No hay olores en esta tarde. No huele a lluvia. No huele a
árboles. No huele a ti ni a tu rival. No huele aún a frío. Y mi mesa es un
paisaje maltrecho de memorias. Una marisma de libros por abrir y por rozar. No
me gustan las tardes sin olor porque todas acaban oliendo a miseria. Al perverso
recuerdo de que la soledad es camarada de trinchera. Prefiero que las tardes
huelan, aunque sea a lágrimas o a sábanas penitentes. Que traigan motines de
olores entre el aire que se mueve. Lamentarme de perfumes. Tener que escapar
del incienso o la canela. Dicen que esta ausencia traerá rosarios de lluvias.
Yo los espero. Sin el chubasquero que me prestaste en la última desbandada de
los emigrantes voladores. Ausente y viejo. Un poco más viejo sin olores. Un
poco más ausente sin memoria.
LA LLUVIA Y TÚ
La lluvia y tú tenéis un algo de acostumbrado y benévolo. Un
sosegado desfile de minúsculas esencias, de olores nobles y de soledades de
madera. La lluvia y tú aparecéis como sólo lo hacen los seres que me inquietan –callados
e inapelables. Ambos tenéis un sonido inconfundible, un despertar con sabor a
yerba y una pincelada que conmueve. Cuando anochece, tenéis la virtud de
camuflaros entre las sombras de mi infancia, y dejáis sólo los ecos para que
mañana los repitan de memoria los humildes gorriones. Sois el silencio dentro
de una manzana, la caricia en el envés de una hoja, el llanto en el interior de
un desván. Sois enigmáticos y dóciles pero, en esa humildad, os alzáis
inalcanzables como sólo lo hacen los seres que roban los anhelos.
Hoy llueve y me conmueve la visión de la tierra agrietada
por los arroyos diminutos, como me conmueve tu estampa de mariposa de otoño. Niña
de lluvia, ¡hasta en las gotas de agua te recuerdo!
EL PRÓFUGO
Hay veces en que me siento como un prófugo de mi mismo. Como
el desertor de una batalla donde jamás existieron contendientes. Escapo de mi
piel y vuelo. Vuelo antes de ser plenamente consciente de mi ignorancia para conjugar
cualquier verbo en su futuro. Hay muchas veces en que, en una maniobra imposible,
trato de adelantarme a la vida. No hacerlo. Es la mejor manera de que la vida
te adelante sin piedad. Sientes desfilar sobre tus huesos todo lo que ya iba a
ocurrir sin tener la más pequeña opción de sancionarlo. Y quedas descompuesto.
Un muñeco roto en manos de un muñeco ignorante. Travestido de ti mismo. Del que
fuiste. Del que serás.
¿Pensar? Sí, pero con condiciones. Sin forzar la estructura
de mi mente más allá de unos límites convenidos –yo nunca marqué las fronteras,
no tengo manejo del artilugio con el que se separan los mundos. Te cuestionas
cuándo y con quién hiciste el pacto de luchar contra las interrogantes. Y te
marchas y vuelves. Y te preguntas por qué entonces marchaste. Para encontrar
algo en el camino, dice el sabio. Pues no debo de haberlo escrutado bien, te
respondes con cierto rubor. Y pruebas entonces, en el siguiente viaje, a dejar
miguitas de pan en los terruños. Nada. Se las debieron de comer los pájaros. Y
al menos yo, me canso de hacer las maletas. Será por eso que tengo toda la ropa
esturreada sobre las colchas, como la memoria… Y llega entonces el instante.
Ese instante tan vanidoso como pedante. Tan pretencioso y tan pobre. Tan lerdo
en su origen. El instante de poner todo por escrito. Lo cual te lleva al doble
trabajo de pensar y leer lo pensado. ¡Pobre! –dicen los pájaros que se comieron
las miguitas.
Y escuchas a lo lejos, a los pies de las trincheras
embrujadas, como ríe el pasado con esa jactancia de futuro disfrazado. Porque
quieras o no, volverás a la batalla de la que nunca quisiste ser el único
contendiente.
VAN A DAR LAS NUEVE....
Van a dar las nueve de este sábado durmiente. En la calle –al
menos en ésta- el diablo apenas se podría llevar un par de almas. Dicen que
llega lluvia pero todo es oscuridad entre la cicatrices de la noche. Cierto es
que no veo estrellas, luego el matriarcado de las nubes ha debido de hacerse ya
déspota en los avernos más altos. Si llueve abriré un libro y así, cubierto de
palabras, esperaré la fusta de la tormenta. Si no llueve, acaso iré a verte –sólo
acaso- y así, si queda alguna estrella entre las brumas, la descubriré escondido
entre tu cuerpo donde siempre huele a primavera…
EL ABUELO
No hay jazmines en Octubre, pero el abuelo sigue sentado en el parque –que él no cuenta el tiempo por equinoccios. Antes de que la tarde se marche, ya a la hora de las mocitas, aún tendrá el abuelo tiempo para rebuscar horizontes de marinero. Rezarán sus manos juntas -coronando el cayado viejo- las oraciones de su ceremonia impenetrable, mientras contempla las alpargatas que ya se gastaron con el verano.
Tiene el abuelo la frente de pergamino y los ojos llenos de memorias. Y una mirada inadvertida –como de ausencia antigua- que bautiza el paso de los peregrinos. Es el abuelo del otoño. El invisible espectro de cada ciudad y de cada parque. De cada banco de madera que se comba con el peso de las mariposas invisibles.
Tuvo el abuelo el verano para aventarse entre las sombras de los limoneros, entre el verdor y el agua de los naranjos y la seriedad del olmo desvaído. Para el abuelo, el otoño, es despedirse otro poco… Verá cada día amarillearse las hojas del platanero, hasta que, crujientes de venas pardas, caigan al albero donde el banco mal nutre sus raíces. Verá el paso del aire hasta que éste se haga frío –como de miguitas de hielo- y verá marchar definitivamente los gorriones que le demandaron escasez en primavera.
En esta escena de otoño recién parido –donde el abuelo se mece sin mecerse- colgaremos un reloj que se ablanda y un cielo que aún no sabe mezclar los colores. Un lector de historias en una esquina y dos hoyuelos en la risa de una infanta. Y ahí se hará gigante el abuelo. Ceniciento y mágico. Vigilante en su sueño de cejas blancas. Cubierto con el manto de soledad que le prestaron anteayer las cortezas desconchadas de los árboles.
DÉJÀ VU
Exagera la tarde su arrojo caluroso. Poderosa y paciente. Los pájaros, que ya andaban listos para el viaje, canturrean su indecisión despistados entre las hojas aún intactas. Hay verano en la calle. Hay helados y chiquillos de pantalón corto. Risas de colegio recortado. Hay abanicos y abuelas que lamentan el sofoco. Es el soplo último de la Córdoba auténtica -ribereña fantasía con dos primaveras que desatienden a solsticios y equinoccios. Esta Córdoba se aferra a la calor y a los veladores plateados. A las tertulias cachazudas en las puertas de una casa cuajada de geranios. En un árbol de corteza caliente algún caracol se ha quedado despistado y no se vestirá jamás de palomilla. El otoño espera entre bastidores. Como un actor de tercera. Sabe que otro año le toca posponer su entrada de estación sin patria. Me dicen que el río viene alto, como la luna, y mientras, como si todo se estuviese repitiendo, yo sigo trovando a un otoño que descamisa mis alegatos.
NIÑA DEL NORTE
Te recuerdo ayer. Mientras dibujaba océanos en tu espalda
avariciosa. Sembrando tu vientre de trigales y alimentando tus resquicios con
mi audacia. ¡Cómo yo velaba tu sueño irresistible! ¡Cómo tú inflamabas de
sonrisas mis cuadernos!
Era blanca, siempre, la luz del día. Como una mariposa
blanca. Eran granas los atardeceres y se agigantaba la luna en un mar de
luminarias. No había instantes si tú no estabas. Y cuando estabas, se olvidaban
los reflejos en los cajones -escondidos los paisajes de tu mirada-.
Sembramos de humerales caminos infinitos, y de pétalos y
lluvia el rincón de las batallas. Construimos ábacos gigantes para arquear
sumas incontables: tus besos y mis besos -crisol de miel dorada…
Marchaste de puntillas. Como se marcha el vaho de los
cristales. Y en mis pensamientos -impropios por designio- sigue asomando
impropiamente tu distancia.
He de tomar impulso -me digo-. Pero a lo más que
alcanzo es a la luna oscura, que dejaste temblando, en mi memoria…
AÚN NO ES OTOÑO...
Emerge con luz este otoño. Un otoño que, de nuevo, como entonces, hereda los haces milenarios del verano aún combatiente. Es un otoño interrogante, como todos los otoños que se fueron. Como los otoños que quedan por llegar. Aún no hay una hoja caída –si acaso la de un libro olvidado. Aún no hay viento de ése que abre las heridas de las flores, ni silencios de campanarios viejos, ni pueblos deshechos de olores a canela. Aún es, simplemente, un otoño urbano. Mi abuelo -gorrilla escasa y mondadientes en los labios- hubiese dicho que ya los otoños no son como los de antes…
Esta tarde, cuando la luz limpia de un sol invicto me ayudaba a releer tu carta, antes, mucho antes, de que la última hoja bailara sobre si misma y mi pensamiento recreara tu figura de niña del norte, yo también he sentenciado que ya amarte tampoco es como antes…
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