Llevo días acordándome de mi abuelo. Porque al hablar estas
mañanas de gorriones y grillos he recordado su particular relación con los
seres minúsculos. Y es que nunca gustaron a mi abuelo animales que alzasen más
de un palmo, pero disfrutaba del trato de todos aquellos pequeñajos que cabían
en una mano.
Vivía mi abuelo en una caja desdentada de ladrillos y vieja
de yeso, con una hermana enferma. Y, en la casa, tenía canarios por docenas,
algunos verderones con sus caras de payasos, jilgueros de tez grana y un
ruiseñor con mal de amores porque jamás le oí cantar. La casa de mi abuelo olía
a alpiste y a estiércol de ave, pero a mí me encantaba ir. Me enseñaba cada
jaula y me recitaba el nombre que había puesto a cada enjaulado. Nunca supe
como diferenciaba a tanto animal con alas. Sobre todos a los canarios, pues
siendo la mayoría dorados, a mi me
resultaban copias exactas unos de otros. Pero a mi abuelo no. Él los distinguía
perfectamente. Luego de mostrarme los machos, alzaba a alguna hembra empollona
y me mostraba unos huevos pequeñitos como canicas. Los tomaba con su mano
huesuda y los colocaba al trasluz. A veces fruncía el ceño. Éste está huero –sentenciaba sin atisbo
de duda. Y aplastaba el huevecillo para que yo comprobase que, efectivamente,
no había ser alguno bajo el cascarón. Cuando le nacían los polluelos y,
alcanzaban independencia, los vendía en una pajarería y me daba diez pesetas.
¡Qué contento me ponía yo! ¡Y que contento se ponía mi abuelo de verme a mi
contento!
Mi abuelo era un hombre parco en palabras. Alto y con porte
de caballero decimonónico. Tenía un bigotito de perfecta traza bajo una nariz
de ángulo elegante, y una voz algo aflautada que ha heredado mi hermano pequeño.
No tenía muchas más historias mi abuelo. Había estado en la guerra pero no
entendía de guerras. Había visto jugar a Di Stéfano pero no entendía de fútbol.
Había pasado hambre pero no quería hablar de ello. Mi abuelo me hablaba de
canarios, y de lagartijas, y de grillos y de un lobo que, según él, le había
salvado la vida –pero nunca acababa la historia.
Siempre he pensado que mi abuelo hubiese sido un buen
personaje para García Márquez. No necesariamente un Buendía, pero sí cualquier
otro de su realismo mágico. Porque mi abuelo era así, un poco real y un poco misterioso.
Mi abuelo murió un día en que no caminó. En que se le
cansaron las piernas y decidió parar. Así era mi abuelo de cabezota. Yo creo
que se empeñó en morirse. Si no, pienso que aún estaríamos viendo al ruiseñor afónico
de penas, en aquella casa desdentada de ladrillos.
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