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COMO SI NO HUBIESE PASADO NADA....



Sin reproches. ¿Vale? Como si hubiésemos inventado los árboles. Como si nunca nuestras bocas se hubiesen remendado en la mudez de un beso. Como si la piel de tus manos nunca hubiera dormido sobre la mía. Como si los unicornios de aquellos sueños nunca hubiesen existido. Sé que me lo dijiste: No lo hagas más… Lo dijiste con tu voz distraída, la misma que dibujaba haces de luces cuando reparabas un te quiero. Sí, sigo con mi sordera para escuchar aquello que no quiero. Ya me conoces. Sigo con mi locura para inventar historias que sólo dejan grabado un nombre en mis cuadernillos de batalla. ¿Cuál era el tuyo? Sí, claro, lo recuerdo y te recuerdo… Ya te lo he dicho… Como si hubiésemos inventado los árboles… Porque a ellos si sigo viéndolos cada tarde y sé que los árboles tienen memoria.

Hoy sí quiero fechar esta epístola, en Córdoba a siete de julio del dos mil doce. (¡Cosas mías!)

MI CUMPLEAÑOS ¿Y?



Hoy atesoro un día más. Dicho así no tendría mucha importancia o, a lo más, sonaría a frase hecha de algún tratado barato de autoayuda. Pero este día, justo este día, cuando el reloj que hace forma en mi pared marcaba las 00:00 –hora que siempre me evoca a un tren discretamente detenido- pasé de año como lo hace cualquier calendario en su rutina.

Si fuese filósofo –o sea, tuviese el entretenimiento de preguntarme lo que todos se preguntan pero con egregias interrogantes- podría dejar caer letras y letras sobre este pliego digital acerca del inexorable paso del tiempo. Si fuese escritor –esto es, escribiese aquello que a muchos se les ocurrió pero que sólo uno plasmó con adelanto y cierta decencia sobre lienzos pequeñitos y encuadernados-probablemente contaría una historia sobre una manecilla horaria que se resistía a crecer. Si fuese matemático podría entretener el día en contar cada partícula de tiempo que he ido malgastando por ese camino por el que gasté mis botas de montañero de llanura. Si fuese un amante versado –o sea tuviese esa capacidad de ser amado sin importarme el amar lo más mínimo- hallaría la forma de que el día me prestara las cuitas acertadas hechas por manos de núbil doncella. Si estuviese loco –estadio para el que aún me falta alguna mínima incoherencia- pensaría, digo yo que tal vez pensaría, que el tiempo anda hacia atrás y que hoy han desaparecido algunos achaques de mi cuerpo. Al no ser filósofo, ni escritor, ni matemático, ni amante versado y, no habiendo aún llegado a la nación de la locura –porque allí no llega quien quiere, sino sólo quien puede- sólo me queda agradecer con sonrisa de pájaro bobo las congratulaciones más o menos sinceras de los otros y mirar, con cierto recelo, ese documento donde afirman taxativamente que yo, junto a muchos otros, nací, para bien o para mal, en un día caluroso y apenado como hoy.

DESPIADADO DESTINO




Había intentado suicidarse hasta en seis ocasiones desde que ella lo abandonó dejándole apenas el resto de su perfume y el recuerdo de sus ojos almendrados... Había  saltado al vacío desde una altura impresionante. Se alimentó de medicamentos en ingentes cantidades. Arrastró sus venas por un tapiz de cristales rotos. Mantuvo su cuello enlazado en un alambre mientras su cuerpo se agitaba en el espacio. Se arrojó al río más caudaloso de la ciudad. Soportó a ciegas el paso de un expreso entre las alineadas vías del tren. Nada que hacer. ¡Ay! ¡Cómo maldecía el amor y cómo haber nacido gato!




(FUE GANADOR DEL CONCURSO DE “MICRORELATOS” DE LA PÁGINA WEB “QUELIBROLEO.COM” EN EL MES DE MAYO DE 2009)

SIN PENA...

Convoco esta noche ante el Alto Tribunal de los hombres que aún creen en los sueños. La convoco con sus estrellas mínimas y su altura bruna y desafiante. Quiero que responda por el ominoso desprecio a las pretensiones escasas de las almas sencillas. Que responda por su silencio caprichoso y vacuo. Quiero que el verbo del Juez la violente como ella arremete contra las palabras que se secan en las gargantas. Quiero que el Fiscal la conmine a que rescate la sal de todas las  lágrimas que pierden su destino. Si hay quien se sienta héroe bajo este trozo de universo que avizoran mis iris blanquecinos, que no se reconozca en esta historia que le han escrito, que me acompañe al banquillo de los acusadores: compartiremos cadenas contra el silencio que destilan las sombras infinitas.

EL TIEMPO ROE

Trasteo los minutos de la tarde como quien inquieta las teclas de un piano. Se adivina el verano. Denso y turbador. Como un dolor de encías en la boca de un anciano. El boceto del horizonte es intenso y ciego. Como un óleo pintado por un borracho. Los ruidos se encadenan y se mezclan como basura en los oídos recios que los atrapan. Hay miríadas de hormigas que trepan por el mismo árbol entonando el mismo silencio. La misma liturgia. El mismo camino. Somos devoradores del tiempo. De un tiempo que se deja morder porque conoce perfectamente el veneno de su jugo.

ADAGIO NOCTURNO PARA ESTROFA


El lento adormecer de la noche es la ancianidad del día. La hora exacta en que los pájaros desamparados anidan en el lecho de madera. El instante preciso en que el viento recela del viento y la oscuridad maltrata la línea de la minúscula existencia. La noche quieta, como la mar invertida, como el negro infinito de tu mirada.

Buenas noches y Feliz destino

Algo pequeñito...

 
 
Esta mañana, en que temprano dijo "aquí estoy" la amanecida, me he ido con mi libro sempiterno rellenito de palabras al parque que ilustra mi barrio... Sentado sobre la forja de un banco abatido de esperas, mientras leía la historia que me entretiene, me he maravillado con la sencillez del verdor recién regado de sal de estrellas, con los árboles desperezados al día, con los abuelos -que escuchan el silencio- con sus alpargatas nuevas...

No está mal, esto de tener un libro, un parque y un paisaje, no esta mal esto de estar vivo...

Feliz sábado y Feliz destino

LA FÁMULA DEL AUTOBÚS




Es la Antonia una empleada de hogar con la que coincido cuando, ciertas mañanas, las piernas flaquean más de lo que acostumbran –que a ver qué anduvieron persiguiendo por la noche-  y recurro al autobús para que me lleve, con el mínimo desgaste óseo, desde extramuros hasta el lugar donde origino mis haberes.

Antonia es pequeña como una estrella sietemesina y lleva siempre la cara lavada, blanca y estirada como el alba de un cura –que pareciera que le cambiara la piel cada alborada. Debe rondar -sin pisarlos- los sesenta y, por el aspecto de sus manos de labriega urbana, uno diría que habilita friegasuelos y estropajos desde hace ya bastantes décadas.

Recorre Antonia el trayecto hasta la zona de Las Tendillas -donde se condensan los pisos solariegos de los más rancios señoritos que aún trastean por Córdoba- y, una vez llegado a alguno de ellos -de cancela y portería humana- enfunda toda su figura en su ropaje de criada –que atrás dejamos ya los eufemismos- y se pone a quitar la costra que la señora no quita porque ser hija de quien es y viuda de difunto con galones.

La Antonia nunca se ha dirigido a mí en el transporte que nos acarrea hasta el centro urbano de Córdoba, porque yo suelo llevar maletín y tengo aspecto, bien de vendedor de seguros de decesos, bien de despachante de alguna oficina con linaje. Por ello y, desde la distancia que ella marca, yo siempre observo a Antonia como un ejemplar de la Córdoba descolorida, de la ciudad que siendo cuna de tantas culturas, sólo dejó, como siempre deja la historia, ricos que defecan y pobres que se esfuerzan en limpiar lo defecado –sírvase esta imagen, y así aviso a quien esto lee, en el más amplio sentido de la metáfora y no sólo en el de el colectivo de la Antonia, pues que alce la mano quien no se encuentre a uno u otro lado del escatológico ejemplo.

Hoy la Antonia iba contenta porque le han puesto una pótesis en su rodilla, que andaba machucha la pobre y, como se ha sentado al lado de otra empleada de casa ajena, quien le ha señalado su origen ecuatoriano, ha tenido un trayecto muy entretenido. ¡Qué lejos está usted de su casa!   –se ha convalecido de la emigrante- y ésta que, por sentirse emigrante y tener cara de pobre, tenía la necesidad de presumir de algo, le ha dicho que es que su casa está en el centro del mundo. Pues vaya calor que debe de hacer –ha sentenciado la Antonia mientras se abanicaba, en una mueca forzada, con la mano. Y la criada ecuatoriana ha inclinado la cabeza ya que, ni un sí ni un no, hubiesen aclarado nada. Luego Antonia se ha congratulado de lo bien que habla su compañera de destino el español -que digo yo que, que bien habla usted pa ser de fuera, ha dicho- para seguir despachándose a gusto con lo de su pótesis metálica y ha señalado pomposamente la bonhomía de la señora para la que sirve que, mire usted me ha dicho: Usted Antonia ahora se agacha lo justo, que lo que no pueda hacer esta semana lo hace la que viene echando un par de horillas más. Que la salud, como decía mi santo esposo, es un bien que nos da el Señor para cuidarla y no para jugar con ella. Que aún le quedan a usted muchos suelos que fregar…
Su feligresa de asiento, que la sigue escuchando sin perder ni coma –a pesar de la velocidad verbal de la Antonia- ha asentido nuevamente, con la convicción reforzada de que, tanto de el Ecuador para arriba como de el Ecuador para abajo, debe de haber el mismo número de malnacidos que, en eso, la población parece andar muy bien repartida.

       Cuando he dejado la parada que me pertenece por designio, Antonia habrá seguido hasta la siguiente con sus andanzas de fámula resignada, mientras yo, he emprendido el poco trecho que me quedaba hasta el Ministerio, sacando de mi maletín media sonrisa de funcionario de tercera y, pensando qué expedientes me tocaría hoy abrillantar de tantos que habrán empercudido los señoritos de los despachos de arriba.