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SOÑAR EL TIEMPO





Tengo minutos interminables en mis días. Minutos largos como cauces metálicos que reflejan sombras infinitas. Minutos enlodados que no conocen de relojes ni de esferas. Que anidan en la ciudadela del sueño y en el descansillo de la tarde. Echados sobre mis hombros y perdidos entre mis dedos.

Cuando no me cabe más tiempo en las médulas que me sostienen empiezo a pensar en ti y en todo lo que tenemos pendiente: tomar un helado de chocolate bajo la lluvia caladora, zambullirnos en la ladera de una montaña fecundada por un arco iris de verdes, aprender el vuelo giratorio de los colibríes, alimentar de sueños el brocal de un pozo blanco, jugar -sobre nuestros cuerpos- a la gallinita ciega con los ojos abiertos, contar hasta veinte y que ninguno de los dos se haya ido, entender bajo una ancha luna el lenguaje de las cigarras, navegar en un bajel con las velas de colores, despertarnos desnudos y arrojar -hechas confetis- las sábanas por la ventana…

Hacer locuras... Locuras maravillosas... Locuras ingenuas que nos abrasen de risa la boca. Y amarnos... Amarnos hasta llegar a ese lugar del Universo donde, tras tu piel, existe el trazo originario.


Y entonces, sólo entonces, es cuando las manecillas del reloj giran y giran, contagiadas de la locura que tengo escondida bajo la hoguera de tu vientre.  

UN TIC-TAC PEQUEÑO



Tengo un reloj pequeño que se mueve por misteriosas convulsiones. Sí. Como lo oyen -como lo leen. No atiende este pequeño reloj al tic-tac ordenado de sus hermanos mayores, ni parece conocer de que es a él al que le toca medir el tiempo. Cuando me acuerdo, corrijo sus agujas y, cuando me vuelvo a acordar miro su esfera tuerta -pues adolece de cierta opacidad su parte izquierda- con la quimérica ilusión de que haya recuperado la disciplina. No hay manera. No tiene el uniformado tic-tac, si acaso le imagino un     tic-tic-tac o un tic-tac-tac…  

Tengo un cariño especial a este mecanismo danzante. Pues  -aún no gozando de buena salud mecánica, ni siendo renovada la motriz de su energía- jamás ha desfallecido en su inútil tarea, de mostrar unas agujas peregrinas que, señalan inciertos caminos que nada tienen que ver con el más sesudo de los tiempos.

Carece mi reloj de sonidos despertadores o de esferas más pequeñitas que midan otras magnitudes. Por no tener, ni tan siquiera cuenta con la saeta del segundero, pues en un accidente temprano la perdió y, junto a ello, se volvió tuerto.


Se esconde mi menuda pertenencia en un cajón olvidado de los que utilizamos para olvidar los recuerdos. Allí mide él el tiempo. Caprichoso e indómito. Con la fragilidad que tiene todo lo pequeño. Ajeno al tic-tac de los reglados relojes de la casa. Como un suspiro de espacio olvidado. Como un enseñante de que, tal vez, haya otra forma de medir los momentos.    

LAS GRIETAS DE LA RAZA



Somos frágiles. Tremendamente frágiles. Pasé la tarde en un Hospital donde se acumulaban camillas con personas que se habían roto. Unos más. Otros menos. Unos veteranos ya en esto de romperse. Otros recién estrenados en la rotura. Se les nota en las caras. Se les nota en el ánimo. Se les debe de notar en el alma. Porque nadie piensa que se va a romper. Es cierto que intuyes las grietas. Luego las sientes. Más tarde las ves crecer. Pero siempre crees -en tu yo más inconfesable- que la vasija aguantará. Que el barro del que estás hecho es de otra pasta que aquél del que están hechos los otros. Pero esta tarde vi vasijas de todos los tipos sobre las camillas. Vi vasijas que lloraban. Vi vasijas que se desesperaban. Vi vasijas que se resignaban. Y vi muchos alfareros remendones      -como aquél inolvidable del maestro Saramago. Todos con batas blancas. Para que se note el barro. Para que no se nos olvide de lo que estamos hechos…


Cuando me rompa quiero hacerlo en mil pedazos. Pienso que sólo así quedará entera mi alma… 

EL TIEMPO ROE

Trasteo los minutos de la tarde como quien inquieta las teclas de un piano. Se adivina el verano. Denso y turbador. Como un dolor de encías en la boca de un anciano. El boceto del horizonte es intenso y ciego. Como un óleo pintado por un borracho. Los ruidos se encadenan y se mezclan como basura en los oídos recios que los atrapan. Hay miríadas de hormigas que trepan por el mismo árbol entonando el mismo silencio. La misma liturgia. El mismo camino. Somos devoradores del tiempo. De un tiempo que se deja morder porque conoce perfectamente el veneno de su jugo.