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DE TÚ NECESIDAD, UN VERSO...




Necesito escribir
no para llorarte,
si no para que sepas
que aún consagro la sonrisa.

Necesito escribir
no para rondarte,
si no para que sepas
que aún acierto en el mapa de una piel.

Necesito escribir
no para soñarte,
si no para que sepas
que aún caben planetas en mis armarios.

Porque yo, niña, escribo
para emborrachar el cielo,
para engañar a la duda,
para desteñir las raíces
que carcomen mi penumbra.

Para cantar cuando no canto
y llorar cuando no lloro,
para hablar a la piedra nervuda
que van royendo los arroyos.

Así que tanto no te creas
que tú manejas mi fortuna,
que ya partí
- velado tu hueco-
hacia nuevos cielos
y otras tantas lunas.

SÍSIFO ENAMORADO



Si fui capaz de arribar la noche
hasta la cima de la montaña,
dejar no puedo que las sombras
otra vez cieguen mi alma.

Buscar debo y no negarme,
cuando invente la mañana,
un amarillo de besos
de tu boca a la cañada. 

EL VERSO DETENIDO



(para mis amigas y amigos fotógrafos…
                                        a quienes tanto necesito…)


Tú amigo,
vos amiga,
que sabes colgar la noche
sobre una ladera parda.

Que,
en el edén de tu mirada,
no es imposible parar
una suela cuando anda,
un beso cuando cruje,
una estrella cuando brilla
o el son del agua cuando danza.

Tú amigo,
vos amiga,
que compones para mis ojos
los añiles de la mañana.

Que me das el lienzo de piel
que cubre su mansa espalda,
o los pechos en que la luna
se espejea y se desagua.

Que me prestas
en primavera,
el aliento de las luces,
-mientras el grillo les brama-
y en invierno
un festín de blancos,
cuando el agua bosteza escarcha.

Entre las sombras
de tus figuras
quiero yo enredar palabras,
así tú detienes el tiempo
y yo lo vuelvo
a poner en marcha.

DIME TÚ MUSA...



Dime Tú,
Musa,
hacedora de mis componendas,
lumbre bajo el alambique de mis delirios,
vasija sin moldura de mis arcadas de tinta,
sostén de mis espasmos.

Dime Tú,
compañera,
protectora de mi verso,
baquiana de mis senderos,
cortejo de mis noches.

Dime Tú,
Musa,
con qué palabras hechiceras
rompo el cendal de lágrimas
que ahogan
la guarida de sus ojos
y su alma. 

YA ME HABÉIS LEÍDO



Hay días en que, cuando tomo mis herramientas de escribiente, al ir a dar el primer pespunte al cuaderno que espera, me detengo en un éter imaginario y pienso que ya me habéis leído todo. Que nada me queda que reportaros, pues nunca fue imaginar e imaginar uno de mis infinitivos más ejercitados. Hoy me siento así. Leído. Por entero. Como un libro consumido por las llamas o un poema aventado por Eolo.

Empiezo a mirar el fondo del tintero. Aun reconociendo, sin faltar a la modestia, que si tengo alguna virtud radica en hacer de lo pequeño una historia -probablemente porque no tenga cosas grandes que proponeros-, también las cosas más insignificantes se van agotando -aunque mi hija de pequeña decía que las mariposas eran infinitas, más aún que las arenas de los mares… ¡Qué chiquilla ésta…!

Sabéis que durante un tiempo escribo y luego, durante otro acaso más extenso, callo. Me silencio y me oculto. Como una oruga muda y ciega. Son los biorritmos de mi alma. Mi bipolaridad de tintas y libretas. La maldad de este destino que me amarra y que me impide tantos quehaceres...

En esos eriales de tiempo amontono ideas. Las custodio. Las deslizo bajo la almohada o entre un terruño de arena en mi terraza. Guardo palabras en la sombra de tu retrato o entre el socave de mis muebles. Pero eso no sirve. Cuando las quiero retomar están pochas y macilentas. No tienen colores y no huelen a alma. Porque sólo cuando uno escribe en el presente, conviviendo con la mortalidad del instante, uno sabe que entregará el correo. Se apreciará más o menos el contenido de la epístola, pero ésta llegará. A tiempo y a destino. Llevando el franqueo oportuno con la saliva húmeda de la boca reciente.

Hoy tengo un día de esos. De esos en que, ya digo, tengo la sensación de que ya me habéis leído todo, pero siempre logro, os puedo asegurar que más por fortuna que por pericia, entregaros una nueva confidencia.

Feliz anochecer. Feliz destino.
(Feliz tarde América)
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© Rafael Luque. 2015.Todos los derechos reservados.

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TE IMAGINO ENAMORADA...



No me gustaría que ya no amaras. Que hubieses perdido la costumbre de enamorarte. Que anduvieran sin oleaje las orillas de tus labios y sin miel el vientre donde reposé tantos otoños.

No me gustaría que ya no recorrieses las callejas de la Judería, ni el Puente Romano, ni el huerto donde el Churrete te olía las pantorrillas, ni la orilla del Guadalquivir -ése que hace de Córdoba dos párpados.

No me gustaría que ya no apoyases tu frente en un hombro lenitivo, ni que te fueses a dormir sin una sonrisa de agua. No me gustaría que ya no cupiesen las flores en la bandeja de tu desayuno, ni las mermeladas juguetonas en la punta de tu nariz.

No, no me gustaría que hubieses olvidado aquello que aprendimos de hacer aventura lo más sencillo.

Yo te tengo en mi recuerdo enamorada y bella. Triste y amplia. Serena. Y te tengo y te sostengo como aquello que fuiste en un instante: una niña en piel de caramelo, una manzana, un algodón de azúcar rosa, un diente de león dormido en la más pequeña de las nubes.

Y luego un adiós plateado y triste. Un hasta luego, un hasta siempre, un hasta nunca… Un me voy pero no quiero… Un me marcho pero no te dejo…

No, no me gustaría que ya no amaras. Porque así transito yo por la distancia de los caminos y sé lo tristes que se vuelven unos ojos cuando ya no confían en las estrellas.

Feliz día. Feliz destino.

(Feliz amanecer América)

JUEVES SANTO



Jueves Santo. El preludio de todo. Trece pescadores en la mesa. Los postreros alimentos. Traición y plata. Rabinos negros. Soldados de cuero. Espinas y sangre. Las calaveras del Gólgota. El madero silente. Una sola muerte para demasiados vivos. Unos pocos clavos para demasiadas manos. Procederán en la forma en que marcaba tu designio. Pero, aún conociendo la corteza de tu camino, Tú también demandarás explicaciones al cielo. Allá parecen que están todas. Entre eslabones de celajes y conciencias infinitas. Entre ángeles cándidos y cuervos negros.

Yo no salgo a verte procesionar ni hago penitencias. Me entregaste la mía y con ella convivo. Yo tengo mi cruz y mi Judas. El alimento que me gano y el cáliz que me amarga. No demando porqués porque no entiendo los silencios.

Y es que hay demasiadas cruces en esta tierra que dejaste ahogada y fría. Y falta pan en muchas mesas. Y agua lejos de los arroyos. Y mantas que arropen el frío lacerante. Por eso no te quiero de oro y sedas. Te quiero desnudo y débil. Como hijo del hombre. Como hijo de Dios. Pues no hay lugar para una rosa en la llaga del que sufre…

Esta noche se iniciará todo y yo me santiguo en el nombre de tantos que te requieren. En el nombre de la miseria y la enfermedad; del hambre y de la metralla; de los niños mineros y de las mujeres encerradas en las cárceles del alma; de los ladrones buenos, y de los samaritanos torpes...

Yo me santiguo con la esperanza de que, al fin entiendas que, para muchos, otro año, por más que reviente el cielo, tampoco nacerá la primavera.

Desde mi pobre morada, desde mi alma de niño, yo te suplico que les entregues el paraíso cuando toque pero, en el nombre de tu Cruz, aparta de su lado los mordiscos de los tiranos.


AMÉN

ABRIL



Regresó Abril. Sin llamar a la puerta. Como otros tantos hurtadores de mi tiempo. Con su sonrisa de monarca bonachón y sus amaneceres rubios y sus aguas irreprochables. ¡Abril florido y hermoso ¡Abril lluvioso! -que dijo una vez alguien, y luego lo dijo muchas veces mi abuelo…

Abril sin apellidos. Inquilino de un vientre inmenso que mece la primavera. Abril sin reparos. Con la confianza de quien se sabe conquistador de la luz. Abril voraz en sombras. Abril de incienso y pasitos de costalero. De palios y saetas. De ancianas raídas de penitencias. De flores bravas y moscas recién reclutadas para la batalla contra el éter. Abril tapizado de olores. Lienzo de pintores locos que temen a la oscuridad del Infinito.

Abril de mocitas que se remanga los codos y las faldas. Roba-besos de esquinas. Galán de noches largas donde la saliva venda los labios agrietados. Abril amante. Abril resentido. Abril soberbio.

¡Ay Abril!
Por el lamento de mi alma y mis espacios
¡Qué poco aprecio te tengo!