Adiós amiga. Has sido una compañera efímera. Como mi
sonrisa. Como el tallo de un diente de león. Te has despedido con un postrero
maullido silente, solemne… Hasta última hora trataste de llegar a mi regazo –el
mismo que tomaste como cuna precisa durante cuatro infinitos días. Pero el titubeo
de tus patitas era ciclópeo para tus apenas dos meses de párvula vida. No querías
irte. Lo sé. Me lo decían tus ojos negros, pequeñitos como almendras pequeñitas.
Me lo decían tus zarpitas con uñas de juguete –las que aun así han dejado algún
tatuaje divino en mis brazos de remero de ilusiones. Me lo decía el sol al que
te tumbaste –ya enferma- esta misma mañana tratando de robar a la vida lo que
la vida al final no quiso darte. He estado contigo hasta que pude y has estado
conmigo hasta el fin. Como dos náufragos sobre la misma tablilla de madera. Sólo
espero que ahora andes gateando por la escalera de raspas que llevan al cielo
diminuto donde las nubes saben a pescado, mientras sigues en mi regazo
imaginario como la última compañera que más sonrisas me ha robado. Hasta
siempre, amiga, hasta siempre.
A VOSOTRAS
A vosotras, mis infieles mariposas. Infatigables maestras de
la caricia inopinada. Dómines en el arte del dibujo por esta piel que sostengo
como un pergamino agotado. Vosotras que habéis sido beso en el brocal del pozo
y anochecer de estrellas en los zaguanes. Colaboradoras indispensables en el
quehacer de mi camino, ora colocando rosas, ora aguzando las espinas. Vosotras,
sueños deslucidos por pertenecer los besos al mundo de lo onírico. Irreales y mágicas.
Reales y dolorosas. Enaguas quebradizas sobre los muslos morenos. Cinturillas y
ojales indescifrables. Sedas y sábanas borrascosas. Vosotras epístolas
interminables, manantiales de tinta y de saliva. Llantos implacables bajo la
luz de la luna retorcida. Risas irisadas sobre un cielo temprano y llano.
A vosotras. Hoy dispersas por mi mente y por mi espacio. Os
ruego que recojáis los trozos de mi piel que os llevasteis con el permiso del
orate que nació de aquel perfume y que, poco a poco, recompongáis la estampa de
aquél que fui y que ahora se ausenta, porque necesito transpirar de nuevo en
esta soledad que pesa como cientos.
EL VÓMITO DEL DESTINO
Hoy, al despertar, me ha venido como en un vómito la sangre endurecida
de Lorca y el dolor infatigable de Miguel –aquél que amara en Orihuela. La
esterilidad de los campos yermos de Machado y el verso cansino –por estéril- de
Neruda. Se me ha hecho la noche en un torbellino de estrellas asesinas y me he
sentido frente al pelotón que pisó –como
hormigas- a los poetas que acabaron derrotados. No es distinta mi derrota. La
conozco. La mastico como un tabaco que se escupe y que retorna. Es hedionda.
Hacedora de un destino que me ha hecho estrechas todas las veredas y amarga el
agua de todos los ríos y de todos los besos. La derrota que grita que me calle.
La derrota a la que grito que, postrado en mi silencio, no dejaré de nombrarla
con mi tinta y con mi llanto porque, sólo así, conseguiré ahuyentarla –con la brevedad del tiempo- hasta los parajes
donde fornican con el demontre los lobos malditos que devoran la sombra de mi
estampa.
LLEGARÁ LA RISA
Hoy te espero. En unas horas revoloteará por este espacio tu
sonrisa de mariposa encantada. Se abrirá mi casa a tu perfume y, tu cuarto,
dejará que descanses de nuevo sobre su pecho intermitente. Serán mías tus
historias menudas, contadas de repente, como cuentos necesarios… Serán tus
palabras las que vuelvan a colmar el diccionario de mis versos. Y reiré como sólo
le río a la vida cuando distingo los globos irisados.
No quedarán bancos vacíos en los jardines que construyo, ni
abuelos que descuentan la vida, ni árboles que se lamenten… Renacerá la ambrosia
de ser todo nuevamente de colores y cada nube caerá despacio sobre el alma de
los amantes.
Hoy te espero. Y contigo espero la vida en este rincón donde
demasiadas veces se esconden entre sombras las palabras. Porque eres exacta
destruyendo soledades.Porque eres cierta y hoy no quedan tormentas que engendren
aguaceros.
EL POETA QUE SÓLO ESCRIBÍA A LOS ÁRBOLES
Vestía rancio. Como visten los poetas que no batallaron en
ninguna guerra y, bajo su brazo, se lastimaban las hojas sueltas e inquietas emborronadas
de una tinta bruna como el fondo de su alma. Tenía estampa de soñador de barcos
y engastador de olas –por mucho que fue siempre de secano su paso incierto de
camaleón borracho. Caminaba acompañado de jadeos sibilantes y, al respirar, uno
se daba cuenta de que el aire se le había gastado de tanto soplar a las nubes. Tenía
ese mirar nocturno que sólo tienen aquéllos que buscan adverbios tras las
estrellas. Era el poeta que sólo escribía a los árboles. Se hartó de romperse
el alma contra las almas forasteras. Se hartó un día de escribirle versos
fieles a aquellos ojos mentirosos. Se hartó de trepar por el recuerdo de su cuerpo y, en su delirio de amante, decidió escribir solamente a los árboles
campechanos que le lindaban el camino:
¡Ay árboles compañeros!
De vuestra savia y vuestra sombra
colmo mis venas y mi descanso.
Pues ya no soy hombre.
Que empiezo a sentir cortezas
en mi corazón acorralado…
¡Ay árboles compañeros!
De vuestra savia y vuestra sombra
colmo mis venas y mi descanso.
Pues ya no soy hombre.
Que empiezo a sentir cortezas
en mi corazón acorralado…
LÁGRIMAS EN LA LLUVIA
A veces se vienen las lágrimas como goterones de una lluvia
desabrida, y descansas y te duermes aún con el salitre humano sobre tu rostro
–como clavado por el agua. A veces hasta imagino olitas pequeñas distinguidas
entre la negrura de los ojos y, en esa posición –casi fetal- de cabeza
flanqueada por los brazos, dejo el arroyuelo imperceptible cayendo desde el
espacio hasta una hoja paria que da lugar a un embalse de tristeza. Nunca supe
llorar bien. Creo que es un ejercicio que no aprendí de niño con la debida
suficiencia. Pues si entonces era un acto público y vocinglero, ahora lloro con
un llanto escaso y profundo, como de lágrimas mudas y vergonzosas. Pero siempre
sé que habrá un instante en que las lágrimas cesen y vuelva a ver la lluvia sin
ningún otro velo de agua -hechos náufragos ya mis ojos entre las bambalinas de
la tormenta...
Es cuando tomo la tinta y empiezo a describir el dolor con
los renglones que sobraron. Pues de todo llanto siempre queda un montoncito de poesía…
MUÑECA DE PALABRAS
Recién enciendo la palabra y me acompaña el escalofrío que
abraza tu distancia y, aun salvando tildes con escorzos excedidos, aun huyendo
de monosílabos que me recuerden el ejercicio de hacerte el amor, aun evitando
adjetivos que casen con tus ojos o sinónimos que digan de otra forma cómo podías
ser tan bella, te imagino toda tú hecha de palabras… Y es que, a fin de
cuentas, fuiste un texto exquisito que descubrí –por mi extraña dipsomanía
hacia la tinta- una noche en que la luna era estanque y el olor de lo oscuro
sabía a menta y a madera. Fuiste un verso -acaso aún menos que un verso-
escrito con la mano delicada de quien conoce el sonido hermenéutico de cada
palabra. Fuiste un reglón derecho en todos los árboles torcidos donde rasgaba
tu nombre. Palabras… Te hice de palabras y te las llevaste todas. El cofre
entero donde tenía desordenada la poesía definitiva. El tintero sudado de la tinta
imaginaria con la que se escribe el final de una novela. Me dejaste solo y sin
las vocales con las que me defiendo. Me dejaste triste y sin las consonantes
con las que ataco. Toda tú hecha de palabras… Todo yo deshecho de tu verso…
¿CÓMO TE VA?
¿Cómo te va? Y una vez bien mirado al
sujeto al que uno ha encontrado diez años después del último desencuentro, va
uno y se interpela sobre qué ha de responder a tan ajustada pregunta. ¿Cómo me
va? ¿Desde cuando he de contarle? ¿Desde hoy que usted me ve desocupado? ¿Desde
antesdeayer, cuando esa última alma que me habitó hizo las maletas y certera
dio un portazo que no hizo temblar los cuadros porque siempre fui perezoso para
colgarlos? ¿Qué es lo que realmente quiere usted saber de mí? Porque si su
interrogante se refiere sólo a un acto de cortesía, mejor callo y sigo este
camino por el que desfilaba –con disposición de hormiga- sin más
contemplaciones. Pero, amigo, si su pregunta busca esa respuesta por la que
usted desinteresadamente se interesa, me ha puesto en un considerable brete. Y
es que, vera, irme lo que se dice irme, no es que me vaya mucho, ya conoció
usted de otra época mi contumaz inmovilismo genético, pues bien, ése sigue sin
remedio. Ya le he dicho que hoy me ve usted algo haragán -normalmente tengo el
corazón en otro, el alma en un nube y las manos manchadas de palabras- mas no
sería acertado decirle que …allá voy sin
mucho más que el arrastre de la vida. Mi querido amigo, desde que usted dejó
de verme en esa colmena en la que un día compartimos reina, he sido vigía de
faro, buscador de perlas y lazarillo de pirata. He perfilado mares sin
surcarlos, montañas sin pisarlas y corazones sin amarlos. He sido amante de la
noche como sólo la noche deja a uno que la ame. Y he perdido tanto oro y ganada
tanta plata que mis caudales son tan escasos como siempre. Pero vera usted, mi
bienintencionado amigo, usted que es la bonhomía hecha persona, usted que me
tuvo por lo que nunca fui y que me tendrá por lo que nunca seré, me va a permitir hoy, en que la mañana anda
entretenida con la blancura de los zócalos, que no le haga perder el tiempo con
la oquedad de las palabras vagas, y que mejor sigamos cada uno por esta hilera
de hormigas de carne y hueso que nos puso frente a frente, porque ni a usted le
importa un carajo cómo me puede
tratar la vida, ni a mi me apetece contarle ningún verso rayado para que, al
mediodía, lo recuente usted en su santa casa.
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