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APRENDIZ



Te gustaba verme escribir. Te echabas sobre mi hombro a contemplar mi caligrafía interminable. Yo te miraba y sonreía. Con la sonrisa de un patito de charca que se cree bello cuando le aman.

- ¿Qué significa? -preguntabas con tu índice en el aura de una palabra.

- Aún nada -te decía. Y fruncías el ceño y lo convertías en un pétalo arrugado.

- Las palabras son como las personas, significan más o menos dependiendo de quien las acompañe -argumentaba con mi seriedad de rapsoda figurado.

¡Y reías! Porque sabías que me refería a ti, y a tus besos y a tu enjambre de lunares -ése que hacía constelaciones en tu cintura.

Yo, entonces, escribía muy rápido -que con el tiempo se ralentizaron mis ideas y mis renglones. Impetuoso y con una letra menuda que te hacía achinar los ojos para seguir mis intenciones.

- Las palabras son como las personas, no por ser más grandes tienen mayor importancia. ¿Ves? Ahora ésta, tan pequeñita, se ha vuelto la princesa de la estrofa -y tú volvías a sonreír, y ambos nos hacíamos grandes cuando tu boca se iluminaba.

Así concluí un poemario que aún es un rimero de hojas ocres y rendidas. En aquel otoño. Entre mis papeles y tu espalda. Entre mis manos y tus muslos. Entre mis palabras y tu falda. ¡Siempre tan corta tu falda!


¡Tanto tiempo tu maestro! Tú, ¡tanto tiempo mi novata! Que más tarde, en primavera, para mi desdicha y la de mis palabras, te me saltaste del nido a buscar océanos de plata. 

PALABRAS AL AIRE



Yo no busco las palabras en el mar orondo de los engreídos.

Ni en el cielo jactancioso de los que esperan la gloria.

Yo busco palabras ciertas. ¡Humildes! ¡Mansas! 

Yo busco la palabra sencilla que cruje dentro del mendrugo escaso.

Yo busco la palabra cautiva que dormita en el aliento de la piedra.

Yo busco la palabra suplicante que estalla en la boca del mendigo.

Yo busco la palabra que llora en la puerta de la mina reventada.

Yo busco la palabra que se hunde en la poza de la casa sin cubiertos.

Yo busco la palabra que encallece de luna la sombra del solitario.

Yo busco la palabra que marchita el corazón de las manzanas.

Yo no quiero palabras de oro…

¡Dadme palabras que broten

en el fuego del alba!

PALABRAS







Escribo con la tarde. No en la tarde o en la atardecida. No, yo escribo con la tarde. Yo escribo con las horas dormidas de estas tardes de verano. Me aprovecho de ellas para robarle su pátina invisible de tinta y, con ésta hacer las formas de mis escritos. Puedo estar horas escribiendo y desescribiendo, como un anacoreta en una cueva con ríos de vocablos. A veces me pierdo. Me rasco la cabeza, y me doy cuenta de que no conozco bien dónde quedaba la realidad de la vida. Y entonces me siento intranquilo. Porque temo que un día yo también forme parte de las palabras. Y que mi alma sea palabra. Y mi recuerdo sea palabra. Y mi corazón sea palabra. Y entonces todo se desmorone. Porque, por muy compañeras mías que sean, las palabras necesitan ser insufladas de una vida exterior que las ponga en guardia. Que las alinee. Que las fuerce a caber donde aparentemente no caben.

En este retiro involuntario de mis quehaceres laborales he construido muchos edificios de palabras. Altos y achaparrados. Egregios y humildes. Parejos y escarpados. Todos ellos escaparon de mi corazón para colgarse de la luna de estas páginas. Espero regresar pronto al trabajo que genera mis haberes. Espero regresar pronto al lugar de donde vine antes de que la enfermedad menguase mi rutina. Porque en esa rutina hay muchas palabras que estoy perdiendo y, yo, si hay algo que ya no quiero más en esta vida, es seguir perdiendo cosas…

Feliz tarde. feliz destino.

(Feliz mañana América)  

MUÑECA DE PALABRAS




Recién enciendo la palabra y me acompaña el escalofrío que abraza tu distancia y, aun salvando tildes con escorzos excedidos, aun huyendo de monosílabos que me recuerden el ejercicio de hacerte el amor, aun evitando adjetivos que casen con tus ojos o sinónimos que digan de otra forma cómo podías ser tan bella, te imagino toda tú hecha de palabras… Y es que, a fin de cuentas, fuiste un texto exquisito que descubrí –por mi extraña dipsomanía hacia la tinta- una noche en que la luna era estanque y el olor de lo oscuro sabía a menta y a madera. Fuiste un verso -acaso aún menos que un verso- escrito con la mano delicada de quien conoce el sonido hermenéutico de cada palabra. Fuiste un reglón derecho en todos los árboles torcidos donde rasgaba tu nombre. Palabras… Te hice de palabras y te las llevaste todas. El cofre entero donde tenía desordenada la poesía definitiva. El tintero sudado de la tinta imaginaria con la que se escribe el final de una novela. Me dejaste solo y sin las vocales con las que me defiendo. Me dejaste triste y sin las consonantes con las que ataco. Toda tú hecha de palabras… Todo yo deshecho de tu verso…