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¿HABLAMOS DEL AMOR?




No es fácil hablar de amor. Mucho menos escribir sobre el amor. Escribir sin pisar la siempre ingrata servidumbre de los tópicos. De lo ya dicho. De lo ya resuelto. Todo el mundo amó alguna vez. Todo el mundo fue amado alguna vez. Aun en silencio. Aun en la ignorancia de que lo eran. Y lo que ha sentido todo el mundo lo puede formular todo el mundo. Sin artificios. Sin malabares. Con la rotundidad que dan las palabras escritas en cueros.

He sido siempre un escribiente más al servicio del desamor. El amor me provocó las palabras justas. Supongo que porque, cuando amé, estuve demasiado ocupado para acordarme de la lírica. Demasiado loco para el léxico. Demasiado anhelante para detener el tiempo en un poema. Cuando la musa se apartaba, aun un poco, empezaban a acercarse las palabras. Como rapiñas apostadas. Siempre estuvieron ahí. Pero a ellas les gusta el salitre de las lágrimas… 


Quienes me conocen -quienes me leen- saben que escribo más desde el recuerdo. Que manejo mejor el vocablo desde la perspectiva de la distancia. La historia siempre se entendió mejor así. Y el amor no hace si no seguir el patrón de las grandes historias. Con sus personajes. Con su trama. Con sus traiciones. Con sus héroes. Con sus villanos. El amor se hace historias en cada instante en que se vive. No necesita de excelsos argumentos. Ni de profusas y cruentas batallas. Ni de emperadores. Ni de criaturas mitológicas. El amor es la reducción de todo lo enorme a la dicha más pequeña: tú y yo.

LAS GRIETAS DE LA RAZA



Somos frágiles. Tremendamente frágiles. Pasé la tarde en un Hospital donde se acumulaban camillas con personas que se habían roto. Unos más. Otros menos. Unos veteranos ya en esto de romperse. Otros recién estrenados en la rotura. Se les nota en las caras. Se les nota en el ánimo. Se les debe de notar en el alma. Porque nadie piensa que se va a romper. Es cierto que intuyes las grietas. Luego las sientes. Más tarde las ves crecer. Pero siempre crees -en tu yo más inconfesable- que la vasija aguantará. Que el barro del que estás hecho es de otra pasta que aquél del que están hechos los otros. Pero esta tarde vi vasijas de todos los tipos sobre las camillas. Vi vasijas que lloraban. Vi vasijas que se desesperaban. Vi vasijas que se resignaban. Y vi muchos alfareros remendones      -como aquél inolvidable del maestro Saramago. Todos con batas blancas. Para que se note el barro. Para que no se nos olvide de lo que estamos hechos…


Cuando me rompa quiero hacerlo en mil pedazos. Pienso que sólo así quedará entera mi alma… 

EL VERBO HACER



Esta noche me he traído a mi pequeña marquesina mi cuaderno-de-cosas-que-no-haría. Es un cuaderno casi inédito y de páginas escasas porque, por principio, no tiene muchas anotaciones. Creo que “hacer” debe de ser el verbo sobre el que gravite cualquier existencia. De conjugarlo en mayor o menor medida dependerá la altura vital de nuestra presencia en este mundo. Quien no hace no se equivoca en casi nada, salvo en una cosa, en “no hacer”. El infinitivo que propongo conjuga con todas las proezas del ser humano. También, es cierto, que con todas sus miserias. Pero la indolencia por costumbre debería de estar penada por las leyes divinas.

No me considero un indolente, pero si es cierto que lo soy en mayor medida que aquel jovenzuelo que, un día cruzó la veintena con agujeros en los bolsillos y estrellas en la cabeza. Es lo que tiene la edad. Uno va haciendo cada vez menos. Por la sencilla razón de que ya hicimos mucho -quien lo hizo claro...Y aquello que se hace ya con cierta edad, se magnifica hasta extremos que pueden resultar ridículos. No, amigos, amigas, no se es más joven por bailar con setenta años ¡Qué vitalidad! -grita el coro. Pero, por Dios, si yo no bailaba a los veinte, si no me recoge antes la parca -en uno de sus vuelos charter especial para fumadores- ¡Cómo voy a bailar a los setenta!

Hay otra cosa, aparte de bailar, que tengo anotada en mi cuaderno-de-cosas-que-no-haría: Yo jamás me leería. Sí, como lo han oído (más bien leído). Jamás sería un lector de mí mismo. No soportaría a un tipo que escribe una metáfora por cada frase y un calificativo por cada dos sustantivos. No soportaría a un tipo que trova al amor de manera tan lírica, tan desarraigada y tan utópica. ¡Ame usted más y escriba menos sobre el amor! -deberían de gritarme desde el anfiteatro…Y luego está, cuando filosofo, ¡uf!, qué difícil de soportar mis peroratas acerca de esto y de aquello, sin criterio, sin sintetizar conceptos… ¡tremendo!...

Bien me podrían ustedes reprochar con la asistencia de la razón: pues no escriba usted como a usted mismo no le gusta… Y ante tal censura, no podría por menos que decir: es que no lo sé hacer de otra forma…      

Por eso pienso que hay dos cosas que un escritor que se precie jamás debería de hacer: leerse y hablar en exceso.

Lo primero porque reducirá su trabajo a la miseria con su áspera, pero inevitable, crítica autodestructiva, lo segundo, porque el resto del mundo se dará cuenta de lo poco que vale cuando no le da tiempo a pensar lo que dice (si esto fuese el prospecto de algún medicamento aquí habría que advertir: no utilizar lo antedicho con los grandes. Porque amigo, amiga, ésos saben torear en cualquier plaza).

Creo que ya he hablado (escrito) suficiente por hoy. Recuerden siempre que aquello que digo es producto de un instante y de un estado. No piensen que necesariamente mañana diría lo mismo. Es lo que tiene tener una existencia tan contradictoria como la mía, siempre puede uno decir: ¡ah! pero eso lo pensaba ayer, ¿no sabe usted que yo soy un contradictorio?  Y me quedo tan ancho.


P.D. Sólo una cosa que se me quedaba en el tintero sobre hacer o no hacer: si me ven alguna vez hacerme un “selfie” les ruego llamen a Urgencias con presteza. Mi locura habrá llegado a límites del internamiento inmediato. Gracias.  

ENREDADA EN MI MEMORIA



Esta tarde entraste en mi memoria. Sin llamar. Como hacías siempre. Como un pajarillo que llega al jardín otoñal de un caserón desamparado.

Y cuando entras en mi memoria se descomponen todos mis azahares, y de mis manos brotan aderezos de piel y culpas y en, mi alma, un estallido de tristeza y fuego revienta la coraza de los años.

Llegaste esta tarde a mi memoria. Sin llamar. Como era tu costumbre. Con tu sonrisa invasora, con tus cabellos sin adornos     –rubios como el pecho de un querubín-, con tus ojos llenos de la miel de mil abejas.

Y al entrar nuevamente en el aire de esta morada te recuerdo entera. Entera y desnuda. Abierto tu cuerpo sobre las sábanas que, durante mucho, fueron tu ara y mi perdición. Y veo tu vientre pequeño y frutal, y tus pechos perlados y adolescentes, y tus muslos sosteniendo el cáliz de la primavera; y tus labios, tus labios conjurados para que, siempre, un beso tuyo supiese al último de los besos.


No veo más. Lanzo piedras para amedrentar mi recuerdo y, en el pozo que habitas, apenas veo ya un retazo de tu piel rosa entre un espejo y mi ceguera. Pero ha quedado el olor a cielo y a bosque en mi memoria. A la que llegaste esta tarde. Sin avisar. Como era tu maldita costumbre…  

ESOS INSOPORTABLES…



Me emplazaba a mí mismo en la noche de ayer a contarles  qué tipo de escritores no soporto. Un emplazamiento hecho a sí mismo se torna en un reto del que difícilmente uno se puede escabullir. Tiene el peso de la palabra que uno se dio y tomó. Con lo cual y, aun a costa de crearme enemigos pequeñitos –ningún enemigo grandote va a venir a leerme a mí, porque ustedes que me leen a menudo son lo más grande que tengo por acá-, tomo mi propio desafío como un boomerang que vuelve esta noche a mis páginas en blanco.

Como es noche de sábado y, no quiero yo andar perturbando en exceso festividades ajenas, voy a tratar de ser breve como un helado de un euro.

¿Quiénes tienen pues el deshonor –pudiese ser que el honor según el criterio que se tenga de quien esto suscribe- de ser para mí insoportables? ¡Tachán! LOS ESCRITORES QUE ESCRIBEN PARA ENTENDERSE ELLOS. Los he conocido a patadas. Tienen tanto lío en su interior que se deslían a base de injerir botes de tinta –una peculiar dipsomanía- para luego destilarlos letra a letra sobre el inocente papel en blanco. Suelen ser éstos una suerte de mezcla entre filósofos y, lo que yo llamo, ayudantes de vidas ajenas y, siempre que los nombró me viene a la cabeza un psiquiatra que me trató y que acabó inhabilitado por una severa depresión  –lo digo con cariño y respeto, que ciertamente se lo tenía yo a tan peculiar facultativo y, como no, a tan cruel enfermedad.

Pero estos escritores que les nombro tienen que escribir para entender lo que andan pensado. Son ególatras por devoción y naturaleza. Comienzan su aventura literaria normalmente con poemas que uno no sabe si está leyendo del derecho o del revés. Luego pasan a relatos espirales que, o uno los deja a tiempo, o puede acabar como ellos y, finalmente, terminan la mayoría en el obituario de una redacción de periódico –con perdón- o colgando su pluma para dedicarse a mirarse más en el espejo.   

Pero claro. ¡Quedan los que triunfa! Los que no se sabe porqué extraña selección natural empiezan a vender libros como churros. De no conocerse a sí mismos se convierten  en seres aparentemente sabedores de todas las inercias y mecanismos que zarandean a este mundo. Conocedores de áuras ajenas y de todos los secretos que llevan a la divina felicidad. Además se los pueden vender por fascículos, por docenas, por colecciones, en papel, en archivo de texto, en CD, nada es imposible para ellos...

Saben a los que me refiero. Se reconocen sus títulos en los escaparates de cualquier librería de su barrio. Porque todos sus tratados se pueden resumir en uno: “Si usted no encontró la felicidad es porque es tonto y yo, que no lo soy, le voy a enseñar a encontrarla”. ¡Qué atrevimiento!, podrán pensar muchos de ustedes.¿Cómo puede hablar así de …. fulanito, menganito y zutanito? ¡Pues sí! Hablo así porque es lo que pienso. Y para apuñalarme ya estarán otros, que no lo voy a hacer yo mismo.

Hablo con mediano conocimiento de causa. Los he leído casi a todos. Y sigo siendo el mismo infeliz con menos euros en el bolsillo y menos lugar en mis estanterías. A todos estos visionarios se les olvida reseñar algo al final de sus libros: “lo que yo ahora le digo lleva el ser humano diciéndolo, explicándolo y practicándolo desde hace milenios; pero yo se lo he explicado en forma de tebeo…”

Son así. No los soporto. Puede que me quede con una o dos excepciones. Verdaderos guerreros de luchas intestinas. Buscadores ilusionados de la piedra filosofal. Pero el resto… Como le oí decir una vez a un grande: si Dios se te sienta en la cabeza, tienes un problema…

Así que, mis (no odiados, que ese verbo no lo suelo conjugar) infumables escribanos, no vendan ustedes felicidades ajenas. Quédense con la suya. Disfrútenla. Pero, por favor, no la encuadernen.



P.D. Me quedan en el capazo de mi ignorancia otros amanuenses de letra propia y perfil característico. A ver cuando tengo ganas y hablamos un rato de ellos.

EL OFICIO DE ESCRIBIR



EL OFICIO DE ESCRIBIR

Desde que me convertí –al menos transitoriamente- en un anacoreta de costumbres urbanas, dóciles y elementales, cada noche tiene o no la condición de festiva, dependiendo únicamente del éxito que otorgo a la singular aventura de transcribir palabras, del interior que palpita, al papel que silencia –¡ahí quedó eso…!

Y es que siempre pensé que no todo el que escribe es escritor, por mucho que así lo defina la Real Academia, pero que sí lo era toda persona que escribe con la sana intención de relatar algo, con una formas determinadas, para despertar en otro cualquier emoción. No es fácil decidir a quién incluimos o no en el monto de los escritores por definición. Porque con la acepción que les he expuesto, una señora que deja a su marido una nota sobre la mesita de noche en que, le advierte de su inapelable decisión de no volver a verlo, sería una escritora. Ha escrito. Ha tenido la intención de contar algo. Lo ha hecho de determinada forma. Y ha despertado en otro una emoción –y ¡vaya con la emoción! ¿Ven? Es muy complicado esto de calibrar quién es escritor…

Hay quien a la definición anterior añadiría dos nuevas condiciones, la habitualidad y la exclusividad. Conocida mi habitualidad, no saben ustedes en la cantidad de ocasiones en que me han preguntado: pero, ¿aparte de escribir te dedicas a otra cosa? Esa es para el Universo de la Palabra la Gran Pregunta. Una pregunta que nadie le haría a Ken Follett o a don José Saramago –mucho menos a este último por razones tristemente obvias. Pero a mí sí. Y cuando manifiesto mi pobre condición de funcionario estatal, ¡ay amigos!, ahí pierdo ya toda mi condición de escritor. Aunque quien me haya interpelado, momentos antes, haya estado colmando de loas mis papeles. No hay nada que hacer. Para él/ella dejé de ser escritor para pasar a ser un funcionario que tiene el hobby de escribir. ¿A que sí?

Luego están aquellos que inquieren contemplando otros matices… Pero… ¿has escrito algún libro? ¡Ay! Segunda condición que no cumplo. Ya no me dejan lo de escritor ni como hobby… ¿Has ganado algún premio? ¡Zas! ¡Aquí los sorprendo! –me digo para mí.  ¡Sí señor! tal y tal y tal… (no sigo con más tales porque no los hay, no vale la redacción con la que gané en 6º de EGB). Y como los tales no son los que habitualmente se publicitan ¡Ay! Tercera condición a la papelera del desengaño. Y el interrogatorio que finaliza con una conclusión inapelable y muy andaluza: éste ni es escritor ni es ná… 

Sí señores/as, lo antedicho podía ser mi ensayo –pueril donde los haya- sobre qué es esto de ser escritor. Quienes a esta tarea se dedican habrán sonreído amargamente. Yo seguiré con mi noviazgo con las palabras. Por ahora no hay fecha para la boda, ni tenemos padrinos que nos sustenten ni oficiante que nos bendiga. Sé que la anécdota con la que voy a periclitar -¡toma! ¿ven? palabreja de escritor- esta minuta, está muy trillada, pero siempre la refiero cuando hablo de esto de escribir. Cuentan que, presentados en una recepción el torero sevillano “El Gallo” y don José Ortega y Gasset, el primero preguntó al segundo que a qué se dedicaba, suponiendo don José la carencia intelectual del torero –que no era ni mucho menos tal- le dijo que se dedicaba a pensar. El torero asintió y se giró para comentarle a su subalterno,…desde luego hay gente “pa” “to”…

Feliz madrugada. Feliz destino.
(Feliz atardecida América)   


P.D. Déjenme que les cuente otro día la clase de escritores que no soporto. Hay mucha tela que cortar.

PENSAR, ESE VERBO TAN DESCONOCIDO…




Voy a buscarme un lugar para pensar. Necesito soltar lastre. Soltar vida de la que no vale –como el colesterol malo. No recuerdo la última vez que pensé. La última ocasión en que, seriamente, me puse a pensar. He andado cavilando más o menos mientras estaba en otras labores, pero lo que se dice pensar, concentrando todo mi cuerpo en el verbo, no.

Sé que el verano no es bueno para pensar. Más bien se utiliza para "despensar". Se oye en estos días de forma frecuente:  "… me voy a desconectar un tiempo…" "…me voy una quincena a la playa a no saber nada de nadie…" "…voy a leer en estos días toda la lectura que tengo atrasada… " "…me marcho a disfrutar unos días con la familia…". Y claro, a uno le dan ganas de preguntar: qué  es desconectar, qué es no saber nada de nadie, cómo se va a leer usted en unos días lo que no ha leído en su puñetera vida y qué hace el resto del año usted con su familia… Y lo que es más importante ¿y a la vuelta? ¿volverá usted a ser el de antes de su quincena vacacional? Porque entonces, como decimos en mi tierra, para ese viaje no hacían falta alforjas…Pero uno, en su prudencia genética, calla, inclina el cuello y otorga.

Pensar es algo más. Es detenerse. Señalar la página a mitad de la novela. No hace falta que uno ponga posturas raras -que más que pensar en lo que debes, piensas sólo en cómo puñetas mantener el equilibrio. No. Lo único raro que usted debe de hacer es parar.
Porque pensar es repasar nuestra historia. La pequeña. La importante. La que escribimos cada día. Ésa de la que somos poseedores de sus páginas. Revisarla y preguntarnos con seriedad, ¿cómo va mi crónica?, ¿cerré ya aquel capítulo que llevo años queriendo cerrar?, ¿qué hice con aquel personaje que sigue apareciendo sin que nadie le dé vela que encender?. Porque no es fácil escribir una historia e ir dejando capítulos abiertos y personajes aparcados. ¿Se imaginan lo que sería una novela trazada de esa forma?

Mis queridos-queridas lectores-lectoras (no imagino que son ustedes muchos, me basta una salita algo coqueta con media docena de sillas) hay que ir concluyendo capítulos. Sabedores de que nuestra historia (al menos la mía) lleva ya muchos títulos escritos.

Hay que pensar en cómo dar con el final más adecuado para ese personaje que se resiste a abandonar la novela. Hay que acabar con ciertos lugares, paisajes, amaneceres, atardeceres; porque sólo acabando con ellos descubriremos que nos quedan nuevas páginas por escribir. No pretendamos hacer malabares con nuestra vida y colocar unos personajes sobre otros que no se han ido, nos nacerán monstruos de dos cabezas, de dos corazones y de ningún sentido. No pretendamos tener una historia manejando, a la vez, la vida de quince docenas de personajes. Libérese usted de capítulos. Y piense en cómo van a comenzar los nuevos. No tenga miedo a fantasear. La fantasía es imprescindible para estar gentilmente vivo. No tema hacer un giro literario en su novela. Lo grande de estar vivo es que podemos cambiar de personaje. Pero ¡ojo! eso conlleva, en la mayoría de las veces, también cambiar el elenco de quienes nos acompañan. Hay quien esto no lo entiende y, se acaba quedando con la soledad por toda compañera de obra, porque no avisó a nadie de su cambio. Es preceptivo. Si es necesario hasta ponga usted un rótulo: "Estoy de Reformas". Y, cuando finalice, comience usted la siguiente página de su vida con una amplia sonrisa, un lapicero y una gran goma de borrar.

Sí. He de encontrar un lugar para pensar. Ya lo dije. Este velero lleva mucho lastre, y he de soltar sobrecarga antes de embarrancar en el acantilado equivocado. 




© Fotografía del encabezamiento: Charo Guarino

MI ABUELO. UNA HISTORIA MÍNIMA.




Llevo días acordándome de mi abuelo. Porque al hablar estas mañanas de gorriones y grillos he recordado su particular relación con los seres minúsculos. Y es que nunca gustaron a mi abuelo animales que alzasen más de un palmo, pero disfrutaba del trato de todos aquellos pequeñajos que cabían en una mano.

Vivía mi abuelo en una caja desdentada de ladrillos y vieja de yeso, con una hermana enferma. Y, en la casa, tenía canarios por docenas, algunos verderones con sus caras de payasos, jilgueros de tez grana y un ruiseñor con mal de amores porque jamás le oí cantar. La casa de mi abuelo olía a alpiste y a estiércol de ave, pero a mí me encantaba ir. Me enseñaba cada jaula y me recitaba el nombre que había puesto a cada enjaulado. Nunca supe como diferenciaba a tanto animal con alas. Sobre todos a los canarios, pues siendo la mayoría dorados, a  mi me resultaban copias exactas unos de otros. Pero a mi abuelo no. Él los distinguía perfectamente. Luego de mostrarme los machos, alzaba a alguna hembra empollona y me mostraba unos huevos pequeñitos como canicas. Los tomaba con su mano huesuda y los colocaba al trasluz. A veces fruncía el ceño. Éste está huero –sentenciaba sin atisbo de duda. Y aplastaba el huevecillo para que yo comprobase que, efectivamente, no había ser alguno bajo el cascarón. Cuando le nacían los polluelos y, alcanzaban independencia, los vendía en una pajarería y me daba diez pesetas. ¡Qué contento me ponía yo! ¡Y que contento se ponía mi abuelo de verme a mi contento!  

Mi abuelo era un hombre parco en palabras. Alto y con porte de caballero decimonónico. Tenía un bigotito de perfecta traza bajo una nariz de ángulo elegante, y una voz algo aflautada que ha heredado mi hermano pequeño. No tenía muchas más historias mi abuelo. Había estado en la guerra pero no entendía de guerras. Había visto jugar a Di Stéfano pero no entendía de fútbol. Había pasado hambre pero no quería hablar de ello. Mi abuelo me hablaba de canarios, y de lagartijas, y de grillos y de un lobo que, según él, le había salvado la vida –pero nunca acababa la historia.

Siempre he pensado que mi abuelo hubiese sido un buen personaje para García Márquez. No necesariamente un Buendía, pero sí cualquier otro de su realismo mágico. Porque mi abuelo era así, un poco real y un poco misterioso.


Mi abuelo murió un día en que no caminó. En que se le cansaron las piernas y decidió parar. Así era mi abuelo de cabezota. Yo creo que se empeñó en morirse. Si no, pienso que aún estaríamos viendo al ruiseñor afónico de penas, en aquella casa desdentada de ladrillos.