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EL LUNES Y CLORINDA




Se echa este lunes como un perro viejo. Como un lunar de otoño en la acera aún caliente –pasarán días antes de las lluvias y los vientos-. Voces vendedoras de jabones y aceitunas gorgotean junto al mercado –es final de mes y las bolsas no van llenas.

Entre todas las voces, una -gritona y burda-, hace agujeros en el techo de la mañana. Es la Clorinda, la otrora cantinera, una perdedora de sueños que amenaza con venderte la buena fortuna. Grita y grita. Ajena a los enfermos y a los que vivimos del silencio. Lleva romero en la mano y, las estampas de un santo inédito, le asoman por el escote hueco. La esquivan los mercaderes y la clientela, como a un animal con sarna. Huele mal. A aceite rancio. A orín. A malaje. Da trotes para cerrar el camino de los que pasan, de los que buscan pan para tres días… Salta y grita. Como bufona palaciega. Como una vasalla de Midas que todo lo convirtiera en desdicha…


Y yo escribo y escribo, ajeno a mi fortuna, sin saber si la Clorinda ha atado plomo en las alas de mis musas…

AL ALBUR DE LA SEMANA



¡ Levántate Semana ! Tiende al albur del viento los telones infamados de tus trastiendas. Despliega o contén cirros a tu antojo. Derrocha sol o sé virulenta con la lluvia. ¡ Tú mandas !

Aquí abajo, tantos mortales, esperamos el designio de la septena en que agrupas la tirada de tus dados. No somos más que aquello que ocultas en tu despensa, en tu abdomen de horas y trampas… No somos si no la manada obediente que acude a la sirena de tus fábricas de esperanzas. Los carneros en el ara del probable sacrificio. Los mártires en la hoguera de las mariposas silenciosas…

¡ Sublévate Semana ! No podremos ser más si no te enfundas en un anárquico compromiso. Si no abres el cajón de los azares imposibles, si no marcas la baraja con serendipias caprichosas…

¡ Sublévate Semana ! Y no des al César lo que es de Dios y a Dios lo que es del César.

Si rompes la partitura de los tiranos ciegos, por ti y tu soberbia, yo, Semana, brindaría…