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SIN RENDICIÓN






Seguiré abriendo versos junto al arroyo
en que navegan los gorriones colegiales.
Seguiré abriendo versos junto a la corteza
bondadosa de los naranjos otoñales.
Seguiré abriendo versos junto al alimento
soleado de la tarde impresionable.
Seguiré abriendo versos mientras tengas manos
y pecho
y espalda
y corazón que se usó en quereres
y memoria que no engañe
y cabeza que sostenga esta locura interminable.
Seguiré besando versos
-besándolos por pares-
mientras los paisajes escriban, 
mientras las palabras me hablen …

ENTRETENIDO EN SER POETA






…Era como las bombillas antiguas de triste voltaje, puro chisporroteo y debilidad, y recuerdo que sólo en contadas ocasiones -concentrando con fervor el total de su energía- alumbraba escasamente la mitad de su sombra.

Era viudo y escribiente, mediopensionista y ex-noctívago -agotado el hígado y expectante la impaciencia de estar vivo-. Así lo conocí yo, intermitente y melancólico, apenas un filamento delgaducho del que escapaban fotones tímidos, casi arrepentidos de ser tan excepcionalmente veloces.

Me contaban que fue excelso poeta, que encadenaba endecasílabos con la pericia de un Góngora o de un Lope, que estuvo en las Américas y que vio marchar a los ingleses de las Indias Orientales. Que acaso tendría hijos y nietos y un baúl repleto de epístolas de amantes fatigadas.

Pero hoy todo aquello quedaba opacado en su estancia diminuta donde docenas de libros con sobrecubiertas umbrosas mordían las paredes. Y allí estuve yendo yo cada tarde, no sé durante cuánto tiempo, y todo con la esperanza de que tal vez juntando filamentos alcanzáramos media luna de luz tibia. Y allí, con su voz de ayer me recitaba versos lapidarios, interminables estrofas de métrica impoluta que me salpicaban de agujas los párpados vigilantes.


Luego te conocí y he pensado mil veces que te lo hubiese presentado, que hubiese hecho que lo conocieras, porque tal vez tú, todo luz, hubieses conseguido que volviera a masticar una sonrisa… Pero ya sabes, te necesito tanto, que ya no me atrevo a apartar tu haz de mi camino, porque todo eso fue ayer y yo no sé ya para cuándo arribará la infinita oscuridad a este hombro sobre el que hoy lees lo que escribo…

SOMOS ARAÑAS...




Quedó la araña equilibrada en la hebra. 
Arrugadas las patas en su pecho de plomo. 
La cabeza inmersa. 
Los ojos vueltos a la nueva ceguera. 
Al fin, indiferente y lúcida. 
(Agotado el último aliento de seda en cumplir su destino inexorable…)

SÓLO ELLOS




Era una de esas noches
con garabatos de estrellas.
Nada en ella oculto.
Ni la pena.
Nada en él abstruso.
Ni la sombra blanca
de su sombra negra.

Era una de esas noches
con espuma de deseo
galopando por las venas...


EXILIO




Tiene esta noche dientes
en encías de boca vieja
-afilados matarifes
que mascan carne de estrella-.

Por la sierra antes creyente
-hoy colmillo de luna hueca-
asoman quinqués de lobos
y lechos de madreselvas.

Las cenizas de las nubes
mortajas de niños velan,
y hay un grillo llorando
su cri-cri, su pena-pena.

Tiene esta noche dientes
y tienen hambre las fronteras.

NORIAS



Minutos de hiedra…

Mis tardes que giran…

Silencios de siesta…

Muñequillas de sombras
-velitas que no prenden
en el alma de las rosas.

Mis tardes de madera
-molinetes de recuerdos
en el centro de la pena.

Risas opacas
-aguaceros de niños
en la orilla de plata.

Mis tardes de bronce
-solecitos que calzan
sandalias de pobre.

Enaguas de campanas
-cancioncilla de aire.

“Dientes sin almas.
Huesos sin carne.
La niña sin ojos
que viene a buscarte”.

Orfandades de hambre
-bocanadas de viento
preñado de alambres.

¡Ay tarde de piedra!

¡Ay lágrima hueca!

En tu boca de sal
mi barca navega.

ADDIO, AMORE MIO




No me sueñes.
Ya no estoy en tu universo.
Marché.
Como se marchan las palabras de la boca.
Como se marchan los grillos del verano.

Marché.
Y ya no estoy en tu risa.
Y ya no estoy en el hueco de tu blusa.
Y ya no estoy en la lumbre de tu pelo.

Borré el camino que descendía a tu cintura,
a tu blasón de húmedos soliloquios,
a tus pies pequeños
y a tu reflejo en el armario.

Borré los sueños
y aquellos puentes de Florencia,
la amargura de Alighieri
-que yo tanto conocía-
y los nombres de todas sus amantes.


Marché porque era más fácil mi partida.
Yo nunca olvido el camino a mi regreso…

EN LA ORILLA



Se queda el agua en tu cabello
-ambiciosa y egoísta.

Se queda el sol en tu espalda
-amaestrado y vencido.

Se queda la arena en tu pecho
-seducida y furiosa.

Se queda la sal en tus manos
-mercadeando tu textura…


Y tú,
ola de vidrio sobre el acontecer improbable,
te quedas y sonríes
-amable sostén de piel infinita-,
como un totémico deseo
en el humilde principio de mi océano.

VACÍO




Te espero cerca de la nada.
Te espero lejos de la nada.

Tan vigilante siempre,
como un soldado miope,
como un alacrán con miedo,
como un mártir en su espera
-mariposa caníbal de fuego-.

Tan rendido ya a las sombras,
que de su averno se me clavan
esquirlas brunas de flores
-desechos de alambre y fresno-.

De la sangre de mi arroyo
saltan -sedientas de viento-
gotas huecas de hojalata
que acallo a martillo y versos.


Y en este lugar de la noche
-refugio de grillos ciegos-
no hay mitad donde me hallo,
o todo cerca, o todo lejos…

COMO TÚ HACES LAS COSAS ...




Me gustas cuando despiertan tus ojos.
Y cuando,
a eso de que el sol
te va vistiendo,
vas tú, y te desperezas.
¡De qué manera tan extraña lo haces!
¡Diría que quieres retorcer el Planeta!

Me gusta cuando estornudas,
porque pones nariz de animalillo,
y se te unen los hombros,
y se te pliega la frente,
y se te cierran -asidas al aire-
tus parvas manos de muñeca.

Me gusta cuando comes chocolate
y se te ríen los ojos y la barriga,
y frunces el ceño,
y te enojas -sin querer- conmigo
por mi cómplice sonrisa marrullera.

Me gusta cuando retozas por el parque,
y se te hacen esferas en las piernas,
y combas tu cintura en equilibrio,
y miro, en mi descanso,
el sudor que brinca de tu esencia.

Me gusta cuando bostezas
porque se te ha echado encima el día,
y te resbalas por mi hombro,
y, poco antes de anidar la noche,
apagas tus párpados de fresa.

Me gusta cuando haces
todas las cosas que todo el mundo hace
pero, es que tú las haces
-o a mí me lo parece-
increíblemente bellas…

DÉJAME



DÉJAME

Déjame niña bonita
entornar un poco la puerta,
que está la luna de bronce
y hace frío ahí afuera…

Déjame niña bonita
entrar un poco en tu hacienda,
que está el cielo muy negro
y oigo que aúllan las piedras.

Déjame niña bonita
acercarme hasta tu vera,
que vengo de cazar sombras
y me persiguen sus cadenas.

Déjame niña bonita
hacerte sombras chinescas,
que tengo las manos duendes
de tanto mimar la tierra.

Déjame tú, mi amapola,
que te mire mientras duermes
y, a eso de que sea de día,
salpicar de besos tus mieles.



Ilustración: “Amparo” (Julio Romero de Torres)

FUE DE MAÑANA...



Tú estabas aquí y yo acá. En este mismo sofá. Tú la blusa medio abierta y el alma medio cerrada. Yo  mis ojos en tu pecho y mis manos en tu falda.

Tú el silencio. Yo el silencio. La mañana, albor de trinos, en los tallos de la persiana. Las macetas del balcón, tierra sedienta de agua…

Tú, colmena de paciencia. Yo, ron agrio en las agallas. Siempre lo mismo... Como esperando a que bordaran en el cielo las campanas…

Las sábanas quedaron limpias. Quedaron limpias las distancias. Quedó limpio el sol desnudo con la noche en su solapa. Quedó tu saliva blanca hecha nido en mis entrañas.


Tú la blusa medio abierta... Y yo, medio rota el alma...  

TU TRISTEZA



No me gusta verte triste, porque yo me pongo triste, y me detengo en el camino y mis manos se me cansan, y mis ojos se me cubren, y la garganta se hace arena y se me encallan las palabras.

No me gusta verte triste, porque yo me pongo triste, y las piedras no me hablan, y los sueños se me espantan, y las rejas se hacen altas y, las lágrimas que dejas, astillan los aros del agua.

No me gusta verte triste, porque yo me pongo triste, y las noches se me alargan, y las gubias ya no tallan, y a mis paredes les crecen amarillos en las panzas.

No me gusta verte triste, porque yo me pongo triste, y si los dos somos tristeza, hay herrumbres en el Cielo y cenizas en la Tierra

Dime niña de dónde viene,
la risa que acostumbrabas
-aunque sea de allende de los mares-
que atrás dejo mi verso
y me enmascaro de pirata. 

MARIPOSAS NEGRAS




No me muestro apenado 
para demandar la mirada
de quien malvive mis versos
con el sol hinchado en su faz.

No me confieso frágil
para requerir las clemencias
que conceden en las justas
al adalid de la derrota.

No deshilacho mi abrigo 
para atrapar en él las lágrimas
que quedaron olvidadas
en la seda de la luna.

Escribir puedo
renglones infinitos
que cuelguen en las almas
pasquines de colores.

Mas si elegí volar
entre las mariposas ciegas,
dejadme que yo labre
las piedras de mis alas.


SUSPIROS




SUSPIROS

¿Por qué las noches son negras?
¿Por qué se visten de luto los bordes de las estrellas? 
¿Por qué son de verde oscuro las veredas de las sierras?
¿Por qué son brunas las fuentes donde el agua se lamenta?
Si acaso ya es de carbón y bronce
la sombra de mi tristeza,
¿por qué no pueden ser blancos los clavos de mis poemas?


MAR ADENTRO



 ¿Quién ha dicho que al mar
no le hubiese gustado ser
criatura de tierra adentro?

Lodazal de estiércol o sangre de arroyo.

¿Quién ha dicho que al mar
no le hubiese gustado ser
criatura de tierra adentro?

Panza de charca o melena de montaña.

¿Quién ha dicho que al mar
-a lo mejor no para siempre-,
no le hubiese gustado ser
puñadito de sal blanca
y anidar bajo una roca
sus charquitos de espuma clara?

¡Ay mar que te perdieron
tan lejos de mi montaña,
tan lejos de mis olivos,
tan lejos de mi yeguada!

Yo a ti te tengo pena,
pena de mar salada,
porque has de sentirte solo
cuando mar adentro te embarcan…


CON MI VOZ EN UN SUEÑO



Soñé que leía para doce mariposas blancas.
Para el batir de sus alas soñé que leía.
Mariposas blancas en celda de bronce.
Sus suspiros de leche a mi voz le caían.

Soñé que leía para doce estrellas blancas.
Para el fulgor de sus lágrimas soñé que leía.
Estrellas blancas en caravanas de oro.
Sus latidos de luces a mi voz pretendían.

Soñé que leía para doce amapolas blancas.
Para el cimbreo de sus tallos soñé que leía.
Amapolas blancas en ramillete de plata.
Sus pétalos níveos a mi voz requerían.

Soñé que cantaba para doce doncellas.
Para el latir de sus vientres soñé que cantaba.
Doncellas de aire en lienzos de nubes.
Sus recuerdos de amores mi voz me robaban.