¿Cuál es mi mundo, Nano? ¿Cuál es el mundo de los que
pensamos no tenerlo? ¿Cuál es el mundo de los que creemos que en éste somos
demasiado vulnerables? ¿Te imaginas, Nano? ¿Te imaginas un mundo pequeñito
lleno de gente grandota todos ellos preguntándose dónde está su mundo? ¿Cabríamos?
Y es que yo sí veo tu mundo, Nano. Lo veo desde mi altura de hombre desmundado. Y veo tu capacho. Y tu
mantita roja. Y tu perrito aún más pequeñito que tú. Y tu pelota de lunares… Y
te veo corretear por la casa jugando con tu amigo invisible (que ya sé que no
son cosas tuyas y que todo gato que se precie lo tiene…). Y te observo mientras
observas a la gente desde la terraza buscando quién sabe que curioso misterio
entre sus cuerpotes tan diferentes. Y te entiendo cuando me demandas tu pienso.
O cuando me ronroneas buscando una caricia amable de mis manos de escribiente.
Yo veo todo eso… Y lo veo porque tú eres mi compañero pequeño. Mi trocito de
amigo. Pero yo no veo en mí todo lo que veo en ti. ¿Por qué Nano? Tal vez
necesite ser el amigo pequeño de alguien. Pero claro a los mayores nos queda
ridículo decir “…oye mira es que, aunque
me veas grande, soy pequeñito y quiero que seas mi amigote, porque si tú eres
mi amigote, a lo mejor, tú me puedes dar un mundo…” No, Nano. Me temo que
es demasiado complicado… Esta noche, Nano, aunque apenas hoy se vea la luna,
pensaremos juntos, mirando su cuchillita de plata, dónde podrá estar ese mundo para
aquéllos que tenemos miedo de vivir en éste…
QUÉDATE NOCHE
¿Qué haría sin ti, Noche? ¿Qué haría sin la mágica locura de
tus sombras tentadoras? ¿Bajo qué almohada escondería tanto silencio
custodiado? ¿Dónde posaría mi mirada sin la ceguera obediente de lo oscuro? ¿A
qué lápida fecundada enviaría mis párvulas oraciones? ¿Qué cortina arrearía para
enamorarme del guiño de la luna? ¿A qué lugar vendría a buscarme su espectro de
veleta? ¿A qué dulcineas amaría en mis sueños de quijote? Quédate Noche y
recítame otra vez el cuento en que descubro a la princesa de la sonrisa
interminable…
ES EL DÍA...
Ahora... mis días rompen tarde, como cangrejos
desmemoriados... Aún así –en la retaguardia- contemplo la cortina de sol sobre
un mundo que me parece menudo, como hecho a escala para un peregrino
pequeñito... Hay voces de perros entre las piernas de los que caminan. Perros
insignificantes que orinan su costumbre en las farolas que se yerguen hacia un
cielo que duele de azul. Hay saludos de desconocidos que creen conocerse y una
sonrisa pintada en un maniquí estrecho y desmadejado. Es el día. El día que bebo
tarde como una pócima olvidada. El día trémulo que pareciera teñido por un retratista
perturbado…A lo mejor mañana vuelve… Con sus cangrejos, su sol, sus perros, sus
farolas y sus desconocidos… A lo mejor mañana mi alma también se pierde entre los
cuerpos de los que vienen sin haber ido… A lo mejor mañana…
Feliz día. Feliz destino.
LAMENTOS
Lamento cada palabra que derramé en tu boca. Lamento cada
astilla que arranqué de tus labios. Lamento cada poro que te cubrí con mi cuerpo. Lamento cada
caricia que levanté en mis manos. Lamento cada silencio que reventé en tu sueño…
Y cada luna que colgué sobre tu pelo. Y cada sol que coloqué en tu sonrisa. Y
cada estrella que derramé sobre tu falda. Y cada mar que traje hasta tu mesa... Porque
hoy ¡pobre de mí! ya sé que amar era sólo cosa de uno...
CASI UN VERSO
A fin de cuentas no dejo de ser un texto anómalo. Un poema cojo
sin rima ni armonía. Un garabato pueril remendado en los grises del paisaje. Un
párrafo a la espera de que tú, verso maravilloso, concluyas la fábula de mi
vida.
AMARTE SOBRE TODOS LOS VERBOS
Alimentarte de mi aire y ver que vuelas. Regarte de
corazones y ver que creces. Envolverte con palabras y ver como te sonrojas.
Interrogarte de silencios y provocar tu risa. Atrincherar tu piel y sentir como
me atacas. Anochecer en tus labios y paladear la luna. Amanecer sobre tu
costado y encontrar a Dios. ¡A veces que inofensivo resulta amarte!
¡CUÁNTO VALÍAS!
Acabó todo y quedé sin saber lo que vales. No te puse en
ninguna balanza -dicen saber así lo que vale el oro. No te sometí al dictado de
ninguna lente –dicen que así se conoce cuán de valiosos son los diamantes.
Ningún experto autentificó tus pinceladas de belleza –dicen ser la única forma
de tasar una obra de arte. Te ruego pues regreses, sin que ello sirva de
desleal excusa, a ver si esta vez mi tálamo consigue adivinar –por tu recorrido
sobre mis sábanas- el valor de tu piel de primavera.
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