Yo
soy esta mañana. Con su silencio horripilante. Con su tranquilidad perversa.
Con su devenir incierto. No aspiro a ser todo tu día. Me sobra con que me
reconozcas en la primera luz que aparezca.
Tú ignorante. Tú necesaria. Tú soñadora. Tú infatigable. Tú lazarillo
de todas las estrellas. Tú hiladora de todos los sueños. Tú reflejo de todos
los espejos. Tú secreto de todos los cofres. Tú alimento de todos los tálamos. Tú volátil. Tú compañera. Tú amante sobre
todas las cosas. Tú lágrima en todas las distancias. Tú, el más bello de los
pronombres.
Toma cualquier pretexto para entrar acá. En mi
espacio. Porque si no lo haces voy a perder el hábito de besarte.
Te presto mi espacio. Y mis palabras. Y
mi silencio. Te presto mi cama deshecha y mi armario pleno de soledades. Te
presto mi canción y mi ron de marinero. Te presto mi cansancio y mi voz labrada
por el humo. Te presto mis otoños y los jazmines de todas mis primaveras. Te
presto mi ignorancia y mis libros vigilantes. Te presto mi orfandad y mi
tristeza. Y te presto mi camino. Y su ceniza. Y su distancia.
Pero luego, no digas que sigues sin
entenderme …
Vivo despacio. No quiero dejar de escuchar el sonido de mis
sandalias cuando rozan la desnudez del camino.
Las caricias que se hicieron nunca se borran de las manos de
quien las hizo –me reveló el sabio en un susurro. Y entonces comprendí el porqué
de los surcos en las manos del poeta.
Si viviese en
un pueblo y, tuviese a bien su paisaje, diría que la tarde cae ignorante, escarchando
de amarillo los tejados que ocultan cenicientas… Como vivo en la ciudad he de
ser más prosaico y atreverme sólo a decir: la tarde cae ignorando el aliento de
la noche que, con certeza, se avecina… Pero eso sí, aquí también hay ocultas
cenicientas…
Te he esperado esta noche. En
la esquina de la nada. Haciendo equilibrios en el horizonte. Aseadita el alma para
tomarte. Te he esperado aquí. Donde aposté nuestro último beso. El mismo lugar
donde ya han apagado todas las farolas del camino, quedando sólo una luna
desvestida que lame de luz los arrumacos de los porteños. Aquí y más allá del
último vigía no tilita ningún faro marinero. Y es que hay demasiada tierra esta
noche… Y es que eso me da miedo… Porque espero verte. Y espero no verte. Y
espero dormir. Y espero desvelarme. Y espero tener un sueño. Y que en ese
sueño vayas llegando… Abiertas por igual tu alma y tu blusa…