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ADDIO, AMORE MIO




No me sueñes.
Ya no estoy en tu universo.
Marché.
Como se marchan las palabras de la boca.
Como se marchan los grillos del verano.

Marché.
Y ya no estoy en tu risa.
Y ya no estoy en el hueco de tu blusa.
Y ya no estoy en la lumbre de tu pelo.

Borré el camino que descendía a tu cintura,
a tu blasón de húmedos soliloquios,
a tus pies pequeños
y a tu reflejo en el armario.

Borré los sueños
y aquellos puentes de Florencia,
la amargura de Alighieri
-que yo tanto conocía-
y los nombres de todas sus amantes.


Marché porque era más fácil mi partida.
Yo nunca olvido el camino a mi regreso…

GRISES EN AGOSTO




Vienen estos días de Agosto apagando con premura las tardes, como si sus fareros de cal anduviesen fatigosos, como si sus tesoreros de luz se hubiesen vuelto más avaros, como si los visillos incalculables -que desvelan la canícula- se entornasen ante el miedo de una luna cegadora.

Se hacen así los días más ásperos, escasos de tinturas y reflejos, ausentes de razones y sonrisas, como pardos lobos que trastean en los osarios de las Sierras…

Son tardes que lastiman la probidad de los solitarios, de los marineros sin sirenas, de las mocitas sin novio, de las abuelas sin rosario, de los poetas sin renglones y de los trovadores sin garganta.

Dicen, además, que llegarán tormentas secas, ruidos ominosos de sátiros que juegan a los dados, pléyades talladas en los cauces de los arroyos infecundos, molinillos de aspas transparentes y vientos diminutos en la memoria de las piedras.

Pero yo quiero que vuelvan antes los pintores inconscientes, los azules de mi ventana, mis gorriones aburridos, el estandarte blanco de tu risa, tu vientre laureado, tu cabello hasta tu hombro y, por qué no, aquella saliva hecha beso, en las amargas cortezas de mis manos y mi espalda.

Porque no te quiero gris Agosto, porque así yo no te quiero…
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Imagen: “Flor desmayada” (Dibujo de Francisco Pérez Soto –México-)

EN LA ORILLA



Se queda el agua en tu cabello
-ambiciosa y egoísta.

Se queda el sol en tu espalda
-amaestrado y vencido.

Se queda la arena en tu pecho
-seducida y furiosa.

Se queda la sal en tus manos
-mercadeando tu textura…


Y tú,
ola de vidrio sobre el acontecer improbable,
te quedas y sonríes
-amable sostén de piel infinita-,
como un totémico deseo
en el humilde principio de mi océano.

UN CUENTO PARA TI



¿Cómo contar nuestro cuento? Ya te he dicho muchas veces que soy un pésimo escritor de cuentos –se me revelan tanto los personajes…- Y aun conociendo mi imperfección, vas tú y, con tus oiditos sordos, me solicitas uno que nos abarque.

- Quiero que tenga un final feliz –me has propuesto exigiéndome...

- Y que haya dos amantes que destruyan nubes oscuras y oleajes ambiciosos –eso lo has dicho con la mirada en el cielo del salón…

- Y una princesa, ¡sí!, una princesa de ojos celestes y agua de azahar en los labios –y has sonreído, y han sonreído las paredes…

Y si hay una princesa, pon un príncipe apuesto, valiente y con una armadura de acero y oro –y yo que me miro y que me veo fuera del cuento…

Espera –has seguido diciendo- te anoto todo lo que quiero y, dicho esto, he visto correr tu cuerpo por el pasillo, medio vestida y medio desnuda –como sueles andar por la casa, indecisa entre hacer el amor o la compra…
Y yo aquí, esperando tu vuelta –aún sin saber si te has acabado de vestir o de desnudar- he comenzado a hundir el lápiz en la trama de la cuartilla…


“Érase una vez que se era, que ella –tan ignorante siempre de las orugas que viven en mis cárceles- me pidió un cuento, mientras se hacía -de nuevo- mariposa de aire por los pasillos interminables de la tarde…”

SIN REPROCHES Y VICEVERSA





Sin reproches. ¿Vale? Como si hubiésemos inventado los árboles. Como si nunca nuestras lenguas hubiesen traficado con los besos. Como si tu piel nunca se hubiese anclado a la mía. Como si los unicornios de agua nunca hubiesen existido…

Sé que me lo dijiste: “no lo hagas más…” Lo dijiste con tu voz distraída, como cuando decías “me vas a hacer que deje de quererte” o “algún día dejarás que me marche”. Siempre la misma voz, tranquila pero admonitoria –como un oráculo de caramelo-. La misma voz con la que abrías los “te quieros” o los “jamás encontraré a nadie como tú…” Tal vez por eso la ignoré tantas veces... Tal vez por eso y porque la acompañabas de esa sonrisa que compartes con los ángeles…   

Y yo con mis componendas de historias complicadas… Nunca las entendiste… Yo, el silencioso e implacable guardián de todas las puertas de tu cuerpo…

Un día tu voz dijo “adiós” y vi que ya no sonreías. Y cuando quise alcanzarte, me encontré con la humedad de tus pisadas. Habías llorado y yo –tras  aquella primavera- ni tan siquiera recordaba que llorabas…

Así fuimos. Como árboles fronterizos. Y hoy, ya te cuento, me parece que los hubiésemos inventado –tienen tanta memoria…-. ¿Sabes? Yo sigo viéndolos cada tarde, pero ya sólo escribo para una sombra triste y desnuda, una sombra -sin contrabandos- bajo el puerto alto de las hojas silenciosas…


Sin reproches. ¿Vale?

EL PESETA



Cómo deciros cómo era el Peseta. El Peseta era un cuento dentro de un personaje… Una persona dentro de una voz, de un olor, de una figura… Sin ser alto ni corto, ni ancho ni estrecho, ni moreno ni castaño, el Peseta era todo eso…

El Peseta era ancho de entendederas como los arcos de un puente romano. Todo para él tenía sentido y todo para él tenía respuestas. El Peseta jamás había abierto un libro ni jamás había escrito una palabra. Tenía firma de pulgar y todas las fechas selladas en un pasaporte de madera.

El Peseta ayudaba en la venta del carbón a Juan “el malamano” –un huraño vendedor de tiznes apagadas, inútil de la mano izquierda, que presumía de tenderete escaso en la calle de Los Frailes-. Y de eso se empleaba el Peseta, de mano izquierda, de siniestro, ni más ni menos, que ser la mano izquierda de alguien no debe de ser tarea nada fácil.

El Peseta contaba historias enlazadas que no acababan nunca. Y cuando digo nunca, lo digo en la más firme acepción de la palabra. Jamás le escuché terminar ninguna. Las trasteaba y las unía, las solapaba y ponía disfraz a los personajes, creaba nubes y las convertía en lluvia de espejos... Pero nada tenía final…

Y aun sabedores de esta utopía, cuando tarde sí, tarde no, “el malamano” se marchaba a que don Francisco -el practicante- le inyectara quién sabe qué oculto remedio en su apéndice desmadejado, los chavales de la plazuela nos arremolinábamos junto al dorado trazo del Peseta a buscar ese final infinito. Nos cobraba a ¡una Peseta la historia! –que de ahí le nació su mote- y nosotros –como luciérnagas en busca de más luz-, juntábamos -de perra gorda en perra gorda(*) - las diez necesarias para que se alzara el telón. Y ¡cómo se alzaba! ¡Qué sorprendente caudal de voz envuelto en humo de turba y misterios!
Así era el Peseta… Un hombre interminable… Hoy que, en el desánimo de esta tarde pegajosa, me inscribo -harto ya- en la amarga finitud de mi existencia, me he acordado de él, y de aquella carbonería, y de la calle de Los Frailes, y de todos los personajes inmortales que conocí –como asteroides de papel en aquel cosmos inventado-.
Cuando, hace años, alguien me habló de su muerte, yo miré la barriga del cielo... ¿Morir El Peseta? No me haga reír, aún andará distrayendo a la parca…

HAY NOCHE




Hay noche. Hay noche en la noche. Hay noche en el corazón de la noche. Hay noche en los espacios de la noche. En el ladrido negro de los perros sin cuello. En el pozo donde cayeron todos los amarillos de las estrellas. Hay noche…

Desde lejos, una caterva de amantes ignorados trae -bajo sus pliegues de piel antigua- cartapacios de epístolas devoradas por palabras. Y suspiran y hay noche…

Y menos lejos -casi en el vecindario- junto a un vaso pegajoso de misterios, un borracho queda oscuro de vacío. Se iluminaba de memoria y se quedó -de repente- a ciegas, como las orugas mansas de mis cuentos. Hay noche…

No sé ya cuántas noches como ésta tendré presas en el ábaco de mi insomnio. Ya no las hago decenas. Las inserto y me separo. Y en la luz que naufraga sobre mis manos, una mariposa negra, que voló hasta mi hombro desde el farol que mastica el tronco del naranjo, da sombra y me repite una y otra vez…


Hay noche… Hay noche…

VACÍO




Te espero cerca de la nada.
Te espero lejos de la nada.

Tan vigilante siempre,
como un soldado miope,
como un alacrán con miedo,
como un mártir en su espera
-mariposa caníbal de fuego-.

Tan rendido ya a las sombras,
que de su averno se me clavan
esquirlas brunas de flores
-desechos de alambre y fresno-.

De la sangre de mi arroyo
saltan -sedientas de viento-
gotas huecas de hojalata
que acallo a martillo y versos.


Y en este lugar de la noche
-refugio de grillos ciegos-
no hay mitad donde me hallo,
o todo cerca, o todo lejos…