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EL ADIÓS DE MARZO



Esta noche me alumbra la desgana. El cielo sigue desteñido y enterneciendo las piedras con su agua bonachona. Dicen los que dicen que ya se marchan las lluvias de marzo, que la primavera mocita espera tras la puerta y que, a lo mejor mañana, o a lo más a su paso, empezarán a entreverse los misterios que la preñan.

Vendrán la mañanas mimosas y las tardes amarillas, los jazmines blancos de tu pelo negro y el verde gritón de las ranas principescas, el violáceo en los caminos y el rojo en la sangre de los poetas.

Así que me voy a despedir de ti, noche macilenta, lluviosa y fría -como el último contrabando-, encubridora de mis versos más ruinosos, portal de mi soledad y mi pereza… Me voy a despedir de ti hasta no sé cuándo, hasta no sé dónde, hasta no sé con quién…

Será el horizonte de tu Otoño y el trazo de mi vida los que, aquí o allá, o acaso algo más lejos, vuelvan a cruzarse en la rúbrica sin nombre de un mustio poema.

Feliz noche. Feliz destino.
(Feliz atardecer América)  

LA OTRA PRIMAVERA




Ya sé que ha venido y, en el colmo de mi vesania, hasta conozco como ha sido. Dicen que a la media noche la nacieron duendes y ninfas, sirenas y tritones, ángeles y arcángeles. La dejaron a medio vestir, con sus enaguas de seda y plata, bajo la cubierta inquieta de un día lluvioso y turbio -¡demasiado turbio…! La dejaron entre las hormigas obedientes y los batracios locos que ablandan su panza en los balcones huecos. La dejaron sobre la espuma de los arroyos que las montañas desgastan y en los valles donde llora el último árbol virgen.

Ya en mi calle, se han vestido de largo los gorriones y, en algunas esquinas, han tallado pasquines los enemigos de la luna. Hay quien fuerza una esperanza y quien abre el paraguas harto de los versos que manchan las aceras. Hay quien mira al cielo, como si jamás azul lo viese, y quien sólo se preocupa del barro de sus zapatos.


No seré yo el que corte los tallos de las amapolas ni el que arañe los espejos que ahora pulirán las albas. No seré yo quien equivoque a las abejas ni quien silencie los trinos de las aves seducidas. Respetaré los almendros que amamantan los campos y la tibieza de los lagos que empapan a la luna. Mas a vuestra comprensión imploro para vivir en mi penumbra y para entender que el otoño es el tapiz de mi morada. Porque no perdono a una primavera que no haga crecer flores en la boca de los desheredados...

LA GITANA DE LOS AJOS, LA GITANA DE LOS OJOS...



¡Vaya cicatrices de nubes que le han hecho en la panza al cielo! Dicen que viene agua. Me lo ha dicho una gitana que vende ajos enormes -como los quinqués de sus ojos- en la esquina de la Plaza.

¡Ay “compráme” ajos payo… Que sólo es a euro la docena! Y este payo que sonríe -o intenta algo que recuerda- y saca de sus bolsillos grises una moneda nueva, como un solecito de plata, como si fuese una quimera, y la gitana que se ríe, y en sus ojos se ven planetas, y la gitana que me dice: “no tardes mucho payo que hoy viene agua por la Sierra y no que quiero que se te moje tu gracia de poeta…” Y yo que no uso ajos, porque de cocinar no me dio virtud la vida, ni voluntad la querencia, me muerdo los labios y pienso dónde se me ven las letras…

Sé que se pocharán los ajos antes que uso les diera, y que la casa me olerá pocha, y que pocha acabará hoy la tierra, pero qué contenta la gitana -la de los candiles en los ojos- con el níquel “pa” sus prendas.     

Feliz día. Feliz destino.   



SUSPIROS




SUSPIROS

¿Por qué las noches son negras?
¿Por qué se visten de luto los bordes de las estrellas? 
¿Por qué son de verde oscuro las veredas de las sierras?
¿Por qué son brunas las fuentes donde el agua se lamenta?
Si acaso ya es de carbón y bronce
la sombra de mi tristeza,
¿por qué no pueden ser blancos los clavos de mis poemas?


11-M




LA RENUNCIA
(in memoriam a las vidas salvajemente truncadas el 11-M)


Esperaba sentado en aquella butaca mientras percutía, sobre las losetas algodonadas, con sus pies descalzos. En su regazo, dos alas, una venda para los ojos, un arco, un carcaj y, al menos, dos docenas de flechas. Llegado su turno, entró en el habitáculo con olor a cielo y puso su arsenal sobre la mesa. Quien le miraba desde el otro lado  -ocupando un espacio infinito- esperaba una explicación a aquella renuncia tan inusual. Tomó el aire necesario para espetar lo que tanto había pensado: No pienso seguir disparando mis flechas mientras otros sigan disparando sus balas. 

DE MUJERES Y MARZO




Aunque ando en la trastienda de las vocales y las sombras, más silente que sonoro y más afanoso que fértil. Aunque me duele -como duelen pocas cosas- esta tarde que se arruga y evapora, y esta oscuridad que ya doblega mi peto y hace punzante el yelmo que encarcela el brote de mi locura.

Aunque no sé del tiempo que me resta ni de las palabras que me caben, pues soy universo pequeño en un útero que, escaso de piel y celo, me gira y me alimenta. Pasar no quisiera el día sin hablaros, sin escribiros, sin reprocharos, sin deliraros, sin echaros de menos, sin disculparme y sin confesaros que todo lo que fuisteis yo fui y que, todo lo que me demandéis, justamente seré...

Madres, hermanas, hijas, amantes… Campesinas, taquígrafas y parteras; costureras, poetisas y psiquiatras; geógrafas, panaderas y maestras; prostitutas, regentes y centinelas; mujeres todas en mis quimeras y en mis infiernos; en mis hogares y en mis veredas; en mis candelas y en mis aguaceros; en mis olvidos y en mis recuerdos… Os tuve tanto… Os besé tanto... Os deseé tanto… Os lloré tanto… Os escribí tanto… ¡Cómo de feliz me hicisteis…! ¡Cómo de desdichado…!

Ya que sabéis de mi pobre amor imaginario yo, sin enturbiarme, me señalo hoy en vuestros rostros y en vuestras manos, en vuestros labios y en vuestros vientres, en vuestros pechos y en vuestra alma, pues me hice trovador para escribiros y me hice camino para encontraros…  


ADIOS MAÑANITA CLARA




Al resguardo de este balcón donde penan de olvido las begonias y se engruesan con las podas de mis versos las larvas de miel y aire, acecho, sin decoro, el desvestir de la mañana en su alcoba de doncella.

Al pie queda su vestidito claro y su enagua de celajes, sus inversos regatos amarillos y su corsé laso de tiernos azules. El sol, inmutable y recio, le unta ya del olor a tabernas y a guisos de corralones, del olor a queso viejo y al del vino que fermenta en la boca del mentiroso.

Los zapatitos del escaparate se hacen sombras bajo el toldo que albor devora y, los maniquíes displicentes, sestean a destiempo sin cerrar sus ojos de peces disecados. Hay un viento quieto, como hecho de plomo, que comba las hojas de los naranjos agrios, y un reciente gorgoteo de los pajarillos que se quejan del hambre inoportuna.


Ya no queda mañana en la acera donde posé temprano mis ojos dormilones, y se me borraron del pecho los pueriles tatuajes con los que jugué a la esperanza. Yo como tú, mañana clara, también correré a esconderme bajo mi sol de candil y sombras, a bosquejar renglones y silencios, a herir versos sin más destino ni medida que servir de pasto esta noche a los amantes inflamados.  

EL HOMBRE QUE ESPERA LA PRIMAVERA



Como cada primero de marzo se hace el redondel de San Lorenzo acuarela de su estampa. Y se remienda de sol el rosetón de la Iglesia, y se ponen nerviosas las palomas y recién se estrena un cielo que duele de añil, y se confunden en su figura todos los instantes de un cosmos que, por un momento, se detiene junto a la fuente del cervatillo de piedra.

El cabello teñido en agua, una tez bruna de Sierra y un traje equivocado al que le gotean de seda los bolsillos.
La espalda que anota la curva del invierno, la escasez en las carnes y unas manos que arrullan un ramillete de margaritas tiernas. La mirada como el ala de un gorrión humilde, un mentón de hidalgo en Flandes y en sus pies, ¡en sus pies los zapatos más limpios del mundo!

De sus recuerdos dicen que tejen razones las arañas y de su pasado -bordados en filigranas de plata- cuelgan rosarios de caricias rezadas en las pieles que alimentaron su vesania.


Es el hombre que siempre espera abril cuando marzo llega. En la misma Plaza en que con trece albas se le crujieron de amor los labios. Bajo el mismo cielo en que resolvió su talle  -¡ay su talle!- de musa morena, y entre el mismo aire donde, bajo su blusa, conoció para siempre a qué huele la desalmada primavera.