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PARA VOLVER (PARA QUE VOLVIERAS)



Para volver (para que volvieras) tendría que invertir en conocerte. Aunque no haya pasado tanto tiempo, aunque haya pasado tanto tiempo (cuando especulo contigo no logro adivinar en qué lugar de mi memoria me encuentro, como si fueses una manecilla en un reloj del que no conozco el orden de las horas)

Para volver (para que volvieras) tendría que volver a conocerte, a presentir por el eco de tu pecho si andas medido dormida o medio desvelada, a saber por el surco de tu espalda si ya andas medio vestida o medio desnuda, a descifrar si la intención de tus pies fríos sólo busca mi sacudida glaciar o llevarme con circunloquios al trópico de tu sexo.

Para volver (para que volvieras) tendría que volver a aprender el hermético lenguaje de las raicillas de tus ojos, del modo de tus posturas, del tic-tac de tus ausencias, resolver el enigma de la forma en que colocas las macetas o aliñas la ensalada al mediodía.

Para volver (para que volvieras) tendría que volver a hablar para dos, y a soñar por dos, y a sufrir en dos, y volver a preguntarme si lo mejor de mí lo tienes tú (y es por tanto fácil que te lo lleves) o lo traje de otra orilla antes de encontrarte.


Para volver (para que volvieras) tendría que volver a todo lo que eras y ya es tarde, y la noche está demasiado callada, y hay lobos dibujados en las montañas, y hace mucho frío ahí afuera, donde habitan almas envueltas en las piedras, donde cabriolean las sombras, donde un dios empecinado cincela el círculo de mi miedo sobre tu tumba…

EPÍSTOLAS DE VIENTO





A mí, como a los soldados, como a los presos, como a los emperadores mediterráneos, también me gusta escribir cartas. Constreñir mi letra diminuta en el papel tibio y confesar frases como “esta es ya mi segunda luna sin ti…” o “no hay lugar en este invierno donde no te escondas…”

A mí, como a los oficiales, como a los clérigos, como a los marineros, también me gusta escribir cartas. Fijar los adjetivos a los nombres, sucesos a las fechas, y firmar con una rúbrica ampulosa, ilegible, al final de tres hojas y cuarto de sedas, invenciones y desesperanzas.


A mí, como a los abuelos de entonces, como a los poetas de entonces, como a los enamorados de entonces también me gusta escribir cartas, y es por eso que tengo rimeros de sobres preñaditos de voces que callan, que esperan dispuestas a decir cuando los vientos cambien y haya tiempo y corazones que sirvan de nicho a mis palabras. 

CASI UN CUENTECILLO DE NAVIDAD




Ya se le viene al día otra bocanada de noche -pensó en voz alta, con su verbo de engolado rapsoda-, pero no tuvo interés en mirar hacia la calle donde, desde hacía un par de semanas, el ayuntamiento había colgado (de lado a lado de la acera) un cordel que sustentaba cantarinas luces de colores, fuentecillas con trazas esféricas que le arrojaban azules y amarillos sobre el erial de su terraza desvaída. 

Siendo esto así, la oscuridad no era la acostumbrada para un invierno neonato que, sin gabán en cielo, lloriqueaba de frío recién parido. Así que, impasible al gorgoteo de los colores y conocedor de la violada oscuridad de la noche, se encogió de hombros y continuó bisbiseando su lectura.

Leía en ramilletes de renglones, en saltos de atrás hacia delante, en círculos y hasta en zigzag, y así, la última novela, la última historia que -de otros- le ocupaba iba desnudándosele de intrigas frente a sus ojos pequeños y miopes. Como siempre -entonces y ahora- cada cierto número de páginas soltaba las gafas sobre el escritorio y, una vez masajeado el puente de la nariz -siempre de un rosado incómodo-, dejaba caer un rato la frente sobre la palma de la mano -abierta y lenitiva, como el sustento incansable de toda su existencia...

Del tal guisa se encontraba cuando sonó el timbre hasta en tres espaciadas ocasiones antes de que se percatarse de que, aquella melodía mecánicamente extravagante que dejaron los anteriores inquilinos, avisaba de que alguien le requería ¿inoportunamente? a su puerta. Se levantó con la pausa de quien sufre la quemazón del dolor en la cintura y el gris como único color en el pensamiento y, acabado el pasillo y girado el picaporte, tres chicuelos escurridos, pertrechados con zambomba y pandereta (el tercero sólo miraba y tendía la mano) le entonaron -¿le desentonaron?- medio villancico con peces, burritos y alguna otra especie navideña.

Les sonrío desangeladamente, como sólo sonríe quien está vacunado de la tristeza, y buscó en el vaciabolsillos plateado de la entradita unas monedas con que comprar una sonrisa, o a lo peor, un desengaño de avaro desacostumbrado… 

Una vez colocada la recompensa en la mano del recaudador del trío, se detuvo instantáneamente el compás de los instrumentos y tras tres inclinaciones de cabezas medio rapadas, vio marchar a los “intérpretes” escaleras arriba, con la seguridad de que buscaban en el inmueble nuevos trueques musicales.

Antes de cerrar la puerta miró el patio de luces y lo vio más anchuroso y más evidente que de costumbre. Desde las plantas altas se descolgaban enredaderas verdes, troncales matojos que parecían oxigenar toda la galería. En las puertas que se asomaban al vacío, aretes rojos y campánulas purpurinas…

Y al fin miró al cielo, como queriendo comprobar que después de tanto tiempo aún seguía ahí, y vio la techumbre de la noche, y algo similar a media estrella, y se alegró de que aquella propuesta vecinal de cubrir los patios de luces no hubiese prosperado. Y respiró, y los pulmones se le llenaron de un tiempo limpio, de un instante al fin comprensible y pensó, con sinceridad de muerto, que no era él nadie para cuestionar la dulce felicidad de los semejantes… 


Feliz Navidad. Feliz destino.