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ABRIL



Regresó Abril. Sin llamar a la puerta. Como otros tantos hurtadores de mi tiempo. Con su sonrisa de monarca bonachón y sus amaneceres rubios y sus aguas irreprochables. ¡Abril florido y hermoso ¡Abril lluvioso! -que dijo una vez alguien, y luego lo dijo muchas veces mi abuelo…

Abril sin apellidos. Inquilino de un vientre inmenso que mece la primavera. Abril sin reparos. Con la confianza de quien se sabe conquistador de la luz. Abril voraz en sombras. Abril de incienso y pasitos de costalero. De palios y saetas. De ancianas raídas de penitencias. De flores bravas y moscas recién reclutadas para la batalla contra el éter. Abril tapizado de olores. Lienzo de pintores locos que temen a la oscuridad del Infinito.

Abril de mocitas que se remanga los codos y las faldas. Roba-besos de esquinas. Galán de noches largas donde la saliva venda los labios agrietados. Abril amante. Abril resentido. Abril soberbio.

¡Ay Abril!
Por el lamento de mi alma y mis espacios
¡Qué poco aprecio te tengo! 


EL ADIÓS DE MARZO



Esta noche me alumbra la desgana. El cielo sigue desteñido y enterneciendo las piedras con su agua bonachona. Dicen los que dicen que ya se marchan las lluvias de marzo, que la primavera mocita espera tras la puerta y que, a lo mejor mañana, o a lo más a su paso, empezarán a entreverse los misterios que la preñan.

Vendrán la mañanas mimosas y las tardes amarillas, los jazmines blancos de tu pelo negro y el verde gritón de las ranas principescas, el violáceo en los caminos y el rojo en la sangre de los poetas.

Así que me voy a despedir de ti, noche macilenta, lluviosa y fría -como el último contrabando-, encubridora de mis versos más ruinosos, portal de mi soledad y mi pereza… Me voy a despedir de ti hasta no sé cuándo, hasta no sé dónde, hasta no sé con quién…

Será el horizonte de tu Otoño y el trazo de mi vida los que, aquí o allá, o acaso algo más lejos, vuelvan a cruzarse en la rúbrica sin nombre de un mustio poema.

Feliz noche. Feliz destino.
(Feliz atardecer América)  

LA OTRA PRIMAVERA




Ya sé que ha venido y, en el colmo de mi vesania, hasta conozco como ha sido. Dicen que a la media noche la nacieron duendes y ninfas, sirenas y tritones, ángeles y arcángeles. La dejaron a medio vestir, con sus enaguas de seda y plata, bajo la cubierta inquieta de un día lluvioso y turbio -¡demasiado turbio…! La dejaron entre las hormigas obedientes y los batracios locos que ablandan su panza en los balcones huecos. La dejaron sobre la espuma de los arroyos que las montañas desgastan y en los valles donde llora el último árbol virgen.

Ya en mi calle, se han vestido de largo los gorriones y, en algunas esquinas, han tallado pasquines los enemigos de la luna. Hay quien fuerza una esperanza y quien abre el paraguas harto de los versos que manchan las aceras. Hay quien mira al cielo, como si jamás azul lo viese, y quien sólo se preocupa del barro de sus zapatos.


No seré yo el que corte los tallos de las amapolas ni el que arañe los espejos que ahora pulirán las albas. No seré yo quien equivoque a las abejas ni quien silencie los trinos de las aves seducidas. Respetaré los almendros que amamantan los campos y la tibieza de los lagos que empapan a la luna. Mas a vuestra comprensión imploro para vivir en mi penumbra y para entender que el otoño es el tapiz de mi morada. Porque no perdono a una primavera que no haga crecer flores en la boca de los desheredados...

UN RETAZO DE PRIMAVERA



Tampoco en este invierno me hice infinito... Hoy, de camino al mercado, vi caer los primeros copos de la primavera. Un sol joven, como un vino amarillo, regaba ya los costados de las veredas, mientras un frío envejecido se  evaporaba de las hojas tiernas de los árboles. Imaginé a las hormigas bostezando y a una legión de moscas -disfrazadas de puntitos de la i- preparando los festejos que se avecinan, mientras se emborrachan de savia en los huecos tibios de los troncos quebrados.

En ésta, mi bendita tierra, todo llega antes. Antes revientan las flores y antes vocea el cielo su azul irreprochable. Antes se pintan de amor las mocitas y antes huele a yedra en el brocal de tu pelo negro. Antes anda revuelto el ganado y antes se seca la arena en la ribera de las almas.

Aún pastará el invierno por estos llanos, por esta callejas de forja y estas sierras morenas. Aún se harán nieve las gotas de los pámpanos y aún se harán grana los carbones de los braseros, pero hoy, cuando iba al mercado, tal vez sólo en mi esperanza, un indolente rayo de sol me trajo toda la primavera.



Feliz día. Feliz destino.

EL ANDÉN DE LA PRIMAVERA


A veces parte sin mí el tren donde persistentemente viajo y, en su partida, lo contemplo alejarse -humedecidos los ojos y quieta la maleta. Será inútil todo esfuerzo por alcanzarlo. El reloj de la estación se adelantó sin previo aviso y, ahora sólo queda la mirada lacerante al horizonte que perturba.

Quedo entonces –asumida ya la pérdida a la que llegué más por destino que por tardanza- arrellanado en este banco que me hicieron a propósito de madera, y me convierto en ebanista transeúnte, en servidor de la gubia que medra aún más sus listones arrugados. Aquí, entre sus carcomas devoradoras, me estrujo con la brisa inacabada y, a modo de sábana macilenta, me embozo con recuerdos de otros tiempos, con la ignorancia de si aún quedará alguien bosquejando versos en las paredes. 

Huele este andén siniestro a gasóleo e hierro viejo machacado, a soledad en blanco y negro, a posos de café y bolsitas de té mohosas.  Es este lugar –en el que quedo- la contrautopía de los paisajes, el laberinto de las llanuras vejatorias, el andrajo de un cielo estallado en las aristas de sus constelaciones.

Sobre la arena seca que alimenta mis suelas malgastadas     –otrora aserrín de risas- escupo la saliva que derrocha mi garganta, formando las únicas estrellas  que permite el tapiz malencarado. A mi siniestra, algo que pudo ser una botella,  recuerda el presente de la resaca y acoge en su boca dos moscas machaconas y ciegas. El petróleo de las uvas me llena el estómago y la cabeza, y ocupa el lugar de la sangre y la sesera. No sé llorar y no lloro. Tan sólo mantengo la amargura en la marmita imaginaria de mi tráquea.  

No hay más viajeros atrasados en esta estación de fantasmas y desmemorias. Solo quedo y solo destrozo las palabras que ayer compuse. A cantar me paro si la tarde queda rota y, las alas batientes de algún insecto, me recuerdan la mudez de lo entonado. No recuerdo la música que me enseñaste. Ni las palabras que tras de ayer me emocionaron. El banco de madera sigue figurando firme. Imperturbable. Como el acomodo infernal de cada ominoso pensamiento. Por eso me fue hecho a propósito. Para evitar un rendimiento protector. Para alargar la tortura del tiempo que, imperturbable, pasa y pasa volviendo a hacer llagas que saben, una vez más, a primavera.