Datos personales

OTRO SEPTIEMBRE





Dicen que ahora, en Septiembre, volarán los gorriones galdosianos hacia tierras más cálidas; las mariposas volverán a ser orugas, las orugas cenizas y las cenizas trocitos de nada …

Dicen que bajará el cielo y, aún invicto, el sol se irá desprendiendo de su armadura ambarina. Se teñirán de marrones las tardes, y las mañanas, a eso de ser paridas, entregarán epístolas de viento por las ventanas …

Dicen que se arrullarán los sueños en las raíces de los árboles y que, junto a su esencia, exhalarán –aquí y allá- nubes de recuerdos y de savia.

Y dicen que en los rincones de los puentes tintinearán lamentos de princesas desposadas 

Dicen y dicen… Pero yo te digo que Tú sigues siendo como Septiembre, tan intermitente y tan cálida, tan cenicienta y tan mágica, tan irreal como la piel que cubre los lunares de la nada …

Y yo te espero. Como cada Septiembre. En esta casa que fue tuya y que ahora me deja el tiempo prestada ….

© Cambalache


TÚ INSISTENTE





No sé si fue una noche de abril como ésta. No sé si fue, como ésta, una noche con tildes de frío aún en las hojas de los naranjos (cuántas veces la memoria es infiel a lo ocurrido).

Tal vez no era abril, ni era noche. Tal vez aún los azulejos del sol empedraban las riberas. Tal vez aún escampaban reflejos entre la lluvia amarilla de la tarde…

¿Por qué entonces esta noche me vuelve a traer el mismo recuerdo?

(Las sombras de tu rostro de nuevo apareciendo por las puertas, el aire de tu cintura embelesando las mórbidas esquinas de la casa y, al otro lado de mi espalda, tangencial a mi silencio, el hablante círculo de tu risa).

No puede ser falsa esta presencia que ahora me abrasa el pecho…

(Tú anunciando la cena, la frugal cena para dos que hoy no existe sobre la mesa. Tú y tu pijama indefenso y tibio, tú y el cuenco de la sopa, tú y la televisión apagada y aquellas palabras perfectas que relataban la aventura del día).

Todo vuelve a pasar ahora, como si goteasen ayeres sobre esta noche desabrida de abril. Como si el pasado no fuese contigo. Como si tú no formaras parte de los renglones del calendario.


…Y yo escribo y -a fuerza de muecas- sonrío, y la luz de la pantalla en que dispongo las letras hace daño en mi retina insistente, detenida en el ayer, en ese ayer del que tú vas y vienes sin contar con los caminos ni con el tiempo, como un tranvía intermitente que extravió de parte a parte la memoria.

ENTRETENIDO EN SER POETA






…Era como las bombillas antiguas de triste voltaje, puro chisporroteo y debilidad, y recuerdo que sólo en contadas ocasiones -concentrando con fervor el total de su energía- alumbraba escasamente la mitad de su sombra.

Era viudo y escribiente, mediopensionista y ex-noctívago -agotado el hígado y expectante la impaciencia de estar vivo-. Así lo conocí yo, intermitente y melancólico, apenas un filamento delgaducho del que escapaban fotones tímidos, casi arrepentidos de ser tan excepcionalmente veloces.

Me contaban que fue excelso poeta, que encadenaba endecasílabos con la pericia de un Góngora o de un Lope, que estuvo en las Américas y que vio marchar a los ingleses de las Indias Orientales. Que acaso tendría hijos y nietos y un baúl repleto de epístolas de amantes fatigadas.

Pero hoy todo aquello quedaba opacado en su estancia diminuta donde docenas de libros con sobrecubiertas umbrosas mordían las paredes. Y allí estuve yendo yo cada tarde, no sé durante cuánto tiempo, y todo con la esperanza de que tal vez juntando filamentos alcanzáramos media luna de luz tibia. Y allí, con su voz de ayer me recitaba versos lapidarios, interminables estrofas de métrica impoluta que me salpicaban de agujas los párpados vigilantes.


Luego te conocí y he pensado mil veces que te lo hubiese presentado, que hubiese hecho que lo conocieras, porque tal vez tú, todo luz, hubieses conseguido que volviera a masticar una sonrisa… Pero ya sabes, te necesito tanto, que ya no me atrevo a apartar tu haz de mi camino, porque todo eso fue ayer y yo no sé ya para cuándo arribará la infinita oscuridad a este hombro sobre el que hoy lees lo que escribo…

PARA VOLVER (PARA QUE VOLVIERAS)



Para volver (para que volvieras) tendría que invertir en conocerte. Aunque no haya pasado tanto tiempo, aunque haya pasado tanto tiempo (cuando especulo contigo no logro adivinar en qué lugar de mi memoria me encuentro, como si fueses una manecilla en un reloj del que no conozco el orden de las horas)

Para volver (para que volvieras) tendría que volver a conocerte, a presentir por el eco de tu pecho si andas medido dormida o medio desvelada, a saber por el surco de tu espalda si ya andas medio vestida o medio desnuda, a descifrar si la intención de tus pies fríos sólo busca mi sacudida glaciar o llevarme con circunloquios al trópico de tu sexo.

Para volver (para que volvieras) tendría que volver a aprender el hermético lenguaje de las raicillas de tus ojos, del modo de tus posturas, del tic-tac de tus ausencias, resolver el enigma de la forma en que colocas las macetas o aliñas la ensalada al mediodía.

Para volver (para que volvieras) tendría que volver a hablar para dos, y a soñar por dos, y a sufrir en dos, y volver a preguntarme si lo mejor de mí lo tienes tú (y es por tanto fácil que te lo lleves) o lo traje de otra orilla antes de encontrarte.


Para volver (para que volvieras) tendría que volver a todo lo que eras y ya es tarde, y la noche está demasiado callada, y hay lobos dibujados en las montañas, y hace mucho frío ahí afuera, donde habitan almas envueltas en las piedras, donde cabriolean las sombras, donde un dios empecinado cincela el círculo de mi miedo sobre tu tumba…

EPÍSTOLAS DE VIENTO





A mí, como a los soldados, como a los presos, como a los emperadores mediterráneos, también me gusta escribir cartas. Constreñir mi letra diminuta en el papel tibio y confesar frases como “esta es ya mi segunda luna sin ti…” o “no hay lugar en este invierno donde no te escondas…”

A mí, como a los oficiales, como a los clérigos, como a los marineros, también me gusta escribir cartas. Fijar los adjetivos a los nombres, sucesos a las fechas, y firmar con una rúbrica ampulosa, ilegible, al final de tres hojas y cuarto de sedas, invenciones y desesperanzas.


A mí, como a los abuelos de entonces, como a los poetas de entonces, como a los enamorados de entonces también me gusta escribir cartas, y es por eso que tengo rimeros de sobres preñaditos de voces que callan, que esperan dispuestas a decir cuando los vientos cambien y haya tiempo y corazones que sirvan de nicho a mis palabras. 

CASI UN CUENTECILLO DE NAVIDAD




Ya se le viene al día otra bocanada de noche -pensó en voz alta, con su verbo de engolado rapsoda-, pero no tuvo interés en mirar hacia la calle donde, desde hacía un par de semanas, el ayuntamiento había colgado (de lado a lado de la acera) un cordel que sustentaba cantarinas luces de colores, fuentecillas con trazas esféricas que le arrojaban azules y amarillos sobre el erial de su terraza desvaída. 

Siendo esto así, la oscuridad no era la acostumbrada para un invierno neonato que, sin gabán en cielo, lloriqueaba de frío recién parido. Así que, impasible al gorgoteo de los colores y conocedor de la violada oscuridad de la noche, se encogió de hombros y continuó bisbiseando su lectura.

Leía en ramilletes de renglones, en saltos de atrás hacia delante, en círculos y hasta en zigzag, y así, la última novela, la última historia que -de otros- le ocupaba iba desnudándosele de intrigas frente a sus ojos pequeños y miopes. Como siempre -entonces y ahora- cada cierto número de páginas soltaba las gafas sobre el escritorio y, una vez masajeado el puente de la nariz -siempre de un rosado incómodo-, dejaba caer un rato la frente sobre la palma de la mano -abierta y lenitiva, como el sustento incansable de toda su existencia...

Del tal guisa se encontraba cuando sonó el timbre hasta en tres espaciadas ocasiones antes de que se percatarse de que, aquella melodía mecánicamente extravagante que dejaron los anteriores inquilinos, avisaba de que alguien le requería ¿inoportunamente? a su puerta. Se levantó con la pausa de quien sufre la quemazón del dolor en la cintura y el gris como único color en el pensamiento y, acabado el pasillo y girado el picaporte, tres chicuelos escurridos, pertrechados con zambomba y pandereta (el tercero sólo miraba y tendía la mano) le entonaron -¿le desentonaron?- medio villancico con peces, burritos y alguna otra especie navideña.

Les sonrío desangeladamente, como sólo sonríe quien está vacunado de la tristeza, y buscó en el vaciabolsillos plateado de la entradita unas monedas con que comprar una sonrisa, o a lo peor, un desengaño de avaro desacostumbrado… 

Una vez colocada la recompensa en la mano del recaudador del trío, se detuvo instantáneamente el compás de los instrumentos y tras tres inclinaciones de cabezas medio rapadas, vio marchar a los “intérpretes” escaleras arriba, con la seguridad de que buscaban en el inmueble nuevos trueques musicales.

Antes de cerrar la puerta miró el patio de luces y lo vio más anchuroso y más evidente que de costumbre. Desde las plantas altas se descolgaban enredaderas verdes, troncales matojos que parecían oxigenar toda la galería. En las puertas que se asomaban al vacío, aretes rojos y campánulas purpurinas…

Y al fin miró al cielo, como queriendo comprobar que después de tanto tiempo aún seguía ahí, y vio la techumbre de la noche, y algo similar a media estrella, y se alegró de que aquella propuesta vecinal de cubrir los patios de luces no hubiese prosperado. Y respiró, y los pulmones se le llenaron de un tiempo limpio, de un instante al fin comprensible y pensó, con sinceridad de muerto, que no era él nadie para cuestionar la dulce felicidad de los semejantes… 


Feliz Navidad. Feliz destino.