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INVENCIBLE



Me haré invencible. Desenterraré la pluma con la que otrora construía poemas en mis playas de azúcar. Viajaré a la noche y, en el camino –a modo de figuras- sembraré de palabras las enaguas de lo lóbrego. Revestiré parques con árboles inventados y convocaré legiones de mariposas metálicas. Batallaré en justas por besos de doncellas y, en sus pañuelos de encaje, dejaré la mácula de mi pendón y de mi sangre. Arrastraré barcos hasta los mares procelosos y allí, enarboladas las velas, me batiré en la cubierta con los tritones gigantes de mis ensueños. Sonreiré cuando deba y, cuando deba, dejaré que las lágrimas tomen los regueros designados. Seré humilde -pues es ésa gran valentía- y, en mi sencillez derrotaré la mirada de los serviles.

Porque si no vuelvo a mis playas de azúcar no seré capaz de acabar nunca tu poema. Porque si no me acerco a la noche, seguirá yermo el camino que lleva hasta tu vigilia. Porque si no invento parques quedarán demasiados otoños por deshacer. Porque si no me bato en justas no tendré jamás las cuitas de tus aliento. Porque si no sonrío no veré plena tu risa y, si no soy humilde, me olvidaré de quien no era antes de ser en ti.

Seré invencible niña con la rezagada razón, con la justificada esperanza, con el ardoroso intento, de que me venzas cada noche entre la saliva y sangre de tus labios desgarrados.

EL LINCHAMIENTO DE PROBO



Se llamaba Probo y se quitó la vida con cincuenta y un años, dos meses y veinticuatro días. Pocas cosas fueron interesantes en su vida. Pocas en su muerte. Si acaso que eligió el ahorcamiento como el acto definitivo de su existencia. Siempre me pareció éste un suicidio de pobre. Los ricos se atiborran de pastillas y güisqui de marca y los suicidas más bizarros saltan al vacío en una última pose heroica. Pero Probo se ahorcó. Quedó su cuerpo colgado como un péndulo de trapo. Tenía Probo una alopecia heredada, dos hijas ya mocitas, una mujer que lo quería, un bar donde tomar un medio templado y un puñado de amigos de los de toda la vida. Fue siempre buen compañero, buen padre y buen marido. No iba a misa pero creía en Dios y en la Virgen de su pueblo. Hacía ocho años que se había comprado su casita en las afueras. Nada suntuoso. Dos plantas y un huertecito trasero que escupía tomates y calabacines. Entregó al banco sus ahorros de toda la vida y aún así le quedó una hipoteca de ciertos quilates. Esto lo pagas tú con la gorra –le dijo aquel director de sucursal con olor a ambientador de anuncio y reloj de pulsera mayestático. Hace dos años cerró su empresa y Probo se quedó sin gorra. No perdió la sonrisa de día, pero se lo fueron comiendo –de dentro a afuera que es como duele- las sombras por la noche. Al inicio de su percance todos lo rodearon pero, como pasa con las miserias, acaban dejándote solo porque cada cual tiene su mijita… Y así penó Probo estos dos años y algunos días sueltos. Con los lunes echados al hombro y el despertador mudo. Y penó hasta que las manos se le quedaron vacías de no usarlas. Y penó hasta que llegaron las cartas del banco. Y hasta que el puchero fue quedando estrecho de carne. Y hasta que aquella noche no quiso más conversaciones con las sombras…   

        A la mañana. Una vez que su cuerpo volvió a tocar tierra y su María clamaba al cielo, el juez que levantó el cadáver dijo hay que hacer algo. El concejal del ayuntamiento que se presentó -porque era de recibo- dijo hay que hacer algo. El bancario del reloj mayestático dijo hay que hacer algo. Yo, que fui el primero en ver a Probo colgado del árbol de su huerto, los miré con sorna en las pupilas, y con voz de malquerencia les espeté con asco: No sé si habrá sogas para todos.

NO CALLES




No calles. No me castigues con tu silencio. No marches. No me castigues con tu distancia. No rías. No me castigues con tu indiferencia. Acaso si callas, no quedarán pétalos en la fuente y, si marchas se ajarán las horas en mi reloj de trapo y, si ríes volverán a mis ojos las sombras de los cuervos. Quédate y habla –serena y cálida como siempre fuiste- en este malecón de invierno que robamos al océano, en este anaquel de roble desde donde reposan todos los ensayos sobre la locura, en aquella primavera que prendí en tu ojal de adolescente. Porque hay tanto silencio en esta tarde que tengo miedo. Y afuera. Extramuros. Los peregrinos de la noche aguardan para robarme definitivamente el alma que fue tuya.

GOTA DE LLUVIA




La gota de lluvia quedó, tras el aguacero otoñal, prendida en la solapa de un platanero de sombra. Allí se estancó sin remedio su redondez primigenia. Su transparencia heredada. Su triste y vidriosa insignificancia. Nadie se quedó a esperarla. Vio marchar, desde su cautiverio, el enjambre acuoso de sus compañeras camino de los arroyos urbanos y los mares poderosos. Con su adiós ignorado, quedaban atrás sus sueños de ser gota de río abrupto o parte de reguero manso. Pero nadie la enseñó a trepar. Nadie la advirtió de los tropiezos del camino. Supo sí, desprenderse cuanto tocaron arrebato desde la altura finita de las nubes  pero ahora era, por el azar caprichoso, prisionera del agua que sostenía sus armazón invisible, atrapada en la piel destronada de la hoja caduca de ese viejo platanero.

Tal vez el viento en su bonhomía, antes de que el sol de otoño la consuma, le de el soplo que precisa. Tal vez su esfuerzo por hacer reguero entre los nervios viejos de la hojuela acabe por desprenderla pero, ¿cómo encontrar ahora  la turba de plata que arrasó el parque? ¿cómo conocer el camino que la haga partícula de la inmensidad con que soñaba? Te quedará pues, gota de lluvia, el destino de los insectos abandonados, de los pétalos consumidos, de las semillas fatigadas y las alas resecas… Te quedará la soledad desalmada de verte hecha aire cuando antes fuiste agua. Pero sólo entonces -antes del llanto- descubrirás la fortuna de que, siendo sólo aire, volverás nuevamente al cielo de donde nacen todas las lluvias de los parques.... 

SEÑORITA, USTED PERDONE



A usted señorita. A usted que pasa cada tarde mientras concreto mis pertrechos y me pierdo en un nuevo intento de alquimista insatisfecho. A usted a la que veo a vista de pájaro a aquel lado de la calle -cercana mi ara al balcón desnutrido de adjetivos. A usted que muestra coleta rubia, falda razonable y bolso en bandolera. A usted que no es guapa ni fea, ni alta ni baja, ni ancha ni estrecha, ni todo lo contrario... A usted que existe para ser sueño de cualquier vate zaherido y, en cuya boca y reflexión presagio, por ese orden, sonrisas y desalientos.

        Sepa que cualquier día de éstos en que me pille con el corazón desatinado y la luna ande rellenita de nácar, voy a bajar a preguntarle su nombre y a bañarme en sus ojos atlánticos y, si usted no lo remedia, voy a acabar con nuestro desconocimiento mutuo atrapando sus labios con mi mirada y su cintura con mi torpeza para que, a la postre y, si la alquimia de los versos no lo remedia, usted proteste por mi vesania y, tras su nueva marcha, yo siga esperando inútilmente su paso en mi aterido balcón como un colegial inacabado. 

AUSENCIA




No hay olores en esta tarde. No huele a lluvia. No huele a árboles. No huele a ti ni a tu rival. No huele aún a frío. Y mi mesa es un paisaje maltrecho de memorias. Una marisma de libros por abrir y por rozar. No me gustan las tardes sin olor porque todas acaban oliendo a miseria. Al perverso recuerdo de que la soledad es camarada de trinchera. Prefiero que las tardes huelan, aunque sea a lágrimas o a sábanas penitentes. Que traigan motines de olores entre el aire que se mueve. Lamentarme de perfumes. Tener que escapar del incienso o la canela. Dicen que esta ausencia traerá rosarios de lluvias. Yo los espero. Sin el chubasquero que me prestaste en la última desbandada de los emigrantes voladores. Ausente y viejo. Un poco más viejo sin olores. Un poco más ausente sin memoria.

LA LLUVIA Y TÚ




La lluvia y tú tenéis un algo de acostumbrado y benévolo. Un sosegado desfile de minúsculas esencias, de olores nobles y de soledades de madera. La lluvia y tú aparecéis como sólo lo hacen los seres que me inquietan –callados e inapelables. Ambos tenéis un sonido inconfundible, un despertar con sabor a yerba y una pincelada que conmueve. Cuando anochece, tenéis la virtud de camuflaros entre las sombras de mi infancia, y dejáis sólo los ecos para que mañana los repitan de memoria los humildes gorriones. Sois el silencio dentro de una manzana, la caricia en el envés de una hoja, el llanto en el interior de un desván. Sois enigmáticos y dóciles pero, en esa humildad, os alzáis inalcanzables como sólo lo hacen los seres que roban los anhelos.

Hoy llueve y me conmueve la visión de la tierra agrietada por los arroyos diminutos, como me conmueve tu estampa de mariposa de otoño. Niña de lluvia, ¡hasta en las gotas de agua te recuerdo!      

EL PRÓFUGO




Hay veces en que me siento como un prófugo de mi mismo. Como el desertor de una batalla donde jamás existieron contendientes. Escapo de mi piel y vuelo. Vuelo antes de ser plenamente consciente de mi ignorancia para conjugar cualquier verbo en su futuro. Hay muchas veces en que, en una maniobra imposible, trato de adelantarme a la vida. No hacerlo. Es la mejor manera de que la vida te adelante sin piedad. Sientes desfilar sobre tus huesos todo lo que ya iba a ocurrir sin tener la más pequeña opción de sancionarlo. Y quedas descompuesto. Un muñeco roto en manos de un muñeco ignorante. Travestido de ti mismo. Del que fuiste. Del que serás.

¿Pensar? Sí, pero con condiciones. Sin forzar la estructura de mi mente más allá de unos límites convenidos –yo nunca marqué las fronteras, no tengo manejo del artilugio con el que se separan los mundos. Te cuestionas cuándo y con quién hiciste el pacto de luchar contra las interrogantes. Y te marchas y vuelves. Y te preguntas por qué entonces marchaste. Para encontrar algo en el camino, dice el sabio. Pues no debo de haberlo escrutado bien, te respondes con cierto rubor. Y pruebas entonces, en el siguiente viaje, a dejar miguitas de pan en los terruños. Nada. Se las debieron de comer los pájaros. Y al menos yo, me canso de hacer las maletas. Será por eso que tengo toda la ropa esturreada sobre las colchas, como la memoria… Y llega entonces el instante. Ese instante tan vanidoso como pedante. Tan pretencioso y tan pobre. Tan lerdo en su origen. El instante de poner todo por escrito. Lo cual te lleva al doble trabajo de pensar y leer lo pensado. ¡Pobre! –dicen los pájaros que se comieron las miguitas.   

Y escuchas a lo lejos, a los pies de las trincheras embrujadas, como ríe el pasado con esa jactancia de futuro disfrazado. Porque quieras o no, volverás a la batalla de la que nunca quisiste ser el único contendiente.