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MARINERO EN CIERNES




Yo compondría muchos poemas al mar. Y a sus casitas marineras. Y a sus barcas tan honestas.

Yo compondría muchos poemas al mar. Y a su existencia de escamas. Y a su abdomen planetario.

Y así, tal vez, escribiría diciendo: ¡Ay mar, preñez azul! ¡Ay mar, semillas de agua!... y otras naderías que se me ocurriesen…

Pero yo fui a nacer en el seco pliegue de un valle. Como un olivo. Como una espiga. Como la llaga de un camino. Y por eso tengo siempre este ademán de lejanía, de destierro, de nostalgia, de equivocación -como un bandoleón tocando una polonesa…

Cuando un día me vaya al mar, pintaré mi casa de blanco-niña, y mi tejado de azul-niña y mi barca de blanco-azul-niña; y por las mañanas, y por las tardes y, en la herida de la noche, me acercaré a su orilla costurera, y le diré, ¡Ay mar, hasta en las caracolas te eché de menos…! 

CON MI VOZ EN UN SUEÑO



Soñé que leía para doce mariposas blancas.
Para el batir de sus alas soñé que leía.
Mariposas blancas en celda de bronce.
Sus suspiros de leche a mi voz le caían.

Soñé que leía para doce estrellas blancas.
Para el fulgor de sus lágrimas soñé que leía.
Estrellas blancas en caravanas de oro.
Sus latidos de luces a mi voz pretendían.

Soñé que leía para doce amapolas blancas.
Para el cimbreo de sus tallos soñé que leía.
Amapolas blancas en ramillete de plata.
Sus pétalos níveos a mi voz requerían.

Soñé que cantaba para doce doncellas.
Para el latir de sus vientres soñé que cantaba.
Doncellas de aire en lienzos de nubes.
Sus recuerdos de amores mi voz me robaban.

CASI UN VERSO



A fin de cuentas no dejo de ser un texto anómalo. Un poema cojo sin rima ni armonía. Un garabato pueril remendado en los grises del paisaje. Un párrafo a la espera de que tú, verso maravilloso, concluyas la fábula de mi vida.



EL DÍA OLVIDADO



Hoy se me ha perdido el día. Me sorprendió el despertar truculento. Miré por la ventana y, simplemente no estaba. Sólo quedaba un cielo oscuro sin luna ni lamentos. Un cielo de ésos que puede pertenecer a cualquier día de cualquier esfera habitada. Al seguir la mañana y encontrarme sin día en el que emplazarme, he recurrido a la memoria para poder seguir viviendo. Y las ventajas de recurrir a la memoria son que uno puede dibujar las cosas con la patina que se le antojen. Así que esbocé un día verdoso como el final de tu  mirada y tranquilo como la nana de un infante. Le colgué dos estrellas altas y un sol generoso que aún me sostiene en la templanza. Le borré el gris de la paleta de colores –como ocurre cuando te sueño- y agregué al lienzo una fina capa de incertidumbre, porque es ésta la que me hace seguir escribiendo... Mas ahora, cuando el mediodía inventado va perdiendo su fuerza primigenia, me asusta que la ausencia de  jornada deje mis bolsillos vacíos de poemas. Y que las penas brunas que aquejaron la noche regresen al espacio que desocupe mi memoria. Antes de ello buscaré en mis bolsillos infinitos, trastearé en mis recuerdos de baúles y respiraré el polvo del trastero, porque un día, así como así, no se puede extraviar en el litigio que mantengo con la duda.

VERSO



Yo tengo un amor pequeñito. Como un verso. Como un verso pequeñito. Yo tengo un sueño pequeñito. Como un hojaldre frágil y níveo, y también tengo un recuerdo pequeñito como un tallo. Como un tallo alambicado que se retuerce de miedo. Yo soy todo pequeñito en mi memoria. Una memoria pequeñita algodonada de silencios de caramelo. Pero cuando tú respiras mi amor, mi sueño y mi recuerdo se hacen enormes como planetas enormes, y es cuando yo dejo que gires y gires sobre esta alma pequeñita que interroga          -adorando- tu existencia.

NO CALLES




No calles. No me castigues con tu silencio. No marches. No me castigues con tu distancia. No rías. No me castigues con tu indiferencia. Acaso si callas, no quedarán pétalos en la fuente y, si marchas se ajarán las horas en mi reloj de trapo y, si ríes volverán a mis ojos las sombras de los cuervos. Quédate y habla –serena y cálida como siempre fuiste- en este malecón de invierno que robamos al océano, en este anaquel de roble desde donde reposan todos los ensayos sobre la locura, en aquella primavera que prendí en tu ojal de adolescente. Porque hay tanto silencio en esta tarde que tengo miedo. Y afuera. Extramuros. Los peregrinos de la noche aguardan para robarme definitivamente el alma que fue tuya.