amarte como lo hago eso sí que es un gran problema metafísico.

P.D. Un beso de mañana porque, el de ahora, ya lo revoloteó el viento.

SÓLO A VECES



Ocurre a veces que la vida cierra la persiana y uno no sabe hacia dónde marchar, porque aún es temprano para amontonarse sobre si mismo. Ocurre a veces que anochece a destiempo, cuando aún al sol le quedaba arrojo y la luna andaba párvula para mayores responsabilidades. Ocurre a veces que el silencio encaja los dientes y, al hacerlo, no quedan notas con las que componer un pequeño trozo de melodía. Ocurre entonces que todo es tan oscuro que hasta la oscuridad se queja. Y se va el vendedor de globos. Y se marcha el heladero con los barquillos de galleta. Y cierran el parque que nunca jamás cerraron, porque marcharon todos los niños del mundo… Y es cuando la vida se nos parece… ¡Y es cuando no queremos parecernos a la vida! Que esta parte del cuento la conozco y no quiero que otra vez nadie me la cuente…  

NO QUIERO ECHARTE DE MENOS



Pero es que no te echo de menos... Porque tú te has quedado aquí. Como haces siempre. Hasta la próxima vez que vengas para marcharte… Pintada tu risa por estas paredes a las que has malcriado durante quince lunas redondas y blancas. Esparcido tu divino desorden por los pasillos menores que conducen a tu ara. Golpeado el raso gris con tu enfado pasajero de abriles inconscientes. Hecha y deshecha tu maleta en un número de magia que sólo tú conoces.

Se ha quedado todo lo tuyo que te hace ser mía. Tu olor a recortables y maquillaje – ¡ay tu edad a medio camino! Tu tazón del desayuno y el azúcar de tus postres. Tus besos, alevosos y ágiles, mitad amor mitad sonrojo. Tu despertad de ave pequeña y tu sueño de pájaro dorado. Tus buenos días apresurados y tu bostezo contagioso… Toda la casa aún eres tú –y más siendo escasa como es esta morada. Como si me hubiese aprestado a cerrar las ventanas antes de que marcharas por entero.

Por eso te tengo aquí. En este reflejo que no desaparece. Junto a mis cuitas y a mis justas. Siempre tú. La más voraz de mis compañeras. Siempre presente en este manantial del que brota cada día cada cielo y que sigue manando azules desde mi herida soslayada e intensa.