Van a dar las nueve de este sábado durmiente. En la calle –al
menos en ésta- el diablo apenas se podría llevar un par de almas. Dicen que
llega lluvia pero todo es oscuridad entre la cicatrices de la noche. Cierto es
que no veo estrellas, luego el matriarcado de las nubes ha debido de hacerse ya
déspota en los avernos más altos. Si llueve abriré un libro y así, cubierto de
palabras, esperaré la fusta de la tormenta. Si no llueve, acaso iré a verte –sólo
acaso- y así, si queda alguna estrella entre las brumas, la descubriré escondido
entre tu cuerpo donde siempre huele a primavera…
EL ABUELO
No hay jazmines en Octubre, pero el abuelo sigue sentado en el parque –que él no cuenta el tiempo por equinoccios. Antes de que la tarde se marche, ya a la hora de las mocitas, aún tendrá el abuelo tiempo para rebuscar horizontes de marinero. Rezarán sus manos juntas -coronando el cayado viejo- las oraciones de su ceremonia impenetrable, mientras contempla las alpargatas que ya se gastaron con el verano.
Tiene el abuelo la frente de pergamino y los ojos llenos de memorias. Y una mirada inadvertida –como de ausencia antigua- que bautiza el paso de los peregrinos. Es el abuelo del otoño. El invisible espectro de cada ciudad y de cada parque. De cada banco de madera que se comba con el peso de las mariposas invisibles.
Tuvo el abuelo el verano para aventarse entre las sombras de los limoneros, entre el verdor y el agua de los naranjos y la seriedad del olmo desvaído. Para el abuelo, el otoño, es despedirse otro poco… Verá cada día amarillearse las hojas del platanero, hasta que, crujientes de venas pardas, caigan al albero donde el banco mal nutre sus raíces. Verá el paso del aire hasta que éste se haga frío –como de miguitas de hielo- y verá marchar definitivamente los gorriones que le demandaron escasez en primavera.
En esta escena de otoño recién parido –donde el abuelo se mece sin mecerse- colgaremos un reloj que se ablanda y un cielo que aún no sabe mezclar los colores. Un lector de historias en una esquina y dos hoyuelos en la risa de una infanta. Y ahí se hará gigante el abuelo. Ceniciento y mágico. Vigilante en su sueño de cejas blancas. Cubierto con el manto de soledad que le prestaron anteayer las cortezas desconchadas de los árboles.
DÉJÀ VU
Exagera la tarde su arrojo caluroso. Poderosa y paciente. Los pájaros, que ya andaban listos para el viaje, canturrean su indecisión despistados entre las hojas aún intactas. Hay verano en la calle. Hay helados y chiquillos de pantalón corto. Risas de colegio recortado. Hay abanicos y abuelas que lamentan el sofoco. Es el soplo último de la Córdoba auténtica -ribereña fantasía con dos primaveras que desatienden a solsticios y equinoccios. Esta Córdoba se aferra a la calor y a los veladores plateados. A las tertulias cachazudas en las puertas de una casa cuajada de geranios. En un árbol de corteza caliente algún caracol se ha quedado despistado y no se vestirá jamás de palomilla. El otoño espera entre bastidores. Como un actor de tercera. Sabe que otro año le toca posponer su entrada de estación sin patria. Me dicen que el río viene alto, como la luna, y mientras, como si todo se estuviese repitiendo, yo sigo trovando a un otoño que descamisa mis alegatos.
NIÑA DEL NORTE
Te recuerdo ayer. Mientras dibujaba océanos en tu espalda
avariciosa. Sembrando tu vientre de trigales y alimentando tus resquicios con
mi audacia. ¡Cómo yo velaba tu sueño irresistible! ¡Cómo tú inflamabas de
sonrisas mis cuadernos!
Era blanca, siempre, la luz del día. Como una mariposa
blanca. Eran granas los atardeceres y se agigantaba la luna en un mar de
luminarias. No había instantes si tú no estabas. Y cuando estabas, se olvidaban
los reflejos en los cajones -escondidos los paisajes de tu mirada-.
Sembramos de humerales caminos infinitos, y de pétalos y
lluvia el rincón de las batallas. Construimos ábacos gigantes para arquear
sumas incontables: tus besos y mis besos -crisol de miel dorada…
Marchaste de puntillas. Como se marcha el vaho de los
cristales. Y en mis pensamientos -impropios por designio- sigue asomando
impropiamente tu distancia.
He de tomar impulso -me digo-. Pero a lo más que
alcanzo es a la luna oscura, que dejaste temblando, en mi memoria…
AÚN NO ES OTOÑO...
Emerge con luz este otoño. Un otoño que, de nuevo, como entonces, hereda los haces milenarios del verano aún combatiente. Es un otoño interrogante, como todos los otoños que se fueron. Como los otoños que quedan por llegar. Aún no hay una hoja caída –si acaso la de un libro olvidado. Aún no hay viento de ése que abre las heridas de las flores, ni silencios de campanarios viejos, ni pueblos deshechos de olores a canela. Aún es, simplemente, un otoño urbano. Mi abuelo -gorrilla escasa y mondadientes en los labios- hubiese dicho que ya los otoños no son como los de antes…
Esta tarde, cuando la luz limpia de un sol invicto me ayudaba a releer tu carta, antes, mucho antes, de que la última hoja bailara sobre si misma y mi pensamiento recreara tu figura de niña del norte, yo también he sentenciado que ya amarte tampoco es como antes…
TARDE DE LIBROS
Hay tardes en que me pongo a manejarme entre mis libros. En que me dedico a esa otra labranza en que se desbroza polvo y se siembran –acá y allá- palabras que germinarán de nuevo sobre los anaqueles a los que se le encomienda su reposo. Suelen ser tardes plomizas –como la que se dibuja hoy-, quebrado el cielo y mi espectro, cerrados los sueños por descanso de los delirados y abierto el regueruelo siempre desmayado de la melancolía.
Son mis libros un ejército de ideas, un imperio de pensamientos, un coloso desmembrado en páginas y lomos, en cubiertas y cueros, en celulosas y prólogos. Me gusta su olor a tierra de tinta, a lodo de párrafos, a agua mansa y estancada que quedó encerrada en tantos finales interrogantes. Mientras los cambio caprichosamente de lugar, los voy girando y concretando y aspirando su vaho de durmientes y celebrando sus colores y apreciando su tamaño. De tal forma que me tomo la particular tarea de descolocarlos de criterios y uniformidades, de manosearlos, de hurgarlos y revolverlos, de palparlos y estrecharlos, disfrutando del crujir de sus cortezas siempre convocadoras.
Esta tarde -ya construido el arco iris de tintas y llenas mis manos de palabras- los distingo sereno mientras invierto sus sombras lineales y, es entonces, terminado mi quehacer, cuando no puedo por menos que sonreír ante el espectáculo magnificente de su existencia primigenia.
ÁRBOLES SIN SUEÑOS
¡Ay árboles que arrebatáis el espacio de mi parque! Árboles grandes como selvas y pequeños como pezones. Árboles altos y bajos, impenetrables y obvios, insuficientes y lujuriantes. Sois el crisol de sombras que cobija las letras en las que me vacío, el tamiz invertido que eleva mis fantasías. Sois la portada de un cuento de madera que me queda por escribir y las alas verdes de una mariposa que me queda por amar. Sois el aliento de hierba de la voz que me llama y me discute.
Os alimento cada tarde como se alimenta a las palomas -hierática mi estampa sobre la forja del banco que os sostiene. Os muestro lo que escribo y lo que callo, lo que pienso y lo que olvido. Sois la estampa inmóvil de mis batallas. Las exclamaciones de mis derrotas. Siempre vosotros. Necesarios e invisibles. Faltos de hileras que os rectifiquen. Nacidos allí y acá. Sorprendiendo a la tierra infecunda y urbana de este lugar que cada tarde me socorre. Sois como yo. Hartos de palabras. Armados de silencios. Impenetrables al aire que adoráis y que os lamenta con la luna. Sois así. Tejedores recios de esos sueños que sólo entienden aquéllos que nacieron con el alma de madera.
CONJUGANDO EL VERBO AMAR
Decía el gran Nicanor Parra, poeta, matemático, físico y chileno -póngalo usted en el orden que más le agrade que yo lo constituí sin pensarlo- que el mañana es ese día que no llega nunca, ya que en el momento que lo hace se convierte en presente y, por mor de la instantaneidad más inexplicable, lo hace también en pasado. Yo, sin embargo, sólo añoro el mañana. Será porque es lo único que nunca tuve. Tengo el presente y se me va como hoja que lleva el diablo y tuve, sí ¡ay tuve! el pasado y me quedó clavado, porito a porito, en mi piel en un perfecto trabajo de ingeniería perversa. Nunca he amado en presente porque, al darlos, ya volaron mis besos a otros labios. Nunca he amado en pasado porque, a fuerza de desmemoriado, me he vuelto un redomado sinvergüenza que cree que amar no es verbo que sea posible conjugar en pretérito –ni perfecto ni imperfecto. Así pues me queda amar en futuro. Cosa ésta a la que se le antoja la más pueril y lógica de las cuestiones: ¿A quién?
Será por eso que amo tus andares niña cuando los pierdes delante de los míos. Y que atrapo tu mirada cuando la cruzas en ese instante en que soy yo también el que mira. Será por eso que sólo te acaricio en sueños cuando, la duermevela te hace tan mía, que me olvido de que existo. Será por este galimatías metafísico que ayer te vi y te amé y hoy apenas recuerdo el color ¿grisáceo? de tus ojos. Más por ello nunca te me pierdas, niña, porque algún día aspiro a amarte en pasado, presente y futuro. En todas las conjugaciones verbales que acepte tan exquisito verbo. Tan imprescindible proceder. Porque amarte. Amarte como lo hago eso sí que es un gran problema metafísico.
P.D. Un beso de mañana porque, el de ahora, ya lo revoloteó el viento.
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