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LOS LECTORES





Me gustaba leer para ti. Lo hacía con mi voz de madera. Sin estridencias. Tratando de alinear cada párrafo en mi garganta. De reojo, veía tus párpados de papel cerrarse, delicadamente, hasta que quedaban a poco más de una pestaña de soldarse. Y yo leía y leía. A veces, si el libro era escaso en hojas, con la mano liberada, apartaba una y otra vez el pelo amarillo de tu frente, y leía… “…hecha con todo el oro y con toda la plata…”. Cuando empecé a toser, ya nada fue lo mismo. La madera empezó a astillarse y los párrafos se me enganchaban -como garfios- en la garganta. Te diste cuenta la primera noche. Pero tus párpados se habían acostumbrado… Tú te habías acostumbrado y apartabas la verdad y la tos con un beso y una sonrisa plegada. Hasta que no pudo ser más…

Ahora eres tú quien me lee. Cuando se cerró la garganta, los líquidos me cerraron los ojos y a punto estuvieron de cerrarme el alma. Me lees despacio, como si lo hicieras para un niño. Lo haces con tu voz de nube temprana, de hoja verde…

Lees… Pero cuando toca el verso de un poeta muerto, una lágrima rueda por la misma pestaña que sostuvo tu párpado y tu vigilia.


LA EPIDEMIA




Dicen que está muriendo mucha gente de tristeza. Me lo cuentan los gorriones que marchan a La Habana. Me lo dicen los vientres nervudos y habladores de las hojas marrones de los parques. Dicen que hay una epidemia que arrambla con el brillo de los ojos y se hace agujas en las grietas de la sangren. Y yo, que he visto a tantas enfermeras llorar ante los ojos vacíos de los pájaros, me he puesto a cubierto bajo el trozo de piel que se empapa sobre mi mirada de contrabando.

SOMOS ARAÑAS...




Quedó la araña equilibrada en la hebra. 
Arrugadas las patas en su pecho de plomo. 
La cabeza inmersa. 
Los ojos vueltos a la nueva ceguera. 
Al fin, indiferente y lúcida. 
(Agotado el último aliento de seda en cumplir su destino inexorable…)

CHAO, TARDE




Marchó la tarde. Se apagó el faro impenitente –ya más pobre en amarillos-. Se borró el desfile de viandantes, de gorriones, de hojas secas, de remolinos de minutos apresurados.

Puso su mano la noche sobre la iglesia alta, sobre la montaña alta, sobre las tapias altas de los corralones donde el amor aún era joven. Puso su mano la noche en el hueco de las alcantarillas y en el centro mismo de la estrellas.

Ya canta la niña -ojos de selva- en su castillo de naipes fluorescentes…


EL LUNES Y CLORINDA




Se echa este lunes como un perro viejo. Como un lunar de otoño en la acera aún caliente –pasarán días antes de las lluvias y los vientos-. Voces vendedoras de jabones y aceitunas gorgotean junto al mercado –es final de mes y las bolsas no van llenas.

Entre todas las voces, una -gritona y burda-, hace agujeros en el techo de la mañana. Es la Clorinda, la otrora cantinera, una perdedora de sueños que amenaza con venderte la buena fortuna. Grita y grita. Ajena a los enfermos y a los que vivimos del silencio. Lleva romero en la mano y, las estampas de un santo inédito, le asoman por el escote hueco. La esquivan los mercaderes y la clientela, como a un animal con sarna. Huele mal. A aceite rancio. A orín. A malaje. Da trotes para cerrar el camino de los que pasan, de los que buscan pan para tres días… Salta y grita. Como bufona palaciega. Como una vasalla de Midas que todo lo convirtiera en desdicha…


Y yo escribo y escribo, ajeno a mi fortuna, sin saber si la Clorinda ha atado plomo en las alas de mis musas…

LA MIRADA DE NANO




Son muchas las ocasiones en que Nano, mi compañero-felino-vigilante, se sostiene hierático en el mínimo espacio que ocupa junto a mi mesa de escribiente. Y yo, viéndolo tan fijo en nada y tan fijo en todo, juego a sostenerme en los caprichosos colores de sus iris. Entonces él, que jamás evita mi mirada, se queda inmerso –profundamente inmerso- en un punto incierto de mis ojos. Sé entonces que ve algo en ellos... Algo más allá de lo que yo jamás vería…


Y así se alarga el planeta del tiempo hasta que, la sequedad de mi impaciencia, me hace claudicar en ese pulso de mirarnos fijamente. Es entonces, cuando en un absurdo disimulo de mi derrota, le digo siempre lo mismo: ¡qué raros somos Nano! Y él -al oír la exclamativa sentencia- se alarga, mal-pone sus orejas, separa la boca, lame la parte menos oportuna de su cuerpo y, volviendo a mi mirada, parece preguntarme: ¿qué razón te hace ver en mí la imagen de tu propia rareza…?

FACTURA EN VERSOS





Linda Daniela –ojos de selva- siempre me decía lo mismo: mira, aunque ni lo toques, te voy a cobrar por mi cuerpo, o sea, por mi piel, por mis pechos, por mi grasa, por mis muslos, por mis uñas, por mis labios, hasta por mis tendones si quieres; pero por éste –y se señalaba el lugar donde su corazón trasteaba-, por éste no te cobro, canalla, que ya me lo has pagado con tus versos…