¡Despertó el Otoño! ¡Este Otoño que se había dormido! Ya se viene del cielo una lluvia prudente. Ya arrastra el agua las hojas secas que se asían al último sorbo de savia. Ya traerá este otoño castañas y boniatos. Ya miran hacia el cielo los párvulos y los ancianos. Ya les dibujan las nubes a los unos un otoño más, a los otros un otoño menos. Ya se viene San Rafael a custodiar esta bendita tierra. Ya se desdoblan las enagüillas para tapar los pudores de las mesas familiares. Ya se pliega la calle. Ya echa su persiana para abrir el tiempo de los lares. Este Otoño no llega a mi corazón por sorpresa. Lo estaba esperando. Lo acechaba tras la pared gris de una tristeza diminuta y propia. No me va a traicionar como otros tantos otoños. A este Otoño lo espero con su misma lluvia y con sus mismos anocheceres prematuros. Le daré a beber de su misma agua estancada –casi de barro. Este Otoño no me hará daño como otros tantos otoños, porque este Otoño ha despertado tarde y la desventurada membrana que me envuelve ha crecido lo suficiente para rodearlo y amortiguarlo. Llegas tarde y me has dado tiempo a esperarte. El tiempo suficiente para dormir tus llagas, para ensombrecer tus miedos, para callar –de una vez y para todas- tu balada triste de acordeón borracho.
DOMINGO
El domingo se estrecha ya en esa línea que le marca el calendario. Las horas se mantienen alertas, evitando cada una ser devorada por la siguiente y ésta por la próxima. Hay aún un algo de claridad furtiva que teme a la cerrazón de una noche lluviosa que se adivina más allá de la última nube. Cada domingo es como una caja de bombones devorada de antemano por un siniestro glotón. Ya no hay sorpresas. La caja vuelve a estar vacía. A nadie engaña ya el envoltorio lujoso de colores extravagantes. Cada domingo, desde hace muchos, el niño que fui se cansa ya de abrir cajas de bombones que irremediablemente conducen al desengaño. Un domingo más también es una caja menos, y el niño, cuando lo piensa, despliega para sí una sonrisa extraña, mezcla de sarcasmo y de certeza: los desengaños sólo existen para aquellos que no esperan ser engañados. De pronto, el niño ha dejado aparcada su sonrisa –ésa que era ridículamente maquiavélica. Más allá de aquella nube que se atisbaba bruna, se muestra ahora un jirón de claridad azul y el niño no quiere hoy más luces que le atenúen la perlesía de sus pensamientos. El niño ya sólo espera la noche y, con ella, una nana antigua y silente. La misma que le cantan las sirenas desagradecidas que, como fantasmas atemporales, siguen dormidas en su memoria. Nanas y silencio y la esperanza de que el día se consuma antes de que el mensajero último aparezca con otra caja de bombones…
PEQUEÑA ESTROFA DEL PIRATA VIEJO
Al pirata viejo le brillaban dos cosas: su diente de oro y su garfio de plata. Al pirata viejo y sucio se le había adelantado la vida como un bajel veloz. De su cara afilada se descolgaba una barba estrepitosamente abundante y sobre su hombro izquierdo no retozaba un lorito francés sino un considerable rimero de caspa. El pirata viejo no tenía galones ni falta que le hacían, su voz -potente como un trueno- era capaz de tumbar a veinte gandules bien en proa, bien en popa. Era el pirata viejo amigo del ron negro y del silencio, compañero infatigable de la luna a la que hablaba con su susurro sonoro cada noche de vigía. Tenía el pirata viejo un perro lleno de pulgas y un gato con olor a pescado. Tenía un cañón sin pólvora y un cofre sin tesoro. El pirata viejo tenía un ojo blanco sin retina ni pupila y un parche enmohecido de tanto llanto que inútilmente lo camuflaba. Y es que lloraba el pirata viejo, lloraba y caían abundantes las lágrimas por su ojo blanquecino –que por el otro no lloraba. Lloraba por una sirena, por una sirenita clara que, después de llamarlo un día, se perdió por siempre entre las aguas…
EL BULEVAR
Acusa esta mañana silencios de perro viejo. La lengua de la luna sigue asomada pálida y discreta. Con el día aún no levantado por el bulevar ya hay trasiego de pasos y palomas, y de una neblina inquieta que todo lo envuelve con su perfume húmedo y poroso. Los primeros camaradas del día se cruzan las manos con olor a limpio. Huele a café y a carbono. Se prenden los primeros cigarrillos, ésos que acabarán irremediablemente en los bronquios de los castigados.
Un reguero de adolescentes de faldas plisadas y grises caminan en una hila anárquica y sonora hacia el colegio más cercano. El bulevar se muestra pétreo y callado, como una estatua repartida linealmente a lo largo de la longitud que cubre. Al frente de todo el Gran Teatro: imperial y pleno. A su lado, más humilde, apuñalada por la calleja que los separa, la trasera de la Colegiata con sus arbustos sinuosos. Un quiosco nace, como una seta anacrónica, entre las baldosas y la tinta que chorrea por sus canales de metal escritura los primeros titulares. Es el día. La bendita y acostumbrada rutina de los hombres y mujeres que van y vienen. Sin paradas. Sin detener sus pasos sobre la acera invariable. Sin hacer caso a las palomas que, desde su atisbo escaso cagan y sueñan sin ninguna melodía.
DIOS, ESCUCHA...
El miedo que inyectaron en mis huesos curas enjutos de sotanas negras y descoloridas me conminó a ser creyente. No sé exactamente en qué consiste. Me sometí in illo tempore a tu divina providencia porque entonces ni quedaba remedio, ni yo tenía argumentos suficientes para desmontar las intenciones de mis próceres. Pero hoy te hablo de igual a igual. No me importan los universos que hayas creado, ni a cuántos hiciste volver de la muerte, no me importa que te veneren en ciudades santas, ni que te levanten templos que anhelan hurgar el cielo. ¿Tu cielo? No he visto las escrituras de propiedad. Pero no intento discutir tus dominios porque conozco perfectamente los míos y sé que no llegan hasta tan lejos. Te escribo como un soldado atrincherado esperando la bala en su refugio. Como un intenso buscador de tesoros sabedor de que nunca llegará a la ciudad prohibida. Te escribo desde la distancia que me produce tu incertidumbre y desde la cercanía que nace de mi indolencia. Te escribo hoy sin miedo, sin el menor atisbo de este temor atávico que inyectaron –a fuerza de salmos primitivos- en mis venas los que decían ser portadores de la verdad. Dicen que me hicieron a tu imagen y semejanza. No te he visto en ningún espejo. Pero la visión de mi rostro macilento diría muy poco de tu estampa si fueras mínimamente parecido a mí. El cansancio se acumula entre mis huesos y ha formado un nido prematuro y escaso. Y es este cansancio, esta laxitud sombría y dolorosa, pero a la vez bizarra, la que me hace alzarme con mis mínimas fuerzas hasta alcanzar la serenidad suficiente para encontrarte. Y encontrarte significa exigirte. Sí, exigirte. No te extrañes. No alces ya tu dedo hiriente ante mi blasfemia. Llevas demasiados años haciéndolo tú conmigo. Y ya me he cansado de suplicarte. Hoy te exijo con todo el derecho que me da el que tú me crearas sin preocuparte de mi necesidad de ser creado. De que hicieras de mí un cliente de tu cielo de ambrosías. De que me eligieras sin yo pedir ser elegido.
Hoy te exijo, no que apartes de mí este cáliz, sino que lo llenes de primaveras. Que rebosen sentido mis sufrimientos –y que ese sentido no sea el reino de tus cielos. Que pueda entender de cada amanecer el porqué de su existencia. Que cada anochecer me premie con la sensación de que algo quedó por hacer. Te exijo que les des a mis ojos la virtud de ver cosas nuevas y a mis oídos el privilegio de oír lo nunca escuchado. Te exijo Dios que seas humano, que no te cobijes en tu divinidad aclamada para fustigar mi alma con el sinsentido del dolor. Te exijo tener ahora la explicación clara y exacta del porqué del privilegio de los inútiles y la esclavitud de los valerosos. No pido tu compasión, pido tu cordura. No pido tu clemencia pido tu justicia. Ya dijo el maestro –no el tuyo, sino el mío- que este mundo estaba repleto de deficiencias, ten los suficientes arreos para paliarlas o, por dios te lo pido, desaparece para siempre.
ENCONTRARSE
Son mucho los años que llevo perdido para que ahora, casi sin esperarlo, me reconociera en el espejo. No sé que me diría, ni tan siquiera cómo me encontraría, probablemente mucho más viejo de lo que pienso…
Intentar encontrarse es un acto, cuanto menos, irreflexivo y suicida. Y digo irreflexivo porque, desde la racionalidad pura, a nadie le puede interesar saber realmente quién es… Ese destino que apuntaba brillantemente Borges, quedaría reducido a una idea única y monolítica, a una idea constructora de muchas otras, pero también destructora de todo el esfuerzo que hemos hecho por no encontrarnos jamás.
Conozco muchos mecanismos de defensa en el ser humano, pero el desconocimiento sentido y consentido es uno de los más perfectos. Es complicado exigir a aquél a quien no se conoce. Es seriamente complicado rendir cuentas ante un desconocido. Es sencillamente imposible equivocarse con la persona a la que nunca se ha tratado de conocer. Lo contrario es un suicidio vital y moral.
HOY
Hoy me he levantado temprano. Como los pájaros urbanos. He estrenado este mañana de octubre cercano al balcón. Visionando a tres ancianos que, al otro lado de la calle, caminaban presurosos calzando zapatillas deportivas y unos ridículos pantalones cortos, robando a la acera el remedio para su colesterol mediocre y su tensión alta –el hombre se esfuerza en vivir más que sus arterias... Los ancianos hablaban a voces, sin la vergüenza de lo prematuro –siempre los ancianos hablan a voces para hacerse notar que siguen vivos. Hablaban de nietos amados e hijos despechados. Desde el fondo de la calle erguida -a la altura del veintitantos- el primer reflejo de sol aparece bizarro y pleno. Ya es de día. Ya se alzan las persianas en su bostezo rutinario. Ya se acuestan las brujas y el mal de ojo. Ya se recogen los amores furtivos. Ya se pierde la oscuridad en su gruta de siempre. Ya comienza el corazón a latir conocedor de que el tiovivo se ha puesto de nuevo en marcha…
TARDE DE OTOÑO
La tarde está quieta, como si fuera de porcelana. Apenas espaciados alientos de un viento débil y caliente inquietan la serenidad del lienzo. No hay ruidos que adivinar. No hay silencios que comprender más allá de los ominosos mutismos del tedio. ¡Dios debe de haber bostezado en sus reinos! Desde mi espacio contemplo el pasear diminuto de una pareja de ancianos. Cogidos de la mano parecen ensayar un ritual ancestral y mágico. Dan pasos pequeñitos, como de muñecos a los que la cuerda se les fuese terminando. No comprendo –desde mi distancia- el mascullar de sus palabras. Las dicen bajitas, nacidas de voces cansadas. ¡Tal vez se sigan jurando amor eterno hasta una tumba cada vez más cierta! Un perro torpe y desaliñado, todo vagabundo, cruza la carretera y orina una farola barrida por la herrumbre para, más tarde, seguir su camino incierto, ése que lleva hasta el dueño desconocido tantas veces soñado. El sol se ha encaramado hasta la última terraza poco antes de dejar su paso a la luz caída de la luna nueva. Es una tarde menguada y cautiva.
Es una tarde quieta, como si fuese de porcelana….
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