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¿QUIÉN MATARÁ AL POETA?



¿Cómo deciros que yo no soy el poeta? ¿Cómo deciros que el poeta tiene mi barba, y mis manos y el desvelo de mis ojos, pero que yo no soy el poeta? ¿Cómo deciros que el poeta se fuma el tallo de mis cigarros, construye la sombra que me persigue y lee los libros con los que aprendo, pero que yo no soy el poeta? ¿Cómo haceros saber que el poeta riega mis terruños, troncha mis panes y alimenta a mi gato, pero que yo no soy el poeta?

Yo sólo soy ése que el poeta encontró bajo las polillas de una farola. Con la noche echada por encima y diez rones mezclados en el hígado. Con un billete de menos en el cinto y una caricia de más en la mejilla. Con unas sandalias gastadas y mucha arena de reloj entre los dedos.
Con una historia en el bolsillo y menos de cien palabras para contarla.

Yo ya conocía al poeta. Lo sufrí en mis años de novias adolescentes. Era el que regalaba versos a beso la docena.    
El que abría flores con los labios y botellines de cerveza con los dientes. El que siempre tuvo ínfulas de verbo y un destino enredado entre paréntesis. El que no volvió a rimar hasta que me encontró de nuevo…

Y me encontró tal y como os he contado. Atiborrado de noches bajo una farola. Ebrio de soledades contando inútiles firmamentos. Y desde entonces decidimos caminar juntos. Empobrecer el mismo sendero. Los mismos atajos. Detenernos en las mismas luces y escondernos en las mismas penumbras. Cuando la tenemos, tenemos la misma mujer y, cuando toca, lloramos el mismo desengaño. Juntos luchamos frente al águila que devoró infinitamente a Prometeo, pero nunca nos trocamos…

No lo hagáis. No debéis confundirme con el poeta. No somos ni seremos el mismo. Nos necesitamos y nos odiamos. Pero, como mucho, seré yo el que lo ajusticie una noche en que mis mariposas negras se cansen de tanto verso hueco y engolado…



EL HOMBRE QUE LLEGÓ A URGENCIAS A LAS 18:46



El hombre llegó a Urgencias a las 18:46 de la tarde del domingo. Iba pálido, andaba con desmayo y una mueca descompuesta arreciaba su mandíbula. Era Agosto. La entrada a Urgencias estaba desierta. La gente deja eso de ponerse enfermos para otros meses con menos calor y menos vacaciones. Noviembre, por ejemplo. Noviembre es un buen mes para caer enfermo. Es frío y lluvioso y, en Urgencias, sirven una temperatura muy templadita.

El hombre vio a dos celadores en recepción y preguntó si lo podía atender un doctor. Éstos se cruzaron la mirada. Se encogieron de hombros y, uno de ellos, el más hablador, le indicó con la cabeza que pasase hacia dentro. El hombre se adentró en un pasillo frío con luces color hospital. En el primer descansillo, descansó, en el segundo vio una puerta abierta sobre la que pendía una luz verde. Se asomó con discreción -él siempre fue un hombre discreto. Era un consultorio pequeño con un doctor grande y una enfermera mediana. Su toc-toc en la puerta llamó la atención de ambos.

-Adelante -dijo el médico mientras calibraba el volumen de su fonendoscopio.
-Adelante -dijo la enfermera mientras calibraba el volumen de una carrera en su media izquierda.
-Diga usted -dijo el médico con una sonrisa urgente en su rostro.
-Tengo un ataque de soledad -espetó el hombre a la vez que le resbalaba una lágrima tamaño abandono-grande por la mejilla.      

El médico se levantó y salió de detrás de la mesa del consultorio. Tenía piernas. Tendió al hombre en una camilla. La enfermera quedó en pausa -como una película cuando vas al baño. El galeno comenzó a auscultar el corazón del hombre. Bajó el volumen del fonendoscopio y negó tres veces con la cabeza. Se dirigió a la enfermera con esa cara de circunstancias que sólo saben poner los médicos y algunos curas de pueblo.

-No hay duda -espetó-, un ataque de soledad bastante serio. Tome el ordenador Camila. No se demore.

El hombre se sorprendió. No por el diagnóstico del doctor, si no por la poca cara de llamarse Camila que tenía la enfermera. Ésta ya estaba frente a la pantalla plana de la computadora esperando las indicaciones de su jefe.

-Dígame su número de seguridad social, su usuario y contraseña -solicitó el facultativo al hombre-. Conforme lo iba recitando la enfermera picoteaba en el teclado como una paloma de parque. Cuando acabó se quedó mirando al galeno. Éste no dudó lo más mínimo.

-Inyecte quinientos diez amigos en Facebook, trescientos cincuenta seguidores en Twitter y suba un centenar de “me gusta” a Instagram -todo lo indicó con premura, como si la crisis se estuviese agravando.

La enfermera picoteó con más bríos en el teclado. Al pronto se detuvo.

-Doctor los “me gusta” del Instagram ya no los recetas la Seguridad Social -señaló con la voz aturdida-, ¿subo un par de fotos de unas vacaciones caribeñas?

-Perfecto -fiscalizó el médico arrancando una sonrisa en la  sanitaria y bajando la palidez de la tez del enfermo- No tardará mucho en hacer efecto.

Al poco el rostro del convaleciente fue tomando un color más rosáceo y su voz se tornó mucho más segura.

-¿Mejor, verdad? -interrogó el galeno.

-Mucho mejor doctor, mucho mejor -contestó el hombre hasta con cierta arrogancia.

-Pues ya se pude levantar de la camilla. Y el lunes sin falta vaya a ver a su médico de cabecera. Hay que mantener los niveles de amigos y seguidores en parámetros normales.


A las 19:09 de la tarde del domingo, el hombre que había entrado a las 18:46, salió del Hospital con una seguridad notable en sus andares, la tez calma y un ligero silbar articulado en sus labios. Sin duda era otro. Ya no tenía ningún temor a llegar a su pisito de soltero. 

UN TIC-TAC PEQUEÑO



Tengo un reloj pequeño que se mueve por misteriosas convulsiones. Sí. Como lo oyen -como lo leen. No atiende este pequeño reloj al tic-tac ordenado de sus hermanos mayores, ni parece conocer de que es a él al que le toca medir el tiempo. Cuando me acuerdo, corrijo sus agujas y, cuando me vuelvo a acordar miro su esfera tuerta -pues adolece de cierta opacidad su parte izquierda- con la quimérica ilusión de que haya recuperado la disciplina. No hay manera. No tiene el uniformado tic-tac, si acaso le imagino un     tic-tic-tac o un tic-tac-tac…  

Tengo un cariño especial a este mecanismo danzante. Pues  -aún no gozando de buena salud mecánica, ni siendo renovada la motriz de su energía- jamás ha desfallecido en su inútil tarea, de mostrar unas agujas peregrinas que, señalan inciertos caminos que nada tienen que ver con el más sesudo de los tiempos.

Carece mi reloj de sonidos despertadores o de esferas más pequeñitas que midan otras magnitudes. Por no tener, ni tan siquiera cuenta con la saeta del segundero, pues en un accidente temprano la perdió y, junto a ello, se volvió tuerto.


Se esconde mi menuda pertenencia en un cajón olvidado de los que utilizamos para olvidar los recuerdos. Allí mide él el tiempo. Caprichoso e indómito. Con la fragilidad que tiene todo lo pequeño. Ajeno al tic-tac de los reglados relojes de la casa. Como un suspiro de espacio olvidado. Como un enseñante de que, tal vez, haya otra forma de medir los momentos.    

CON MI VOZ EN UN SUEÑO



Soñé que leía para doce mariposas blancas.
Para el batir de sus alas soñé que leía.
Mariposas blancas en celda de bronce.
Sus suspiros de leche a mi voz le caían.

Soñé que leía para doce estrellas blancas.
Para el fulgor de sus lágrimas soñé que leía.
Estrellas blancas en caravanas de oro.
Sus latidos de luces a mi voz pretendían.

Soñé que leía para doce amapolas blancas.
Para el cimbreo de sus tallos soñé que leía.
Amapolas blancas en ramillete de plata.
Sus pétalos níveos a mi voz requerían.

Soñé que cantaba para doce doncellas.
Para el latir de sus vientres soñé que cantaba.
Doncellas de aire en lienzos de nubes.
Sus recuerdos de amores mi voz me robaban.

¿HABLAMOS DEL AMOR?




No es fácil hablar de amor. Mucho menos escribir sobre el amor. Escribir sin pisar la siempre ingrata servidumbre de los tópicos. De lo ya dicho. De lo ya resuelto. Todo el mundo amó alguna vez. Todo el mundo fue amado alguna vez. Aun en silencio. Aun en la ignorancia de que lo eran. Y lo que ha sentido todo el mundo lo puede formular todo el mundo. Sin artificios. Sin malabares. Con la rotundidad que dan las palabras escritas en cueros.

He sido siempre un escribiente más al servicio del desamor. El amor me provocó las palabras justas. Supongo que porque, cuando amé, estuve demasiado ocupado para acordarme de la lírica. Demasiado loco para el léxico. Demasiado anhelante para detener el tiempo en un poema. Cuando la musa se apartaba, aun un poco, empezaban a acercarse las palabras. Como rapiñas apostadas. Siempre estuvieron ahí. Pero a ellas les gusta el salitre de las lágrimas… 


Quienes me conocen -quienes me leen- saben que escribo más desde el recuerdo. Que manejo mejor el vocablo desde la perspectiva de la distancia. La historia siempre se entendió mejor así. Y el amor no hace si no seguir el patrón de las grandes historias. Con sus personajes. Con su trama. Con sus traiciones. Con sus héroes. Con sus villanos. El amor se hace historias en cada instante en que se vive. No necesita de excelsos argumentos. Ni de profusas y cruentas batallas. Ni de emperadores. Ni de criaturas mitológicas. El amor es la reducción de todo lo enorme a la dicha más pequeña: tú y yo.

LAS GRIETAS DE LA RAZA



Somos frágiles. Tremendamente frágiles. Pasé la tarde en un Hospital donde se acumulaban camillas con personas que se habían roto. Unos más. Otros menos. Unos veteranos ya en esto de romperse. Otros recién estrenados en la rotura. Se les nota en las caras. Se les nota en el ánimo. Se les debe de notar en el alma. Porque nadie piensa que se va a romper. Es cierto que intuyes las grietas. Luego las sientes. Más tarde las ves crecer. Pero siempre crees -en tu yo más inconfesable- que la vasija aguantará. Que el barro del que estás hecho es de otra pasta que aquél del que están hechos los otros. Pero esta tarde vi vasijas de todos los tipos sobre las camillas. Vi vasijas que lloraban. Vi vasijas que se desesperaban. Vi vasijas que se resignaban. Y vi muchos alfareros remendones      -como aquél inolvidable del maestro Saramago. Todos con batas blancas. Para que se note el barro. Para que no se nos olvide de lo que estamos hechos…


Cuando me rompa quiero hacerlo en mil pedazos. Pienso que sólo así quedará entera mi alma… 

EL VERBO HACER



Esta noche me he traído a mi pequeña marquesina mi cuaderno-de-cosas-que-no-haría. Es un cuaderno casi inédito y de páginas escasas porque, por principio, no tiene muchas anotaciones. Creo que “hacer” debe de ser el verbo sobre el que gravite cualquier existencia. De conjugarlo en mayor o menor medida dependerá la altura vital de nuestra presencia en este mundo. Quien no hace no se equivoca en casi nada, salvo en una cosa, en “no hacer”. El infinitivo que propongo conjuga con todas las proezas del ser humano. También, es cierto, que con todas sus miserias. Pero la indolencia por costumbre debería de estar penada por las leyes divinas.

No me considero un indolente, pero si es cierto que lo soy en mayor medida que aquel jovenzuelo que, un día cruzó la veintena con agujeros en los bolsillos y estrellas en la cabeza. Es lo que tiene la edad. Uno va haciendo cada vez menos. Por la sencilla razón de que ya hicimos mucho -quien lo hizo claro...Y aquello que se hace ya con cierta edad, se magnifica hasta extremos que pueden resultar ridículos. No, amigos, amigas, no se es más joven por bailar con setenta años ¡Qué vitalidad! -grita el coro. Pero, por Dios, si yo no bailaba a los veinte, si no me recoge antes la parca -en uno de sus vuelos charter especial para fumadores- ¡Cómo voy a bailar a los setenta!

Hay otra cosa, aparte de bailar, que tengo anotada en mi cuaderno-de-cosas-que-no-haría: Yo jamás me leería. Sí, como lo han oído (más bien leído). Jamás sería un lector de mí mismo. No soportaría a un tipo que escribe una metáfora por cada frase y un calificativo por cada dos sustantivos. No soportaría a un tipo que trova al amor de manera tan lírica, tan desarraigada y tan utópica. ¡Ame usted más y escriba menos sobre el amor! -deberían de gritarme desde el anfiteatro…Y luego está, cuando filosofo, ¡uf!, qué difícil de soportar mis peroratas acerca de esto y de aquello, sin criterio, sin sintetizar conceptos… ¡tremendo!...

Bien me podrían ustedes reprochar con la asistencia de la razón: pues no escriba usted como a usted mismo no le gusta… Y ante tal censura, no podría por menos que decir: es que no lo sé hacer de otra forma…      

Por eso pienso que hay dos cosas que un escritor que se precie jamás debería de hacer: leerse y hablar en exceso.

Lo primero porque reducirá su trabajo a la miseria con su áspera, pero inevitable, crítica autodestructiva, lo segundo, porque el resto del mundo se dará cuenta de lo poco que vale cuando no le da tiempo a pensar lo que dice (si esto fuese el prospecto de algún medicamento aquí habría que advertir: no utilizar lo antedicho con los grandes. Porque amigo, amiga, ésos saben torear en cualquier plaza).

Creo que ya he hablado (escrito) suficiente por hoy. Recuerden siempre que aquello que digo es producto de un instante y de un estado. No piensen que necesariamente mañana diría lo mismo. Es lo que tiene tener una existencia tan contradictoria como la mía, siempre puede uno decir: ¡ah! pero eso lo pensaba ayer, ¿no sabe usted que yo soy un contradictorio?  Y me quedo tan ancho.


P.D. Sólo una cosa que se me quedaba en el tintero sobre hacer o no hacer: si me ven alguna vez hacerme un “selfie” les ruego llamen a Urgencias con presteza. Mi locura habrá llegado a límites del internamiento inmediato. Gracias.  

ENREDADA EN MI MEMORIA



Esta tarde entraste en mi memoria. Sin llamar. Como hacías siempre. Como un pajarillo que llega al jardín otoñal de un caserón desamparado.

Y cuando entras en mi memoria se descomponen todos mis azahares, y de mis manos brotan aderezos de piel y culpas y en, mi alma, un estallido de tristeza y fuego revienta la coraza de los años.

Llegaste esta tarde a mi memoria. Sin llamar. Como era tu costumbre. Con tu sonrisa invasora, con tus cabellos sin adornos     –rubios como el pecho de un querubín-, con tus ojos llenos de la miel de mil abejas.

Y al entrar nuevamente en el aire de esta morada te recuerdo entera. Entera y desnuda. Abierto tu cuerpo sobre las sábanas que, durante mucho, fueron tu ara y mi perdición. Y veo tu vientre pequeño y frutal, y tus pechos perlados y adolescentes, y tus muslos sosteniendo el cáliz de la primavera; y tus labios, tus labios conjurados para que, siempre, un beso tuyo supiese al último de los besos.


No veo más. Lanzo piedras para amedrentar mi recuerdo y, en el pozo que habitas, apenas veo ya un retazo de tu piel rosa entre un espejo y mi ceguera. Pero ha quedado el olor a cielo y a bosque en mi memoria. A la que llegaste esta tarde. Sin avisar. Como era tu maldita costumbre…