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SOMOS ARAÑAS...




Quedó la araña equilibrada en la hebra. 
Arrugadas las patas en su pecho de plomo. 
La cabeza inmersa. 
Los ojos vueltos a la nueva ceguera. 
Al fin, indiferente y lúcida. 
(Agotado el último aliento de seda en cumplir su destino inexorable…)

AL ALBUR DE LA SEMANA



¡ Levántate Semana ! Tiende al albur del viento los telones infamados de tus trastiendas. Despliega o contén cirros a tu antojo. Derrocha sol o sé virulenta con la lluvia. ¡ Tú mandas !

Aquí abajo, tantos mortales, esperamos el designio de la septena en que agrupas la tirada de tus dados. No somos más que aquello que ocultas en tu despensa, en tu abdomen de horas y trampas… No somos si no la manada obediente que acude a la sirena de tus fábricas de esperanzas. Los carneros en el ara del probable sacrificio. Los mártires en la hoguera de las mariposas silenciosas…

¡ Sublévate Semana ! No podremos ser más si no te enfundas en un anárquico compromiso. Si no abres el cajón de los azares imposibles, si no marcas la baraja con serendipias caprichosas…

¡ Sublévate Semana ! Y no des al César lo que es de Dios y a Dios lo que es del César.

Si rompes la partitura de los tiranos ciegos, por ti y tu soberbia, yo, Semana, brindaría…

EL ADIÓS DE MARZO



Esta noche me alumbra la desgana. El cielo sigue desteñido y enterneciendo las piedras con su agua bonachona. Dicen los que dicen que ya se marchan las lluvias de marzo, que la primavera mocita espera tras la puerta y que, a lo mejor mañana, o a lo más a su paso, empezarán a entreverse los misterios que la preñan.

Vendrán la mañanas mimosas y las tardes amarillas, los jazmines blancos de tu pelo negro y el verde gritón de las ranas principescas, el violáceo en los caminos y el rojo en la sangre de los poetas.

Así que me voy a despedir de ti, noche macilenta, lluviosa y fría -como el último contrabando-, encubridora de mis versos más ruinosos, portal de mi soledad y mi pereza… Me voy a despedir de ti hasta no sé cuándo, hasta no sé dónde, hasta no sé con quién…

Será el horizonte de tu Otoño y el trazo de mi vida los que, aquí o allá, o acaso algo más lejos, vuelvan a cruzarse en la rúbrica sin nombre de un mustio poema.

Feliz noche. Feliz destino.
(Feliz atardecer América)  

LA MITAD DEL CAMINO




Vas un día y lo piensas –eso tiene de malo, a veces, pensar. Y uno va y se siente –también se puede sentar- a mitad del camino. Y mira hacía atrás y hasta se puede hacer balance de lo transitado –no es recomendable porque el pensamiento humano tiene por costumbre arrastrar lo bueno hacia los confines de la memoria y colocar lo malo en el escaparate de la misma. Y siguiendo el visionado, miras hacia delante y se presenta un boscoso retazo de vida que, a diferencia de lo vivido y, por más que nos pese, no es cuantificable –es tan sólo una probabilidad estadística si es que la salud es medianamente plausible. Ése es el lugar. Ésa es la mitad del camino. El lugar de la incertidumbre perfecta. Demasiado viejo para ser joven. Demasiado joven para ser viejo. Uno puede, a pesar de lo confuso sacar, sin embargo, conclusiones irrefutables. Jamás se volverá a tener un amor de quince años –y ello, por la curiosa razón de que jamás se va a poder repetir tan señalado aniversario. Jamás se volverá a sentir por primera vez el roce de unos labios a los que acompaña el cosquilleo adolescente que nace en la planta de los pies y llega hasta la coronilla sin haber perdido un ápice de su fuerza. Jamás se volverá a sentir, como un viaje hacia la infantil magia, el hechizo de un circo, o aquella primera película que nos hizo llorar –con muecas inaceptables para evitarlo. Y seguiría con lo jamases aún a costa de que este pensamiento quedase marcado por una excesiva pátina de nostalgia pesimista –cosa ésta que no suele estar bien considerada y, menos ahora, en que se llenan los muros imaginarios de las redes cibernéticas con esas frases lapidarias en las que comenzar siempre es posible. Y un carajo. Es posible, como mucho, seguir caminando tras un alto en el camino. Pero la salida, mas que nos pese, quedó lejos y aquí no vale eso de de puente a puente y tiro porque me lleva la corriente ...




Así pues y, de cuanto se ha antedicho se colige: es la presunta mitad del camino. El lugar, itero, donde no existen prismáticos para otear que queda ahí delante. Pensemos – por qué no- que todo lo bueno que no completamos allá atrás. Pensemos que todavía escribiremos -en papel robado- un verso para entregarlo a un corazón recién parido. Pensemos que, a lo peor, hace tiempo que la mitad del camino quedó demasiado atrás para andarse ahora con zarandajas o que, a lo mejor, todo lo escrito que usted ha leído no es sino fruto de la imaginación cansina de una lánguida tarde de verano. Pensemos, pero no mucho …

UNA LLAMADA DEL DESTINO




Si nos atenemos a la convicción más aceptada. Justo cuando comienzo a escribir esto, quedarán cuarenta y siete minutos –según el reloj que pende de mi pared más cercana y de cuya exactitud me permito dudar ligeramente- para que finaliza el día. El que ha sido señalado como el trece de junio del dos mil trece.

Este inicio tan indolente y prosaico no tendría razón alguna de no ser porque éste ha sido un día tan normal y tan anormal, tan feliz y tan triste, tan anodino y divertido como puede haber sido cualquier otro de mis días anteriores –tomando el azar como medio de elección para ello, pues siempre hay perlas en el interior de algunas ostras. Pero,  ¿que ocurrirá con aquéllos que están por llegar? ¿Seguirán el mismo patrón de sus predecesores? ¿La misma plantilla que parece ideada para toda una vida? ¿Qué me aguardará el destino simplemente cuando las manecillas del reloj hayan avanzado apenas cuarenta y siete minutos?  Imaginemos una llamada de teléfono. Una simple llamada de éste que hemos hecho nuestro inseparable lazarillo. ¿Somos capaces de llegar a comprender la cantidad de posibilidades que se podrían esconder tras la misma? ¿Un nacimiento? ¿Una muerte? ¿Una sanación? ¿Una enfermedad? ¿Un afortunado premio? ¿Un desafortunado castigo? ¿Un hola? ¿Un adiós? Multipliquemos ahora el acto de la llamada y sus presuntos resultados por la cantidad de actos que podrían ocurrir en esos cuarenta y siete minutos que hemos tomado como casual referencia. ¿Una visita? –demasiado tarde dirían algunos; demasiado pronto espetarían otros. ¿Una desafortunada caída? ¿Un brote psicótico en nuestro vecino de arriba? ¿Un arrebato amoroso en nuestra vecina de abajo? ¿Una erupción cutánea? ¿Una aparición mariana? La inopinada languidez de mi cerebro me impide ahora poner más ejemplos que, de seguro, se me ocurrirán cuando esto sea leído –mirad, ya he comenzado a hablar del futuro…


Sinceramente. No conozco bien el motivo de estas letras. Ni si van dirigidas a alguien o únicamente me las dirijo a mí mismo. Yo andaba contemplando la televisión cuando, de repente, he saltado a mi rincón de escribir-aquellas-cosas-que-no-debo-de-dejar-para-otro-momento. Y aquí. Bajo la luz sutil de mi lamparita de época –pura imitación- he comenzado esta cándida diatriba. ¿Será sólo un salto cuantitativo de mi conocida vesania o, por el contrario, es una forma de terminar el día de aquella manera en que no pensaba hacerlo? Haremos una cosa –permítaseme el plural mayestático para tan personal perorata- esperemos a que concluyan indefectiblemente los cuarenta y siete minutos de lo que hablamos al inicio. Será un nuevo día –no es lo mismo que un nuevo amanecer. Un nuevo día que vendrá con sus minutos a cuestas. Uno tras otro -como una hilera de hormigas. Pero un nuevo día que traerá todas las posibilidades imaginables de aquello que nos puede suceder… Buenas noches y feliz destino.  


DESTINO




El abuelo sigue arrastrando un bolero en la sangre y un arco iris del sur en la mirada. Cuando mi vista anhela más allá de la ventana y veo al invierno poner caperuzas de agua a las hojas de los naranjos... Cuando la letra se resiste como lo hace la doncella al alba... Cuando este día muerde con dientes inconsistentes, sólo me queda recordar el tango del abuelo, el mismo tango donde la palabra volver me insiste en lo necesario: hacerlo con la frente encadenada a la palabra y al verso. La única manera de seguir envejeciendo con el olvido necesario de que, mis ojos de niño, se cerraron para siempre en una encarnizada amanecida.