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EL CAZADOR DE HADAS


Hace unos días conocí a un Cazador de hadas. No, no juzguéis aún mi relato, yo tampoco sabía de la existencia de semejante ocupación. También os advierto –para futuros encuentros- de que todo Cazador de hadas lleva un extraño instrumento al que llaman –él me lo dijo- cimbalom. No, yo tampoco sabía qué era un cimbalom. Él me lo explicó. Es un quimérico instrumento musical que sirve para cazar hadas –me dijo, llegada la ocasión, en un castellano desordenado por su acento.

El Cazador de hadas que os refiero era húngaro y se había sentado en un banco a afinar la puntería de su ingenio. Mi curiosidad –que es la misma que acabó con una de las vidas del gato- me hizo sentarme junto a él. Le miré con extrañeza y me devolvió la extrañeza y la mirada. Hola –le dije a modo de  saludo simplificado. Y él asintió -devolviendo la simple ceremonia. Mientras lo hacía, trasteaba con su extraño cachivache como si anduviese preparando la trampa para el uso requerido. ¿Cómo se llama? –curioseé mientras señalaba el insólito artefacto. Y ahí me lo dijo como os lo he dicho: Cimbalom. Como no le entendí a la primera -por su tonada húngara y, por no ser ésta palabra propia de mi vocabulario- lo hubo de repetir hasta en tres ocasiones. Entonces saqué mi cuaderno-de-anotar- palabras-que-no-están-en-mi-vocabulario y lo anoté con letra bien clarita  c-i-m-b-a-l-o-m –que si no luego mi propia escritura se vuelve rebelde y dice lo que ella quiere. Le sonreí tras anotarlo. Sirve para cazar hadas –me apuntó muy serio. Debió de ver mi cara demudada porque volvió a sonreír… ¿Para cazar hadas? –reincidí en preguntar esta vez con cierto tartamudeo. Sí, para cazar hadas –reiteró y siguió trasteando. ¿Pero hay hadas por aquí? –insistí mientras miraba a mi alrededor esperando ver alguna criatura fantástica. En todos los lugares hay hadas –afirmó mientras me miraba con cierto mohín de ofendido. Ya, ya, claro también aquí –asentí convencido mientras mis ojos no paraban de buscar a algún ser diminuto y etéreo siempre fiel a mi principio de que existen más cosas que aquéllas que creemos... Fue en aquel preciso instante –mientras mis pensamientos se estaban barajando- cuando comenzó a manipular el instrumento de abajo arriba y de arriba abajo, y una sucesión de cuerdas se rindieron al peso de dos mazos pequeños que las percutían con una habilidad prodigiosa, engendrando tal ejercicio una melodía increíblemente mágica. Un grupo de curiosos se arremolinaron junto al banco. He de confesar que les lancé una mirada opositora. ¡Eh que al Cazador de hadas lo conocí yo primero! -quise gritar. Pero callé por pudor y por prudencia. Y es que era mi deseo que, si empezaban a aparecer criaturas bellas, fuese yo el primero en contemplarlas. Pero cuando observé que el Cazador sólo me miraba a mí, mientras sonreía al ritmo de su música, quedé más tranquilo. De repente y, tras un arpegio de secreta belleza, amplió aún más su sonrisa y, mirándome a los ojos me susurró con orgullo: Acabo de cazar a una nereida… Miré a mi alrededor ¿Quién ha visto entrar a una nereida en este cachivache? –quise volver a gritar. Pero entonces, me di cuenta de que el Cazador sólo me había contado la verdad de su historia a mí y que, aquella turba de gente que continuaba aumentando a nuestro rededor, sólo iban a advertir la presencia de un músico con un extraño instrumento sonoro.

Así fue que pasamos toda la mañana atrapando hadas. Prendiendo sus almas –que era lo propio del interés del Cazador- entre el cordaje bien dispuesto. Según variaban los acordes de las melodías un extraño olor a bosques de nogales, a ríos y fresnos húmedos rodeaba nuestro banco. No sé cuántas hadas más cayeron en la trampa, él me lo señalaba cada vez que ocurría, ora con las cuerdas graves, ora con las más agudas, ora con su sonrisa de húngaro… Y yo sonreía, entendiendo todo y sin entender nada…

Llegado el mediodía -como llegada la hora esperada- paró de percutir de repente. Ya –concluyó de forma rotunda mientras echaba una estera negra y tupida sobre el instrumento. La luz del mediodía podría hacerles daño. Vamos a guardarlo todo –decretó con naturalidad mientras me proveyó de un cinturón de zíngaro. Quedé perplejo. ¿Era ése el final? ¿No me iba a mostrar a ningún ser de los cazados? Se puso en pie y me hizo ayudarle a enfundar su maquinaria en un maletín de ese color marrón que sólo tiene el cuero de los viajeros. Rodeamos éste con el cinturón que aún colgaba en mis manos y se echó al hombro el conjunto. Ya en pie –donde me percaté de su altura desmedida- me tendió su mano encallada por el roce del cordaje. Se deshizo en una ligera reverencia y, sin dar lugar a ninguna interrogante se alejó por el horizonte urbano con su mágica trampa bajo el brazo.

Quedé en el banco hasta que mi mirada ya no alcanzó a verlo. Y quedó todo el día su estampa y su artilugio preñando mi imaginación de viajero a la locura. Cuando febrero se echó la noche al hombro y regresé a la casa que me da calor en estos días, descubrí que, el olor a humedales de otro mundo, invadía cada poro de mis tejidos, un olor que, desde entonces atesoro y que, me sigue recordando que, una mañana, acompañados por un instrumento que llaman cimbalom, un húngaro y yo estuvimos juntos cazando hadas –sin saber con certeza su destino- en un escabel urbano con una música hechicera como cebo.  

A DON ANTONIO MACHADO


Quizá fuese ayer cuando paseabas tu infancia por un patio de Sevilla. Quizá ayer cuando paseaste tu juventud por las tierras llanas de esa Castilla de paisaje recio y deslustrado. Porque para ti, maestro, los días no pasaban como días ni los años como años. Porque manejabas el don de estar y de no estar al mismo tiempo. Te fuiste en silencio. Como lo anunciaste. Ligero de equipaje. Falto de Leonor y, con el aliento último de tu madre, sobre tu nuca de poeta. Te fuiste un día como hoy. Lejos de tu tierra andaluza y de tu Soria venerada.

De tu prosa -tranquila como la tarde- bebieron las palomas del exilio. De tus ensoñaciones mansas nacieron poesías, puños y banderas. Pero jamás enarbolaste más armas que tu verso.

Compartiste rucio con el Quijote al marchar enfermo de la revolución ajena. Compartiste estoicismo con Sancho al no confundir los molinos con gigantes -demasiado libre tu corazón para pertenecer a ninguna patria repartida. Fuiste siempre pintor de ocres sosegados. Sin lugar en tu paleta para el rojo de tu sangre jacobina. Fuiste sombra de ti mismo. Y tú mismo fuiste la sombra que paseaba eterna por el campo que bordabas con tus pasos –caminante no hay camino…

Exhalaste tu último hálito allá. Junto a un Olmo seco y francés -el mismo que un día anotaste en tu cartera y, allá lejos quedó el milagro de tu cuerpo para la vida. Infinita tu mirada hacia el horizonte imaginario y cubierto de terruños. Resucitado de entre tu estampa. Cerca del mar. Republicano y viejo para siempre. Como los hijos de los poemas…

(Don Antonio Machado murió en Colliure un veintidós de febrero de  1.939)  

EL ABRIGO QUE PROTEGE DE LA SOLEDAD



Hoy me he puesto el abrigo de los días en que arrecia la soledad. No recordaba que el tejido fuese tan fastidioso. Pica mamá –recuerdo decir de niño con aquellos suéteres de lana recia que mi madre me tejía para el frío. Pues te aguantas –y me aguantaba, claro.  El abrigo me esconde las manos y apenas deja mis tobillos ridículamente al aire  –supongo que debí de comprarlo pensando en un crecimiento inmediato. Con mi abrigo sigo solo pero ahora sólo parezco la sombra de alguien que está solo. El paño de mi abrigo es negro –como el cielo cuando está negro- y tiene cuatro botones que se abrochan a la vez que se reza una oración que recuerdo de memoria. Me contaba mi abuela que era una rogativa para espantar a la soledad. Así que yo la musito despacio y con respeto, porque todo lo que me decía mi abuela era cierto. He descubierto un agujero en el codo derecho de mi abrigo. Alguna polilla solitaria –he pensado y me he quedado tan a gusto como quien resuelve un problema matemático. A veces llego a pasearme varios días con mi abrigo puesto. Son aquéllos en que la soledad se ha hecho fuerte y me responde con descaro a mis intentos de espantarla. Esos días me siento Señor de un castillo sitiado. Pero, al estar solo, no tengo vasallos que me protejan y que eviten con sus saetas el acoso enemigo. Y es que es  proterva la soledad cuando no la quiero. Pero claro, cuando la quiero, es una compañera de viaje estupenda. Apenas pregunta y, si lo hace, es para recordarme que hablo conmigo mismo. Así que cuando viene -sin convoco previo- me da no sé qué echarla con cajas destempladas. Así pues, sin ser Señor, ni tener vasallos, y siendo ésta –la soledad digo- tan contestataria, mejor ponerme el abrigo.

Un día lo llevé al tinte pero, la señorita que se escondía tras los vapores de una plancha gigante como medio tren, me decía no saber como se limpian los abrigos para la soledad. Debe de ser con algún canto de chamán urbano –le dije con cierta altivez. Pero me miró de hito en hito y pasó a atender a una cliente que llevaba un abrigo con la piel de un animal muerto. Así que salí de la tintorería con cara de no entender nada, pero igual de solo.

Bueno, el caso es que tengo puesto mi abrigo. Esperando a que vengas a quitármelo. Pero claro, para desabrochar los botones tendrás que conocer la oración que me enseñó mi abuela y, para eso, antes te tendré que enseñar muchas cosas de mi ridículo lenguaje.  


FEBRERO Y TÚ


A piel de manzana


Llegó Febrero sin marejadas. Con su día de más como un fardo de contrabando. Se acercó Febrero casi en rumores, con sus despertares de luz y espinas, con sus anocheces aún tempranos, todavía perezosos… Febrero tiene una luna inquieta y un sol adolescente que ya advierte de la bizarría de su centelleo. Febrero se metió entre nuestras sábanas como una amante pequeña y silenciosa. Pero Febrero es un mes que nunca quiere hacer el amor…

Se pasearán sus días primeros por la calle como corchetas, redondas y fusas de una partitura festiva. Pero a mí no me engañas,  Febrero. Y por eso advierto, tras tus payasos alegres, la lágrima del payaso desdichado y, por eso, no me cautivan tus caballeros con armaduras brillantes en las que distingo el papel de plata mentiroso y, percibo -con indecencia de niño- el ojo sano que se esconde bajo el parche de pega de tus piratas… Porque en Febrero se disfrazan las mariposas de crisálidas para que no las obliguen a volar, y las hojas desaparecen de repente  -como campanillas de cuento-  para dejar el paisaje sin el color pardo con el que lo manchó el Otoño.

Febrero es esquivo y enigmático. Siempre me resultó un mes rebelde de atrapar para mis recuerdos. Cuando abro el trastero, cuando desempolvo la entretela de la madera de mis armarios, cuando abro baúles y carpetas -en el escaso atalaje que me rodea- apenas encuentro nada fechado en Febrero. Cuando busco en el breviario de mi vida, Febrero queda sin oración de orate, como un mes para enterrar sin duelo. Parece ser Febrero necesario sólo para completar los arcanos de esta insondable tristeza que hoy se hace víscera en mi alma.     

Y es que tú siempre llegas como Febrero. Sorprendiéndome a contrapié. Con la muda de mi piel a medio quitar. Medio afeitada la barba y medio cavada la trinchera. Y también te marchas como él. Mientras me encuentro numerando los días para tu despedida. Aprovechando el subterfugio del almanaque. Conocedora de que mi mirada aún anda distraída en tus ojos. Pero es que en este Febrero te has marchado demasiado pronto. Cuando aún me alegraban tus maneras. Cuando aún andaba equilibrando tu sonrisa. Cuando aún no estaba cálido el lugar que te reservo siempre, ni tibia el agua de la ducha. Cuando aún mi mano nacía reciente sobre tu vientre blando. Cuando –inocente- creí que, esta vez sí, íbamos a tejer una nueva primavera.  

El año próximo te pediré que tu tren no pare otra vez en esta estación del calendario. Porque ya me dueles demasiado y no me quedan canciones de remiendo.

BATALLA DE BESOS


Reconozco mi mayúscula afición a besar. A culminar ese pequeño milagro de unir mis labios con aquellos otros que se me acercan. Me siento seguro en la boca que me da su aliento. A veces, ni convoco. Abordo como un pirata clandestino esperando la acogida de la asaltada.

Me reconozco voraz en mis besos. Probablemente una extensión más de mi canibalismo de amante. Me gusta besar sin miedo. Con el imprudente arcano de, si mi beso, dejará la huella indeleble del que ama desde sus infiernos.

No concibo los besos que no desgastan. Aquéllos que pasan como brisa sin levantar el carmín asfaltado. No. Deseo estragos.

Me gusta atravesar la trinchera por el lugar más infrecuente. Y que aquélla que me espera como enemiga acepte mi bandera blanca. Rendición antes de batalla. Suelo decir sin decirlo. Y entonces comienza la contienda. Dos lenguas rivales que se abrazan. La saliva como sangre necesaria. La pasión tocando arrebato de asalto. Un envolvente ataque de caricias para acabar con las murallas. Los cañones del alma tronando sin descanso. Enarbolados ya todos los lábaros. Estridentes los clarines. Silenciosas aún las más ocultas de las armas. Y un final deshecho de batalla. Dos heridos. Y una cicatriz, ahora sí, en la que caben susurrantes todas las palabras.

LOS GUANTES Y MIS DEDOS


Me he comprado unos guantes sin dedos. Sin dedos los guantes. Mis manos sí los tienen. Los he comprado en una tienda de a euro el cambalache. Andan ya rotos en el nacimiento de ambos pulgares. No debe de ser muy buena la calidad asiática. Me pongo los guantes para evitar el frío en el dorso de mis manos cuando escribo pero éstos, a la vez, tienen la virtud de dejar libres mis artilugios de cuentista. Son estos ingenios diez compañeros que manejan el teclado como si lo hicieran con un piano sin afino. Son diez instrumentos precisos que dios me quiso otorgar como extremidades diminutas. Son orugas que nunca serán crisálidas. Pero, al menos, conocen su destino. Andan siempre estos diez compañeros manchados de tinta en sus uñas y con la piel levantada e ingrata al final de la primera falange. Reconozco que son algo regordetes –como engordados a propósito para que no desfallezcan. No sé por qué tengo las manos algo rechonchas. A veces me parece que no son mías. Como si hubiese llegado tarde al reparto de manos cuando algún querubín –allá en el limbo- las andaba repartiendo. Y mis dedos, pues eso, le andan a la zaga. Eso sí. Remueven el teclado con brío. Como atletas bien entrenados. Como si se movieran al compás de alguna concordancia que yo ignoro. Y me sirven ¡Cómo me sirven! Me sirven para contar lo que cuento. Me imagino sin dedos y me pongo triste. Como un pintor sin pinceles. Por eso, no de muy tarde en tarde, me miro las manos. Para cerciorarme de su presencia. Para evitar que alguno se haya ido a vivir la vida por su cuenta. Y ahora, calzado con mis guantes sin dedos y, andando mis manos nodrizas calentitas, éstos esperan –como gorrioncillos en el nido- la miga de pan que les traiga alguna musa pasajera.

EL CIGARRERO DE LA HABANA



Se sostenía en el almanaque el verano de 1.995 cuando desembarqué en el aeropuerto de La Habana. Iba ligero de equipaje, como el maestro sevillano y, con más ideales que ropa –en La Habana la piel es la mejor camisa. Me montaron, recién dejado el artilugio de volar –al que tengo un respeto atávico- en un autobús pequeño –como hecho para enanitos de cuento- y acabé en una Terminal sórdida rodeado de militares jubilados de una revolución lejana en el tiempo y en las mentes. Otro autobús –más urbano y pesado- me dejó en el hotel que iba a ocupar. Era el Habana Libre, probablemente lo único libre, en aquel tiempo, de la isla. Me recibió en sus puertas grandilocuentes un portero vestido de militar de alta graduación. Me enseñó sus dientes blancos como el nácar y me tendió la mano esperando el peso agradecido. No llevaba pesos aún, así que la sonrisa se trocó en un mohín forzado. Entregué mi pasaporte en un mostrador lujoso, abrillantado con cera de esclavo y, una chica con sonrisa esplendente -todo amabilidad- se extrañó de mi pobre mochila y buscó –por el suelo encerado- alguna maleta que me diera el estatus de turista. No, no llevo más equipaje. Quiero llevarme más cosas de esta tierra que las que traigo -me dieron ganas de decirle en mi castellano de conquistador.  Pero pensé que era mejor callar. Guardarme mis palabras –que suelen ser escasas- para mejor momento. La chica era linda y quién sabía…

Me cambié la camiseta sudada en la habitación                      –presuntuosa como el despacho de un juez- y no perdí un momento para salir nuevamente a la calle. Esta vez me abrí yo la puerta pesadamente acristalada  -que el mayordomo vestido de general andaba estrellando su sonrisa contra los dólares gastados de una familia de alemanes.  ¡Vaya! Ahora que ya tengo su propina –pensé, porque la chica de la sonrisa bonita me había hecho el trueque oportuno.

 Caminé alejándome del hotel hacia el famoso Malecón -una línea de peñascos hechos a dentelladas de agua que enseñan el paseo a los navegantes. Había negros -¿cómo no va a ver negros en la Habana si lo había escuchado en una canción? Negros que me miraran raro. Tratando de entender si yo era un turista u otro desarraigado que le podría robar algún puesto en las fábricas clandestinas de habanos.  Yo sonreía al paso, pero una vez más me estrellaba con caras interrogantes. Cené en un restaurante de lujo donde, al entrar, un pianista con más años que destreza, comenzó a teclear un Viva España, que me hizo girar mi cuello buscando quién merecía tal honor. Era yo. Se notaba que eras español me dijo luego sentado en mi mesa acabando ambos dos gin tonic recios. No recuerdo que comí, pero sé que me sentó mal –pudo ser también el tercer gin tonic. Pagué en el establecimiento con mi Visa Oro rutilante y esta vez sí, dejé en el cartapacio de la cuenta un billete de diez pesos cubanos –luego supe que los cubanos no quieren pesos que es su moneda, que quieren dólares que no es su moneda. Ligeramente estropeado mi caminar por un elocuente revoltijo de mis jugos gástricos desasí el Malecón de vuelta al hotel. Tenía ganas de trastear con las cartas y el bolígrafo de la habitación.  Mañana haré al resto –me dije sin saber muy bien aún qué era el resto. Miré el reloj –un Casio que ahora están de moda pero que entonces era un arcaísmo puro. Las una y media de la madrugada. No quise hacer el cambio horario. España quedaba lejos. En el camino me abordaron dos jineteras –hasta el día siguiente no supe lo acertado de su calificativo. Les alcé las manos en señal de indefensión y reían como sólo las jineteras cubanas lo saben hacer. Una tercera me cogió el brazo y me acompañó hasta la puerta del hotel. Ahora tienes que darle un dólar al portero, mijo  -me dijo en un nativo solemne. Le dije que se había equivocado de negocio conmigo y, otra vez, recibí un mohín nada edulcorado –dos mohines en medio día me dije. Con el tiempo perdí la cuenta.

En recepción seguía la chica de la sonrisa bonita. Esta vez me fijé en sus ojos. Grandes y apasionados como bocas de volcanes. ¿Cuándo terminas? –le pregunté sin tartamudear. Ya –mi espetó con descaro mientras miraba nuevamente mi mochila y me hacía un reconocimiento ocular que no me hizo sentirme molesto. Otros tres gin tonic en la cafetería del hotel – ya medio apagada y con las sillas cabalgando sobre las mesas. Un cubano dormido nos oteaba desde la barra. Mi vientre había vuelto a funcionar más o menos bien pero, mis palabras, comenzaban a tropezar unas con otras…  Me contó algunas cosas al oído que no cuento. Y yo le conté otras que me callo. Creo que hicimos el amor. Probablemente más de una vez. Pero sólo recuerdo que cuando desperté –con el sol cubano lavándome las legañas- estaba desnudo y solo en una cama revuelta y castigada. 


Me duché en una estancia con ornamentos romanos. El buffet era amplio. Atiborrado de fruta caribeña. Mi estómago me recordó los excesos de la noche y sólo tomé un zumo de piña extrañamente dulzón –en Cuba casi todo es dulce. La mañana había añadido horas por su cuenta, así que tomé mi mochila y me enterré, sin más prosa, entre las callejas de La Habana Vieja. Las casas coloniales, desconchadas de pintura excesiva, me rodearon como fantasmas de otro tiempo. Chiquillos descamisados jugaban con mangueras de agua –me llegó alguna salpicadura a la que respondí con sonrisa agradecida. Esta vez no hubo mohines –lo agradecí. La Habana comenzaba a reírme. No era mala señal. En la segunda cuadra una matrona -con cara de seis partos y un culo para dos cuerpos- se me acercó con una caja de habanos en la mano. Menos de la mitad de lo que había visto en la tienda del hotel. Negué con la cabeza. Iba advertido de que era delito comprar esa mercancía fuera de los establecimientos autorizados -aunque mi alma solicitaba revolución mi cuerpo no deseaba barrotes. Traspasé cinco cuadras más antes de llegar a la Bodeguita  del Medio. El lugar donde Hemingway  reventó su hígado de azúcar y yerbabuena mientras imaginaba sapos gigantes en el Malecón cercano. Palpé mi estómago y solicité, entre una muchedumbre de paparazzis aficionados, un mojito bien frío. Vi como el camarero isleño lavaba la hierbabuena sobrante de los mojitos consumidos antes de introducirla en mi vaso. No sentí repulsión. El mojito estaba dulzón, como el zumo de piña, como la piel de la chica de los ojos bonitos -que sólo entonces volví a recordar. ¿Estaría ya en recepción? Las paredes de La Bodeguita son telegramas de la historia más cuché  de Cuba –cuando era la alcoba furtiva de los amantes americanos. Leí algunos. Demasiados personajes para una novela –pensé. Metí en mi mochila dos posavasos ajados y en mi cámara de turista pobre dos instantáneas rutinarias. Un chino con cara de japonés o viceversa me hizo una foto que aún conservo y señaló mi mochila. Afirmé con la cabeza. Ni idea de qué quería decir. Sonrió como sólo sonríen los chinos, o los japoneses.

A la hora del almuerzo acabé, en un paladar cercano, con un pollo asado y medio quintal de patatas fritas. Treinta pesos y un mohín –iban tres. Pasé la siesta tumbado en el Malecón –la mochila trabada entre mis piernas y un ojo medio abierto. Treinta y ocho grados y una humedad que servía de sábana. Desperté una hora después con el ojo medio abierto cerrado y dos negritos tratando de desabrocharme las Nikes. Les sonreí y me las desanudé yo mismo mientras se las entregaba como quien entrega medio Occidente –era un tributo a su atrevimiento. Recuperé dos zapatillas de mi mochila y me calcé con un número menos. Me fui a ver los cañones que acabaron con las naves españolas. Dicen que los bañan una vez al año en azúcar para acabar con su herrumbre –también en Cuba los cañones son dulces. Un viejo acurrucado sobre un bastón y con sus gafas desarregladas con papel de celo miraba fijo al horizonte. En los días sin bruma se ve Florida –me dijo con añoranza de remoto marinero. Le di un billete de cinco pesos. Me miró con desdén y se lo guardó en el zapato. 

Pasé la tarde en el Museo de José Martí, en plena Plaza de la Revolución –donde ni las palomas entonan ya cantos de libertad. Un gigantesco Ché observó mi deambular por el contorno. José Martí no debió de existir –pensé.

Regresé al Hotel con los pies más estrechos. Me acordé de los negritos y de mis Nikes -regalo de reyes de la mujer de la que huía. En la Recepción había un cubano alto y ancho como una cabina de teléfonos. Pregunté por la chica de los ojos bonitos. Tiene la madre en el hospital –me comentó parcamente. Sentí tristeza. Probablemente no por la madre.

Me recosté en una esquina del lobby escuchando a tres trovadores que cantaban boleros con su voz dulzona –como el zumo, como el mojito, como los cañones, como la piel de la chica de la madre enferma…

Así pasé seis días en La Habana. A veces cabalgado por alguna jinetera -a la que había trocado su sexo por mi voz de conquistador. Otras charlando con pianistas, las más, solitario –recibiendo mohines-, pensando en la mujer que había dejado en puerto español y castigando un hígado, aún joven, con un ron caro que llevaba siempre en la mochila. No dejé el olvido en aquella bendita tierra. Me traje la mochila que contemplo hoy –me la trajo mi hija de la casa de donde me despedí hace ya algún tiempo. Encontré los posavasos de La Bodeguita del Medio y veinte pesos por gastar. Dos habanos agrietados y un papel pequeño con un nombre y un número de teléfono. Yrene. La chica de los ojos bonitos y la madre enferma. Son ya muchos años para volver a marcar ese número. Pero esta noche he soñado con ella como sólo sueñan los cigarreros de La Habana liando sus vidas entre la hoja del tabaco.

PREGÚNTEME MAÑANA



Estoy hastiado. Harto que se diría. Harto de que me digan qué he querido decir con algo que he escrito. ¿Y qué querías decir con esta poesía? Vaya pregunta recurrente para quien no ha entendido nada. ¿Verdad que a usted también se la han hecho? ¡Vaya usted a saber qué quise decir! ¡Yo¡ ¡Que la escribir ayer! O antesdeayer. Que no sé quién soy hoy. Y se pretende que sepa a qué jugué con la rima y con el ritmo en algo que ya me es pretérito. No sé, señor o señora –que según el caso, así contesto-, no sé qué quise decir. Tal vez que la amaba y usted sigue en la inopia. Tal vez que se alejara y usted sigue aquí -incordiando como una pasajera con un jaulón en un autobús lleno de gente. Tal vez quise decir que no sabía qué decir y usted creyó –en su carencia- que yo estaba diciendo algo. ¿Qué quise decir ayer? ¡Hay tantas veces en que yo quisiera saberlo!  Es especialmente acuciante cuando uno ha tomado una copa de vino viejo –o dos o tres, a veces hasta cinco- justo en ese momento previo en que uno prepara los folios cándidos y calienta los dedos para escribir. Según entra el vino va saliendo la letra. La botella se acaba y se acaba el poema. El vino no vuelve a la botella. Pero se pretende que la letra vuelva a mi conciencia. Pero ¿cómo se puede pretender tal locura? ¡Yo ya la dejé!  Tómela –señor o señora. Usted que me pregunta. Se la regalo. Es un presente. Para usted que me cayó bien o todo lo contrario. Cómasela. Macháquela. Disfrútela. Písela. Enmárquela. Yo no la escribí para que usted me preguntara. La escribí para que usted la tomara. Para que la hiciera ya más suya que mía. Simplemente para eso. Y además, yo ya no soy el que la escribió. Que ése murió ayer. O anda borracho. O cuerdo o loco. ¡Vaya usted a saber! Yo soy el que ahora va a escribir para que, mañana, usted me pregunte qué he querido decir.