El abuelo sigue arrastrando un bolero en la sangre y un arco
iris del sur en la mirada. Cuando mi vista anhela más allá de la ventana y veo
al invierno poner caperuzas de agua a las hojas de los naranjos... Cuando la
letra se resiste como lo hace la doncella al alba... Cuando este día muerde con
dientes inconsistentes, sólo me queda recordar el tango del abuelo, el mismo
tango donde la palabra volver me
insiste en lo necesario: hacerlo con la frente encadenada a la palabra y al
verso. La única manera de seguir envejeciendo con el olvido necesario de que, mis
ojos de niño, se cerraron para siempre en una encarnizada amanecida.
CONSUELO...
No sé llevar tu música. Ni el jugueteo de tus zapatos en la
lluvia. Desconozco el rango de tu soledad y el tono gradual de tu silencio. Siempre fui
bailarín torpe y oráculo escaso, mas sequé las lágrimas más difíciles y escuché – entrelazadas las manos y serenos los destinos- los lamentos más insondables. Conozco
lo más oscuro de la noche porque es el balcón de mi recreo, y soy sabio en puntear
cada estrella y las penas que en ellas se han de colgar para el destierro. He
sido peregrino de caminos por compartir las espinas de los zarzales, y guardián
del canto de los pájaros para entregarlo luego en cajitas plateadas. He sido más
compañero que acompañante y más cantarín que músico. Más fuerte que forzudo y más
enamorado que amante. Te puedo sorprender en cualquier esquina con la nariz
roja de un payaso y trepar a tu imaginación alzado por mil globos de colores. Sonríe, niña-compañera, recuérdale a esta noche
la claridad de tu mirada. No merece tu llanto la gran golosina que es la vida. Dame
pues tu mano y bailemos -con mi torpeza ineludible- el último bolero del
invierno, que de ése sí me conozco los pasos y las notas suspendidas en el
aire.
LA CARTA
Al final, con el acto concluso, indicar la fecha. Redondear
bien las últimas cifras del año y firmar como si fuese la rúbrica más solemne
que has estampado en tu existencia. Al poco, y una vez la tinta calma, doblar los
pliegos en un ejercicio eremita al que seguirá la entrada serena en el sobre
apaisado y níveo. Y tras el franqueo administrativo, caminar no más de cinco a
seis cuadras (permítaseme por estética el giro porteño) sosteniendo el interior
del gabán como, si en un truco de magia, alguien pudiese robar la quimérica pertenencia.
Y una vez resuelto el recorrido encontrar allá, en la lejanía cotidiana, la
esquina cierta en la que lleva tantos años el buzón quieto y achaparrado con
cierto aire marcial. Entonces la mirada distraída a izquierda y derecha, como
si el contenido de la epístola fuese intrigado por algún transeúnte curioso. Y
al fin, el ejercicio mayestático, el deslizar suave, el acompañamiento con la
palma de la mano hasta el fondo de la boca cerrajera…
Adiós palabras, adiós… Sería
imposible ahora devolveros a mi tintero. Todo lo escrito, escrito está. Todo lo
descubierto bajo la mansedumbre de la luz del flexo ya anda en un secreto viaje
hacia el lugar inequívocamente señalado. ¡Cuántos te quiero han roto el cielo con su vuelo saetero y apasionado! ¡Cuántos
lo siento han perpetrado nubes y arco
iris! ¡Cuántas interrogantes han galopado a lomos del unicornio que forjé con
el vaho de mis sueños! Mis cartas. Mis epístolas enardecidas. Mis surcos de
tinta sólida y prensada. ¡Mis lazarillos de papel! ¡Cuántas veces habéis partido
y que pocas regresado!
CON TU RECUERDO...
Esta tarde me he acordado de ti. Siempre lo hago cuando cae
una lluvia diminuta que lame los paraguas cochambrosos. Será, porque casi en su
ausencia, me recuerda la voz con la que amabas. La tarde es escasa, pero el
silencio es amplio como una llanura desierta de redondeles de tinta. Sigo
buscando el aliento por el que llegaba a tu boca. Sigo viendo abuelos en los
parques y escuchando la serenata que los pájaros urbanos vuelcan en los balcones
de los árboles. Se me han escondido las palabras y no hay chiquillas que
rasgueen con sus pasos la vieja guitarra que siempre aparece en mi paisaje. Marzo
se ha caído ya del viejo abrigo de algún dios borracho. El mismo Marzo que
presume siempre de azules y gitanillas. El mismo Marzo que bordará tu blusa blanca
y se enredará con sol de cíngaro entre tus pechos pequeños.
Mientras todo ocurre, yo me he ausentado un tiempo. Me
distraje pensando en algo en que pensar. Ultimando un verso. Viajando entre mi
trabajo y mis aposentos. Demasiado callado. Como esta lluvia. Como tu recuerdo
que otra vez aflora sin que haya ningún marzo por el que espere el regreso de
tu primavera.
EL DÍA OLVIDADO
Hoy se me ha perdido el día. Me sorprendió el despertar
truculento. Miré por la ventana y, simplemente no estaba. Sólo quedaba un cielo
oscuro sin luna ni lamentos. Un cielo de ésos que puede pertenecer a cualquier
día de cualquier esfera habitada. Al seguir la mañana y encontrarme sin día en
el que emplazarme, he recurrido a la memoria para poder seguir viviendo. Y las
ventajas de recurrir a la memoria son que uno puede dibujar las cosas con la
patina que se le antojen. Así que esbocé un día verdoso como el final de tu mirada y tranquilo como la nana de un infante.
Le colgué dos estrellas altas y un sol generoso que aún me sostiene en la
templanza. Le borré el gris de la paleta de colores –como ocurre cuando te sueño-
y agregué al lienzo una fina capa de incertidumbre, porque es ésta la que me
hace seguir escribiendo... Mas ahora, cuando el mediodía inventado va perdiendo
su fuerza primigenia, me asusta que la ausencia de jornada deje mis bolsillos vacíos de poemas. Y
que las penas brunas que aquejaron la noche regresen al espacio que desocupe mi
memoria. Antes de ello buscaré en mis bolsillos infinitos, trastearé en mis
recuerdos de baúles y respiraré el polvo del trastero, porque un día, así como
así, no se puede extraviar en el litigio que mantengo con la duda.
SÍ, TU ERES...
Callado te miro, tan callado como cuando pasa el viento. Sonriente
admiro tu alegría y afligido compito tu tristeza. No soy tuyo porque te quiera,
lo soy porque me dejas quererte. Porque sabes adelantar tu labios a los míos y
así hacer de un beso la melodía atávica de la complacencia. Tú te pintas de azul
cuando necesito ver el mar y te haces parda si sueño las montañas. Eres la
primera en decir te quiero y la última en olvidarlo. Enciendes cada mañana el día
y te dejas prendida en una luz tenue para que no me asusten las noches del
invierno que frecuento. Dibujas risas en las sábanas y locuras en las lunas de los
espejos. Eres infantilmente contagiosa. Infatigablemente indispensable. Eres
quien creo que eres y nunca más voy a preguntártelo…
INVIERNO EN EL RELOJ
El invierno es un dios que hace níveo cuanto toca. Adolece el
invierno de tardes de brasero y de noches brunas como cuervos. El invierno
sostiene un bolero en la sangre de los amaneceres y cuando enfría, sólo el
calor de unos ojos amables permite volver a las sendas olvidadas. En invierno,
los gorriones errantes se abrigan con cortezas de árboles heridos, los mismos
en los que se revuelven soñando los insectos con la savia. Tiene el invierno paseos
cortos y cafés eternos. Charlas templadas en las chimeneas de los campos y un
olor a humo como de maderas asadas. En invierno lo lejos parece más lejos, y
aquella melodía que entonaste en tu pianola de juguete se pierde en el quejido
de un horizonte audaz y silente. Todo es más callado en invierno. Sólo el
ulular del viento despliega, de cuando en cuando, coloquios infinitos. Y en
invierno mis palabras son más frías. Y mis silencios son más largos. Y tus
manos más necesarias…
UNA PÁGINA EN GRIS
Malvivo con mi facilidad para desintegrarme. Para
descomponer cada trozo de mi cuerpo, de mi espacio y de mi mente en partículas
diminutas y volátiles. No aprendí a hacerlo. Es, simplemente, un defecto de fábrica.
Me desarticulo en torno a un silencio recio y disconforme. Varado en una playa
donde no ha lugar para ningún horizonte. No necesito presencias. Sólo queda
asegurada mi existencia amarrada a un espejismo alineado con la luna. Conozco
cuando el proceso se pone en marcha. Como una máquina bastarda. En ese instante
preciso en que todo va a quedar quieto mis gestos y mis palabras pesan como el metal
de que se hacen los recuerdos. No atino a componer estrofas y me resguardo solo
con el abrigo de la pena. Cada luna parece más deslucida que la que recuerdo y
cada día más hosco que el que le adelantó en el tiempo. Y la máquina bastarda
bufa. Alquitranando mis manos con los versos que no escribo. Todo preciso. Todo
estudiado desde el hediondo lugar donde se componen las miserias. Y un día, sin
que el amanecer se haya preñado distinto, una grieta se cierra y, donde había
vacío, aparece cielo. Pero ya no me elevo ni resurjo de cenizas algunas. Las dejo amontonadas en la
playa imaginaria que inventaron los duendes de la sonrisa. Pavesas de mi
existencia, de mi imperceptible existencia con las que, un día, se podrá construir
mi pergamino lapidario.
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