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11-M




LA RENUNCIA
(in memoriam a las vidas salvajemente truncadas el 11-M)


Esperaba sentado en aquella butaca mientras percutía, sobre las losetas algodonadas, con sus pies descalzos. En su regazo, dos alas, una venda para los ojos, un arco, un carcaj y, al menos, dos docenas de flechas. Llegado su turno, entró en el habitáculo con olor a cielo y puso su arsenal sobre la mesa. Quien le miraba desde el otro lado  -ocupando un espacio infinito- esperaba una explicación a aquella renuncia tan inusual. Tomó el aire necesario para espetar lo que tanto había pensado: No pienso seguir disparando mis flechas mientras otros sigan disparando sus balas. 

DE MUJERES Y MARZO




Aunque ando en la trastienda de las vocales y las sombras, más silente que sonoro y más afanoso que fértil. Aunque me duele -como duelen pocas cosas- esta tarde que se arruga y evapora, y esta oscuridad que ya doblega mi peto y hace punzante el yelmo que encarcela el brote de mi locura.

Aunque no sé del tiempo que me resta ni de las palabras que me caben, pues soy universo pequeño en un útero que, escaso de piel y celo, me gira y me alimenta. Pasar no quisiera el día sin hablaros, sin escribiros, sin reprocharos, sin deliraros, sin echaros de menos, sin disculparme y sin confesaros que todo lo que fuisteis yo fui y que, todo lo que me demandéis, justamente seré...

Madres, hermanas, hijas, amantes… Campesinas, taquígrafas y parteras; costureras, poetisas y psiquiatras; geógrafas, panaderas y maestras; prostitutas, regentes y centinelas; mujeres todas en mis quimeras y en mis infiernos; en mis hogares y en mis veredas; en mis candelas y en mis aguaceros; en mis olvidos y en mis recuerdos… Os tuve tanto… Os besé tanto... Os deseé tanto… Os lloré tanto… Os escribí tanto… ¡Cómo de feliz me hicisteis…! ¡Cómo de desdichado…!

Ya que sabéis de mi pobre amor imaginario yo, sin enturbiarme, me señalo hoy en vuestros rostros y en vuestras manos, en vuestros labios y en vuestros vientres, en vuestros pechos y en vuestra alma, pues me hice trovador para escribiros y me hice camino para encontraros…  


ADIOS MAÑANITA CLARA




Al resguardo de este balcón donde penan de olvido las begonias y se engruesan con las podas de mis versos las larvas de miel y aire, acecho, sin decoro, el desvestir de la mañana en su alcoba de doncella.

Al pie queda su vestidito claro y su enagua de celajes, sus inversos regatos amarillos y su corsé laso de tiernos azules. El sol, inmutable y recio, le unta ya del olor a tabernas y a guisos de corralones, del olor a queso viejo y al del vino que fermenta en la boca del mentiroso.

Los zapatitos del escaparate se hacen sombras bajo el toldo que albor devora y, los maniquíes displicentes, sestean a destiempo sin cerrar sus ojos de peces disecados. Hay un viento quieto, como hecho de plomo, que comba las hojas de los naranjos agrios, y un reciente gorgoteo de los pajarillos que se quejan del hambre inoportuna.


Ya no queda mañana en la acera donde posé temprano mis ojos dormilones, y se me borraron del pecho los pueriles tatuajes con los que jugué a la esperanza. Yo como tú, mañana clara, también correré a esconderme bajo mi sol de candil y sombras, a bosquejar renglones y silencios, a herir versos sin más destino ni medida que servir de pasto esta noche a los amantes inflamados.  

EL HOMBRE QUE ESPERA LA PRIMAVERA



Como cada primero de marzo se hace el redondel de San Lorenzo acuarela de su estampa. Y se remienda de sol el rosetón de la Iglesia, y se ponen nerviosas las palomas y recién se estrena un cielo que duele de añil, y se confunden en su figura todos los instantes de un cosmos que, por un momento, se detiene junto a la fuente del cervatillo de piedra.

El cabello teñido en agua, una tez bruna de Sierra y un traje equivocado al que le gotean de seda los bolsillos.
La espalda que anota la curva del invierno, la escasez en las carnes y unas manos que arrullan un ramillete de margaritas tiernas. La mirada como el ala de un gorrión humilde, un mentón de hidalgo en Flandes y en sus pies, ¡en sus pies los zapatos más limpios del mundo!

De sus recuerdos dicen que tejen razones las arañas y de su pasado -bordados en filigranas de plata- cuelgan rosarios de caricias rezadas en las pieles que alimentaron su vesania.


Es el hombre que siempre espera abril cuando marzo llega. En la misma Plaza en que con trece albas se le crujieron de amor los labios. Bajo el mismo cielo en que resolvió su talle  -¡ay su talle!- de musa morena, y entre el mismo aire donde, bajo su blusa, conoció para siempre a qué huele la desalmada primavera.

UN RETAZO DE PRIMAVERA



Tampoco en este invierno me hice infinito... Hoy, de camino al mercado, vi caer los primeros copos de la primavera. Un sol joven, como un vino amarillo, regaba ya los costados de las veredas, mientras un frío envejecido se  evaporaba de las hojas tiernas de los árboles. Imaginé a las hormigas bostezando y a una legión de moscas -disfrazadas de puntitos de la i- preparando los festejos que se avecinan, mientras se emborrachan de savia en los huecos tibios de los troncos quebrados.

En ésta, mi bendita tierra, todo llega antes. Antes revientan las flores y antes vocea el cielo su azul irreprochable. Antes se pintan de amor las mocitas y antes huele a yedra en el brocal de tu pelo negro. Antes anda revuelto el ganado y antes se seca la arena en la ribera de las almas.

Aún pastará el invierno por estos llanos, por esta callejas de forja y estas sierras morenas. Aún se harán nieve las gotas de los pámpanos y aún se harán grana los carbones de los braseros, pero hoy, cuando iba al mercado, tal vez sólo en mi esperanza, un indolente rayo de sol me trajo toda la primavera.



Feliz día. Feliz destino.

VOLVER



Volver no es fácil. Mucho menos cuando se regresa con la misma derrota con la que uno, antes de partir, ya aceitaba su montura. A lo lejos se ven cerradas las ventanas y vacías las sillas de anea, y uno siempre piensa que volvió a regresar por el camino equivocado -es lo malo de no anotar, a fuego, el centelleo desalmado de las estrellas mentirosas.

Yo siempre marcho solo y vuelvo solo. Como un errabundo que sale de un desgastado laberinto. Apenas regreso, vuelvo a colgar de la nada mis aperos tiznados con la cal de los molinos de la Mancha: la lamparita de aceite, el humo del cigarro que dejé irresuelto en la columna que trepa al techo, la pluma reventada, tu retrato grabado en alma y mil garabatos en mil papeles que nada esconden y que todo callan.

Desnudo ya de viaje, aireo el caserón estrecho y pongo a salar las cicatrices que me cruzan. Alimento a mi gato. Esturreo las palabras de los bolsillos y, como si nada, me pongo a recordar de nuevo el comienzo de aquel soneto que escribí, a doble copia, sobre tu vientre y mi hambre enamorada.




Y se instaló en sus galas entumecidas por el tiempo. Y afinó su reloj de cuerda adjetiva. Y apuró el borde de la copa hasta más allá de los pinceles lunáticos. Y, a la postre -relucientes las campanas cenicientas-, se sentó al único lado de la mesa donde aún guardaba un mendrugo de ilusión y un amasijo de sonrisa.


Feliz Año. Feliz destino.

TROZOS DE VACÍO



Ahora que sus días muerden el último trecho de la jarcia, me doy cuenta de lo mucho que tengo de Otoño… De lo mucho que contengo del retal inverso que, como un escaso pañuelito sin etiqueta, se pierde en los bolsillos trenzados de la lluvia y la modestia. De tanto como poseo del olor que sangra hacia fuera en la tierra y hacia dentro en los tumores lenguaraces de los que amaron. De cómo me arrastra el cielo huérfano y el arroyo sin dibujos a la Sierra navegable. De cómo habito en la cajetilla de humo y habanos, y en el cristal traslúcido de la vecina que calienta la mirada en el puchero tibio de carne, cebolla y mariposas…

A menos que más, tocará que me marche y que te marches…

A menos que más, tú y yo…Tú Otoño discreto de huecos grises en el remolino de las caracolas rotas. Yo naranjo de lágrima en la acera que sepulta los grillos estivales. Tú Otoño de madera entre los pechos de dos pianos adolescentes. Yo modistillo de aguja en el enhebro siempre viejo del siempre dorado recuerdo. 

A menos que más, tocará que me marche y que te marches…

Por eso Otoño no me gusta que ya te nieven. Ni que te pinten del rojo marioneta que cubre los denarios. Aún chorreas de días y yo calo de noches, escribiendo en dorado sin leer apenas los reversos pueriles de los renglones que compongo de memoria. Dicen que soy demasiado triste y que, por ello, si fuera poeta, no pudiera ser poeta de los que caminan trechos, y que yo, por ser sólo soy, y más que ir, solo quedo... Y por eso, estos días, yo también muerdo el último trecho de la jarcia. Como tú, Otoño, -ceniciento del cuento interminable y la gubia del almíbar. Muerdo y muerdo, antes de que quedemos, enterrados para siempre, en la orilla primera de la nieve que derrite la tibieza del recuerdo de sus besos.


Feliz día. Feliz destino.