Datos personales

SIN PENA...

Convoco esta noche ante el Alto Tribunal de los hombres que aún creen en los sueños. La convoco con sus estrellas mínimas y su altura bruna y desafiante. Quiero que responda por el ominoso desprecio a las pretensiones escasas de las almas sencillas. Que responda por su silencio caprichoso y vacuo. Quiero que el verbo del Juez la violente como ella arremete contra las palabras que se secan en las gargantas. Quiero que el Fiscal la conmine a que rescate la sal de todas las  lágrimas que pierden su destino. Si hay quien se sienta héroe bajo este trozo de universo que avizoran mis iris blanquecinos, que no se reconozca en esta historia que le han escrito, que me acompañe al banquillo de los acusadores: compartiremos cadenas contra el silencio que destilan las sombras infinitas.

EL TIEMPO ROE

Trasteo los minutos de la tarde como quien inquieta las teclas de un piano. Se adivina el verano. Denso y turbador. Como un dolor de encías en la boca de un anciano. El boceto del horizonte es intenso y ciego. Como un óleo pintado por un borracho. Los ruidos se encadenan y se mezclan como basura en los oídos recios que los atrapan. Hay miríadas de hormigas que trepan por el mismo árbol entonando el mismo silencio. La misma liturgia. El mismo camino. Somos devoradores del tiempo. De un tiempo que se deja morder porque conoce perfectamente el veneno de su jugo.

ADAGIO NOCTURNO PARA ESTROFA


El lento adormecer de la noche es la ancianidad del día. La hora exacta en que los pájaros desamparados anidan en el lecho de madera. El instante preciso en que el viento recela del viento y la oscuridad maltrata la línea de la minúscula existencia. La noche quieta, como la mar invertida, como el negro infinito de tu mirada.

Buenas noches y Feliz destino

Algo pequeñito...

 
 
Esta mañana, en que temprano dijo "aquí estoy" la amanecida, me he ido con mi libro sempiterno rellenito de palabras al parque que ilustra mi barrio... Sentado sobre la forja de un banco abatido de esperas, mientras leía la historia que me entretiene, me he maravillado con la sencillez del verdor recién regado de sal de estrellas, con los árboles desperezados al día, con los abuelos -que escuchan el silencio- con sus alpargatas nuevas...

No está mal, esto de tener un libro, un parque y un paisaje, no esta mal esto de estar vivo...

Feliz sábado y Feliz destino

LA FÁMULA DEL AUTOBÚS




Es la Antonia una empleada de hogar con la que coincido cuando, ciertas mañanas, las piernas flaquean más de lo que acostumbran –que a ver qué anduvieron persiguiendo por la noche-  y recurro al autobús para que me lleve, con el mínimo desgaste óseo, desde extramuros hasta el lugar donde origino mis haberes.

Antonia es pequeña como una estrella sietemesina y lleva siempre la cara lavada, blanca y estirada como el alba de un cura –que pareciera que le cambiara la piel cada alborada. Debe rondar -sin pisarlos- los sesenta y, por el aspecto de sus manos de labriega urbana, uno diría que habilita friegasuelos y estropajos desde hace ya bastantes décadas.

Recorre Antonia el trayecto hasta la zona de Las Tendillas -donde se condensan los pisos solariegos de los más rancios señoritos que aún trastean por Córdoba- y, una vez llegado a alguno de ellos -de cancela y portería humana- enfunda toda su figura en su ropaje de criada –que atrás dejamos ya los eufemismos- y se pone a quitar la costra que la señora no quita porque ser hija de quien es y viuda de difunto con galones.

La Antonia nunca se ha dirigido a mí en el transporte que nos acarrea hasta el centro urbano de Córdoba, porque yo suelo llevar maletín y tengo aspecto, bien de vendedor de seguros de decesos, bien de despachante de alguna oficina con linaje. Por ello y, desde la distancia que ella marca, yo siempre observo a Antonia como un ejemplar de la Córdoba descolorida, de la ciudad que siendo cuna de tantas culturas, sólo dejó, como siempre deja la historia, ricos que defecan y pobres que se esfuerzan en limpiar lo defecado –sírvase esta imagen, y así aviso a quien esto lee, en el más amplio sentido de la metáfora y no sólo en el de el colectivo de la Antonia, pues que alce la mano quien no se encuentre a uno u otro lado del escatológico ejemplo.

Hoy la Antonia iba contenta porque le han puesto una pótesis en su rodilla, que andaba machucha la pobre y, como se ha sentado al lado de otra empleada de casa ajena, quien le ha señalado su origen ecuatoriano, ha tenido un trayecto muy entretenido. ¡Qué lejos está usted de su casa!   –se ha convalecido de la emigrante- y ésta que, por sentirse emigrante y tener cara de pobre, tenía la necesidad de presumir de algo, le ha dicho que es que su casa está en el centro del mundo. Pues vaya calor que debe de hacer –ha sentenciado la Antonia mientras se abanicaba, en una mueca forzada, con la mano. Y la criada ecuatoriana ha inclinado la cabeza ya que, ni un sí ni un no, hubiesen aclarado nada. Luego Antonia se ha congratulado de lo bien que habla su compañera de destino el español -que digo yo que, que bien habla usted pa ser de fuera, ha dicho- para seguir despachándose a gusto con lo de su pótesis metálica y ha señalado pomposamente la bonhomía de la señora para la que sirve que, mire usted me ha dicho: Usted Antonia ahora se agacha lo justo, que lo que no pueda hacer esta semana lo hace la que viene echando un par de horillas más. Que la salud, como decía mi santo esposo, es un bien que nos da el Señor para cuidarla y no para jugar con ella. Que aún le quedan a usted muchos suelos que fregar…
Su feligresa de asiento, que la sigue escuchando sin perder ni coma –a pesar de la velocidad verbal de la Antonia- ha asentido nuevamente, con la convicción reforzada de que, tanto de el Ecuador para arriba como de el Ecuador para abajo, debe de haber el mismo número de malnacidos que, en eso, la población parece andar muy bien repartida.

       Cuando he dejado la parada que me pertenece por designio, Antonia habrá seguido hasta la siguiente con sus andanzas de fámula resignada, mientras yo, he emprendido el poco trecho que me quedaba hasta el Ministerio, sacando de mi maletín media sonrisa de funcionario de tercera y, pensando qué expedientes me tocaría hoy abrillantar de tantos que habrán empercudido los señoritos de los despachos de arriba.


LAS SÁBANAS CURIOSAS



Tengo mi balcón –sí, ése que es de segunda, como mi piso y mi corazón- mostrando al vecindario curioso las sábanas que han servido, durante algo más de una semana, de lienzo a mis sueños y a mi alma. Hoy tardarán más en secarse. Llueve en la calle donde aboca mi estancia. Y la humedad es mala aliada para que los últimos vestigios del agua hiervan hacia la ausencia definitiva. En mi balcón han muerto dos plantas desde el invierno. El descuido hizo con ellas lo mismo que tú hiciste conmigo. Eran dos plantas prosaicas, de ésas que tratan de avivar los espacios de los solitarios. Es curioso a cuántos solitarios conozco provistos de dos plantas y un gato. Yo ya no tengo las dos plantas –ahora me conformo con una caña de bambú que se resiste a la muerte retorcida en su propio eje- y nunca he tenido un gato, porque una vez me dijeron que los gatos comen pelos y, no me pareció higiénico compartir mi casa con una especie que se alimenta de cabellos y pescado –odio el pescado y su olor a mar difunto.

Mientras escribo, cercano al balcón, mi mirada se estrella frontalmente contra las sábanas que dieron origen a esta misiva sin destino. Parecen nubes sin alma. Sudarios sin difuntos que les den volumen. Propietarias de sueños fantasmales que alguna vez embozaron mis desvaríos y duermevelas. Mínimas poseedoras de las pieles que ampararon -pieles níveas como la de ella a la que nunca olvido a pesar de su daño…

Mañana, porque ya hoy definitivamente la humedad lo ha evitado, las destenderé de sus alambres y, con la impericia que da la soledad para ciertos menesteres, serán mal dobladas y guardadas en el armario que ocupa con holgura cierta pared de mi dormitorio. Serán colocadas sin esmero en el mismo cajón donde abandono, por costumbre, los envoltorios de los jabones que uso -en mi pobre ilusión de que tomarán algo de su perfume mudo. Quedarán entonces allí. Quietas y allanadas. Listas para nuevas batallas o para simples vasallajes. Siguiendo su insalvable destino de fieles armaduras de mi colchón de látex y miseria…

EL PASEO DE MI CORAZÓN



Hoy he sacado el corazón a pasear. Le he puesto un trajecito de color discreto y unos zapatos con las medias suelas nuevas. También lo he peinado con cierta compostura y, por si acaso, le he aplacado sus rizos genéticos con algo de espuma de desmemoria. Cuando sale a pasear, mi corazón late antes de cruzar el umbral que lo fronteriza, como un perrillo inquieto antes del alivio rutinario.

A eso de las once, se codeaba todo él con los otros corazones paseantes por la misma gravilla. A pesar del tiempo que no se nos veía juntos, no hemos sido asaeteados por excesivas miradas indiscretas, cosa que ambos hemos agradecido, por eso de no estar el ánimo para muchas –ni pocas- explicaciones.

Junto a la naciente flor de la esquina de la muralla milenaria que deja a mi barrio en extramuros, le he sentido hurgar en el polen hasta en tres ocasiones –que, a mi contra, no debe, el reproductor elemento, ser ocasión de trastorno para él. Señalado el lugar sin el orín indiscreto –que atrás quedó ya el símil con el perrillo impaciente- hemos paseado luego  hasta más allá de la iglesia que dedican a San Lorenzo y   -como parecía tener hoy más necesidad de olisquear que de costumbre- ha tomado algo de incienso que sobresalía por la rendija que estrujan las puertas del templo, el mismo incienso que se llevaban, en sus alas batientes, dos mariposas de un amarillo chillón desagradable que bailaban con la inútil gracilidad con que lo hacen semejantes lepidópteros.

Iba mi corazón hoy advertido de que no es buen tiempo para romances ni romanzas, pero él –siempre cantor ciego- se ha estremecido en un par de ocasiones con la mirada sultana de algunas chiquillas de las que anuncian primaveras. Señalada entonces mi mano en el pecho, ha cesado su latir inquieto, hasta volver a quedar éste en la sístole prudente y en la diástole atinada.

A eso de la una –cuando el mediodía apretaba su mejilla contra el suelo- andaba ya el trajecito que le impuse algo sudado y, las medias suelas –que no debieron de ser bien calzadas- advertían de un despegue casi inmediato. Tal eran las cosas, que creí que era hora del final del paseo -que luego llega el resfrío de este tiempo y las toses y los incómodos estornudos.

Llegados a casa con la barra de pan tibio bajo el brazo y, tomado nuevamente su lugar oportuno, lo he visto algo menos deslucido que estos días pasados, pero aún se advierten las ojeras y cierta palidez en su laberinto de cavidades. Mañana, a lo mejor, si la brisa deja la veleta detenida, volvemos a dar otro paseo –por eso de que se acostumbre a la soledad de la primavera.  Y, a lo mejor, mañana, llegamos más allá de extramuros, donde dicen que también se encuentran otros corazones a los que tampoco asusta el polen de las flores principiantes.

EL ANDÉN DE LA PRIMAVERA


A veces parte sin mí el tren donde persistentemente viajo y, en su partida, lo contemplo alejarse -humedecidos los ojos y quieta la maleta. Será inútil todo esfuerzo por alcanzarlo. El reloj de la estación se adelantó sin previo aviso y, ahora sólo queda la mirada lacerante al horizonte que perturba.

Quedo entonces –asumida ya la pérdida a la que llegué más por destino que por tardanza- arrellanado en este banco que me hicieron a propósito de madera, y me convierto en ebanista transeúnte, en servidor de la gubia que medra aún más sus listones arrugados. Aquí, entre sus carcomas devoradoras, me estrujo con la brisa inacabada y, a modo de sábana macilenta, me embozo con recuerdos de otros tiempos, con la ignorancia de si aún quedará alguien bosquejando versos en las paredes. 

Huele este andén siniestro a gasóleo e hierro viejo machacado, a soledad en blanco y negro, a posos de café y bolsitas de té mohosas.  Es este lugar –en el que quedo- la contrautopía de los paisajes, el laberinto de las llanuras vejatorias, el andrajo de un cielo estallado en las aristas de sus constelaciones.

Sobre la arena seca que alimenta mis suelas malgastadas     –otrora aserrín de risas- escupo la saliva que derrocha mi garganta, formando las únicas estrellas  que permite el tapiz malencarado. A mi siniestra, algo que pudo ser una botella,  recuerda el presente de la resaca y acoge en su boca dos moscas machaconas y ciegas. El petróleo de las uvas me llena el estómago y la cabeza, y ocupa el lugar de la sangre y la sesera. No sé llorar y no lloro. Tan sólo mantengo la amargura en la marmita imaginaria de mi tráquea.  

No hay más viajeros atrasados en esta estación de fantasmas y desmemorias. Solo quedo y solo destrozo las palabras que ayer compuse. A cantar me paro si la tarde queda rota y, las alas batientes de algún insecto, me recuerdan la mudez de lo entonado. No recuerdo la música que me enseñaste. Ni las palabras que tras de ayer me emocionaron. El banco de madera sigue figurando firme. Imperturbable. Como el acomodo infernal de cada ominoso pensamiento. Por eso me fue hecho a propósito. Para evitar un rendimiento protector. Para alargar la tortura del tiempo que, imperturbable, pasa y pasa volviendo a hacer llagas que saben, una vez más, a primavera.